Adiós, Machadito: desde la inmortalidad te sonría la gloria

Por Orlando V. Pérez

El pasado 25 de julio del año en curso, el buen corazón de Merardo Machado Pérez (Machadito) dejó de latir definitivamente, a la edad de 88 años: esta singular figura cumanayagüense nació el 10 de junio de 1931.

Machadito —como todos cariñosamente le decían—, un ser harto popular tocado por una gracia misteriosa que transitaba con su menuda figura por las calles de Cumanayagua, con su porte caballeresco, su descuidada melena, sin pretender ser una réplica del Caballero de París, fue, es y será auténticamente nuestro: un verdadero personaje pintoresco que se aparecía de pronto en cualquier espectáculo cultural, ya sea para entonar viejos tangos, boleros, guarachas, baladas, etc., con su potente voz de tenor; dotes tenía también de declamador y de cuentista nato.

Hijo del ilustre maestro Ángel Machado Aguado y de Antonia María Pérez Sarduy, su infancia transcurrió en el seno de una familia decorosamente pobre, recibiendo una esmerada educación formal y estudios apropiados para la época. Hablaba con bastante fluidez el idioma inglés; era, además, un buen caricaturista que lo mismo dibujaba un automóvil, una casa que un rostro, con líneas y volúmenes que acercaban considerablemente el dibujo al modelo inspirador. Fue además un notable barnizador de muebles, y en su juventud trabajó en importantes establecimientos de la época, tales como La Casa Piedra, Los Dos Leones, entre otros.

También fue autor de un himno a Cumanayagua, que estuvo de finalista en un certamen convocado allá por los años 80 del pasado siglo.

Machadito padecía de una rara perturbación mental, por las frases que decía de pronto y por su raro comportamiento, confundía a muchos; su risa era explosiva y contagiosa: siempre se le notaba de buen humor. Era una especie de quimera que no le impedía sostener una conversación fluida y coherente sobre cualquier tema de la índole que fuera. Cuenta una sobrina suya que en torno a él existe la leyenda de que, siendo aún muy joven, tuvo una novia que amaba apasionada y tiernamente; pero como la muchacha lo abandonó sin más por otro, desde ese entonces su mente pasó a una especie de delirio mediante el cual mezclaba la realidad con la fantasía en algunos temas y en algunas actitudes.

La popularidad de Machadito se debe, además, a esas frases incoherentes que de pronto en cualquier parte soltaba: “¡Qué Laika ni Laika, to´ el mundo pa´ jon!”, fue una de las más peculiares invenciones suyas.

Machadito dejó una estela de maravillosos momentos y de imborrables recuerdos en el reservorio de la memoria afectiva de los cumanayagüenses, sobre todo de aquellos que ya peinan canas –o simplemente ya no pueden ni peinarlas– cada vez que se reúne un grupo de amigos para escenificar un jolgorio entre canciones, declamaciones, risas y abrazos solidarios.

Fue Machadito un auténtico representante de la cultura popular. Siempre decía: “Mi apellido es ilustre: lo llevaba Antonino Machado, el insigne patriota cumanayagüense de las tres guerras de independencia contra la Corona Española; pero también, un gran poeta español. El presidente cubano no, ese no lo incluyo, porque ese fue un tirano, y yo nací para defender la libertad”.

Desde este hoy tan fugaz que de repente se convierte en pasado, dame permiso para despedirte con todas las fuerzas de mi corazón, parafraseando los versos del gran poeta Rafael Alberti: “¡Adiós, Machadito, desde la inmortalidad te sonría la gloria!”