Get Adobe Flash player
Página de Inicio Entrerrianos Obra literaria de Nicolás Águila Prieto Valga la redundancia

Valga la redundancia

Confieso que no me disgustan las redundancias. Algunas incluso me suenan graciosas, quizás por el juego de la repetición o por la doble vestidura de la frase. O en todo caso, por su efecto expresivo. La redundancia da énfasis y le inyecta más vida a la enunciación de las ideas. Decir lo vi, a secas, con la objetividad impasible del testigo ocular, se queda muy corto frente al tono minuciosamente categórico de lo vi con mis propios ojos. O incluso: yo mismo lo vi con estos ojos que tengo aquí, sin contar que algunos agregan: y que se los va a comer un gusano carmesí.
Resulta curioso que mientras en el uso del idioma prima en general la tendencia al menor esfuerzo y tratamos de decir más con menos, al mismo tiempo sentimos una cierta delectación subiendo para arriba o bajando para abajo. El tan citado “principio de economía” que rige en la lengua aparentemente queda desmentido con esas “incorrecciones” que padres y educadores se encargaban de corregirnos cuando éramos niños. Los maestros de mi época, si pedías permiso para salir afuera, enseguida te machacaban con la terapia de choque de una didáctica cartesianamente implacable: “¿Y por qué no sales para dentro, guanajo?”

Tal vez esa misma licencia de que gozan modismos tales como a ojos vista, a pies juntillas, etc., para transgredir flagrantemente la lógica y la gramática sin que nadie se enfade, sería la mejor coartada para justificar esas redundancias tan usuales en el mundo hispano y tan combatidas en Cuba, donde llegaría a alcanzar una fuerza incontenible la tendencia logicista a cortar en flor la espontaneidad en el habla. Se imponía otro tipo de ignorancia: la de no saber que lo que parece incorrecto puede estar validado por el uso inmemorial.
Con el tiempo uno aprende que el aprendizaje realmente llega cuando se desaprende mucho de lo antes aprendido. De repente te familiarizas con algunas nociones de la teoría de la comunicación, de la semiótica o de la lingüística pragmática y te enteras de que la redundancia no sólo es inevitable sino además conveniente. La reiteración, como saben los oradores y los agentes publicitarios, tiene un poderoso efecto persuasivo. El que insiste y repite mejor compite, lo mismo en el dominó que en la mercadotecnia. A veces, también en el amor.
Y no es que te dejes lavar el cerebro con otra marca de champú, pero te sacudes los prejuicios contra el hábito de usar palabras de más, y acabas por aceptar tu realidad triste y redundante exclamando con alivio: “¡Eso a mí no me lo habían dicho nunca antes tan bien dicho!” (donde eso se repite en lo, a mí en me, no en nunca, nunca en antes, y la última palabra francamente sobra). Ciertamente, la estructura y el espíritu del español favorecen la doble negación y la duplicación de complementos. Pero hay más, todo sistema de signos codificados tiende a redundar por si se pierde parte del contenido se pueda recuperar la información. Un mensaje sin redundancia, con elevada densidad informativa, no sólo es más difícil de transmitir sino también menos fácil de descifrar y, por ende, menos inteligible. Más vale entonces pecar por cartas de más que por cartas de menos.
Lo que es válido en el plano de la expresión oral también lo puede ser en la creación literaria, donde la redundancia llega a alcanzar altas cotas de efectividad poética. “Vendrá viniendo con venir eterno,” aludía Unamuno a la llegada de la muerte mediante el empleo insistente del verbo venir, como quien pretende dar en un solo endecasílabo con la semántica de la verdad verdadera –ésa que buscan los filósofos y sólo los poetas llegan a encontrar en los múltiples pliegues de la redundancia.
Pero al lado de la definición de redundancia como elemento recurrente para compensar las pérdidas en el contenido de un texto, aparece en diccionarios y manuales la definición negativa de uso excesivo o repetitivo de palabras. Lo mismo pasa con “pleonasmo” o “tautología”, términos igualmente empleados para referirse a la redundancia. Los definen por un lado como figuras retóricas válidas y, por otro lado, como repetición inútil y viciosa. Pero, ¿quién es el árbitro inapelable que decide cuándo es una cosa y cuándo otra, máxime ahora que prevalece en todas partes una actitud menos autoritaria (y más científica) hacia el uso del lenguaje? Nadie tiene ese derecho, pero los puristas han asumido por su cuenta el papel del censor gruñón con su impepinable “no-digas-eso”, rechazando de plano toda forma de tautología. He aquí algunos de sus blancos predilecto: “No digas que un recipiente está herméticamente cerrado, porque de ningún modo podría estar herméticamente abierto. Tampoco digas absolutamente hermético, pues la hermeticidad nunca es relativa sino siempre absoluta”.  “No digas que no tienes otra alternativa para tus planes futuros, porque los planes son todos para el futuro y alternativa ya lleva implícita la idea de alteridad”. “No digas experiencia previa, puesto que toda experiencia es necesariamente anterior”. “No digas que ése es el examen más perfecto, sin el más mínimo error, porque los superlativos no admiten ya más grado”. “No digas que estás tiritando de frío, ya que nadie tirita de calor”. “No digas que se produjo un éxodo masivo, pues éxodo por definición es el movimiento migratorio de una enorme masa de población”. “No digas ajiaco criollo, pues nunca se ha visto un ajiaco europeo”. “Ni digas arroz congrí, porque ya se sabe que el congrí, lo mismo que la paella, son platos que se hacen a base de arroz”.
Esto último se lo oí una vez a un colega muy pudibundo para las cosas del buen decir.  Y desde entonces, como por llevarle la contraria, siempre pido arroz congrí, si es posible acompañado de una doble redundancia de lechón y yuca con mojo. Total, no hay que hacerles mucho caso a esos racionalizadores del habla con alma de inquisidor, frases de cartabón y estilo de cartón piedra.
Yo mejor me quedo con la gracia andaluza de aquel torero que explicaba así una faena donde no había salido muy airoso: “Una mala tarde la tiene cualquiera… Cuando no se puede no se puede y además es imposible.” Olé redundante con rabo y oreja para el matador que se enfrenta a portagayola con el toro bravo de la redundancia y sale en hombros por la puerta grande. Valga la sal de su salero. Y valga la redundancia.

Nicolás Águila Prieto

 

Formulario de Acceso


Síguenos en...




¿Quién está en línea?

Tenemos 41 invitados conectado(s)

Contador de visitas

mod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_counter
mod_vvisit_counterHoy246
mod_vvisit_counterAyer355
mod_vvisit_counterEsta semana2655
mod_vvisit_counterEste mes6373
mod_vvisit_counterHasta la fecha909995

  • AlasCUBA
  • Revista la Alcazaba
  • Azurina
  • Cinosargo
  • Cuba Literaria
  • Cubarte
  • EcuRed
  • El Caimán Barbudo
  • Haciendo Almas
  • Il Convivio
  • La Jiribilla
  • Lettres de Cuba
  • Museo Nacional de Bellas Artes
  • Palabras Diversas
  • Poetas del Mundo
  • Red Mundial de Escritores en Español
  • Revista de Cine cubano
  • Unión de Escritores y Artistas de Cuba
  • Teatro de los Elementos
  • Revista Digital Guaitiní, Miami