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Página de Inicio Argos Obra Literaria de Rolando Revagliatti

Osvaldo Spoltore: “Desarrollé mucha introspección, al punto de sufrir de hipervigilancia”

Por Rolando Revagliatti

1.- Rolando Revagliatti: ¿Qué podría ser de interés a los efectos de ir conociéndote?...

Osvaldo Spoltore: ¿Qué puede ser de interés a nadie la vida de uno? ¿Qué puede haber de genuina novedad que el Otro, de una forma u otra, no haya vivido? No es falsa modestia.

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Romina Funes: “Mi mayor motor siempre ha sido la incertidumbre”

Por Rolando Revagliatti

1.- Rolando Revagliatti: Para nosotros, los de Buenos Aires, naciste en “San Martín”, como se ha popularizado la ciudad de tan extenso nombre, allí, en el conurbano bonaerense. Presentemos a la sanmartinense.

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Desde la tierra de la salamandra

(Fragmentos)
VII

Desde el fuego hablo
sin ser ceniza enamorada.
Es una libertad encarcelada la última vanidad
que le queda a mi  poema,
alumbrando tu oscura presencia
sin poder mirar atrás,
un vano rosario de palabras,
un delito con tu cuerpo
que me prestas
para darle el peso justo
a mis sordos ojos,
agrietados tras tu sombra.
Desde la tierra de la salamandra
siembro un último asombro,
eclipse de memorias
leídas por tu culpa,
mariposa en violeta
asesinas mi cordura
y entonces te amo.


Rodolfo García

Rogelio Pizzi: “César Vallejo: tan invisible y a la vez irradiando una luz tan extraña, tan incomprensible”

Por Rolando Revagliatti

1.- Rolando Revagliatti: Empecemos por (desde) tu provincia, Rogelio: un relato.

Rogelio Pizzi: A mis veinticuatro años, una tarde de otoño acompañé a mi hermano —que en ese tiempo era médico de Manuel Mujica Laínez— al mítico Paraíso en Cruz Chica, provincia de

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Pablo Queralt o ser el testigo de uno mismo, ser y verse

Por Rolando Revagliatti

1.— Primer paso es el título de tu cuarto poemario. Hablemos de tus primeros pasos y de tus segundos pasos también. ¿Por dónde pasaste, fuiste pasando, con quiénes?...

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Blues amoroso

Déjame vivir allí,
en la ladera de la muerte
donde duermen tus ojos,
vórtices del desastre
sobre la lápida ámbar de la tarde,
monjes oscuros
que incendian mis naves,
grietas de un extraño cielo
por donde se escapa una herida:
esta muerte solar
que me ofreces como respuesta.
La noche se confiesa
con su tela de llovizna
sobre los últimos caminantes,

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