Por Emily Dickinson

Sentí un funeral en el cerebro,
acompañantes que iban y venían
pasos-pasos tan sonoros-que era
como si taladraran el sentido-
y cuando ya todos estuvieron sentados,
la ceremonia, como un tambor-
sonaba-y sonaba-hasta que me pareció
que la mente se entumecía-
oí entonces cómo levantaban la caja
y el crujido que atravesaba mi alma
con esas botas de plomo, otra vez,
luego el espacio-comenzó a tocar a muerto,
y todos los cielos eran una campana,

Por Rolando Revagliatti

Pocos edificios concentrados en las manzanas que lindan con la plaza; el más alto llegará a quince pisos. Las casas tienden a la sencillez. Las más antiguas, con los jardines encerrados por muros de los que sobresalen enredaderas y estrellas federales. Las puertas, de hierro, pintadas de verde. De las que no están pintadas de verde... nadie atinaría a definir el color. Espaciosas estas casas, y cuidadas, con esmero incierto. Y casi todas las modernas, lo son por haber sido restauradas. Hay calles con apenas unos arbolitos, recién plantados. Otras ostentan muchos, y añosos.

Por Rolando Revagliatti

 
1.- Rolando Revagliatti: ¿Cuál fue tu primer acto de “creación”, a qué edad, de qué se trataba? 

Guillermo Fernández: Era joven. Fue una poesía de malevos y cuchillos. Todavía la impronta borgeana me invadía. Fue una herencia de mi padre, gran admirador de Jorge Luis Borges. En su biblioteca contaba con una carpeta llena de recortes de diarios sobre entrevistas realizadas a Borges.   

Por Mario de Andrade

Conté mis años y descubrí que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante, que el que viví hasta ahora.

        Me siento como aquel niño que ganó un paquete de dulces; los primeros los comió con agrado, pero, cuando percibió que quedaban pocos, comenzó a saborearlos profundamente.
         Ya no tengo tiempo para reuniones interminables donde se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada.
         Ya no tengo tiempo para soportar a personas absurdas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.

Por Gustavo A. Bécquer

Una tarde de verano, y en un jardín de Toledo, me refirió esta singular historia una muchacha muy buena y muy bonita.

Mientras me explicaba el misterio de su forma especial, besaba las hojas y los pistilos que iba arrancando uno a uno de la flor que da a su nombre esta leyenda.

Si yo la pudiera referir con el suave encanto y la tierna sencillez que tenía en su boca, os conmovería como a mí me conmovió la historia de la infeliz Sara.

Por Erick J. López

"Si alguna vez hubo amor"
fue tu frase al despedirte,
nunca imaginé que al irte
dejaras tanto dolor.
Yo no te guardo rencor
a pesar de todo el daño;
hoy se cumple más de un año
de la amarga despedida
y aún me duele la herida,
pero por fin no te extraño.

Por Laura Santiago

Tardé en descubrir que vivir
no era deslizarse por los días
ni ordenarle los cajones a cada jornada.
Era poder encontrarse alguna vez, en mitad del caos
manchada y descosida, con alguna herida abierta.
Para no rendirme a la impostura
tuve que inventarme, entrelíneas,
bebiéndome la elocuencia de todos mis silencios.
Tardé en descubrir que el futuro tenía prisa,
que cualquier hora es una hora marcada.

Por Ernest Hemingway

 

--Está bien –dijo el hombre--. ¿Qué decidiste?
--No --dijo la muchacha--. No puedo.
--Querrás decir que no quieres.
--No puedo. Eso es lo que quiero decir.
--No quieres.
--Bueno --dijo ella--. Arregla las cosas como quieras.
--No arreglo las cosas como quiero, pero, ¡por Dios que me gustaría hacerlo!
--Lo hiciste durante mucho tiempo.

Por Carlos Vázquez

El mundo es tan pequeño que cabe en una gota de brutalidad humana,
el hombre es como el rencor de las nubes,
desprende su ira,
como las noches en sus horas de silencio,
es un puño abatido por la muerte, el frío toca sus manos como una sombra,
el animal que devora as sus crías, la sangre y sus heridas,
una pupila envenenada por oscuros recuerdos,
se extingue entre las bestias y arranca el sonido a las piedras
mientras el cielo al sumergirse en el mar se revuelca en el fondo,

Por Horacio Quiroga

Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación. La naturaleza, plenamente abierta, se siente satisfecha de sí.

            Como el sol, el calor y la calma ambiente, el padre abre también su corazón a la naturaleza.

            —Ten cuidado, chiquito —dice a su hijo abreviando en esa frase todas las observaciones del caso y que su hijo comprende perfectamente.

            —Sí, papá —responde la criatura, mientras coge la escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa, que cierra con cuidado.