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Página de Inicio Autopista sur Obra literaria de Yanisbel Rodríguez Albelo SPIRITUAL SONG

SPIRITUAL SONG


A Leysa, porque estas fueron las cosas que nos salvaron, y a Pedro, por supuesto.

(...) este que te espera cada atardecer para tomar dos tazas de algo humeante, en el cafetucho de la esquina.
Pedro Mendigutía

Nos reuníamos en los cafés para sublimar el vacío de nuestra cotidianidad e inventarnos una existencia trascendente.
Daniel Chavarría

Todos los días a las cinco de la tarde, a la hora violeta, cuando los ojos y la espalda se alzan del escritorio, nos metíamos en el cafetucho de la esquina intentando paliar el desaliento. Entonces imaginábamos que uno no estaba de pie contra el marco de la puerta esperando, y veíamos la mesa del rincón con la ventana que da al puerto y los marineros borrachos y los pájaros migratorios cayendo extenuados del viaje, y que en el estrado, rechazando el micrófono y la orquesta, un poco tambaleantes y como mofándose de nuestra estupefacción, Ela Fitzgerald o Elena Burke, cantaban enronquecidas, ahogadas, deshechas, muriendo de a poco. O la mismísima Estrella, entonando boleros hasta el envejecimiento de la noche, sacando el sentimiento del pecho, todos imantados y rendidos ante la voz de aquella negra monumental, que llenaba el salón, estremeciéndolo. Imaginábamos a Ray Charles tocando de pie, aporreando el teclado divertido, recostándose sobre el piano. Uno se siente vulnerable al escuchar en el gramófono con la aguja encorvada y los discos llenos de surcos y scrach, y garabatea en la mesa, pensando ya este no es el cafetucho de la esquina, el desdeñado, con su joroba, con sus malos tratos, y dan ganas de entrar a echar la tarde e invitar a los amigos a discutir alegremente sobre el paraguas lanzado desde el puente una tarde de lluvia y congoja. Ya no hay lugar para el escándalo. Todo pasa dulce y tranquilo como el río, que se lleva su carga putrefacta barranca abajo con pájaros oscuros hurgando en los pastizales flotantes. Uno se dice: la ciudad está creciendo hacia dentro, con su urbanidad lacerante, la polvareda y la neblina, las colmenas de gente desgajándose por las calles y los faroles que comienzan a encenderse con su habitual parpadeo. Somos los beatniks, los inadaptados, absorbidos por la fabulosa y gigantesca jam-session de Mijaíl Romadin, leyendo nuestros versos en ajados papeles, escribiendo como Paquito, con el lápiz del bodeguero en una hoja de envolver café, o en las puertas de los retretes. Una muchacha, delgadez y vestido floreado, se detiene en el umbral, y después de mirar hacia dentro intensa y largamente, se apoya en el mostrador y dobla una pierna. El cantinero nervioso hace rodar las jarras por el borde pulido hasta las manos de los feligreses. Acodados sobre las manchas pegajosas de cerveza, enturbiando las palabras con la ceniza de los cigarros que transcurren uno tras otro, en lentas bocanadas, las volutas de humo azulenco elevándose hasta el techo de la estancia y enredándose en el lamparón antiguo y deslucido, en las vigas carcomidas. Se desbordan los ceniceros y ya este es un night club años cincuenta y llega la ciudad trasegada por coches de capota y estribo, gángsters y proxenetas tropicales, casinos y burdeles, putas y maricas haciendo su ronda por el Paseo, deteniéndose un momento a encender un pito en la bocacalle, en la bocalobo, en el vértice del bosque de la noche . El cafetucho se convierte en El Gato Tuerto, el Two Brothers, La Zorra y el Cuervo, la White Horse Tavern, el Moulin Rouge, el Café Voltaire, La Mandrágora, y hasta en la tienda de Catarino, donde esperamos que suene el acordeón de Francisco el Hombre, o en el Mesón Verde, con Rimbaud comiendo pan con mantequilla, jamón templado y vino tinto, mientras se distrae admirando las tetas de la camarera. Langston Hughes acaba de desembarcar de un largo viaje y con él la primera lluvia invernal; mirar hacia fuera es ver los goterones habitados por las