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Sección de literatura de autores del resto de Cuba

LAS NUBES

viven enamoradas
de ese complejo mundo que divisan
durante su lento viaje por la atmósfera.
Quisieran flotar entre los árboles,
navegar con las olas de los mares,
envolver las ciudades con sus brumas,
recorrer bosques, ríos, montañas…
Han intentado descender, inútilmente,
y vagan tristes, a voluntad del viento.
A veces copian en lo alto,
en inmensos murales,
caprichosas imágenes,
de lo entrevisto a distancia:
edificios, montañas, animales, rostros,
que el viento desvanece.
Cuando vencidas de impotencia
no pueden soportar más la tristeza
del inútil vagar, se deshacen en llanto.
En sus copiosas lágrimas
está el secreto de la lluvia.


(De Fabulario inconcluso)



Ángel Augier

ISLA EN EL TACTO (fragmentos)

I


Cosida al mar y al viento por puntadas de olas,
a puro sol prendida,
tu perfil, isla mía, tu contorno en el agua
con tu constante litoral dibujas
revuelto hacia la luz y hacia la espuma,
hacia el húmedo mundo clamoroso
donde pierden la tierra y el árbol sus fronteras,
donde encuentra el azul su razón en los mapas
y se disuelve en sal la geografía.


II


Soledad por tu sol y por tu día:
isla sola: sol y ola
confundidos ciñendo, acariciándote
la piel mulata de la costa,
la femenina piel, fragante de tabaco,
y la piel de la playa,
cálida y temblorosa con su arena de azúcar.


III


En ti misma comienza y se reanuda
la línea en movimiento de tus bordes inmóviles,
ese voluptuoso
límite que recorre tu dimensión exacta
y aprieta con su júbilo
tu verde desnudez estremecida.
En ti nace y renace,
ondulante rodeando tu náutica estructura,
esa inundada sombra flotadora,
esa flotante sombra sumergida
que marca tu presencia
en el sitio preciso donde el agua
seca las vestiduras de su viaje marítimo
y se detiene el aire para lavar su túnica.


IV


Isla mía, resonante,
naviera y vegetal a la deriva.
Cañaveral velamen
extendido de líquida musical transparencia.
Sonora y descubierta caracola
de sol y mar y viento traspasada.
Palmar de verdes puntas de sonido
del aire dueño y de la enredadera.
Amo y recorro al tacto
tu ámbito circundado de acústica intemperie,
tu ámbito en que despliega
la luz de su canción el oleaje.
Ala en la luz, luz rota en la ola:
ola, ala de sal que interminable vuela
en tu cielo terrestre;
luz, ala de sol que cubre tu dimensión celeste.
Ola y luz en una única canción
que sin cesar afila su fragancia
en los clamores de los arrecifes.


(De Isla en el tacto)



Ángel Augier

Virgilio: el solitario hereje de da inmortalidad

Después de tanto silencio en la vida y en la muerte, Virgilio Piñera ha resucitado en un libro testimonial que lo consagra como hereje trascendente. Virgilio en persona,  escrito por el crítico e investigador Carlos Espinosa, publicado por Ediciones Unión, 2003, es uno de esos textos ya imprescindibles para el acercamiento a esa figura tan peculiar de la cultura cubana, con quien fueron poco amables las circunstancias vivenciales, desde su nacimiento en 1912 hasta su muerte en 1979.
Carlos Espinosa ha elaborado un montaje, con fuerte acento teatral, y por ende una dramaturgia que tienta al lector a no dejar de adentrarse en esa obra ardua que fue la vida de Piñera, contada por personas de su más profunda cercanía afectiva o aquellos que compartieron algunos de los actos de  su drama personal, y por los propios decires del autor que inauguró la modernidad en el teatro cubano,  según los especialistas y se adelantó tanto con su arte que se convirtió en un susto para todos los que evitan los sobresaltos de la imaginación creadora, que no son más que el buceo en los abismos más profundos de la naturaleza humana.

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LA MUERTE

no es esa grotesca imagen
de los huesos y la guadaña.
Jamás ha sido esa Muerte
y nunca puede haber esa imagen suya cierta,
porque está con nosotros desde el mismo
instante en que ya somos una gota de vida
que pugna por brotar al aire y a la luz,
como la flor, la espiga, el ave, el ciervo…
Está latente en cada ser
como la vida misma,
y sigue con nosotros, quizás como la sombra,
la propia sombra de cada cual,
como es propia de cada cual la vida.
Hasta un día en que ya
queda la sombra sola
que fugaz se disuelve
a plena luz.


(De Fabulario inconcluso)


Ángel Augier

Decálogo de Goliat (*)

1) La esquirla: garabato con que arañar un tablero de cal. Caligrafía blanca, calcinada: ¿quién sabe leer? La esquirla: cuña de vidrio, espejito para reflejar narcisos suicidas o para comprar al contado una isla donde fundar un nuevo centro o ciudad. ¿Quién funge o acaso finge como testigo del pacto? La esquirla: lo cuántico, lo que un escritor somete a inventario como resistencia contra la opaca estadística institucional. ¿Habrá espacio para alguna historia cierta entre las ficciones privadas y la ficción estatal?
2) Ahmel Echevarría ha escrito el suyo, su inventario. Perdió los estribos y por fin se atrevió. Perdió sus cabales. Perdió el pudor. Y ni siquiera pidió perdón, mucho menos permiso. Su inventario es el de un intruso: sus esquirlas, una intromisión. Hojeo este inventario sin necesidad de leerlo. Son textos que de muchas maneras he escrito o fotografiado yo. Me pregunto en voz alta, no tanto para mí como para el fantasma de su autor: ¿Sabes que todo inventario es una invención? ¿Sabes que uno incluye excluyendo? ¿Sabes que todo inventario es a la postre una inversión: un «poner patas arribas el statu quo» y un «tratar de que nuestra lista sea leída antes y por encima de las demás? Violencia del lenguaje, de la literatura, del libro. Violencia del autor, la cultura y la tradición.

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La crítica como arte

Muchos dicen que la crítica encierra en esquemas y reglas teóricas el arte libre que se explica por sí solo, y no requiere de la posterior deconstrucción de ningún sabelotodo; otros, que los críticos son perseguidores del arte, especializados en renegar de su evolución y establecer rígidas escuelas e “–ismos”.
Por otro lado, encontramos a un tal José Lezama Lima, que escribió alguna vez sobre su deseo de que existiera “una crítica que sea creadora, es decir, que engendre en el espectador un acto naciente, un centro de simpatía irradiante... En esos islotes de lo temporal expresivo, buscar la nueva especie que surge de lo logrado, pero no como una entelequia, sino con sus mismas razones oscuras, aun con sus frustraciones...”.
El autor de Paradiso y del incompleto Oppiano Licario, aboga por una crítica que se rija por principios y no por reglas, una crítica que mire hacia el futuro y no hacia el pasado, cargado como está de movimientos y estéticas que aguardan por ser transcendidos por nuevos lenguajes; servir de basamento para acercarnos un poco más a las estrellas.
Los principios de esta crítica deben estar presididos por la frase martiana que reza: “...el crítico ha de ser hombre de peso, capaz de fallar contra sí propio”. El crítico debe ser capaz de redimensionar sus criterios, siempre listos a girar hasta 360 grados junto a coyunturas y revoluciones culturales que lancen el arte hacia dimensiones insospechadas.

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