Puerto Rico y la Lengua Española

Por Luis R. Sánchez

Bienvenidos sean quienes visitan Puerto Rico, por vez primera. Bienhallados sean quienes pasan aquí los días que uno tras otro son la vida, como afirma el poeta colombiano. Brevedad me encarecen mis anfitriones. La petición huelga. Tengo por artículo de fe que en la brevedad se despliega la juiciosidad. ¿Qué otra cosa sino despliegue de juiciosidad acontecen en la décima, en el soneto, en el bolero? Cuya definición más eficaz lleva la firma de Gabriel García Márquez. El personaje principal de Memoria de mis putas tristes concluye, entre melancólico y abstraído: El bolero es la vida. ¿Cursi? ¿Quién que es no padece súbitos episodios de cursilería? Si se le teme a la cursilería ni se conversa ni se escribe ni se ama.

Dedico mis palabras breves a un hombre de acción y a un hombre de reflexión. Puertorriqueño, el hombre de acción se llama Oscar López Rivera. Español, el hombre de reflexión se llama Federico García Lorca.
Con permiso.

La sombra del cliché es alargada. Basta decir Puerto Rico para que se repita la sentencia: los puertorriqueños siempre hablan de lo mismo. La sentencia peca de frívola. A lo largo y ancho del planeta siempre se habló, se habla y se hablará de lo mismo. Es decir, del problema, del agobio, del sueño al que se le confía la superación del problema y el agobio.
No hay actividad humana más democrática que soñar. Los sirios que congestionan Grecia y Turquía viven prendados del sueño alemán. Con tal de que los salpique el sueño americano media Centroamérica viaja en el tren infernal apodado la Bestia.

El sueño no tiene dueño proclama el refrán. Es decir, cada cual es dueño absoluto de su sueño: el rico en su riqueza, el pobre que padece su miseria y su pobreza, el que a medrar empieza, el que afana y pretende, el que agravia y ofende. Sin proponérselo, Luis Palés Matos resume el soliloquio majestuoso del Príncipe Segismundo cuando escribe:- El sueño es el estado natural. Añado, como puntual lector del gran poeta, el sueño es el estado natural, así como lo son sus fronteras obligadas, el insomnio y la pesadilla.

Más sobre el sueño: Unamuno, por siempre citable, aunque la crítica chic y boba lo haya desterrado al subsuelo de las retaguardias, aconseja: No son sueños ajenos los que tienes que colmar.
Sincerémonos. La sentencia que peca de frívola, igualmente peca de sincera. Algo monotemáticos somos los puertorriqueños. Contrariando los versos que inician uno de los poemas supremos de la lengua española, nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el estatus. Mucho de cuanto contamos desaparece en las honduras del susodicho mar, siempre revuelto. Naufragan en tan complicado mare nostrum impresiones primarias de las que surgen la simpatía y la antipatía.

El estatus político se nos ha vuelto ardiente impaciencia. Me desdigo, vicio se nos ha vuelto. Aun cuando del vicio nos defienda el estallido furioso del poeta aquel, lejano en el tiempo y cercano en la complicidad:

-Los vicios de una nación son su mayor riqueza.

Pero, juro por los huesos de mi madre que, a veces, los puertorriqueños hablamos de otros asuntos, suscitados por nuestro emocionario público y privado. Esbozo, a grandes rasgos, tres que me interesan, a más no poder: el amor natural de patria, el sancocho espeso de razas, la pelea monga.
Sepan los presentes que el número de puertorriqueños que vive fuera de Puerto Rico sobrepasa el número de puertorriqueños que vive en Puerto Rico. Cuatro millones, seiscientos veintitrés mil, setecientos dieciséis mil viven..... fuera de casa. Tres millones, novecientos setenta y nueve mil vivimos ...en casa.

Mudanzas diarias a Texas, a Florida, a la Gran Manzana. Regresos diarios a Country Club, a Santa Juanita, a La Riviera. Los trajines y las fatigas del ir y el volver retratan el Puerto Rico nómada, a la hora actual el único Puerto Rico permanente. El equipaje de los viajeros lo abulta el idioma puertorriqueño de la vivencia. Que es el idioma español. Poco a poco harán suyo el idioma puertorriqueño de la sobrevivencia. Que es el inglés.
También va y vuelve, como parte integral de las mudanzas y los regresos, una conmoción que califico de puertorriqueñidad. El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua no acoge la palabra. Sí acoge la palabra argentinidad: calidad de lo que es privativo de la República Argentina. Lo que es igual no es ventaja. Ahora divulgo, con deje triunfal, amparado en la opinión del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, puertorriqueñidad: calidad de lo que es privativo de la isla de Puerto Rico.

