Por Ana Lisandra López

 

como perro con rabia 
debería arrancarte la ropa de una 
y que todos vean lo que fue mío.
Debería echarte a la jaula con los leones
aunque los leones de mi pueblo no tienen dientes
solo cuentas bancarias
pensándolo bien estás bonita para postearte
el gris de tu pelo entona con las paredes
tu sexo puede ser una lámpara convexa a mi mano
convexo a muchas cosas.
Me gusta el verbo deber
no sé si te diste cuenta
que me debes el tiempo
deberías pagarlo de manera justa
deberíamos ser escorpiones 
y que nuestros bebés te devoren en mis narices
pero no

Por Hansrruel Aldana

          De una tarde cuando llueve
               
                    Luis Gómez

 

De una tarde cuando llueve
se me ha caído tu ausencia,
y el cielo pide clemencia
con un rechinar de nieve.
Sobre el crepúsculo breve
la tarde, ingenua se agota,
y en el horizonte explota
un espejismo cobarde,
porque se ha roto la tarde
sin aceptar que está rota.


Me queda apenas el llanto
del sol por un precipicio.
Todo se fue, y acaricio
la nostalgia hecha quebranto.

Por Lucina Bravo

 

Soy libre de escribir lo que quiero, lo mismo en el firmamento que en el vaivén de una ola... Soy libre de escribir lo que quiero, lo mismo en el silencio que en el cantar de una caracola. Soy libre de escribir lo que quiero cuando tú me besas en mis sueños, en una noche de lluvia, sonando en los aleros. Soy libre de escribir lo que quiero, cuando yo callo, y tú me sorprendes en el silencio.... 

 

 

Por Mayelín Ordóñez Valero

 

Pasan las horas entre cuchicheos y sorbos de café. El olor característico de cada lugar invade cada rincón. Las personas se acercan con rostros sombríos y me ponen la mano en el hombro, pero no puedo hablar; sigo sin entender. Mi hermana se acerca y me lleva hasta él. Me resisto estar allí. De pronto Andrés, con una sonrisa burlona, me hace señas para que lo acompañe, estoy emocionada, inmóvil. Se acerca y me susurra algo al oído que me ruboriza. Sin salir del asombro comienza a besarme la nuca, acaricia mi pelo. Quiero detenerlo pero me es imposible. Lentamente recorre todo mi cuerpo hasta despojarme de la blusa y sacarme el sostén y ya no escucho a las personas y el olor ha desaparecido. Se apodera de mi vulva y mis quejidos lo hacen extasiarse y siento cómo mi cuerpo gravita mientras tiemblo de placer.
     El despertador poco a poco me devuelve a la realidad y pude escuchar la voz molesta de Andrés y yo bañada en sudor con mis partes húmedas; mirando con una mezcla de asombro y sorpresa, a la vez que le pregunto: “¿Qué haces aquí, dónde están las personas y el ataúd que te guardaba?” Él, sin comprender y con una sonrisa de burla, me dice: “Llegué a las cuatro de la mañana, dormías como una piedra”. Mientras, se me aproxima poco a poco y me mira con ojos hambrientos y comienza a acariciarme la nuca.

Por Anisley Fernández 

 

crece el olivo
en la cosmovisión del patio

la mujer-semilla se adhiere
al alba
entre surcos de tinta

qué soy, me dice,
contrapicado

la tarde sabe a higos,
damascos, caletas...

ayer bebí de un ángulo
muy agudo
donde pude arrepentirme

Por Eduardo Daniel González


Entremos, pues, a las llagas del cuarto,
adonde la madera solloza y es penumbra
el crujir de la nostalgia. Al fondo,
una pared de alma gris y pobre,
sucia de sombras, pero a salvo
de noches y trenes en la garganta
—¡oh, la pared: aquella y las otras,
también atentas a las conversaciones
ruinosas del asombro!
Mis pasos abrazan la quietud del grito;
son los bramidos de las bisagras
como un susto a conciencia
en las ventanas del día;
como un susto de tiempo, sí;
como un susto.
                              Aquí la calma,
grabándose en el aroma tan suave
del silencio,
invita, claro está,

Por Julio Alayón Morales

 

De una tarde cuando llueve
trillos nuevos se perfilan,
y nubes rotas deshilan
su algodón sobre el relieve.
El ganado vuelve y bebe
pero sus cansinos cascos,
rompen como finos frascos
con sus pausados reflejos,
los naturales espejos
que dejaron los chubascos.

Se abrieron como cortinas
los párpados de tus ojos,
tan verdes como manojos
de álamos en las colinas.
Pero si en raras neblinas,
una tristeza los mueve:
tus ojos, pecas de nieve
rotas de un amargo frío,
dibujan el goterío
de una tarde cuando llueve

Por Alejandro Muñoz Aguilera 

 

            De una tarde cuando llueve

                      Luis Gómez


De una tarde cuando llueve
—me dijo Dios— atesora
cada lágrima, incorpora
todo el índigo al relieve
de tu iris.
                 Veintinueve
de abril: crepúsculo, (un dardo
fue su mirada)
                           Yo guardo
—le digo a Dios— como lluvia,
su aroma, que aún diluvia
sobre mi cuerpo gallardo.

Por Yamily Díaz Ortiz

      

Ama el modo en que ignoras que tú existes.
         
               Luis Rogelio Nogueras


No encuentro las palabras
para salvar el cisne,
de esa extraña lujuria que lo envuelve,
pudiera devolverlo,
dejarlo quieto en nuestros ojos,
cometa incircunciso
escapado a mis pechos omniscientes.
Sus hijos son jinetes
que golpean el viento
y atraviesan estrellas
con espejos que asuelan los endriagos.

Por Irelia Pérez

        (A la memoria de mi hermano Nelito)

 
Un jirón de mi sangre ya no es,
se pudre entre raíces con la sombra.
¿Ya no recuerda el verso   ni me nombra?
¿Dónde late el mañana de sus pies?

Con la niebla pasea.    En el envés
nuestra infancia es un puente que se escombra.
Cose con hojas muertas una alfombra
este jirón de sangre sin después.

El río mutilado gime y arde,
se alimenta en el rúbeo de la tarde,
le incrustan al capuz los peregrinos.

Baja a la soledad de mis terrores
y vuelve      reventando en surtidores,
para sembrar de estrellas los caminos.