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Página de Inicio Alas de colibrí Obra para niños de Orlando V. Pérez Cabrera La niña que más amó a los animales del bosque

La niña que más amó a los animales del bosque

En el país donde abundan las palmas, dice la historia que no hace tanto pero tanto tiempo vivía una niña tan linda como intranquila. Su cabecita estaba adornada por un matojo de pelo rubio ensortijado; su piel tiraba a lo rosado y sus mejillas parecían siempre estar tostadas por el sol. Lo que más resaltaba en su carita hermosa eran sus ojos negros y brillantes, como si un pedazo de la noche más despejada se hubiera colado en ellos. En un libro que me leía mi mamá cuando yo era pequeña, había un cuento igual a este que les estoy contando, y en él la niña se llamaba Vera, que significa verdadera; así que aquí le vamos a dejar el mismo nombre. Dicen quienes han escuchado esta historia, que la tal niña casi no atendía a las clases en la escuela, y que su mayor diversión era arrancar hojas de sus libretas para hacer avioncitos y ponerlos a volar en medio del aula, con lo cual hacía que sus compañeritos se distrajeran. Como no atendía a las explicaciones de su maestra, también se entretenía haciéndoles maldades a los de al lado, arrancándoles también hojas de sus libretas, y cuando estos protestaban, empezaba a arañarles la cara o a darles codazos y hasta bofetadas. Era costumbre que la gente del pueblo dijera que aquella niña era un verdadero desastre. Sin embargo, siempre que le daban las quejas a la mamá por alguna de sus travesuras, ella se ponía brava y respondía: “Pobrecita mi hijita, ustedes la tienen cogida con ella.”

