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Página de Inicio Autopista sur

Sección de literatura de autores del resto de Cuba

ABRIL

Esas hojas que vuelan bajo el cielo,
quieren decir la lengua de la patria.


Esas aves que aspiran
la lentitud hostil de la borrasca,


ya saben que en abril se precipitan
todas las agresiones.


Oh pueblo en que nací,
así te miro fiero, junto al mar;
este polvo que piso
será el huerto magnífico de todos.
Y si caemos otra vez
se alzarán los huesos en la arena.
Aquí están nuestras almas


en el mes imprevisto, en abril,
donde duerme la Isla como un ala.


(De Piedra pulida)


Nancy Morejón

MADRE

Mi madre no tuvo jardín
sino islas acantiladas
flotando, bajo el sol,
en sus corales delicados.
No hubo una rama limpia en su pupila
sino muchos garrotes.
Qué tiempo aquel cuando corría, descalza,
sobre la cal de los orfelinatos
y no sabía reír
y no podía siquiera mirar el horizonte.
Ella no tuvo aposento de marfil,
ni isla de mimbre,
ni el vitral silencioso del trópico.
Mi madre tuvo el canto y el pañuelo
para acunar la fe de mis entrañas,
para alzar su cabeza de reina desoída
y dejarnos sus manos, como piedras preciosas,
frente a los restos fríos del enemigo.
(De Piedra pulida)


Nancy Morejón

ARIAS DEL CIEGO (*)

VI


Yo no sé decir como Voltaire:
“la mejor de las noches posibles,
la más procaz que imaginarse pueda”
yo no sé juzgar a la vigilia,
a duras penas reconozco el viento helado
que sobre mi cabeza trae augurios,
yendo y volviendo
de y hasta mi propia mansedumbre,
del sueño al sueño, con la sensación de aquel pianoforte
que comenzara a urdir esta agonía.


No porque mi rostro busque refugio entre mis manos
siento la sensación certera de mí mismo
y el silencio no me reconforta,
el dolor y el odio son la vaga memoria
que en algún solitario rincón alguien disculpa,
la memoria de cuanto pueda quedarnos,
de remordimientos y traiciones
con que hicimos la cábala y cada silogismo.

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DIVERTIMENTO

como le gustaría a Rafael Alberti (para guitarra)
Entre la espada y el clavel,
amo las utopías.
Amo los arco iris y el papalote
y amo el cantar del peregrino.
Amo el romance entre el lobo y la iguana.
Amo los pasaportes: ¿cuándo dejarán de existir los pasaportes?
Amo los afanes del día y las tabernas
y la guitarra en el atardecer.
Amo una isla atravesada en la garganta de Goliat
como una palma en el centro del Golfo.
Amo a David.
Amo la libertad que es una supervivencia.


(De La Quinta de los Molinos)


Nancy Morejón

La misión (o de cómo Ismael propone un viaje dialogado) (*)

“Llámenme Ismael”

Así pretendía comenzar la presentación de la más reciente entrega poética de González Castañer (Ciudad de la Habana, 1961) desde el día que supe debería tener lugar durante la celebración de la XV Feria Internacional del Libro en la ciudad de Bayamo, pero desistí del sentido lúdico y preferí dejar quieto a Melville cuando me percaté de que podía imponerse el terminar rapeando uno de sus textos, al escucharle leer en la presentación realizada en La Cabaña días antes. Y como yo soy total/mente, un poeta arrítmico, me incliné (por indudable conveniencia mía) a ejercer un criterio pretendida/mente pretencioso como lo será siempre que intentemos dilucidar las pretensiones de un autor como el que ahora nos ocupa.
Existen dos “momentos esenciales de la vida en que estamos solos: en el apogeo del amor y en el instante de la revelación mística” (Huxley). No niego que sean estos los “momentos esenciales”, pero sí creo que son muchos más los momentos en que la soledad no sólo nos acompaña, sino que nos asiste, nos atenaza, “fiel como el mal aliento” al decir de Oliveira en la Rayuela de Cortázar.

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Hombre que vive frente a sí mismo

Recientemente apareció en Ediciones Matanzas el poemario Hombre que vive frente al mar, del poeta René Coyra, Premio Nacional de Poesía “José Jacinto Milanés” de la UNEAC en su edición del 2004.
Rafael Alberti declaraba en 1967 la obsesión que tenía por el mar: “Yo nací junto al mar. Yo sigo siendo siempre un poeta del mar, aunque pueda pasarme días y hasta años sin escribir su nombre, sin recordarlo siquiera. ¿Qué no deberé yo al mar, mi poesía primera y todavía la de hoy? ¿Qué no a su gracia, o sea, la sonrisa; a su juego, o sea, el ritmo; a su ritmo, o sea, la danza, el baile?”
Claro que la condición de desterrado de Alberti no es la misma que ahora nos convoca, aunque el autor del libro que comento ha manifestado en varias ocasiones su autonomía, su largo e interminable peregrinar de un mar a otro, de una sequía a otra, de una ciudad (interior o exterior) a otra.
Cuando pensamos en el mar nuestra mente puede detenerse y avanzar a un mismo tiempo. En Hombre que vive… el poeta no tiene la necesidad de reafirmar la propia personalidad poética (reconocible ya en el gran (des) concierto de las nuevas promociones literarias de la Isla), sobre todo en el Oráculo de Delfos y en los textos que conforman su más reciente libro: Pensamiento primitivo, premio Calendario 2004. Con un discurso mesurado y depurado, Coyra nos muestra su dominio del lenguaje en un cuerpo poético que a ratos nos vuelve a recordar una clave de su obra: la referencia al mundo grecolatino, y cito del poema “tatuajes”: “Todo es mudable / como las aguas de Eurico para los griegos”. Y más adelante leemos en “el gran apagón”, quizás el texto más ambicioso y completo: “Al año fui bautizado / y a los dieciséis leía a Anacreonte, / un poeta un griego más…” Un texto a un tiempo intrincado y transparente, como esos claros de la marea baja que escapan al que los busca y que solo se ofrecen, como un don, al que los espera sin impaciencia. Es indudable apreciar la asimilación de las lecturas de los clásicos hecho por el autor y la búsqueda de un discurso aparente inmediato que logra producirnos profundas reflexiones sobre objetos cotidianos que nos rodean como el mar (físico o irreal), los puentes, una rosa, el mismo poema, etc. Está claro que todo poeta se crea a sí mismo, trasponiéndose en otro, o en muchos otros. Coyra parece reescribir la historia en todas las direcciones con el ritmo del agua, o sea, con el ritmo existencial y “el equilibrio entre el hombre y la humanidad”.

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