Por T. S. Eliot

 

East Coker

I

En mi principio está mi fin. En sucesión
Las casas se levantan y se caen, se derrumban, se amplían,
Son removidas o restauradas, destruidas; o en su lugar
Hay un terreno baldío, una fábrica, o una circunvalación.
La piedra vieja va hacia el edificio nuevo, la madera vieja va hacia el fuego actual,
Los fuegos hacia la ceniza y la ceniza hacia la tierra,
Que ya es carne, pelo, excremento,
Huesos del hombre y de la bestia, el tallo y la hoja del maíz.
Las casas viven y mueren: hay un tiempo de construcción
Hay un tiempo para vivir y procrear,
Hay un tiempo para que el viento rompa el panel de vidrio que está flojo
Y para sacudir la mampostería
Por donde trota el ratón,
Y para sacudir la cortina derruida entretejida con un mensaje silencioso,

Por Harold Alva Viale

  

Domingo

 

Ella sabe que más allá del pavimento un hombre intenta capturarla Observa en las muñecas el pálpito de sus venas Él sabe que no puede reflejar los ojos en las pequeñas uñas negras Piensa en la calle Observa cómo los pinos se abren como algas durante el turbio anochecer de la mañana Escribe “puerta” luego “ventana” y cuando está a punto de dibujarles una llave Lima lo pone de pie frente a sí mismo Lima lo induce a escribir sobre sí mismo Ella desconoce lo que hace pero intuye lo que haría: rompe los huesos del cadáver y con el filo le proyecta un nuevo día La luz de alguien El rato de agua con el que planifica los detalles La música La cola de los alacranes La rabia Su sombra a quien escapa como la furia del occiso Y es cruel: rompe su poema.

Por Cesare Pavese

 

El paraíso sobre los techos

 

Será un día tranquilo, de luz fría,
como el sol que nace o muere, y el vidrio
encerrará el aire sucio, fuera del cielo.


Despertaremos una mañana, una vez para siempre,
en la tibieza del último sueño: la sombra
será como la tibieza. Llenará la habitación,
a través del ventanal, un cielo más grande.
Por la escalera que subimos un día para siempre,
no llegarán más voces ni rostros muertos

 Por Miguel Hernández

 

Tengo estos huesos hechos a las penas...

 

Tengo estos huesos hechos a las penas
y a las cavilaciones estas sienes:
pena que vas, cavilación que vienes
como el mar de la playa a las arenas.
Como el mar de la playa a las arenas,
voy en este naufragio de vaivenes,
por una noche oscura de sartenes
redondas, pobres, tristes y morenas.
Nadie me salvará de este naufragio
si no es tu amor, la tabla que procuro,
si no es tu voz, el norte que pretendo.
Eludiendo por eso el mal presagio
de que ni en ti siquiera habré seguro,
voy entre pena y pena sonriendo.

Por Sylvia Zárate Mancha

 

El rumor

 

El auto deportivo rodaba por la ciudad, en él iban una pareja de jóvenes novios, Octavio y Melania. Era domingo y disponían de la tarde noche para ir al cine, pasaban una de esas películas que hay por cientos. Llegaron a tiempo para comprar los boletos. Octavio abrazó a su novia y la condujo al interior de la sala en penumbras. Había únicamente dos áreas de butacas, las separaba un estrecho y largo pasillo.

Por Carlos Garrido Chalén

 

Un árbol sembrado en el viento y en el tiempo

 

 

Hay días en que las tardes
 parecen una mala palabra
       engendrada en la boca del sol;
y la vida, un crucigrama,
       en el que hay que hacer entrar
       la razón en todos los espacios.

Y entonces descubrimos
       si somos cabeza o somos cola
       en el mundo vital o fatal
       que hemos creado;

ramas o raíz de un árbol
       sembrado en el viento
       y en el tiempo por la nada.

Por César Vallejo

 

Altura y pelos

 

¿Quién no tiene su vestido azul?
¿Quién no almuerza y no toma el tranvía,
con su cigarrillo contratado y su dolor de bolsillo?
¡Yo que tan sólo he nacido!
¡Yo que tan sólo he nacido!


¿Quién no escribe una carta?
¿Quién no habla de un asunto muy importante,
muriendo de costumbre y llorando de oído?
¡Yo que solamente he nacido!
¡Yo que solamente he nacido!

Por Paul Auster

 

Fragilidad del alba...

 

Fragilidad del alba: en el límite
de tu lámpara oscurecida: aire
sin palabras: flor de ceniza, corola
plegada. Desde el más pequeño
de tus soles, retienes
la escaldadura: vaina
de luz aplacada. Tu palma
en barbecho: su semilla
entrando en la mudez. Más allá de esta hora, el ojo
te enseñará. El ojo aprenderá
a desear.

Por José Gutiérrez Llama

 

                     —rimas para mi muerte—

                                       Seco el lecho del río, medio lleno de hojas.
                        Nosotros, que escuchábamos otro río en los árboles.

                                                                                   Seamus Heaney

me hago gris,
gris como los andadores
desiertos de sentido,
     pisadas que van     vienen,
huellas que apenas se distinguen,
se montan una sobre otra
     y descuellan,
el instante que tarda
una goma de mascar en caerles encima,
el polvo que sobrevive en la calle,
     la suela de un zapato,
o el escupitajo de la inadvertencia


me hago gris,
trago la bruma del cielo
    encapotado,
me desvanezco entre sus holanes,
clavado de pies
                    a la fugacidad del cometa,
a su lengua de fuego,
a su brillo quebradizo     breve,
imperceptible para quienes duermen de noche,
     … o se rompen a arañazos

Por Jorge Luis Borges

 

Arte Poetica

 

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.


Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.