Tanto plantas como animales eran las víctimas de su afán destructivo, arrancando un gajo aquí, triturando una florecilla allá, dándole un palo a un perro o tirándole una piedra al gato que maullaba en un tejado. Una de sus bromas favoritas era ir por las tardes al bosque que se abría más allá de las últimas casas del pueblo, para cazar lagartijitas y abrirles la barriga con un bisturí, andarles en las tripas y luego, con hilo negro, coserlas y acostarlas sobre una hojita de mango como si fuera una camilla, pues decía: “Si voy a ser doctora, como quiere mi mamá, tengo que prepararme desde ahora”. Las pobres lagartijas vivían siempre muy asustadas, y para poder defenderse crearon un sistema de aviso. Todas las tardes un lagarto adulto se subía a la copa de un pino con una flor de campanilla entre las patas delanteras, y cuando la cabecita rubia de Vera asomaba por el trillo, el lagartijo hacía sonar la alarma, y un sonido raro que solamente podían oír los demás reptiles de su especie se colaba por todo el bosque, los cuales corrían llenos de miedo gritando: “¡Ahí viene el monstruo, ahí viene el monstruo!” a esconderse debajo de la tierra, donde habían hecho con gran esfuerzo unos largos túneles.
Pero cuentan los viejitos de barba blanca que viven dentro de las cuevas, que son quienes más saben de estas historias, que una tarde, ya bien tarde, después de andar correteando de aquí para allá en el bosque, sin Vera darse cuenta de que la oscuridad le pisaba los talones, como no veía bien, tomó un camino equivocado, y de pronto se vio perdida entre tantos árboles que agrandaban su figura y la deformaban abrazados por la sombra. La niña comenzó a correr sin saber a rumbo cierto a dónde iría a parar. Al principio no se sentía tan insegura, pero a medida que el tiempo pasaba, comenzó a asustarse y empezó a gritar: “¡Sáquenme de aquí, ay, mamita, sáquenme de aquí!” Pero nadie le respondía. Era como si todos los habitantes del bosque se hubieran puesto de acuerdo para responder con el silencio.
A todas estas, los gritos habían llegado a oídos de la familia Lagartija. Mamá Lagartija levantó la cabeza del almohadón de plumas de pichones de codornices y dijo: “Bien merecido se lo tiene quien ha hecho tanto daño”, y con la misma hundió la arrugada cabeza de nuevo en el almohadón. Don Lagarto Viejo, al notar que sus hijos y nietos se movían con intranquilidad, levantó el duro cabezón y dijo con firmeza de jefe: “¡Aquí no ha pasado nada, así que a dormir!”, con lo cual evitó cualquier alboroto que pudiera ocurrir.
La muchacha perdida, sin darse cuenta, en su loca carrera metió un pie en un hoyo que resultó ser un nido de hormigas bravas, las cuales comenzaron a subir por sus sonrosadas piernas con rumbo al resto del cuerpo, a la vez que le regalaban mordidas muy dolorosas aquí y allá. Ante el ataque hormiguero, Vera trató de defenderse con las manos, con los pies, con la boca, a la vez que sus chillidos se hacían más fuertes al principio, y más débiles después.
La más pequeña de la familia Lagartija, a la que todos llamaban Sos (que significa auxilio), se sintió apenada por lo que le estaba ocurriendo a Vera y pensó que estaba necesitada de ayuda. Sos tenía el poder mágico de ver lo que ocurría en la distancia y por eso vio a la niña tendida en el suelo, invadida por las hormigas bravas y sintió aún más lástima de ella y pensó que no era del todo culpable de su mala actuación.
Sos era amiga y ayudante personal del Hada Madrina del Bosque y por eso, levantándose con mucho cuidado para no hacer ni el más mínimo ruido, salió al patio de la casa y llamó enseguida al Hada y le dijo: “Oh, Madrina, necesito tu ayuda”.  El Hada Madrina, moviendo con fuerza sus enormes y blancas alas le respondió: “¿Para salvar a esa malvada criatura es que me has llamado? Ella se merece ese castigo.” “Sí, Madrina, pero date cuenta de que es una niña inconsciente, ella es una pobre criatura que ha tomado el camino equivocado y necesitamos traerla hacia el Bien”. El Hada Madrina se sintió conmovida con las palabras de su ayudante, y pensó que qué buen corazón tenía aquella lagartijita, dispuesta a salvar a quien más cruel había sido con su especie. “¿Qué necesitas entonces, mi adorada ayudante?” “Un par de alas como las tuyas, y tu poder”.   Y tomando un trozo de palo del suelo, continuó: “Transmite el poder de tu varita mágica a este palo”. El Hada Madrina, haciendo un giro nunca antes visto, se envolvió en una espesa nube, al final de lo cual dijo: “¡Ya!”
Sos notó cómo le crecían alas, cómo el trozo de palo se convertía en una vara plateada, y para probar su poder, empezó a saltar tan alto que casi tocaba las nubes. Pero antes de empezar su vuelo, entró a la casa, donde todos sus seres queridos dormían, y los tocó de poder con su varita mágica mientras les decía: “Esa niña necesita ayuda, esa niña necesita ayuda”.  El cuarto entonces también se vio envuelto en una espesa nube, y a medida que las lagartijas se despertaban, notaban que tenían alas y que podían volar. Fue ese el momento en que se escuchó la voz en eco de Sos diciendo: “Al bosque, un largo vuelo al norte, y medio vuelo al este, cerca de la Fuente Divina, sobre la colonia de Hormigas Bravas. Síganme a mí y enciendan los faroles que les han prestado los cocuyos.”
Cuando llegaron allá, ya la niña estaba inconsciente, como si empezara a dormirse para la eternidad. Pero tan pronto como las lagartijas iban llegando, empezaban a triturar con sus dientecitos a las hormigas que invadían el cuerpo de Vera, mientras que con sus tibias lenguas refrescaban su piel amoratada. Así, cuando lograron ahuyentar a las hormigas, levantaron entre todas el cuerpo desmadejado de la niña, y poniéndola volar entre las nubes recorrieron con rapidez la distancia que los separaba del hospital de la ciudad, y al llegar allí la colocaron en una camilla, donde fue atendida con urgencia por los médicos con muchos cuidados y buenos medicamentos.
Y cuentan los que de esta historia saben más, que Vera, sonriente, al cabo de los tres días abrió sus ojos negros como una noche despejada y sin saber con entera claridad qué le había ocurrido, le dijo a la madre, quien con lágrimas en las mejillas la abrazaba: “Qué alegría verte, mamá, te prometo que voy a cambiar, en todo voy a cambiar, y desde hoy seré la persona que más ame y cuide a los animalitos del bosque.”    

Orlando V. Pérez

 

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