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Página de Inicio Entrerrianos Obra literaria de Yannit Pozo Castillo Belleza, mimesis y arte en la poética de Aristóteles

Belleza, mimesis y arte en la poética de Aristóteles

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Después de más de diez años de ausencia, hacia el 334 a.c., Aristóteles de Estagira, el otrora discípulo del fundador de lo que aún se llamaba La academia, reaparece en Atenas. Ya no era aquel joven de ojos pequeños y vivases, según refieren algunas bibliografías, sino que es un hombre que ya ha desplegado y perfeccionado una filosofía personal. Al mismo tiempo, Alejandro, su excelso discípulo, quien se decía descendiente de Aquiles, había partido en sus afanes de conquista hacia el remoto oriente.
Con todo el caudal de sabiduría que había recopilado, Aristóteles sintió la necesidad de convertirlo en algo útil. Necesitaba su propio sitio, su propia escuela, su casa propia. Estaba dispuesto a trabajar con todo el empeño de su alma para hacer notorio su sueño;     Diógenes Laercio cuenta que dormía con una bola de bronce en las manos, para despertar con el ruido de la bola al caérsele. Finalmente, en un lugar que había sido frecuentado por Sócrates muchos años atrás, Aristóteles funda su Liceo.
Es preciso declarar que la Poética no fue urdida como libro, más bien fueron puntos que el maestro anotó a manera de un guión que, seguramente en las clases desarrolló de modo inmejorable.

Se supone que dicha Poética tuviese, como mínimo, dos partes. Una parte, que nos ha llegado, donde trataba la tragedia y su relación con otras artes; y la otra parte, donde trataría la comedia. Lamentabilísimamente esta segunda parte quedó en las fauces de la historia. Solo se conserva un manuscrito del siglo X, llamado Tractatus Coislinianus cuyo origen es dudoso, altos eruditos opinan que este documento constituyen las notas de un discípulo de Aristóteles.

 


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Luego de un paciente escrutinio a lo largo de la Poética de Aristóteles, uno se percata de que el concepto de belleza de estagirita halla sus fundamentos en el concepto de belleza expuesto por Platón, maestro de este. Para Aristóteles, como griego ejemplar, la belleza tenía ciertos significados: ético, corpóreo o físico y ontológico. Aristóteles, habitante cabal de la edad helénica, creía que el bien moral era sinónimo de belleza; sin embargo, no hablaba de una belleza suprema, inasible, sino de una belleza concreta que tocaba solo a los espíritus sensibles a ella misma. Dijo Aristóteles: Porque lo bello se encuentra en la magnitud y el orden. Es decir, él sigue estableciendo la vieja analogía entre belleza y armonía, equilibrio, mesura. Para ejemplificar esto tomaba a Edipo Rey, obra maestra de todos los tiempos, tejida por Sófocles, y afirmaba que era armónica y mesurada por la sencilla razón de que su argumento es fácilmente recordable, y dicho argumento a la vez es sublime, y mueve al temor y a la compasión. Más adelante dice: …algo cuya presencia o ausencia no produce ningún efecto visible no forma parte del todo. Esto calza su ideal de armonía, de un arte erigido sobre la razón, un arte que más bien es el resultado de un oficiosa artesanía.


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Durante siglos se arraigó el concepto de arte establecido por Aristóteles, convirtiéndose en clásico. No era un concepto nuevo, ni originalmente suyo, pero sí lo convirtió en verdadero. Consideraba el arte como mímesis, para él todas las artes eran artes de imitación, aunque declaraba que el arte perfeccionaba lo que la naturaleza no había acabado. En su Poética dijo: El imitar, en efecto, es connatural al hombre desde la infancia, y se diferencia de los demás animales en que es muy inclinado a la imitación y por la imitación adquiere sus primeros conocimientos, y también el que todos disfruten con las obras de imitación. Y es prueba de esto lo que sucede en la práctica; pues hay seres cuyo aspecto real nos molesta, pero nos gusta ver su imagen ejecutada con la mayor fidelidad posible,... Y también es causa de esto que aprender agrada muchísimo no sólo a los filósofos, sino igualmente a los demás,... Por eso, en efecto, disfrutan viendo las imágenes, pues sucede que, al contemplarlas, aprenden y deducen qué es cada cosa, por ejemplo que éste es aquél; pues si uno no ha visto antes al retratado, no producirá placer como imitación, sino por la ejecución, o por el color o por alguna causa semejante.
(¿El objeto de la imitación poética es el hombre, según Aristóteles; el hombre como sujeto que actúa libremente o, en otras palabras, el hombre como sujeto moral?)