mujeres-pájaro de Zaida del Río, que deslucen los carteles recién pintados. Una lluvia violeta y añil que escuchamos rodeados por las multitudes de gente que entran agolpándose como moscas, un enjambre bullicioso y despistado escapando del frío, deseando una tisana bien cargada, mirando al perro malquerido echado debajo de la mesa. Qué bien se está allí desde las tres, escapados del trabajo, sin pensar que debemos un mes del cuarto de alquiler, de cara al aguacero, mientras golpea fuerte contra las ventanas. Así, jóvenes y despiadados, con Dylan Thomas, arrastrándose por el suelo, por la cochambre, el cigarrillo colgando, el pelo revuelto, buscando a tientas su trago de whisky, echando a perder el silencio con su recitación implacable: yo los veo muchachos del verano en su ruina dilapidar los diezmos de oro. Hablará quedamente y su voz se irá apagando hasta dejar una vaga sensación de marea alta y gaviotas a lo lejos. Nosotros, tan beatles, derrochando los ahorros del fin de semana en libros y una botella sin etiqueta. Estábamos con Oliverio y la Maga, vagos conscientes por debajo de luna y luna , bañándonos apenas, acumulando la papelería por toda la casa, que en verdad es estrecha, echados en el sofá o el camastro hasta las más altas horas de la madrugada, divagando, poniendo un disco tras otro, distraídos por cuanta telaraña, náufragos y sin retorno, hasta que los vecinos de los altos protestan y es preciso seguir fumando mientras miramos el disco dando vueltas en silencio sobre el plato , absortos y en la penumbra. Recordar cuando éramos adolescentes y eternos y no nos dábamos cuenta de que todas las tardes se repetían y pesaban sobre nosotros, arrastrándose lentamente, que llegarían siempre con retraso los tiempos luminosos de dormitar sobre la hierba junto a alguien amado, maltratando las páginas del libro de cabecera, y querer ser Tom Sawyer, Jack Kerouac, Holden Caulfield, John Lennon. Pero uno era tímido y desinhibido a la vez, y es cierto Liudmila, se podía escribir todos los días alucinado, con pasión, sin embarazo, sin arrepentimiento, sin pensárselo dos veces ni importarnos un carajo limarlo para que vistiera bien y ganaras los aplausos y te hicieran respetable. A la vuelta íbamos a estar los otros muchachos, soñadores y desencantados, gravamen, algazara y conmoción, los filibusteros apedreando el parquet y el brindis y nuestros años felices, orinando contra la pared de la esquina, sin habernos aprendido ni siquiera un blues. La ciudad se iría llenando de suicidios cotidianos, de gente que se lanzaba de las tiendas a la calle, de los muros a las olas, de los balcones al césped, del colegio a las cantinas, de las casas a la ribera, porque habían comprendido que no tenían nada que perder ni ganar. El cafetucho era entonces el muelle donde recalar cada día después del trabajo y burlarse de la mediocridad y matarnos a mentiras y alardes y suposiciones, y llorar quizás un poco y hasta querer irse barranca abajo con toda esa mierda que se lleva flotando el río, aunque nunca es demasiada mierda para la que aún nos tropieza desde que nos arrojamos al alba. Sacrifico mi última moneda en la vitrola y lo que viene es la cinta en blanco y negro con westerns que proyectaba mi padre al aire libre para los del barrio y ragtime y slogans escritos a mano en los pulóvers y jeans desteñidos con las rodillas destrozadas. Qué bueno es saber que ahí está el cafetucho de la esquina, el confesionario de los pecadores a gusto. Ir a sentarse a la mesa del rincón y no escribir ni nada, sino quedarse quieto, sopesando las horas que van languideciendo, disfrutando un momento de olvido , meditabundos, observándonos a través del humo de las tazas, esas blanquísimas expiaciones suspendidas en el aire, sin advertir el aluvión de personas y automóviles que se apuran a lo largo del boulevard. Estirar las piernas bostezando y pedir ese montón de azúcar, Julio Cortázar, y escapar después.


Yanisbel Rodríguez Albelo

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