Por Claudia Teresa Cabrera

 

                      En la inmensidad serena

                               Luis Gómez


Es sabia la luna llena,
porque nace entre esplendores
y hace brillar los colores
en la inmensidad serena.
Desde una nube encadena
senderos de la visión,
y matiza en ilusión
la sombría soledad.
La tristeza no es verdad
si la luna es un timón.


Ese cielo en tela gris
es soledad en la luna,
y un espectro sin fortuna
si enrarece su matiz.
Pero en noches sin desliz
no habrá soledad ajena,
porque deshace la pena
con su cáliz labrador:
la luna es faro de amor
en la inmensidad serena.

Por Nélida Puerto

 

Entre el menguado espacio de mi vida
te quedaste, sin ser de mi metal.
Bordé llagas con hilos de cristal
que perfuman mi cama en su caída.
Las cortinas del aire en su fluida
corriente, van poniendo a mi sendero
el rocío por la miel de tu lucero
sobre el cansado cuerpo que no existe.
Por eso en las mañanas me desviste
la espera, que prolonga tu aguacero.

 

Con este texto la autora obtuvo Mención Especial en Décima en el Encuentro-Debate Provincial (Cienfuegos, Cuba, 14.11.2024). (N. del E.)

 

 

Por Félix Corona


1

El grito persiste al amanecer
de página en reverso
y gotea sepia techumbre,
tiene días de sol
como los tiene de lluvia.

2
Canta la tarde frente al horno
con manierismo de obturador,
captura ese gesto
de la arcilla que se niega al soplo,
génesis malforme
                                   que ni se levanta
       ni anda.
Es el rito quién define
y no alaridos
de cerámica enjaulada
tras lo ahora inmutable.

Por Orlando Víctor Pérez Cabrera

 

            Le hablo a mis reflejos, a mis atormentados demonios del pasado…

                                                     María Herrera


Por el éter me llegó, viajando a la velocidad de la luz desde el sur hacia el norte, desde del Continente Sudamericano, para anclarse en una isla caribeña. Llegó por el milagro de la Internet, desde Metán, Salta, en la Argentina, hasta Cumanayagua, ubicada en el centro-sur de Cuba, bautizada por el Almirante Cristóforo Colombo “…como la tierra más ´´fermosa´´ que ojos humanos vieron”. Llegó Póstuma desde mi sepultura en formato digital a mi PC, el sorprendente poemario de María Herrera recientemente publicado que ha emocionado, ha conmovido, ha hecho reflexionar a los incontables lectores que ha tenido y va teniendo. He visto las fotos, los videos; he leído las declaraciones y los discursos de presentación por las redes desde los diferentes contextos donde se ha presentado este libro, objeto de merecidos elogios.
     Póstuma desde mi sepultura es un poemario tenso e intenso. Sus poemas no constituyen un mero ejercicio de recreación y evasión, de arrobamiento romántico; sino que van tejiendo una urdimbre de intranquilidad, de inconformidad, de rebeldía, de caída abisal, pero también de renacer, de paradójica paz e imprescindible amor.
     La autora ha puesto en voz de su alter ego (su sujeto lírico) la facultad de emerger desde el más allá hacia la luz y hacia la vida (y he citado al gran poeta Antonio Machado); así, declara: “…desplegando mis alas emergí desde mi sepultura… y hoy, con regocijo me recibo nuevamente a la Vida”.

Por Yusbiel J. León

 
       
Y al mundo, que no puede existir sin mujeres


No te duelas, sube el rostro,
Camínala, dale alas...
Dale el cielo, y no la pierdas
Que hasta en el cielo hay fantasmas,
No la enseñes a sufrida
Que repetirá tus llagas
Y tu solamente llevas
Sobre los hombros la casa,
Y otras llevan además
Basureros en el alma;
Piénsalo, que eres dichosa,
Porque por lo menos amas.
Cuando se despierte dile
Cuánto vale lo que cargas,
Lo que vale ser mujer
Desde la escoba a la cama.
Enséñala a repartir
Los trastos y la esperanza...
Y a espantar de los portales
El polvo con que te andas.
¡Qué el mundo sienta vergüenza
De tener estas estatuas!