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Esencial de la imitación es para Aristóteles, el tener por objeto a un sujeto.


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Aristóteles vincula el aprendizaje con la imitación. Lo que diferencia al hombre de los animales no es, para él, como podría creerse, por lo que aquí dice, la mera capacidad de imitar la realidad, pues sabe que también los animales imitan, sino la extensión y la flexibilidad del instinto imitativo del hombre y el deleite único que encuentra en imitar y aprender, (hecho al cual no es ajeno, sin duda, el origen del lenguaje). El que aprende, imita; pero muchos animales, los que tienen memoria, aprenden; luego, muchos animales imitan.
Aristóteles hace notario que lo que produce placer en la imitación no es el objeto imitado ni su exclusiva perfección o belleza, sino la belleza y la perfección que existe en la acción imitativa misma.
Los sujetos imitados poseerán, inevitablemente, una caracterización moral, pero no necesariamente han de ser tales, como los hombres son en la realidad: pueden ser mejores o peores. Esto revela de manera tácita y cabal la pintura, donde los hombres aparecen representados como más bellos o más feos de lo que son o también, con mayor realismo o no, a los modelos vivientes que el artista selecciona para imitar. En la música ocurre de manera distinta. Aristóteles no difería demasiado de los criterios de su maestro. Platón exigía que la melodía se adecuara a fines puramente morales de la educación. Aborrecía los modos musicales quejumbrosos, porque deprimen a hombres y mujeres, así como los modos voluptuosos, a los que llama "afeminados", mientras estimaba las melodías que representaban al guerrero que luchaba y se aventuraba sin temor, o al hombre pacífico que ejecutaba con empeño e inteligencia una obra. Esto quiere decir, sin duda, que la música representa para Platón acciones únicamente humanas o que se relaciona estrechamente con dichas acciones.


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Para Aristóteles la imitación era: activa, en el artista; y pasiva, en el espectador o receptor de la obra de arte.


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Según el creador del Liceo, el objetivo del arte es presentar los problemas generales de manera verosímil. Afirmaba que el arte era distinto a la ciencia porque, indudablemente, tenía otros objetivos, y que sin embargo poseían un rasgo común: su universalidad. De esta afirmación derivaba el siguiente análisis: como el arte tiene un carácter universal entonces podía y debía estar sometido a reglas; pero las reglas eran incapaces de sustituir otro factor, que es el juicio del hombre versado, de ahí que podía enjuiciar solo los iniciados en el arte. Para Aristóteles los artistas yerran cuando toman demasiado en serio la opinión del público; atribuyó las imperfecciones de la tragedia de su tiempo al hecho de que los poetas hacían caso al público y escribían como éste quería.


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La tragedia, de la que Aristóteles probablemente nos habla con ánimo de establecer no un canon rígido, sino más bien para explicar a sus discípulos ciertas constantes de aquel género, la considera imitación de una acción completa y elevada, que tiene comienzo, medio y final; a su vez debe ser seria, noble y purificar en nosotros los sentimientos de compasión y de temor. Expuso que la tragedia consta de seis partes: espectáculo, canto, elocución, caracteres, pensamiento y fábula. Los personajes deben ser semejantes a nosotros, ni totalmente inocentes, ni totalmente culpables.


***


Fue sin dudas Aristóteles quién llevó las ideas estéticas de su tiempo, más lejos. Conceptos como mímesis y catarsis, encontraron en el estagirita un profundo estudio. Sin embargo, conceptos como lo bello, no se distanciaron mucho de la tradición griega: belleza sinónimo de armonía, equilibrio, mesura.
La luz de Aristóteles llega hasta hoy. Y aun esto dos mil y tantos años no acaparan su vastedad. Él no comprendía que el arte fuera creación, y si lo era, no sería ninguna virtud, porque su valor residía en responder a las leyes inalterables, a las formas infinitas de nuestro mundo, por lo que debía desentrañar aquellas formas, no crearlas.




Yannit Pozo Castillo

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