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Página de Inicio Alas de colibrí Obra para niños de María Rosa Martínez Trujillo Dos por uno

Dos por uno

Por María Rosa Martínez


Este curso pasé para cuarto grado. Al principio, extrañaba hasta la silla donde me sentaba en el aula de Tercero “A”; la ventana por donde se veía el pino viejo del patio, mecido por el viento.


Muchos cambiaron de aula o de escuela y el “piquete” se rompió; de los cinco más unidos solo quedamos dos: “Lele El Gordo” y yo. Por eso nos sentamos juntos al final de la hilera del medio.
A mí me dicen “Candelita”, pero mi nombre es Candelario, un poco raro para un niño de estos tiempos; Lele tampoco se llama así, pero de tanto decírselo a veces hasta se me olvida que su nombre es Eulalio ¡Vaya nombrecitos los que heredamos de nuestros abuelos!
Ahora somos “uña y carne”, como El Gordo y El Flaco de la comedia silente; en casa siempre me preguntan por él cuando me ven llegar solo.
A él le gusta la asignatura de Lengua Española y a mi la de Matemática; nos copiamos las tareas y a veces hasta las pruebas, con tremendo miedo.
En tercer grado, cuando teníamos tiempo, Lele hacía cuentos y se sabía muchos: de monstruos, de piratas, de extraterrestres… y los contaba que parecían películas.
–Lele, ¿tú te sabes el nuevo cuento de Caperucita Roja? –le decía Marina, un día que él ya había hecho como cuatro cuentos.
–Oye, chica, Caperucita es de preescolar –protestó Camila, la bonita que se hacía la grande y se pintaba los labios.
Quedamos en que sería en otro momento, pues iban a comenzar las clases, y a los pocos días supimos que  el lobo se volvió zombi porque Caperucita lo mordió.
Las hembras y los varones nos llevábamos bastante bien, sobre todo a la hora de los cuentos, pero ya no tenía gracia; tendríamos que buscar nuevo público, pues cuando unieron los tres tercero en dos cuarto, no tuvieron en cuenta nuestra amistad, y los de Tercero “C”,  a los que nunca habíamos tratado, eran más en Cuarto “B”.
El otro día a Lele se le ocurrió montar una escenita en el aula conmigo y algunas niñas que conocíamos, pero me advirtió:
–Oye, Cande, cuando yo empiece ustedes se ríen, pero si se acercan, tienes que decirles  a los “fiñes” esos que cada dos cuentos es un peso por niño.
–Lele, mi amigo, eso no era así el año pasado, la entrada era gratis.
–Sí, también el año pasado a mí me daban un peso diario para la merienda, igual que a ti, pero ahora, ¡de eso nada!
–¿Y si nos coge la maestra? ¿Si nos “chivatean”? –le dije preocupado.
–Entonces no habrá más cuentos y diremos que era jugando –respondió bajito.
–Yo creo… tú sabes, a mí me gustan tus cuentos, pero hoy ya gasté mi peso, nada más me queda una croqueta, ¿te la doy por adelantado?
Lele no contestó; sonriendo, estiró la mano.

(N. del E.) Este cuento obtuvo Premio en el Encuentro-Debate Provincial de Talleres Literarios, Cienfuegos, 2012.

 

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