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Página de Inicio Entrerrianos Obra literaria de Yannit Pozo Castillo La república moral de José Martí

La república moral de José Martí

¡No temblará de asir la luz mi mano!
José  Martí
Luego de revisar de manera minuciosa no toda la bibliografía que hubiese deseado, y luego de estudiar fervorosamente las principales obras donde el Maestro trazaba sus concepciones sobre la nueva república, intenté organizar algunas ideas al respecto. La primera idea que pude sacar en claro, y que yo sentí casi con fuerza de axioma, fue el postulado de que cada hombre debía rendir culto a la dignidad plena de cada hombre. Si uno rastrea en la biografía de Martí puede percatarse de que las bases del robusto sentimiento martiano de la dignidad habían sido nutridas, principalmente, por su maestro Mendive, y más tarde tomó forma cabal cuando Martí empezó a relacionarse con “los bijiritas” en La Habana de aquellos tiempos. El inmenso Emmanuel Kant definía la dignidad, según entiendo, como aquello que aseguraba que el hombre siempre fuese tomado como fin de todo y como medio de nada. En el Manifiesto de Montecristi, firmado por Martí y Gómez -pero a todas luces salido de la esplendorosa mente de Martí- el Apóstol dice: “…el respeto al decoro del hombre, nervio del combate y cimiento de la República”. Y más adelante: “…ordenar la revolución del decoro, el sacrificio y la cultura que de modo que no quede el decoro de un solo hombre lastimado, ni el sacrificio parezca inútil a un solo cubano…”. Y en el sublime discurso conocido con el título Con todos y para el bien de todos, Martí definirá cuál debía ser el basamento moral sobre el cual se sostendría la República : “O la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de sí y el respeto, como de honor de la familia, al ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre…”

