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Sección de literatura de autores del resto de Cuba

UN DÍA, LA MAR Y YO 

Un día, la mar y yo
salimos a pintar vidas y
a tantos trazos
amanecimos seres humanos
un día, la mar y yo
creímos estar muy solos y
comenzamos a hilvanar estrellas

las estrellas
(faros en el firmamento)
hacen su símil de islas perdidas por el océano
con la noche
todo puede perderse
hay quienes apuestan más
por el espejismo del asfalto
que por las historias de su memoria
un día, la mar y yo
supimos que
a pesar de tanto tiempo con color a muerte
aún es posible la creación.


(28.03.2006)



Jorge Bousoño González

Responso por un profanador de la costumbre

En el canto VII del texto A la salud de la serpiente René Char ha sentenciado: “Lo que viene al mundo para no trastornar nada, no merece ni consideración ni paciencia”.
No encuentro palabras más adecuadas para Michel Martín (Sagua La Grande, 1971-Cienfuegos, 2006). Y acudo a ellas porque precisamente sobre este poeta francés conversamos la última vez que nos encontramos. Recuerdo que él se había propuesto dejar al poeta Jesús Candelario sin probar un trago de Habana Club (Añejo Blanco) de una caneca de 35 cl que apenas me habían regalado, y por poco lo consigue; de hecho, sumó al escritor Luis Ramírez y nos instalamos en una conversación de esas que con él siempre solían ser desacralizadoras. Conversador por excelencia, Michel nos hacía disfrutar de los conocimientos que sobre la poesía contemporánea le asistían, con un humor peculiar, el mismo que supo llevar a los versos de un libro como A sacris (De las cosas sagradas, en latín), del que ya me he ocupado antes.
Cuando me alcanzó la infeliz noticia de su prematuro fallecimiento todavía era muy reciente la impresión de ese encuentro que ahora describo. Michel me mostró la cubierta de su libro Premio Reina del Mar que ansío tener en mis manos. Había que verlo asistir a su fiesta particular, y digo esto porque el diseño de la colección también es de él y creo que sin dudas el lector sabrá apreciar su esmero en esa tan difícil profesión de editar y diseñar. Tuve que conformarme entonces con los Cánticos profanos (Mecenas, 2005). Al obsequiármelo, el poeta me escribió esta dedicatoria:

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La puerta

Mateo recostó su corpachón sobre la hierba húmeda. Arriba estaba el cielo cubierto de estrellas, miles de vibrantes puntos fulgurando quién sabe a qué distancia. Como siempre que debía esperar su pensamiento comenzó a divagar: ¿tendría puerta el cielo?, se preguntó, para enseguida reflexionar que sí, que debía tener una puerta para dejar pasar a todas las criaturas que murieran. ¿Sería grande?, pensó, para de inmediato afirmarse que sí, que la entrada al Reino de los Cielos debía ser lo suficientemente amplia puesto que la población del planeta era ya inmensamente numerosa, tanta como para que cada minuto fuesen miles las almas que abandonaban sus cuerpos. La interrogante siguiente fue respecto a cómo sería esa puerta, si como todas con dos grandes piezas de madera labrada y un aldabón de bronce para que los difuntos llamaran a ella, o una simple abertura.     Desechó la primera idea, pues resultaría sumamente trabajoso para quien estuviese encargado de atender a la clientela, el continuo golpear del aldabón. De otra parte no habría bisagras, por divinas que fueran, que resistieran tanto abre y cierra y, además, se podría formar una buena fila de personas esperando sus turnos y eso podría irritar a los pobres espíritus recién desencarnados. Sí, porque las filas –las había dejado de llamar colas desde que escuchó a un turista español nombrarlas de esta forma- siempre irritaban, ya fuera la muy sencilla para tomar un café aguado por un precio que en nada se correspondía con la calidad y cantidad del producto, la también bastante ágil para comprar el pan nuestro de cada día y cada día más falto de sal y grasa y consistencia, o aquellas más peliagudas para comprar el pollo nuestro de cada mes, o la cerveza dispensada -¿qué dispensa sería esa que le otorgaron?-, los cigarrillos de la cuota o, en fin, las mil y una cosas para las que hay que hacer fila (cola).

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PALABRA QUE ME PERSIGUES 

Mi palabra irrumpe a trote
calle por calle

diestra presa al canto rodado
(incansable, humilde, desapercibido)

enrolada, a su izquierda, con la esperada y fugaz estrella
y toda su carga de pedidos desesperados

así es ella
vínculo y apertura

pero, por más, cuando parte en grupo
dice que es verso
hasta poema

perdónele
entrañable poeta

Atrevimiento no amaina osadías.
(16.02.2006)



Jorge Bousoño González

Romanos, un libro de patricios

Tal como su título enuncia, Romanos es un libro de patricios, césares de turno y gladiadores contemporáneos. Alemán ofrece en él la visión del hombre de oficina sin comprometerse con experiencias literarias anteriores como las de Kafka o Benedetti. Su mayor acierto es cuánto de humano subsiste en la historia introspectiva, trasfondo de la conciencia que nos convida, y consigue hacernos participar en el discurrir subconsciente de un dirigente que ha sido “tronado” por la gracia de un anónimo. Otro César en el ruedo: ¿Literaturalización de la actualidad o actualización literaria? De cualquier modo, considero que es un aporte significativo, al menos temáticamente, a la narrativa cienfueguera, que no se había ocupado, hasta este instante, de un asunto tan sustancial a la vida humana como lo es éste. La estructura no es nada compleja: tres episodios (El gladiador, El patricio y Esteban) más un epílogo que amenaza, dispone o promete.
Libro de catarsis, ha devenido un reto para el propio autor, quien tendrá que arreglárselas, a partir de ahora, con el fantasma y las sombras de éste: su primer emperador decapitado, para hacernos una segunda entrega, que, al menos yo, espero degustar con la misma fruición.



Ian Rodríguez Pérez

El dueto arte-público: ¿espacios para reflexiones?

El arte como proceso de creación individual a primera instancia, es decir en tanto se engendra, no se reafirma necesariamente por la existencia o no de un receptor. Hasta aquí es solo una propuesta de representación, intervención o recreación de la realidad vista a manera de quien concibe la obra y pensada desde sí. Condicionada (no limitada) por los códigos que dicha realidad impone aun de manera inconsciente para el autor. Sin embargo, el arte no es pura idea más o menos real genial (según las definiciones para lo genial) en la mente del artista. Para que exista necesita ser "consumido", lo cual supone en primer lugar, tomar cuerpo fenotípicamente dentro de un contexto real, no imaginario (así un libro no es hasta que no se ha escrito, ni un cuadro hasta que no se ha pintado, ni el performance se ha accionado, por solo citar algunas manifestaciones). Es decir, no se socializan, se dan a conocer sus propuestas para "otro yo", no se logran incorporar a un imaginario colectivo, lo cual establece un determinado nivel de asimilación y aprehensión de los códigos, símbolos y preceptos estéticos contenidos en dichas propuestas, que es quien determina a última instancia el verdadero consumo del arte.

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