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Página de Inicio Alas de colibrí

Sección de literatura para niños y adolescentes

El misterio del Mar Amarillo

Una mañana Lucía, Natacha, Paula y yo decidimos ir a la playa y cuando llegamos vimos que el color azul cristalino del mar se había convertido en un amarillo turbio. Íbamos caminando por la arena y de pronto vimos que salían la concha Coralina, el señor cangrejo Felo y Lila la gaviota. A coro dijimos:
–¡Hey! ¿Qué hacen aquí afuera? ¿Ustedes no deberían estar en el mar?
–El agua está muy turbia y yo casi no puedo pescar alimentos para mis pichones –se quejaba Lila.
–Yo casi no puedo caminar con los desechos tóxicos que hay –exclamó Felo.
–¡Ayuda, ayuda! –gritó Coralina muy nerviosa. Fuimos hacia ella y le limpiamos rápido su bella concha.
–Dinos, Coralina, ¿qué podemos hacer para ayudarles? –preguntó Lucía.
–Pues deben avisar a las personas de otros lugares para que se arrepientan del daño que nos están causando y entre todos puedan limpiar el mar –dijo Coralina.
Estuvimos un rato pensativos y a Natacha se le ocurrió una idea:
–Enviaremos un mensaje a todos los niños del mundo para que nos ayuden.
–Ya sé, lo mandaremos en barco –propuso Lucía.
–No, porque se demora mucho –contesté.
–No, pues contaminaría aún más el mar –dijo Natacha.
–Se me ocurre una idea, lo mandaremos con palomas mensajeras –dije yo.
Al fin todos aceptaron que esta era la mejor idea, pero Natacha, que se había quedado un rato pensativa, preguntó:

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Don lobo… de casinero?

I

Caperucita pretende
hacer bailarín al lobo.

Pero este Lobo
es tan bobo,
que no aprende
que no aprende
Ella explica y él no entiende
de vueltas… Uno, dos tres.
Casi(no) sale… ¡Otra vez!

(— Para ser un lobo “fino”,
¿tengo que bailar casino?
¡Ay, se me enredan los pies!)

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De una araña y un sombrero

Con un solo relámpago
del aguacero,
se ha tejido la araña
lindo sombrero.


Ya puede hasta en las noches
bordar su tela,
pues el sombrero alumbra
más que una vela.


Mientras duerme, lo cuelga
desde su talle…
¡Y el sombrero ilumina
toda la calle!

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Rapi-rapidín

Por el parquecito
sonando tilín
marcha muy orondo
Rapi-rapidín.

Deprisa en su ciclo
corre sin temor
rapi-rapidito
resuelto y veloz.

El ciclo que monta
Rapi-rapidín
tiene tres rueditas
chiqui-chiquitín.

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Fantástico gorrión

Ayer por la mañana
me visitó un gorrión
con el piso dorado
y las alas punzó.

¿Que estoy equivocada?
¿Que era de otro color?
¿Y que si es como digo
entonces no es gorrión?
¡Mire usted qué problema!,
me hallé con el color.
Si fantaseo un poco
equivocada estoy.

Pues sí, como le digo
y afirmo, sí señor,
que admiré cuanto quise
al que me visitó.

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H y Cangrejo

H sonaba como las demás letras. Su sonido era hermoso como ningún otro. Desde pequeña, recibió halagos y se volvió egoísta y engreída. La joven letra se paseaba entre las demás con aires de reina para desagrado de sus compañeras.
Un día, quiso dárselas de jugadora profesional de cartas. De brisca, cuadrado, solterona, y hasta del fanguero. Cangrejo Moro, que en aquel entonces era el campeón mundial en los torneos de cartas, no estaba dispuesto a dejarse arrebatar el título; así que retó a H a una partida que duraría una semana. Se competiría en todo tipo de juegos con sus naipes.
Cangrejo Moro, deseoso de ratificar su posición, comenzó a entrenar sin descanso alguno. En cambio H, confiada en sus habilidades manuales, no practicó ni siquiera un rato. Largos parecieron los minutos que faltaban para que llegase el esperado momento. Pero aunque no lo crean, estos continuaron durando 60 segundos.
Y llegó el día, todas las letras, aves, y demás animales se reunieron alrededor de la gran mesa de juego. La competencia comenzó. Cangrejo Moro, un poco nervioso pero seguro de su preparación, llegó a la gran tabla y se sentó. Lo siguió la letra, altanera y con mirada de triunfo anticipado. Se repartieron las cartas y la K, la Q y la J, que ejercían como jueces en aquella aventura, dieron la orden de arrancada.
Una carta, dos, otra más, listo, ganó H. Y otra vez esta carta, aquella, la otra y volvió a ganar. Así transcurría el torneo, en cada partida la joven letra superaba a Cangrejo Moro. Este, no entendía nada, cómo era posible, él sabía del pi al pa sobre las cartas. Había estudiado día y noche y conocía hasta la historia de cada tipo de juego. Sin dudas algo andaba mal, y era preciso descubrir qué.

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