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Sección de literatura de autores del resto de Cuba

MADRE

Mi madre no tuvo jardín
sino islas acantiladas
flotando, bajo el sol,
en sus corales delicados.
No hubo una rama limpia en su pupila
sino muchos garrotes.
Qué tiempo aquel cuando corría, descalza,
sobre la cal de los orfelinatos
y no sabía reír
y no podía siquiera mirar el horizonte.
Ella no tuvo aposento de marfil,
ni isla de mimbre,
ni el vitral silencioso del trópico.
Mi madre tuvo el canto y el pañuelo
para acunar la fe de mis entrañas,
para alzar su cabeza de reina desoída
y dejarnos sus manos, como piedras preciosas,
frente a los restos fríos del enemigo.
(De Piedra pulida)


Nancy Morejón

ARIAS DEL CIEGO (*)

VI


Yo no sé decir como Voltaire:
“la mejor de las noches posibles,
la más procaz que imaginarse pueda”
yo no sé juzgar a la vigilia,
a duras penas reconozco el viento helado
que sobre mi cabeza trae augurios,
yendo y volviendo
de y hasta mi propia mansedumbre,
del sueño al sueño, con la sensación de aquel pianoforte
que comenzara a urdir esta agonía.


No porque mi rostro busque refugio entre mis manos
siento la sensación certera de mí mismo
y el silencio no me reconforta,
el dolor y el odio son la vaga memoria
que en algún solitario rincón alguien disculpa,
la memoria de cuanto pueda quedarnos,
de remordimientos y traiciones
con que hicimos la cábala y cada silogismo.

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Subir lomas hermana intelectuales

El recién Festival Territorial del Libro en la Montaña nos ofreció la oportunidad única de encontrarnos un grupo de intelectuales frente a frente con ese mundo matizado por el cromatismo de su paisaje, ese mundo al que podemos calificar de humilde, transparente y antiestresante. No hacía falta esgrimir tantas razones, bastaba con saber que podrías estrecharle las manos al auténtico montañés, ese que desde la frialdad del amanecer saluda sus tupidos cafetales o prepara el arria de mulas para las cargas del día.
Pero hay más. Sancti Spíritus nos convocó a El Pedrero, sitio que aún guarda los recuerdos de las botas guerrilleras y la presencia de un hombre, que con el corazón del Quijote y los ojos de Cristo, aunó voluntades para terminar con la obra iniciada en los muros del Moncada. Desde ese lugar comenzamos nuestras andanzas literarias, acompañados esta vez por el excelente novelista del Yayabo, Osvaldo Antonio Ramírez (Los ángeles vuelven a casa, Las razones del silencio, entre otras) y Pepe Sánchez, cumanayagüense de pura cepa, bien conocido por haber fundado la revista cultural digitalizada Calle B, en el centro mismo de la serranía y autor de una sólida obra poética (Alfanjes de luz, Paradoja del hombre en su ciudad) por mencionar algunas de las muestras.

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La misión (o de cómo Ismael propone un viaje dialogado) (*)

“Llámenme Ismael”

Así pretendía comenzar la presentación de la más reciente entrega poética de González Castañer (Ciudad de la Habana, 1961) desde el día que supe debería tener lugar durante la celebración de la XV Feria Internacional del Libro en la ciudad de Bayamo, pero desistí del sentido lúdico y preferí dejar quieto a Melville cuando me percaté de que podía imponerse el terminar rapeando uno de sus textos, al escucharle leer en la presentación realizada en La Cabaña días antes. Y como yo soy total/mente, un poeta arrítmico, me incliné (por indudable conveniencia mía) a ejercer un criterio pretendida/mente pretencioso como lo será siempre que intentemos dilucidar las pretensiones de un autor como el que ahora nos ocupa.
Existen dos “momentos esenciales de la vida en que estamos solos: en el apogeo del amor y en el instante de la revelación mística” (Huxley). No niego que sean estos los “momentos esenciales”, pero sí creo que son muchos más los momentos en que la soledad no sólo nos acompaña, sino que nos asiste, nos atenaza, “fiel como el mal aliento” al decir de Oliveira en la Rayuela de Cortázar.

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Hombre que vive frente a sí mismo

Recientemente apareció en Ediciones Matanzas el poemario Hombre que vive frente al mar, del poeta René Coyra, Premio Nacional de Poesía “José Jacinto Milanés” de la UNEAC en su edición del 2004.
Rafael Alberti declaraba en 1967 la obsesión que tenía por el mar: “Yo nací junto al mar. Yo sigo siendo siempre un poeta del mar, aunque pueda pasarme días y hasta años sin escribir su nombre, sin recordarlo siquiera. ¿Qué no deberé yo al mar, mi poesía primera y todavía la de hoy? ¿Qué no a su gracia, o sea, la sonrisa; a su juego, o sea, el ritmo; a su ritmo, o sea, la danza, el baile?”
Claro que la condición de desterrado de Alberti no es la misma que ahora nos convoca, aunque el autor del libro que comento ha manifestado en varias ocasiones su autonomía, su largo e interminable peregrinar de un mar a otro, de una sequía a otra, de una ciudad (interior o exterior) a otra.
Cuando pensamos en el mar nuestra mente puede detenerse y avanzar a un mismo tiempo. En Hombre que vive… el poeta no tiene la necesidad de reafirmar la propia personalidad poética (reconocible ya en el gran (des) concierto de las nuevas promociones literarias de la Isla), sobre todo en el Oráculo de Delfos y en los textos que conforman su más reciente libro: Pensamiento primitivo, premio Calendario 2004. Con un discurso mesurado y depurado, Coyra nos muestra su dominio del lenguaje en un cuerpo poético que a ratos nos vuelve a recordar una clave de su obra: la referencia al mundo grecolatino, y cito del poema “tatuajes”: “Todo es mudable / como las aguas de Eurico para los griegos”. Y más adelante leemos en “el gran apagón”, quizás el texto más ambicioso y completo: “Al año fui bautizado / y a los dieciséis leía a Anacreonte, / un poeta un griego más…” Un texto a un tiempo intrincado y transparente, como esos claros de la marea baja que escapan al que los busca y que solo se ofrecen, como un don, al que los espera sin impaciencia. Es indudable apreciar la asimilación de las lecturas de los clásicos hecho por el autor y la búsqueda de un discurso aparente inmediato que logra producirnos profundas reflexiones sobre objetos cotidianos que nos rodean como el mar (físico o irreal), los puentes, una rosa, el mismo poema, etc. Está claro que todo poeta se crea a sí mismo, trasponiéndose en otro, o en muchos otros. Coyra parece reescribir la historia en todas las direcciones con el ritmo del agua, o sea, con el ritmo existencial y “el equilibrio entre el hombre y la humanidad”.

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Los reos

Esto es precisamente lo que te decíamos en Egipto:
“Déjanos trabajar para los egipcios. ¡Más nos vale ser
esclavos de ellos que morir en el desierto”.


Éxodo. 14–12.


Salvo el pasillo que conduce a un lugar que nunca ha visto, todo pertenece al reo: El camastro con el mullido colchón donde descansa sus días sin cansancio; la bacinilla reluciente para escupir la esperanza; la ventana tapiada con mármol negro del Oriente. El reo es feliz: le han dicho que todo cuanto existe en la celda es suyo por antonomasia, hasta los barrotes de oro que, despreocupado, pule cada día. Nunca un rayo de luz irá a golpear las pupilas del reo... adaptadas a la oscuridad.


Osvaldo Antonio Ramírez

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