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Sección de cultura general

Casino congo “San Antonio”, de Santa Isabel de las  Lajas

Miriam Olano

En l820 se construye en la hacienda Las Lajas una ermita que se transforma en iglesia para darle más personalidad al caserío, el que fue aprobado en l854 tras la petición de los primeros comuneros al calor del explosivo crecimiento de la manufactura azucarera esclavista.
La trata negrera, nutrida con esclavos de diversa procedencia, de troncos lingüísticos opuestos y de culturas muy particulares, fue la causa en Cuba de la presencia de los negros africanos que trajeron hábitos, costumbres y modos de vida que fueron adaptados a la nueva naturaleza y realidad social encontradas en Cuba, por lo que paulatinamente comienza a producir el fenómeno del sincretismo religioso, mediante el cual las figuras del panteón católico comienzan a cobrar nuevos símbolos religiosos. Tal fenómeno se aprecia con marcada incidencia en el municipio de Santa Isabel de las Lajas.
Santa Isabel de las Lajas se encuentra situado al norte de la capital de la provincia de Cienfuegos; limita, al oeste con Rodas y al suroeste con Cruces y Palmira, al norte con Santo Domingo y al este con Ranchuelo (estos dos últimos, son municipios que pertenecen a la de la vecina provincia de Villa Clara). Lajas llegó a convertirse hacia mediados del siglo XIX en una de las zonas más prósperas de la industria azucarera en toda la región, gracias a la mano de obra esclava y la asalariada que en dicha industria laboraba.

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El sargento de los cuentos cumanayagüenses

El patrimonio cultural constituye la herencia tangible heredada a lo largo del devenir histórico de una sociedad dada, y sobre él descansa el sentido preciso de la identidad. El patrimonio cultural de un pueblo comprende las obras de sus artesanos, arquitectos, músicos, pintores, escritores, científicos, educadores…; así como las creaciones anónimas surgidas en el alma popular y el conjunto de valores que dan sentido a las obras materiales y no materiales que expresan la creatividad de ese pueblo; la lengua o idioma, como expresión más importante de la cultura, es la materia prima de actos de creación literaria colectiva y anónima que se transmiten de forma oral de generación en generación, tales como poesías, cuentos, refranes, anécdotas. Estas expresiones van ligadas a los ritos y las creencias religiosas.
Existen en Cuba, como en otras tantas naciones, personajes cuyas historias pasan de generación en generación, las que pueden perdurar en la memoria popular o desaparecer con el paso del tiempo. De manera generalizada, es la popularidad de dichos personajes, su jocosidad, su manera de contar los hechos que sucedieron hace tiempo, los que los convierten en personajes de referencia popular.

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El patrimonio cumanayagüense

La UNESCO, define el concepto de Patrimonio como el legado que recibimos del pasado, lo que vivimos en el presente y transmitimos a las generaciones futuras. Este no es referencia exclusiva del pasado y de lo monumental, sino  que está asociado con la vida cotidiana, el presente y el futuro de los pueblos: etnias, naciones y comunidades donde se crea y se sigue creando. Está constituido por hechos vivientes que son protagonizados permanentemente por personas que actualizan continuamente una determinada memoria o tradición. El patrimonio no puede ser tratado como cosa, sino como proceso inseparable de los actos, comportamientos y actividades personales y grupales con los cuales se actualiza.
Para lograr la apropiación social del patrimonio se requiere de un desarrollo de acciones que se inserten dentro de la dinámica cultural y económica que beneficia a la comunidad, para que esta a su vez desarrolle un sentido de pertenencia y uso sostenible de sus recursos patrimoniales.
La comunidad es la encargada de mantener viva el patrimonio, el cual debe ser activo de la memoria y no pasivo de la nostalgia. A su vez, la comunidad debe apropiarse de este valor positivo, incorporándolo a su vida cotidiana y proyectándolo hacia el futuro.

