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Página de Inicio Entrerrianos Obra literaria de Reynaldo Fernández Chávez El libro que siempre quise escribir

El libro que siempre quise escribir

Tengo ante mí el libro que siempre quise escribir. Uno de esos textos del que nos creemos legítima y espiritualmente parte, porque han sido un pedazo transitable de nuestras vidas…

año tras año. Hoy, más que una presentación, les ofrezco un testimonio sentimental que he guardado celosamente para que ventiscas y malos presagios del destino, no me incriminen de frívolo, banal o “diversionista ideológico”. Leyendo este libro de Joao Fariñas, evoco cientos de recuerdos que dejaron una impronta en mi vida personal de tal magnitud que después de cuatro décadas siguen palpitando en mi alma como el estampido de la ola que viene a morir a la orilla para nacer una y otra vez en el océano y repetir el ciclo eternamente. Fueron los años más convulsos de mi existencia y también los que definieron mis gustos musicales. Aunque mi corta edad a veces no me permitía discriminar con lucidez entre lo apócrifo y lo verdaderamente auténtico, ya se despertaba una preocupación estética que me acercaba hacia al fenómeno musical que se venia gestando en el mundo y que me llegaba clandestinamente desde Hilversum, Holanda, a través Radio Nederland y otras emisoras de onda corta como la BBC de Londres y Radio Nacional de España.
No soy el autor de este libro para gran pesar mío, pero lo vengo escribiendo desde hace más de treinta años en mi mente y en mis noches oscuras con un VEF soviético como almohada y la “dobliu” martillándome las sienes. Este libro lo guardo desde entonces escrito con anotaciones, curiosidades, fechas, etc…, en hojas raídas por el paso de los años, escondidas bajo montañas de papeles y diplomas que nunca necesité. Página a página lo fui ordenando en viejas libretas donde garabateaba listas interminables de títulos de canciones con sus autores,  escritas en un inglés maldito y “enemigo” que sería el bochorno de Shakespeare.
Cuando en la década de los sesenta de la pasada centuria, el rock y el pop parecían dominar universalmente los sueños de los jóvenes de entonces, no sobrepasaba yo los 10 años. Para entonces, los tambores de Pello el Afrocán y su arrebatadora ¨María caracoles¨ me arrastraban mucho más que el ¨Twist And Shout¨  de Los Beatles. No alcanzaba ver, ni sentir, allende de los que las emisoras cubanas trasmitían hasta el cansancio… día y noche… noche y día. Caí hipnotizado bajo los pies del pop español llegado hasta nosotros en malas versiones de sus originales, pero que creíamos era lo más excelso de la música internacional. Tuve que esperar algunos años más para descubrir el engaño al que nos había sometido aquella ¨pléyade¨ de imitadores. Pero la realidad fue esa. La invasión ibérica nos dejó en tal orfandad musical, que salvo dos o tres canciones de Petula Clark, Las Supremas, Tom Jones, Los Archies,  Quinta Dimensión, Los Rolling Stones y por supuesto… Los Beatles, solo fuimos agraciados en los sesenta con decenas de artistas españoles y latinoamericanos que traducían al idioma de Cervantes los grandes éxitos anglosajones. Algunos resultaron atinados como las de Los Salvajes y Los Apson, mientras que otros navegaban entre la mediocridad y el desentono como las canciones lánguidas y edulcoradas de Roberto Jordán. Con grandes excepciones en las que se impuso una revaloración estética, conceptual e interpretativa en casos como Joan Manuel Serrat, Massiel, Raphael, Juan y Junior, Los Brincos, Manzanero y Leonardo Favio, por solo mencionar algunos. Hoy no alcanzo a entender (y confieso que no es ingenuidad simulada) sí era política cultural o política-política de la guerra fría, o el gusto musical había derivado hacia lo insustancial y la trivialidad.
