Por Orlando V. Pérez

La vida nos tiende trampas y asechanzas impredecibles. Hay quien habla de los azares del destino. Yo creo en los avatares, choques y colisiones de un proceso de causa y efecto, en que lo causal, lo impredecible, no obstante, a veces nos golpea hasta dejarnos anonadados. “Hay golpes en la vida, tan fuertes, yo no sé…”, es ese lapidario verso de César Vallejo, con que inicia su memorable poema “Los heraldos negros”, el que mejor pudiera resumir la pena y el dolor que nos embarga por la repentina desaparición física de Andrés David García Suárez, para cuya dolorosa partida definitiva no estábamos preparados.

Por Claudia Teresa Cabrera

Te siento entre los cantares
asentados en mi pecho
porque la voz armoniza
que desde el aire está impreso.
Con cuartetas de esperanza
hago liras del esmero
sobre un retorno apacible
desde el arca de un espejo.
El azul de las tonadas
le da coraje al consuelo
donde amanece tu estampa
con los acordes de un eco.
La raíz de la bondad
hace florecer lo bello
de tus palabras erguidas
bajo la escolta del sueño.

Por Yusbiel J. León

Corren los recuerdos por el patio
descalzos a mitad de ropa,
una voz del humo intrincado del fogón
los hace entrar al aburrido mundo de los zapatos.
Detrás de las piedras donde acabarán los nidos,
las guayabas halándolos por el hambre
con las marcas de las cercas en las rodillas…
Por ahí van a esperar el naufragio
rosado de una pomarrosa
accidentada con la madurez
(siempre me gustó
verlas lanzadas por el viento
contra el silencio de la corriente).
Por ahí van pensando en el sillón de castigo
a visitar las tardes de los ríos…
¿Qué pasará que la gente olvida?

Por Yusbiel J. León

I

Nota: me fui al otro lado…
no me esperes, que no vuelvo.
Dime: ¿cómo le resuelvo
el enigma a tu recado?
¿No te cupe ni doblado
al fondo del equipaje?
¡No!, no compres el pasaje,
baja el maletín, detente,
para que no estés ausente
soy el que se va de viaje.

Por Omar Torres

La vida es como la luz en una gran ciudad:
pequeñas luces componen toda la luz.
Pequeñas vidas conforman la vida grande;
como 20 poemas de amor y una canción desesperada,
componen una forma,
millones de células tiene un cuerpo,
e investigar sobre lo mismo,
de forma diferente, sigue siendo atención,
sobre la amplitud de la vida,
de la vida toda.

Por Claudia Teresa Cabrera

Si pudiera
abrir la sepultura
cómplice de la resignación.
Si pudiera
desechar el acero
de las paredes mustias.
Si pudiera
con la frescura
del primer momento
pasar frente a ti
sin temblores
(brota el deseo
que luego se desvanece).

Por Iruan Luis Cordero

A veces soy la voz del otro lado del teléfono,
a veces un aliento,
un mando a distancia por donde te enciendes a veces;
lógicamente una fecha,
un beso que surca el tiempo velozmente,
dos ojos que te miran,
un café que te espera cada mañana,
un cigarro, una mano sobre tu mano,
desesperadamente, una canción.
Y siempre o casi siempre
no más ese silencio
donde sueles guardar tu alma.

Por José Ramón Ojeda (Lolo)

Yves Callewaert quiso de todas maneras llevarme a su país con el torso desnudo, porque me veía bien, tenia 20 años menos y una melena estrepitosa. ¡Que falta irreverente a su gente! ¡Tan llenos ellos de modales y buenas costumbres!

Me instalaron en la 51 St. y 6th. Avenue. Desde allí, por casi dos años, vi pasar grandes hombres y acontecimientos de la vida del hoy moderno. El contrato era por 24 meses, pero la desgracia del terrorismo se apoderó del lugar. Un día me retiraron de la 51St. Me registraron de arriba abajo, especialmente por detrás, buscando Antrac C-4, cualquier cosa que siguiera

Por Yusbiel José León

Música del viento eres
cantada por lo invisible
sonido de lo imposible
que por ser música quieres
que todo cante. Te hieres
de negros/blancos la mano
y yo del ruido lejano
costumbre de mi sordera
te busco sonido afuera
lo que te es adentro piano.

Cantas tus ojos, tus pasos,
tus caricias, teclas mudas…
hablan cuando te desnudas
la sonrisa. Los retazos
de sombras en los ocasos
solfean en tu vestido…
Cantar tu virtud ha sido.
Yo acorde de cuerda rota
tan solo soy una gota
de silencio en tu sonido.

 

 

 

Por José R. Ojeda (Lolo)

Existía en casa un tocadiscos RCA Víctor. A mi mama Alicia le encantaba la música clásica y a mi difunto padre René, los tangos y la música popular cubana.

Mi padre empinaba mucho el codo y siempre regresaba a la casa, sabroso. Las peleas se sucedían a diario. Un día la cosa se puso bastante fea, al punto de que ya no hallaban qué tirarse y empezaron a lanzarse discos, de aquellos plásticos; volaban y se partían contra las paredes que parecían galletas de sal, mis hermanos y yo éramos pequeños y nos escondimos debajo de las camas; hasta allí, a los cuartos, llegaban los fragmentos, y eso que la batalla era en la sala.

Recuerdo perfectamente que quedaba un disco, mi mamá lo agarró, y cuando lo iba a disparar, mi papá le dio un parón en seco del carajo: “Ese no, ese es el grande”.

Después, por años, solamente se escuchaba en casa al lajero, y así fue como conocí al gran Benny Moré.