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Leyendas aborígenes de Cumanayagua

De cómo le llegó el nombre a Cumanayagua

Todas las cosas de este mundo tienen un nombre por el cual las conocemos, pues de lo contrario, andaríamos de un lado para otro como un saltimbanqui sin saber cómo encontrarlas. “¡Aquello se llama así... y eso, de esta manera!” decimos con frecuencia. Es la forma coloquial para comunicarnos. Así que no hay en la Tierra pueblo que no tenga un nombre. Los hay de todo tipo: largos y extensos, como Santiago de Compostela, aquel pueblo de Galicia que debe su nombre al supuesto hallazgo allí de la tumba Santiago Apóstol; también los hay muy cortos, como Oz, el lugar encantado donde dicen vivió  el célebre mago. Con nombres de santos resulta interminable la lista; recuerdo: San Blas, San Narciso, Santo Domingo, Santa Clara, etc; con nombres de mujer tenemos a Esmeralda y Candelaria; de árboles: Jagüey Grande y El Algarrobo; de frutas: El Mango... y hasta de animales, porque si no, la gente de Jicotea y La Jutía se quedaría sin gentilicio. Y por supuesto también este pueblo situado entre los ríos Arimao y Hanabanilla, más allá del borde, donde comienza la intrincada sierra del Guamuhaya, tiene su nombre.

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Flores desde el aire


Las actuales y futuras generaciones, por derecho propio, han de recibir como herencia cultural imprescindible, el inmenso caudal de conocimientos que en las diferentes esferas de la ciencia, la técnica, la historia, el arte y el deporte atesora la humanidad en general, la Nación en particular y el propio “terruño” en el sentido más íntimo.
El acervo cultural nacional y universal es, por tanto, patrimonio de cada hombre y mujer, y se recibe en las escuelas y universidades o a través de los medios masivos de difusión. Empero, ese acervo cultural íntimo, el de nuestro terruño, lo recibimos a través del medio de difusión más antiguo, sencillo y atrayente que existe: la conversación. Así, de boca en boca “ruedan que ruedan” historias y leyendas, anécdotas trágicas, jocosas e inverosímiles, en  las   cuales   cada  uno aporta su granito de creación propia. Es decir, la historia de cada pueblo, de cada barrio, de cada batey campesino, la conocen solo sus propios moradores. Solo trascienden, si su alcance va más allá de un interés local. No siempre puede determinarse sobre un hecho o acontecimiento, hasta dónde llega la verdad histórica y dónde comienza la ingeniosa inventiva de los “narradores”..., de esos narradores que, de tarde en tarde, tradicionalmente tomaron asiento de palco en los sillones del Liceo.
Allí, precisamente, escuché por primera vez una hermosa historia de amor y aventuras que resultó, para asombro mío, totalmente real. Se trataba de un hombre excepcional, de un adelantado de su tiempo, de alguien capaz de arriesgar su vida en apasionantes aventuras y de amar intensamente, hasta el punto de recorrer a diario, en un avión, largas distancias solo para hacer llegar a su amada, en forma sui géneris, flores y cartas de amor.

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Un científico popular vive al pie de las montañas

Considerado el único científico popular con que cuenta Cuba, Enrique Otero Fernández es además un hombre singular; de origen humilde, hijo de españoles radicados en la Isla, nació el 4 de junio de 1928, en la finca La Cueva, situada en Valle del Indio, en las montañas del Guamuhaya o Escambray cienfueguero. A los 10 años comenzó a trabajar y su juventud fue siempre de tesón y sacrificio. Empezó ordeñando vacas, encerrando terneros, cargando agua, cortando leña, alimentando cerdos, moliendo harina… En ese ir y venir de trabajos rudos apegados a la tierra fue forjando su espíritu.
Posee entre sus más importantes hazañas, la de haber logrado que el Proyecto del Pico San Juan se hiciera realidad, en un momento en que casi se daba por hecho su cancelación, debido a los criterios adversos que varios expertos cubanos y extranjeros habían emitido.
Para este hombre el laboreo con las plantas medicinales constituye un legado de la tradición familiar que ha atendido de modo particular y que lo condujo a estudiar y a documentarse sobre la materia, para luego, por supuesto, continuarla. Los frutos de su empeño son hoy realidad tangible que se yergue  a los pies del lomerío del Escambray.
Sus remedios caseros han logrado un alcance científico que ha marcado el equilibrio entre la medicina sobre la base de plantas medicinales y los medicamentos producidos industrialmente, pues han proporcionado, además de la cura esperada, ganarse la confianza de las personas tratadas.

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