El setenta, además de la quimera de diez los millones, nos llegó con la disolución de la banda musical más trascendental del siglo XX. No tuvimos tiempo para llorar el impacto que significó el último LP de Los Beatles y las desavenencias que los llevaron a su desintegración, pues justamente fue en esos años cuando milagrosamente se abrirían en Cuba para los chicos de Liverpool sus “grandes alamedas”. Dejaban de ser acosados los seguidores del ritmo beat, y parafraseando al autor del libro, ya no era necesario esconder en carátulas de Los Zafiros o La Aragón, el Let It Be o cualquier otra placa de vinilo con música americana traída secretamente por los marinos mercantes. Viene a mi mente el reloj grande y redondo del estudio 7 de Radio Liberación y Chucho Herrera presentando desde Sorpresa Musical a Simon and Garfunkel, pasando por un puente sobre aguas turbulentas de la mano de Cecilia y Mister Robinsson, mientras que Gladis Goizueta desde Festival nos hacía golpear el piso tres veces con ¨Dawn¨ o nos deleitaba con los solos de trompeta de Chicago en su ¨Hazme reí¨r.
Esas serían mis primeras aducciones al mundo casi extraterrestre (al menos para nosotros) de la música anglosajona. Me llegó de un tirón el ABC de Los Jackson Five, el America Woman de Guess Who, ¨Venus¨ y ¨No te cases con un ferroviario¨, de  Los Shocking Blues; ¨La casa del sol naciente¨, de Animals; ¨Monday Monday¨, de Mamas And The Papas;  ¨She´s A Lady; de Tom Jones; ¨María orgullosa; de los Aguas Claras; ¨Killing Me Softly With This Song¨, de Roberta Fla; la irrepetible My Love, de Paul Mc. Cartney interpretada por Los Beatles; la sicodélica ¨Aquario¨, tema central del musical Hippie Hairs (Pelos de los hippies) y del grupo War;  la emblemática ¨The World Is A Ghetto¨, que traducíamos irreverentemente en actitud contestaría como “El mundo es un mierda”. Era como llegar hasta el cielo por la gigantesca escalera que nos tendía Led Zeppelin.
Y aunque se respiraba oficialmente cierta apertura para el género, no faltaron los intransigentes imberbes, nacidos del Primer Congreso de Educación y Cultura ocurrido en 1971, que en su afán de fidelidad al realismo socialista reinterpretaron como autómatas algunos de sus postulados para hundirnos en un tenebroso “quinquenio gris”, que convertía en enemigo a cuanta novedad creativa les faltara a su pobre imaginación. A muchos no les importó ser víctimas de aquella cacería de brujas de nuevo tipo, atizada al calor del mencionado Congreso.
Desde esa época comencé a padecer de una incurable y obsesiva neurosis por coleccionar cuanta noticia apareciera en revistas y periódicos, vinculadas con los Beatles y otros grupos contemporáneos. En los años que siguieron a 1974, siendo un presuntuoso estudiante del Preuniversitario en el Campo ¨Tony Santiago¨, mi afición llegó a límites insospechados cuando, domingo tras domingo, desafiaba a quienes pudieran entrar mejor que yo al mundo de Casey Casey y su escala de la 40 de la semana. Actitud petulante que muy pronto sería destronada por otro empedernido que sus amigos le llamaban Maikel Eagle, graciosa traducción al inglés de Miguel Águila (el de Rodas), un verdadero conocedor de la lengua sajona y de los avatares comerciales y propagandísticos de la W. Y. B. S, quien americanizaba su nombre por razones obvias. Su inglés casi perfecto le permitía copiar con exactitud los 40 hits más radiados por esta emisora semanalmente en Norteamérica y Gran Bretaña. Mi afán por querer estar el más informado me convirtió en un auténtico amanuense del ambiente musical de la “dobliu”. Pude transcribir más de 200 canciones y logré recopilar de forma incompleta los Hot 100 de la Billboard desde 1965 hasta 1976.  Fueron los años más extraordinarios de mi adolescencia, bailando con ¨That´s The Way¨; ¨I Like It¨,  de K.C And She Sunshine Band; ¨Fly Robbin Fly¨, de Silver Convention; ¨Mandy¨, de Barry Manilow; ¨Island Girl¨, de Elthon John; ; ¨If You Leave Me Now¨, de Chicago; además de todo el funky de Earth, Wing And Fire, y la inmortal ¨Hotel California¨, de Los Águila, uno de los himnos de la década del setenta y una de las canciones más radiadas de todos los tiempos, según la revista Rolling Stones.
