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Página de Inicio Alas de colibrí

Sección de literatura para niños y adolescentes

Abuelito

¿No te acuerdas de una niña de cuatro años a la que llevabas a un cristalino arroyo todos los días? ¿Recuerdas que ella siempre te mojaba? Desde allí se podía observar la naturaleza: el canto de los pájaros, las flores, el bellísimo cielo azul con el radiante sol, los coloreados peces que parecían un arco iris perfecto.

Pero esa niña se tuvo un día que marchar a la ciudad por problemas familiares. Ella siguió creciendo entre los ruidos de los carros, el humo, en los charcos pestilentes. Pasaron diez años, y la niña volvió al campo de su infancia. Esta se llevó una desagradable sorpresa al encontrar al arroyuelo de sus sueños lleno churre. Los árboles estaban talados, y la mayoría quemados. Todo había desaparecido. Solamente se veían las botellas rotas flotando. Las jicoteas luchaban por sobrevivir.
Abuelito, aquella niña ha quedado muy triste pensando en que quisiera volver al pasado en una máquina del tiempo o irse a vivir a otro universo, donde todo sea diferente.
Ahora se despide de ti esa niña que contigo aprendió a amar la naturaleza y a todo lo que la rodea. Un fuerte abrazo y un beso dondequiera que te encuentres.

Lorena

Lorena de la Caridad Hernández Pérez

 

 

 

¡Buen chico, caramba!

Hace unos meses, en uno de mis paseos por el borde de la charca, vi una ranita, pequeña aún, a la que le faltaban las puntas de sus patas traseras. Me dio pena con ella, pues no tenía silla de ruedas, ni padres ni abuelos que se pudieran ocupar de su alimento, o de llevarla a pasear.
Me miró y vi en sus ojos una enorme tristeza. Entonces, la tomé en las manos, acaricié su cabecita y pude comprobar que, al igual que a mí, algún accidente o enfermedad había terminado con sus patas traseras y sólo le quedaban los huesitos del muslo.

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Trabajos premiados en el  Encuentro Provincial de Niños Escritores (Cienfuegos 2011)

Premio Narrativa Enseñanza Primaria

¿Siempre estuvo allí?
-Me lo regaló tu bisabuelo.
Esas fueron sus palabras cuando pregunté por el cuadro en la pared, justo frente al televisor.
Dentro de mí una voz dice que era yo quien lo había traído días antes y al pasar por el parque la gente quiso mirar aquel paisaje de Jerusalén, con el Cristo sentado al final de la pradera y ella que sí, que fue mi padre Leopoldo quien se lo compró a un gallego.
-Abuela, ¿acaso no recuerdas que lo pinté inspirado en los cuadros de Miguel Ángel, el italiano?
Me viro y en mis oídos la insistencia:

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La niña que más amó a los animales del bosque

En el país donde abundan las palmas, dice la historia que no hace tanto pero tanto tiempo vivía una niña tan linda como intranquila. Su cabecita estaba adornada por un matojo de pelo rubio ensortijado; su piel tiraba a lo rosado y sus mejillas parecían siempre estar tostadas por el sol. Lo que más resaltaba en su carita hermosa eran sus ojos negros y brillantes, como si un pedazo de la noche más despejada se hubiera colado en ellos. En un libro que me leía mi mamá cuando yo era pequeña, había un cuento igual a este que les estoy contando, y en él la niña se llamaba Vera, que significa verdadera; así que aquí le vamos a dejar el mismo nombre.

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Los Bolechurre

Por un claro del monte corría un río. A su lado vivían los animales más sorprendentes del mundo. Cada uno distinguido, elegante y de categoría.
La jicotea era la más jicoteana de todas, hablaba el mejor jicotenglés que jamás se había escuchado y en lentitud nadie la ganaba. Si decidía salir a las 7:00 de la mañana, aún a las 10:00 estaba dándose los retoques para comenzar a vestirse. Las citaciones se las enviaban con fecha para el día anterior y siempre llegaba tarde.

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Para un bello jardín

Un día sábado fui con mis padres a un bosque muy hermoso a recoger algunas semillas para sembrar en el jardín de mi casa. Al llegar allí me quedé sorprendida al ver aquel deslumbrante paisaje. Lleno de mariposas blancas y rojas, de girasoles bien amarillos, de rosas y botones color rosado y blancos lirios; todas esas flores tenían preciosas hojas muy verdes. El cielo azul estaba acompañado por las nubes. Había también bellas aves e insectos, tales como el zunzún, tomando el néctar de nuestra flor nacional; la abeja, zumbando, y la mariposa posada encima de la rosa.
Luego regresamos a la casa caminando por la tierra fina y húmeda para sembrar todas las semillas que mis padres y yo recogimos. Fue un día maravilloso. Espero volver allí otro fin de semana.

Lorena de la C. Hernández

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