Por Rolando Revagliatti

Alberto Luis Ponzo 121.- Rolando Revagliatti:Quienes deseen saber más de vos, Alberto, tendrán posibilidades si te buscan en la Red. Encontrarán muestras de tu poesía, otros reportajes y videos. Y podrán advertirte en fotografías con tu esposa y compañera de más de seis décadas, Alba Correa Escandell (1918-2008), de nacionalidad uruguaya, que además de profesora universitaria fue poeta y narradora. ¿Nos referimos a ella?

Por Neil Gaiman

Este es otro cuento que comenzó a vivir a partir del Penguin Book of English Folktales de Neil Philip. Lo estaba leyendo en la bañera y me topé con un cuento que ya debía de haber leído mil veces. (Aun conservo la versión ilustrada que tenia a los tres años.) No obstante, esa lectura numero mil y uno fue la que me cautivo y empecé a pensar en el cuento, de principio a fin y al revés. Me rondó por la cabeza durante unas semanas y entonces, en un avión, empecé a escribirlo a mano. Cuando el avión aterrizó, ya tenía dos tercios escritos, así que me registré en el hotel y me senté en una silla en un rincón de la habi­tación y continué escribiendo hasta que lo terminé.

Lo publicó DreamHaven Press en un folleto de edición limitada cuyos beneficios eran para el Fondo para la Defensa Legal de los Comics (una organización que defiende los derechos de la Primera Enmienda de los creadores, editores y vendedores de comics). Poppy Z. Brite lo reimprimió en su antología Love in Vein II ("Vetas de amor II").

Por Julio Cortázar

              Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;

                               le llamaban la guerra florida

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde, y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla.

En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y —porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre— montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Por Niels Hav

La palabra guerra está prohibida en Rusia,
afortunadamente.
Palabras como ansiedad, gritos y bombas
deberían estar también prohibidas.

La cosa más tonta es pensar.
La palabra invasión ya ha sido eliminada.
El número de las bajas del ejército no existe.
No hay que mencionar el llanto de los soldados.

 

Ser o no ser, he ahí el dilema. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Este es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí, y ved aquí el grande obstáculo, porque el considerar que sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios? Cuando el que esto sufre, pudiera procurar su quietud con solo un puñal.

Por María de Burgos

Éramos tres…
Una naciendo de una espiga
Una rompiendo un alboroto
trágico de las fórmulas.

Una amontonando el corazón de Dios
para darle justicia al universo.
Una recogía estrellas.
Una era feria triste de retazos azules.
Una sabía crecer sobre su nombre
desde un maligno eco.

Éramos tres…
ausentes,
taciturnas,
como tres barcos anegando un puerto.

Por Silvia Zárate

Carga en su espalda la ancestral tristeza del oprimido,
en la sangre le corren ríos de mestizaje que lo laceran,
sus pies agrietados se confunden con los de la tierra,
heridas secas como su esperanza.
Las manos curtidas de trabajar la madre tierra
no esperan nada.
Porta en sus ojos negros dos recias obsidianas
herencia de los antiguos mexicanos.
La sangre le hierve ante la injusticia
y emula al gran Cuauhtemoc.

Por Gabriela Quintana

I

 Un movimiento eléctrico recorre los dedos de mi mano derecha. Por alguna extraña razón no percibo el resto de mi cuerpo, solo esta sensación involuntaria que se propaga como un cosquilleo desde mis uñas hasta mi hombro. Respiro profundamente y advierto un fuerte hedor a humedad, quizá a tierra mojada, a moho.

Comienzo a sentir un dolor punzante en mis piernas, el cual se va quitando poco a poco para dar paso a un frío que me llega hasta los huesos. Aún continúo sin poder moverme, y no comprendo por qué. El sueño me sigue pesando acompañado de un cansancio extenuante. Realmente siento unas ganas de seguir reposando, no me preocupa nada en este momento. A pesar del estupor, mi mente vagabunda y confundida, se dispone a recordar. Con los ojos cerrados, mi memoria repasa los últimos sucesos…

Por Fernando Andrés Chelle Pujolar

En el mes de junio del año 2015, después de publicar  El cuento latinoamericano fantástico en Río de la Plata, me propuse continuar con los ensayos de carácter literario, sobre cuentistas que incursionaron en el cuento fantástico, ya no solo de la zona del Río de la Plata, sino que mi interés era extender esos estudios a diferentes autores, en principio, latinoamericanos. De esos ensayos, salvo el que se refiere al cuento "El almohadón de plumas", de Horacio Quiroga, ese relato que narra la muerte inexplicable de una mujer, tras ser víctima de un animal extraño que vive en un almohadón, todos los demás fueron publicados inicialmente en las páginas de Vadenuevo.

Por Edgar Allan Poe

Había yo soportado hasta donde me era posible las mil ofensas de que Fortunato me hacía objeto, pero cuando se atrevió a insultarme juré que me vengaría. Vosotros, sin embargo, que conocéis bien mi alma no pensaréis que proferí amenaza alguna. Me vengaría a la larga; esto quedaba definitivamente decidido, pero, por lo mismo que era definitivo, excluía toda idea de riesgo. No sólo debía castigar, sino castigar con impunidad. No se repara un agravio cuando el castigo alcanza al reparador, y tampoco es reparado si el vengador no es capaz de mostrarse como tal a quien lo ha ofendido.