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Por Iris Pérez
Silencio
alguien canta
busca lejos su música
quizás
su infinito lo tenga
tan cerca
que tenga que cantar
un silencio lleno de música.
Sueño el mediodía
Espuma de nieve
que me llevas al infinito de tu espacio
rostros que se forman
imaginando la llegada de nuevos rostros
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Por Yusbiel José León Valdivies
La improvisación como manifestación de la literatura oral es de orígenes desconocidos, por lo que no se ha podido establecer un inicio exacto de ella en la escala del tiempo. De ahí que los mejores archivos con que contamos –gracias a la negligencia investigativa– sea la memoria popular, y que de ella no se obtenga muchas veces la necesaria documentación para emprender su estudio. Aun así, los investigadores no han cejado en ningún momento de intentar echar anclas sobre los inicios de la improvisación con el mayor acierto posible; uno de ellos, Arnaldo Dante Momigliano, el importante historiador Italiano exiliado en Londres, describió:
La improvisación poética fue una costumbre extendida entre los griegos, quienes la demandaban tanto para sus ceremonias rituales, como en banquetes, fiestas privadas, certámenes y juegos, incluidos los Olímpicos, donde se sucedían las competiciones de danza, música, canto e improvisación.
(Momigliano, 1984:106)
Hurgando en el tiempo, aparecen ya recreaciones de la improvisación en la famosa controversia entre Homero y Hesíodo (S. VIII a.d.C.) durante los juegos fúnebres del rey Anfidamantes, y posteriormente, entre Menalcas y Dametas, aproximadamente entre los años 41 y 37 a. C (1), en torno a las Églogas de Teócrito (310-250 a.d.C.) y Virgilio (70-19 a.C.) –específicamente de este último su Égloga III–, verdaderas disputas en versos.
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Por Félix Corona
¿Quién será el que habite
de espaldas al mar
en este país de aceras quebradas,
el que tome la decisión imposible
entre hacer piras o balsas?
En algún punto me decanté por la talla,
no quiero descubrir mi nombre un día
entre los remeros.
Creo figurillas
y las ordeno bajo paredes de barro,
nunca falta quien me susurre
que ya va siendo tiempo de darle candela,
después de todo necesitamos los ladrillos.
Invoco mis propias olas
arrojando una pizca de sal
en la boca del horno
antes de bajar a la playa
y sé que estoy de espaldas al mar
justo como avanzo de frente al mar
por el recuerdo de una calle sin asfalto
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Por Raymi José Sánchez
POEMA DE AMOR
Yo no sé qué estoy resistiendo
llego a la casa y me desnudo
un amor desvanece
que no resiste
tocando a mi puerta
Un día de mañana
Sí, por el camino fui
y una décima aprendí.
Por el camino encontré
un viejo testarudo
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Por Nicolás Águila
Le pedí al barbero madrileño que me cortara el curujey. Y me entendió la metáfora criolla. El fígaro se la llevó y entendió que me refería al pelo que sobresale en las orejas. El curujey, en sentido propio, es una pequeña planta aparentemente parásita, aunque no lo es porque se da hasta en los cables del tendido eléctrico. Suele crecer en la ceiba, aunque también en el jobo o la palma real, entre otros árboles y arbustos de la flora cubana, pero no se alimenta a expensas de ellos, por lo que se clasifica como epifito al igual que la orquídea. Debido al agua fresca que contiene, resulta una cantimplora natural para aplacar la sed en el calor sofocante del campo cubano, de ahí que también se le ha conocido como “la planta del caminante”. José Martí, que se sabía los nombres extraños de las hierbas y matojos, dejó testimonio de esa práctica campesina en su Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos, el 1º. de Mayo de 1895: “…de un curujey, prendido a un jobo, bebo el agua clara”. Las aves también se aprovechan y acuden a la tillandsia recurvata, su nombre científico, para mitigar la sed. Ya lo dice el viejo dicho guajiro, no exento de cierta picardía: “Pájaro que no bebe en el río toma agua del curujey”.
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Por Alexei Ruiz
Una sombra pende
como el silencio
sobre el aliento del otoño.
Con el susurro de lo que podría ser,
el corazón aprisiona
mientras los días se deslizan
arena en tu reloj.
Cada momento pesa
oculto en una sinuosa quietud
.
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Por Náthaly Rossi
Tal vez no era nuestro momento,
quizás éramos demasiado jóvenes
para entender que el verdadero amor
no conlleva en su significado la palabra fácil.
Quisimos aferrarnos tanto,
que cuando era el momento de dejar ir
le arrancamos un pedazo a nuestros corazones
quedándose para siempre en nuestras vidas.
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Por Ian Rodríguez
—¿Por qué soy un perro?
—Tú mismo lo decidiste.
—Pero no pensé tener seguidores.
—Tampoco Dios.
—¿Cómo es posible que no puedan decidir por ellos mismos?
—Tampoco Dios enseña cómo no vender el alma al Diablo.
—Debe haber alguna manera de cambiar las cosas.
—La alimentas o la domesticas, pero lo mejor es morderte la lengua.
—Todavía no encuentro respuesta a mi pregunta.
—Te responderé con otra: ¿en verdad ya no quieres que te olfateen el trasero?
—Temo que otros se aprovechen de esa fidelidad que con tanto fervor me profesan.
—Entonces procura no atender a sus ladridos ni cuestiones ciertas costumbres que desprecias por no ser las tuyas, comprenderás mejor el silencio de sus miradas.
Tomado de: Cabeza de manada. Ediciones Mecenas, Cuba, 2024. (N .del E.)
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Por Orlando Pérez
Canta, oh, Diosa, mi cólera funesta
que regresa desde el Hades
dando patadas al culto de la vida
cántame la almohada
resucita en descalcez
en ciertas madrugadas con ojos tostándose en el techo
déjame ser al menos Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
truécame en milagro que atraviese las murallas
hazme, si no, presa de perros y pasto de aves*
Dionisio destilado en alambique
dispárame cometas con la peste
que a punto estoy de enquijotarme
quemar las sábanas
perderme en el abismo
(*) Fragmento de La Ilíada, de Homero.
De Alquimia conclusiva (Editorial Damují, 2012).
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Silvia Consuelo Valdés González
I
El Mar me baña de arena
y me embadurna de sal.
Yo me torno pasional
en la inmensidad serena.
Presumo que una condena
emanaba del hechizo
cuando en sus olas deshizo
la tempestad que me calma
para acariciarle el alma
a aquel que nunca me quiso
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