Un día, aquellos manuscritos, para mí más importantes que los Pergaminos del Mar Muerto, desaparecieron misteriosamente y quedé desolado como quien pierde a un familiar querido. Se acabó el preuniversitario y por largo tiempo no supe del paradero de Maikel Eagle, hasta que alguien me comentó que, como el águila de la canción ¨Fly like an Eagle¨, de Steve Miller Band, mi amigo ¨voló¨ hacia el encuentro de sus raíces más emotivas.
La fiebre del disco en los finales de los setenta y mis estudios de medicina, serenaron un poco aquel delirio. La fabulosa música de la Década Prodigiosa quedó guardada en mis recuerdos como una perla en su ostra. Alguna que otra vez uno que otro de esos temas insuperables era trasmitidos esporádicamente por la radio, y me hacía revivir con nostalgia aquellos tiempos. Por suerte, la era digital trajo de nuevo a la vida todo el arsenal musical anglosajón olvidado en cintas magnetofónicas y discos de vinilo añejados por el tiempo.
En medio de este resurgir de la música de la Década Prodigiosa que se gesta en Cuba y en muchas partes del mundo, cae en mis manos este excelente libro, compendio, pródigo y minucioso en información, sobre la música anglosajona creada desde el 1ro. de enero de 1960, hasta diciembre de 1980. Estructurado a manera de diccionario, ordena alfabéticamente las agrupaciones y solistas de ese período y recoge en forma cronológica los datos biográficos más sobresalientes de los ellos. En cada caso, incluye sus más recientes producciones discográficas, presentaciones en vivo y colaboraciones, así como las posiciones que ocuparon sus canciones más vendidas en la listas de la Billboard. Esta obra entrega una preciosista información para los amantes de todos estos ritmos musicales que estuvieron presentes durante veinte años, todo ello sustentado en una exhaustiva investigación que llevó al autor, por más de cinco años, a acuciosas búsqueda en revistas, enciclopedias e Internet.
Aquí hallarán también un anexo que recoge por año por año los álbumes más importantes, los éxitos  más escuchados a escala global y los sucesos más destacados en ese ámbito. Aparece una breve reseña sobre la Billboard y la lista de los sencillos que ocuparon semanalmente el número 1 del Hot 100, desde 1960 hasta 1980. Conocerán todos los premios Grammy y las canciones que obtuvieron Oscar en igual período. Podrán conocer qué fue la Motown Record Company LP. Tendrán al alcance la lista de los 100 mejores artistas de la historia, según la crítica especializada y la revista Rolling Stones, así como las listas de los 500 mejores álbumes de todos los tiempos, y  podrán ver qué lugar ocupa la canción favorita entre las 500 mejores canciones de la historia del rock.
Dos décadas de música es un libro imprescindible para los amantes de la cancionística anglosajona de la Década Prodigiosa. ¨Este compendio no solo suscita nostalgia y la posibilidad de leer sobre aquellos artistas que solo pudimos escuchar, sino también nos acerca a la historia común, para todos lo que tuvieron la responsabilidad y la intrepidez de protagonizar los años sesenta y setenta, y de luchar por esos pequeños sueños que también ayudan a vivir¨.

Reynaldo de la C. Fernández

(N. del E.) Este texto fue leído por el autor en la presentación que hizo del libro Dos décadas de música: el sonido anglosajón de 1960 a 1980 (Editorial Arte y Literatura, 2011),  de Joao Fariñas, en el  Restaurante Escambray, en horas de la noche del 22 de agosto de 2012, con motivo de festejarse el Segundo Aniversario de fundación del Club de la Década Prodigiosa en Cumanayagua.

 

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