Dizque por irrisoria, dizque por desfasada, dizque por patriotera, algunos compatriotas menosprecian la palabra puertorriqueñidad. Benigna después de todo, nada más alude a lo que el Inca Garcilaso bautizó, va para cuatrocientos años, el amor natural de patria.

Esa golpeada palabra ilumina todas las formulaciones del vivir nuestro de cada día. Desde las trascendentes hasta las que el pensamiento encorsetado tacha de superficiales. Irónicamente, por superficiales son capaces de medir la temperatura auténtica de una sociedad como la puertorriqueña, huérfana de gestas aunque colmada de gestos.
Enumero gestos a continuación.

1. Canta Ricky Martin en París y las chicas alucinan cuando el mito se hace carne. Bañado por la admiración y el deseo Ricky Martin lanza besos de gratitud, inclina la cabeza en señal de religiosa humildad y ondea una bandera puertorriqueña.
2. Pelean Tito Trinidad, Miguel Cotto, Félix Verdejo en el Madison Square Garden. Suben al ring a probar la ciencia de sus puños. Los tres envuelven la prestancia viril de sus cuerpos rotundos con una capa en la cual se estampan motivos de la bandera puertorriqueña.
3. Como si los asaltara la urgencia de pregonarlo, ciudadanos del común adhieren calcomanías en los cristales de sus automóviles con leyendas, por el estilo de Boricua a bordo, Somos puertorriqueños, Boricua de pura cepa, Soy de aquí como el coquí. Curiosidad sociológica: el credo independentista fracasa en las urnas, pero el credo puertorriqueñista arrasa en la calle.
La paradoja entra en juego. Fetiche, talismán, premio divino, en abrumador número mayoritario el puertorriqueño no transa la pérdida de la ciudadanía norteamericana. Pero, tampoco transa la negociación de un
solo atributo de su nacionalidad- el idioma español, la bandera, la cultura. En fin, cuanto especifica y diferencia su lugar en el mundo, cuanto aprecia y defiende lo que es privativo de la isla de Puerto Rico.
Más gestos.

Sucesivamente, los conquistadores españoles y los invasores norteamericanos, más o menos blancos, amplían los horizontes de su sexualidad y corrigen las deficiencias de ésta en los brazos de la taína, de la negra, de la criolla, de la mulata, la puertorriqueña, históricamente ascendidas a medicina revolucionaria. En el fogón del instinto y el deseo esos aparejamientos cocinan un plato sabroso, que la lucidez detonadora de la escritora Ana Lydia Vega bautiza como sancocho espeso de razas.

El sancocho espeso de razas legitima el río de rasgos cruzados que se entrevé y se agolpa por las caras puertorriqueñas. Caras cobrizas y pardas, jabás y cuarteronas. Caras de leve eco ático y de armonía aborigen. Caras por las que rumia una verdad implacable: el mestizaje constituye el paradigma racial de Puerto Rico. Un mestizaje que enarbola cuanto arte se gestiona en estos lares.
Un último gesto. De cuantas actitudes colectiviza el puertorriqueño ninguna resulta más significativa que la pelea monga. Se trata de una paradoja travestida de picardía. Pues mongo, voz de origen africano, circula en Puerto Rico con la significación de débil y de fofo. La pelea monga se da oculta, sin permitir que la delate la impulsividad. Se da como apuesta a la resistencia que no se malgasta en la confrontación. La actitud libre de gestos de la pelea monga se ha vuelto reglamentaria en la vida puertorriqueña y ha posibilitado una diferente gesta.
La sombra del cliché es alargada.

Basta decir Puerto Rico para que se lo disminuya con dureza, en tanto que país entrado en años, pero todavía deshojando la margarita colonial, como un indeciso Hamlet caribeño, un Hamlet afrodescendiente. Basta decir Puerto Rico para que se disparen el mal entendido, el prejuicio y la distorsión sobre la audaz creatividad de nuestra lengua española apuertorriqueñada. Una lengua española apuertorriqueñada que en el trasvase caribeño halla su santo y seña.

Invito a quienes de ustedes visitan Puerto Rico, por vez primera, y quienes de ustedes pasan aquí los días que uno tras otro son la vida como afirma el poeta colombiano, a participar en la desactivación del cliché y en el contrarresto.