Por Magaly Ojeda

 

Pronto será
o fue
mi cumpleaños,
tal vez sea una fecha especial
o simplemente un día cualquiera
de los muchos que me ha dado la vida.
Será un día más
que me acerque al horizonte.
Este velero está llegando
a su último puerto
con todo el viento a su favor,
las velas arriadas
sin vigía
que desate el grito de alerta.
Entraré en la bahía
en silencio
cabalgando los vientos
se me fueron quebrando
uno a uno los remos
y las velas son memorias
sólo recuerdos
de malos y buenos tiempos
de mar. 

 

 

Por Nicolás Águila

 

“No soy un ateniense, ni un griego, sino un ciudadano del mundo”, dijo Sócrates antes de empinarse la cicuta. O eso dicen que dijo. El filósofo de la mayéutica oral no nos dejó nada escrito, y fue Platón quien se encargó de ponérselo en blanco y negro.
     Solo que el mundo de Sócrates no era más que un pañuelo y se limitaba al Mediterráneo helénico o helenizado. El resto eran tierras habitadas por tribus bárbaras ajenas a la civilización. Su universo era realmente un kleenex.
     Lo cual no quita que la frase tan redicha del primer gran filósofo de la antigua Grecia, por su cómoda rotundidad, les haya servido de eslogan y banderín de enganche a los cosmopolitas del turismo de llega y vira, incluyendo a muchos de mis paisanos que posan de taínos con levita o se las dan de siboneyes sin fronteras.
     Pero óyeme bien, my little Indian boy: no basta con afirmar, desde la suficiencia socrática, que no eres cubano ni habanero, villareño o camagüeyano, sino todo un ciudadano del mundo, en la onda poscubana y postalita. Pues eso de ser cosmopolita y universal suena un tanto pretencioso y al final se queda en el provinciano trotamundos que va soltando los ariques por el camino real.

Por Nicolás Águila

 

Siempre viene bien el consejo de Vinícius de Moraes sobre el amor en la pareja. Aquel par de versos de corte paradójico con que remata su 'Soneto de la fidelidad': “Que no sea inmortal puesto que es llama / mas que sea infinito mientras dure”. El poeta brasileño –más conocido como autor de la letra de “La chica de Ipanema”— se refería, obviamente, a la pasión que se desboca cuando se le van los frenos de la razón, y no tanto a la relación matrimonial, más madura y estable pero no siempre igual de apasionada. Vinícius era consciente de la fugacidad de la dicha y apostaba al aquí y ahora, al carpe diem del que sabe que la felicidad viene con fecha de vencimiento y apenas se reduce a esos instantes fugaces eternizados en su breve intensidad irrepetible. 

 

 

Por Misael Hernández


Al final lo mismo de siempre.
Sí , al final más de lo mismo,
o lo mismo de lo mismo que al final,
es más de lo mismo, de siempre.
La melodía de siempre y la nostalgia de siempre.
Las guerras de siempre con las mentiras de siempre.
Los dolores de siempre y los muertos de siempre.
Los llantos y los derrumbes de siempre,
las manipulaciones de siempre.
Los sombríos patios de siempre.
Los muros húmedos de siempre.
Los pelos cepillados y las camisas rotas de siempre
(desnudos en sus costillas todos)
(empujados pisoteados incomprendidos y avasallados)
El hambre siempre es el mismo.
Como el odio que siempre lleva
la misma cáscara y limpios dientes afilados.
Pero la mueca, la burla y el exterminio y los exprimidores de naranjas
eran  y son  los mismos de siempre.

Por Magaly Ojeda


Volví al lugar donde
una vez tuve una cama,
una mesa y mis ropas
colgadas en un armario.
Me senté en el sillón
que guarda casi todo
el cansancio de mis días.
Las paredes tienen la memoria
desolada. Un gato negro
me invita
a recorrer la casa.
Todos duermen a deshoras.
Mi buen vecino se envejece
entre la santa envidia
y el orgullo
de tener un carro,
cuatro neuronas oportunistas
y tres metros de tierra
esperando.

Por Elsie Carbó


Ahora que están perdidas, no puedo evitarlo. Los recuerdos nunca caerán al suelo. Siempre que veo una mata de naranjas pienso en los naranjales de mi casa. De la pequeña finca, amada y entrañable, conocida en el pueblo como la quinta de Carbó,  más o menos una caballería y tres cuartos de tierras dedicadas a cultivar variedades  de  cítricos, lo que vendrían a ser en las medidas actuales unos 33 acres y un poco más, sembradas de una variedad que mi padre llamó Valencia Temprana, porque brillaba bajo el sol como bañada en oro por las tardes, o si lo prefieres, 134,202,38 m² de Valencia Tardía, otra variedad pero que venía sin semillas y con el jugo más dulce del mundo, injertadas con yemas rutilantes para cambiarles la función reproductiva, como esas vacas que inseminan para que den más leche o carne, según el comerciante que las elija.

Por Marisol Velázquez

 

Gitano.
     ¿de dónde viniste?,
origen viejísimo
en estirpe.

Gitano,
      ¿a dónde tú llevas
a llorar el camino?
      Por tus pasos
¿a dónde te fuiste?,
        ¿estabas en Asturias,
                       Galicia
          o saliste
          del desprecio?

Gitano,
        ¿tú eres hoy de dónde?,
              ¿de Barcelona?,
              ¿o del viento?,
              ¿eres de agua?

Por Claudia Teresa Cabrera

 

Un inútil combate de palabras
no debilita razones,
juzgarlas reduce la verdad.
Al mirar hacia la nada
hallo relaciones hipócritas,
y la espera de mi quietud
borra una luz y pregunta en lo oscuro
al notar el pálido odio de sonrisas…

Calla el bullicio de la noche,
el silencio del día murmura:
por cruzadas paredes
asoma el triunfo
y pone a andar la piel de sus alas.

 

 

Por Marisol Velázquez

 

Una ráfaga
        toca a tu ventana
        con las pequeñas flores
        de tu bordado;
             eran azules
para abrir
          la noche
bajo el colchón,
          y despertar recuerdos.


Sobre tu cabeza
          revoleteaban
mil mariposas
       tras la luz
colgada de la reja.

 

 

Por Mayda Palazuelos 

 

¿Aún no sabes
qué eres un bálsamo gentil?
Si estuvieras a mi lado
pudieras con tus manos
derramar rosas y mariposas
sobre mi alma en tinieblas
para cuajar
            un sueño
                    rebosante
                        de mi amor.