Por Arthur Rimbaud

A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales,
algún día diré vuestro nacer latente:
negro corsé velludo de moscas deslumbrantes,
A, al zumbar en torno a atroces pestilencias,

calas de umbría; E, candor de pabellones
y naves, hielo altivo, reyes blancos, umbelas
que tiemblan. I, escupida sangre, risa de ira
en labio bello, en labio ebrio de penitencia;

U, ciclos, vibraciones divinas, verdes mares,
paz de pastos sembrados de animales, de surcos
que la alquimia ha grabado en las frentes que estudian.

O, Clarín sobrehumano preñado de estridencias
extrañas y silencios que cruzan Mundos y Ángeles:
O, Omega, fulgor violeta de Sus Ojos.

 

 

Por E. Annie Proulx

Lo que Jack recordaba, y anhelaba con un ansia que no estaba en su mano dominar ni comprender, era aquella ocasión en el remoto verano de la Brokeback en que Ennis se le acercó por detrás y lo estrechó entre sus brazos, aquel abrazo silencioso que satisfizo un hambre compartida y asexuada. Permanecieron así largo rato frente a la hoguera, rojizas tajadas de luz incandescente y danzarina, las sombras de sus cuerpos como una sola columna sobre la roca. Los minutos pasaban medidos por el tictac del redondo reloj que Ennis llevaba en el bolsillo, por los palos que se transformaban en ascuas en el fuego. Las estrellas rasgaban las onduladas capas de calor sobre el fuego. Ennis respiraba pausada, reposadamente, tarareaba, se balanceaba apenas a la luz chispeante, y Jack se reclinó sobre los regulares latidos de su corazón, las vibraciones del canturreo como un leve zumbido eléctrico, y así de pie, se hundió en un sueño que no era sueño sino algo diferente, extasiado arrobamiento, hasta que Ennis, rescatando de los tiempos infantiles previos a la muerte de su madre una frase oxidada pero todavía en buen uso, dijo:

Por María Herrera

Ahí donde el silencio rasga el alma 
y corta la piel, 
ahí donde quiero huir de las miserias… 
¿Cómo escapar del amor? 
Interpela en ecos el interrogante de tu ausencia. 
Exasperas los sentidos ,
desequilibra el silencio de tu voz; 
es como luchar contra el viento 
y querer aplastar los cerros con los pies. 
¿La vida deja más dolor que la muerte? 
¡Las de las antinomias, 
son las almas que tengo! 
Abruma el arrepentimiento. 
Ambigua debilidad. 
¡Beberé libertad!

Por Abelardo Castillo

Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza --porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia-- nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquel, nadie es puritano. Pero justamente por eso, porque no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.
     Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se transformaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.

Por Naizomi Getav

En el caos,
en la oscuridad,
en el temor,
en el miedo,
en la tristeza,
en la desdicha...

Sigo siendo yo.

Con demonios a cuestas,
al tropiezo del día,
donde se esconde el sol
y a la fuerza de la penumbra...


Sigo siendo yo.

Por Naizomi Getav

Canta la voz del viento,
y en los campos verdes,
se mece el cuerpo grácil
de silvestres flores.

Madruga la aurora
en múltiples lilas y rosas,
buscando vida
en valientes mariposas.

Canta la voz del viento,
y gozan de un vals las espigas;
se entrelazan, se abrazan,
mis pupilas, observan y se dilatan.

Cierro los ojos, y respiro...
cierro los ojos, y vivo...
mi voz se eleva sin hablar,
lecciones de vida, en el viento que va.

Por Susana Macció

Se cuartea
la pared
del olvido.

De su grieta
inocente
brotan vivas
las edades.

Clarividente
imperfección.


Éxtasis

En la trama del aire
olores sonidos sabores
enlazados
en la cabellera del río.

Por E. Annie Proulx

(Continuación)

No quiso añadir que el capataz se había recostado en su rechinante mecedora de madera y había dicho: ¡Twist, no os pagué para que dejarais que los perros hicieran de niñera de las ovejas mientras vosotros cortabais florecillas! y se había negado a contratarlo de nuevo. Prosiguió— así-: Sí, ese puñetazo que me pegaste me sorprendió. No podía imaginar que eras de los que dan golpes bajos.
     -Yo voy detrás de mi hermano K E., que me saca tres años, y me molía a palos todos los días. Mi padre se hartó de verme llegar berreando y cuando tenía unos seis años me dijo que me sentara y me dice: -Ennis, tienes un problema, y si no lo arreglas va a seguir igual hasta que cumplas los noventa y K E. los noventa y tres-.
     -Ya-, digo yo, -es que él es más grande-. Y mi padre dice:

Por E. Annie Proulx

Ennis del Mar se despierta antes de las cinco, el viento mece el remolque, silba al entrar por los marcos de aluminio de la puerta y la ventana. Las camisas colgadas de un clavo ondean en la corriente. Ennis se levanta rascándose la cuña gris de la tripa y el vello púbico, se acerca al hornillo de gas arrastrando los pies, vierte los restos de café en un desportillado cazo esmaltado; las llamas lo envuelven de azul. Abre el grifo y orina en la pila, se pone la camisa y los vaqueros, las desgastadas botas, taconea sobre el suelo para calzárselas bien.
     El viento brama sobre la curvada superficie de la casa remolque y bajo su atronador embate Ennis oye el rasposo roce de la gravilla y la arena. Ir por la autopista con el remolque de caballos quizá no va a ser fácil. Tiene que recoger sus cosas y marcharse esa misma mañana. El rancho vuelve a estar en alquiler, ya han despachado los últimos caballos, las cuentas las saldaron la víspera y el dueño dijo:  
     —Dádselas al buitre de la agencia inmobiliaria, yo me largo —y depositó las llaves en manos de Ennis. Tal vez tenga que pasar una temporada con su hija casada antes de conseguir otro trabajo, y, sin embargo, lo embriaga una sensación placentera porque ha soñado con Jack Twist.

Por Rolando Revagliatti

 1.- Rolando Revagliatti: Sos torcuatense por adopción.

Susana Macció: Tenía seis años cuando nos mudamos a esta localidad que nunca abandonaré. La que fue declarada ciudad cuando yo tendría quince; y, a pesar de eso, continúa conservando la idiosincrasia de un pueblo. Las construcciones no pueden superar los tres pisos; la mayoría son casas con frondosos parques. Eso permite un cielo abierto donde las veredas tienen una parte de césped y muchos árboles y nos ofrece un paisaje acogedor cuyo atardecer —hendido de pronto en un abrupto silencio— desciende lento y sumiso. Desde hace veintinueve años me desempeño como preceptora en el colegio al que asistí durante la primaria. Tarea apasionante en el acompañamiento y formación de los adolescentes.