Otra idea que se me hizo tangible fue la de que la república debía estar organizada según la realidad de Cuba, y no tomando de manera mimética la organización de las repúblicas europeas o la norteamericana. En el artículo Nuestra América dejó claro este punto: “El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. El gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.”  Desde su juventud Martí estudió los problemas de las repúblicas latinoamericanas, y comprobó que muchos de los desaciertos de estas repúblicas venían del hecho de copiar los esquemas republicanos de países con realidades totalmente diferentes. En el mismo artículo dijo el Apóstol usando una hermosa imagen: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”.
Martí soñaba que la nueva República, en su gobierno, estuviese representada por todas las clases y grupos sociales, los campesinos, los obreros, la población negra y la española, y cualquier grupo por minoritario que fuese. La República martiana implicaba el ascenso de las clases medias, que según el Maestro, fungía como reguladora, de algún modo, de la sociedad toda.
La posición de Martí con respecto al campesinado tiene sus raíces en el proceso revolucionario guatemalteco, del cual Martí fue testigo. En aquellos años de forzado destierro defendió la expropiación de las tierras de la Iglesia y su repartición en pequeñas parcelas a los campesinos. Además, Martí estaba influenciado por Henry George, un reformador de la sociedad norteamericana que aconsejaba la confiscación por el Estado de todas las tierras, y luego, arrendarlas individualmente garantizando  siempre la igualdad de condiciones para todos los que se hiciesen cargo de ellas. En un artículo que apareció en Patria dijo el Apóstol: “…Ancha es la tierra en Cuba inculta, y clara es la justicia de abrirla a quien la emplee, y esquivarla de quien no la haya de usar; y con buen sistema de tierras, fácil en la iniciación de un país sobrante, Cuba tendrá casa para mucho hombre bueno, equilibrio para los problemas sociales, y raíz para un República que, más que de disputas y nombres, debe ser de empresa y de trabajo”.
Muchas bibliografías coinciden en afirmar que Martí en su ánimo de conciliación y armonía social no pudo ver el problema de los obreros. Sin embargo, encontré esto dicho por Martí: “No es nada, pero como yo trabajo, amo a los que trabajan; yo también he abierto piedras, y he saltado minas, y he cargado por las calles sus pedazos; yo he comido en cuclillas -no, ¡he visto comer!- una bazofia inmunda que nos daban de alimento…”. Y de Marx, el teórico fundacional de la clase obrera, dijo Martí al morir el autor de El Capital: “…Karl Marx, que no fue sólo movedor titánico de las cóleras de los trabajadores europeos, sino veedor profundo en la razón de las miserias humanas, y en los destinos de los hombres, y hombre comido del ansia de hacer bien. Él veía en todo lo que en sí propio llevaba: rebeldía, camino a lo alto, lucha”. ¿Cómo era posible, entonces, que Martí no comprendiera de manera profunda el problema de los obreros? ¿Mejor no es afirmar que el gran problema de Cuba no era esencialmente la clase obrera?
Con relación a la integración de los negros en la república el maestro fue categórico en su artículo Mi Raza: “(…) El hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza u otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos. (…) Todo lo que divide a los hombres, todo lo que los especifica, aparta o acorrala, es un pecado contra la humanidad”.
En otro artículo intitulado “Nuestras ideas”, Martí deja clara también la posición de la futura República ante los españoles que vivían en la Isla : “Los españoles que aman a sus hijos, y prefieren las víctimas de la libertad a sus verdugos, vivirán seguros en la república que ayuden a fundar”.
Es fácil de ver entonces que la República que soñaba Martí tenía la forma de la inclusión y no de la exclusión; debía ser, pues, un estado multirracial y multinacional, que garantizaría el derecho de todas las minorías. Martí alzó su voz contra todo lo que divergiera, apartara o acorralara a los hombres. No cabía en su mente que un país atrasado, recién salido de la esclavitud y del absolutismo colonialista pudiera llegar a constituirse en una República digna si alguna minoría era marginada. Sólo cesaría de contarse con los que por su personal voluntad se alejaran.
La República martina de la perenne perfección humana, sólo podía alcanzarse mediante "el pleno goce individual de los derechos legítimos del hombre", y sería una República donde la vida hacedora sería “la única garantía del derecho del hombre y de la independencia del país.”
Martí estaba convencido de que: "todo va acrisolándose por el ejercicio del bien, y convirtiéndose en esencia espiritual, presente aunque invisible. Todo es orden en las almas ya libres, cuya acción superior, e influjo directo, sienten confusamente en esta vida las almas irredentas. Edúquese lo superior del hombre para que pueda, con ojos de más luz, entrar en el consuelo, adelantar en el misterio, explorar en la excelsitud del orbe espiritual”.
La “República moral” que Martí menciona en El Manifiesto de Montecristi debía ser antónima del sistema capitalista de Estados Unidos de América: “El pueblo más grande no es aquel en que una riqueza desigual y desenfrenada produce hombres crudos y sórdidos, mujeres venales y egoístas: pueblo grande, cualquiera que sea su tamaño, es aquel que da hombres generosos y mujeres puras. La prueba de cada civilización humana está en la especie de hombres y mujeres que en ella se produce”. Y en otro lugar, Martí dice: “La prosperidad que no está subordinada a la virtud avillana y degrada a los pueblos; los endurece, corrompe y descompone”.
En algún lugar de su espaciosa obra Martí habla de algo que en lo personal me resultó fascinante por muchísimas razones, razones que van desde lo literario hasta mis convicciones más íntimas con respecto a la existencia; Martí enunció en una sublime antítesis cuál sería la esencia de su “República moral”: “el lujo pobre”. Creo que en esta pareja de sustantivo y adjetivo está la fuerza y todo el fervor que el guía de todos los cubanos nos dejó como señal que apunta a la moralidad limpia y útil, a la justicia, y a la libertad que viene desde el alma, y al decir de él, echa luz.

A manera de conclusión

Poco antes de darme a la ejecución de este trabajo tuve un sueño, entonces, lo juro, no había leído el artículo de Mañach titulado “Si Martí levantara la cabeza”. En dicho artículo Mañach usa el sueño casi como un recurso que busca la persuasión; pero yo lo tuve y lo cuento con la seguridad y la fuerza del que está seguro de que los sueños alguna verdad esconden (quizás una manera de persuasión más solapada). En mi sueño Martí estaba mirando su estatua, que se desgajaba a pedazos a cada instante y yo era Martí y era la estatua y a la vez estaba junto a Martí; y en un momento equis (no sé si como estatua o como acompañante o como él a sí mismo), pregunté: “¿Y Cuba, qué?” Y él me contestó: “¿Cuba? Es una cesta de caretas rotas”. Claro, se podría pensar que fui yo quine se contestó a sí, ya que este es un verso de sus Versos Libres que me exalta hasta lo inexplicable; pero de todos modos, estoy seguro, alguna sospechosa verdad encierra mi sueño. Por lo pronto, como Martí, me inclino a estar en el taller del sol, por eso no les temo a las nubes.  

Cumanayagua, abril de 2009

Yannit Pozo Castillo

 

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