 

Por Silvia Consuelo Valdés

 

“Porque es mucha la vida que me mata”,
te la estoy entregando en un suspiro.
Si me muero mañana, si deliro,
así sabrás que el sueño me delata.

Porque es mucha la Vida que te entrego
y tú me matas con tu Amor cobarde.
¿Apagaste tu llama? ¡Apenas arde
en ella mi pasión! ¡Mísero fuego!

En este Amor lejano e imposible
florecerá por siempre mi ternura.
No olvides que es muy fácil lo posible.


Y allí donde esté la sepultura
de este amor sin olvido y sin medida,
perpetuarán las flores de mi Vida.

Por Nélida Puerto


En la inmensidad serena

           Luis Gómez


La madre guarda la pena
en un izquierdo concierto
para robar al desierto
en la inmensidad serena,
porque la música plena
es la que vive en el llanto,
y se envuelve con el llanto
traicionero de un celaje.
Porque no hay último viaje
si el Ángel lleva su Canto.

Mi fruto no se detiene:
da luz a cada lucero;
y un futuro que no tiene:
Porque el Altísimo viene
a dejarme una condena,
pero en un cofre la pena
no cabía; en su extravío
dejó mi pecho vacío
en la inmensidad serena.

Por Xiomara Rodríguez


             Lo que vive y se convierte
             en pasado que se olvida,
             es la parte de la vida
             que siendo vida ya es muerte.
 

                   El Indio Naborí

Como caricia de grito
converges, rompes, inhalas;
Y en un santiamén tus alas
descubren el infinito.
Me desarmas en el rito
en que me dejaste inerte.
!Cuánto paisaje sin verte!
Es el tiempo quien te hace,
como todo lo que nace, 
lo que vive y se convierte.

Por Reynaldo de la C. Fernández

 

Parte 1 (fragmento)

Para Atanasia Villalobos hacer el bien era su religión. Las carcajadas le brotaban de las entrañas y todo el ambiente se contagiaba de frescura. A veces su lenguaje prosaico, soltado sin pensar a boca de jarro, retraía a los más recatados. Sin embargo, todos sabían que no había mala intención. Así era ella: ordinaria pero servicial; campechana como guajira silvestre, pero solicita ante los problemas del otro. Muchos niños del Valle de Siguanea habían llegado al mundo a merced de sus manos huesudas y callosas. Nadie le había enseñado cómo hacer un parto. Eso le vino por gracia divina y la perspicacia natural que tantos caminos le abrió. Se comentaba que la famosa “Cueva de la Vieja”, en Río Negro, había sido bautizada con ese nombre en honor a ella, afirmación desmentida por su hijo Cristóbal. Pesares y alegrías compartió con la gente de allí, y su nombre es el más recordado entre todos los que vivieron en aquellos parajes.
     Atanasia nace en Rancho Capitán, batey infortunado a mitad de camino entre Cumanayagua y Crucecita, cuando el desvío por la Cueva del Gallo subía hasta El Mamey. Un lugar apartado de la cordillera del Guamuhaya donde su padre Cheo Villalobos había arrendado uno de los tantos cafetales obrados por los colonos de la zona, con intenciones de hacer fortuna.

Por Félix Corona 


1
El grito persiste al amanecer
de página en reverso
y gotea sepia techumbre,
tiene días de sol
como los tiene de lluvia.

2
Canta la tarde frente al horno
con manierismo de obturador,
captura ese gesto
de la arcilla que se niega al soplo,
génesis malforme
                                   que ni se levanta
       ni anda.
Es el rito quién define
y no alaridos
de cerámica enjaulada
tras lo ahora inmutable.