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Página de Inicio Alas de colibrí

Sección de literatura para niños y adolescentes

La buena sombra de la yagruma

Recientemente el grupo de teatro con niños y para niños La Yagruma, estrenó una adaptación de Con ropa de domingo, un texto original de mi apreciado amigo Maikel Chávez. Dicha adaptación se logró bajo la tutela artística de Geraidy Brito (actriz del grupo Teatro de los Elementos) y la promotora cultural Yaine de Castro. Ambas directoras apostaron desde los primeros compases del montaje por exprimir el texto hasta la saciedad (por cierto, muy jugoso). Sin separase un ápice de la fresca esencia del original, la adaptación de Con ropa de domingo explora, además, en el entorno donde se tejió la puesta. Problemas como la falta de sensibilidad hacia las cuestiones medioambientales, como las necesidades más primarias de la comunidad donde está enclavada el proyecto (carencia de agua, por ejemplo) son tratadas en esta representación sin ese lacerante didactismo que azota muchas veces al teatro infantil. El texto está contextualizado y dotado de nuevas dimensiones a veces insospechadas, nuevas dimensiones que no están en esa oscura profundidad donde suelen estar; sino que desde la sencillez afloran ante los ojos de un espectador que no tiene tiempo para quitar la vista de lo que sucede en la escena: una güajirita del Jobero en Cumanayagua (Güirita) decide irse a La Habana para hacerse actriz. Todo ocurre en una Terminal de guarandingas, esperando la que llevará a Güirita hasta la Capital. Pero los padres de ella se oponen, y tratan de hacerla cambiar de idea. Entonces Güirita, valiéndose de la fábula de Onelio Jorge Cardoso El cangrejo Volador, contada por    los mismos padres    desde que    ella   era muy  pequeña, logra convencerlos.

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Enigma flores de embeleso

Para todos en la casa de Isadora lo que estaba sucediendo era un enigma, algo sin explicación visible, que no se sabe cómo puede suceder. Princesa, su perra peluda, una bichon habanera, nació como todos los perros y comenzó a manifestarse como todos los perros. Primero tomó leche de su mamá. Luego Isadora compartió su desayuno con ella porque no estaban abundante las cosas. Más tarde a Princesa le dio por mordisquear todo lo que encontraba a su paso: los tenis que quedaban olvidados en la sala, los libros que ocupaban el entrepaño más bajo del estante, los almohadones caídos de la comadrita de la abuela.
Era una perra igual que las otras, encantadora, como de peluche, pero sin ninguna característica que la distinguiera especialmente. Isadora le traía algún que otro huesito cuando en el comedor de la escuela había fiesta, lo que era igual a comida especial, a tener por un rato lo que faltaba los otros días. Todo  parecía muy normal hasta el día en que la puerta del balcón quedó abierta.
Isadora salió aquella mañana hacia la escuela, como lo hacía siempre, bailando, danzando como la Isadora  Duncan, una gran bailarina gracias a la cual tenía ese nombre. Y regresó, como era habitual, bailando, danzando como aquella mujer de la foto que había sido famosa por hacer del baile algo natural, como los movimientos de las olas del mar, de las hojas de los árboles, del viento. Pero al abrir la puerta de su casa se quedó detenida por la sorpresa. Una pierna en alto, un brazo dislocado en el aire. Paralizada. Sin poder moverse.

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Estatua, amigo, fuego y estrella

Nunca había estado en La Habana, amigas mías  me contaban de la grandeza del Capitolio, de la exquisitez del Acuario y de la abundante vegetación del Jardín Botánico. Me lo habían contado todo, excepto lo mejor y más impresionante: el Memorial José Martí. En las vacaciones uno de mis tantos amigos por cartas me invitó a su casa, que por ser en la Capital, acepté.
Al llegar visitamos juntos todos los sitios de interés en la agitada ciudad. Pero la noche del martes conocí lo mejor y más fabuloso del paseo: el Memorial José Martí. Cuando estuve frente a la colosal estatua me quedé callada y sólo miraba la gran figura que tenía su vista clavada en la mía, entonces fue que lloré de emoción ante el hombre que lo dio todo por el “terruño verde”, ante el adolescente que fue a prisión por tan sólo escribir y decir lo que sentía, ante el niño que juró lavar con su sangre un crimen, ante el Maestro.
El viento del mar se tornó pausado y de las blancas olas un hombre no muy alto, de cabellos negros, con su bruta sortija de hierro en la que se leía “Cuba”, avanzó con pasos calmados hacia mí:

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¡Cigüeña!

A mi hermano Omar no lo trajo ninguna cigüeña; mi madre lo tuvo mucho tiempo en la barriga, y yo pegando el oído lo sentía moverse, y ella sabía cuándo tenía hambre y hasta cuándo lloraba por las noches. Pero... ¿y yo? ¿Seré de mi madre o de la cigüeña? Además, pensaba, ¿cigüeñas por aquí? Yo no he visto ninguna. Mi padre me lo dijo por fin aquella tarde, junto al brocal del pozo, teniendo a los helechos por testigos:
–Ya sabrás más adelante cómo naciste... Esos son cuentos de camino. Confórmate por ahora con saber que no hay cigüeña, ni guanajo, ni animal que resista en el pico el peso de un vejigo.
Y se fue con las latas loma arriba. Por eso, aunque ya lo sabía, aquella mañana me alegré mucho cuando trajeron a esa mujer de Charco Azul pujando dentro del hamacón de lona. Cuando estaban llegando adonde mismo pusieron a Eliodoro muerto, empezó a gritar desesperada hasta que llegó corriendo una mujer vestida de blanco y todos los hombres se volvieron de espaldas para no ver cómo cortaban una tripa muy larga con unas tijeras de plata. Después de sacudirlo cabeza abajo, la mujer vestida de blanco sacó un niño húmedo y brillante del hamacón y lo llevó a los primeros rayos de sol para que llenara de gritos el día, para que respirara un aire con olor a pulpa de café maduro.
Desde ese día me le acerco por detrás a mi madre cuando trabaja en la cocina y le grito: “¡Cigüeña!”. Y me voy corriendo hasta el arroyo, contento de risa, contento porque ya sé de dónde vine.

José O. González

Ronda salvaje

Soñé, soñé una gran ronda de animales
y al despertar ya no los vi.
Mi hermana la ballena
se perdió en un salto de mar
y ¿dónde estará mi primo el tocororo?
Quién sabe si en una jaula,
en un sombrero, un abanico
o en una vitrina cualquiera.
Qué se ha hecho de mi padre
el gran gorila,
de mi tío el coyote
siempre aullando a la luna.
Soñé, soñé una gran ronda.
Quisiera que la cotorra me llame en las mañanas,
los gorriones revoleteen en mis cabellos,
los grillos me adornen las noches de melodías.
Quisiera despertar en mi sueño de ronda.


Bárbara M. Castillo

Juego

La lunita se aburría
de sola siempre jugar,
ella soñaba invitar
a las estrellas un día.
Era tal la lejanía
que un vasto ruedo inventó,
la luna se transformó
en un carrusel gigante
hoy parece que un diamante
en anillo la cercó.

Elizabeth Álvarez

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