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¿Por dónde empezar?

Por Claudia T. Cabrera

(Fragmento)

Cuando en Cuba se pensó crear las escuelas “Ana Betancourt”, residía en Boquerones, zona rural de Manicaragua, en el Escambray o Guamuhaya. Este lugar es cimiento de mi vida. Viene a mi mente con bastante frecuencia, su pintoresco paisaje de montañas cafetaleras y árboles, donde las flores de pascua cubrían todo el sitierío.
Rememoro el frondoso ateje cercano a casa, al cual acudían las aves para luego obsequiarnos los huevos. Un árbol centenario de pie ante una variada fauna, atento al melódico canto de la torcaza, la sirena de los llamados fotutos acariciando mi bohío, guardián de mis padres Ricardo y Esperanza, protector de los juegos de mis 6 hermanos: Evaristo (Baro) Paula, Bruno, Librado, Ricardito y Cándido; yo soy la cuarta.
La práctica social en convivencia con la vida cotidiana un buen día me arrastró al camino de la creación, porque siempre me anima hacer cosas útiles; y me llegó un deseo de escribir sobre las muchachas campesinas procedentes en su mayoría de las más altas elevaciones de las entonces provincias de Oriente, Las Villas y cooperativas del país, y reflejar en lo posible sus anhelos y sueños de entonces, considerando importante su presencia en la historia de Cuba y la del municipio de Cumanayagua. Comprendí cómo la evolución en la existencia de este territorio, hasta su configuración actual, influyó en su participación en este segmento de la historia y trato de reflejarlo.
¿Por dónde empezar?: me hice esta pregunta desde el arribo al 40 Aniversario de la creación de las Escuelas para Campesinas “Ana Betancourt”, fue una iniciativa de Fidel Castro Ruz. Su objetivo era buscar una forma rápida para elevar el nivel de instrucción, cultural e ideológico de las mujeres campesinas, romper con modelos burgueses arraigados en las familias cubanas en cuanto a la educación y participación social femenil.
Estas escuelas fueron creadas en La Habana. Se numeró así a las distintas promociones de graduadas. En la escuela número 2, fue donde yo estudié; la dirigía Dulce María Sulvarán. De este grupo quiero contar su historia, enmarcándola en el contexto general de este proyecto para la enseñanza en la nación.
La edad promedio de las estudiantes oscilaba entre los 14 y 20 años; unas, analfabetas, y otras con un bajo nivel cultural. En menos de un año obtuvimos un título; todo se debió a la atención esmerada del propio Comandante en Jefe, Vilma Espín Guillois y el secretariado de la FMC Nacional, más el empeño de las profesoras y el nuestro, por consiguiente. Se trató de un gran esfuerzo y se lograron los sueños, pero sobre todo demostrar cómo se estaban haciendo cosas para transformar socialmente a la Cuba de entonces.
Donde yo vivía, en enero de 1961 se oyó el comentario por el sitierío y entre las milicias, sobre la presencia de Fidel; había llegado en un helicóptero, con la instrucción de captar adolescentes para ir a estudiar en La Habana, yo me entusiasmé con la posibilidad de ser una de ellas.
En ese momento existían en el Escambray bandas de alzados contra la Revolución, convertidos en bandidos con catastróficas fechorías entre la población rural. Contra ellos se libraba una lucha, el pueblo uniformado convertido en milicianos, campesinos y obreros, empuñó las armas para eliminarlos.
Se situaron 7 milicianos en cada vivienda para salvaguardar el territorio. Esta disposición se cumplió en mi hogar también. Ha transcurrido tanto tiempo, ya no recuerdo el nombre de todos los convivientes con mi familia; pero no olvido  que  uno se apedillaba Meriño, hombre de mediana estatura y tez trigueña; otro, Juan: alto, delgado (hacía muecas) y Roberto, siempre callado.
Cuando Fidel se retiró de la Comandancia, dejó la orientación del traslado de las muchachas captadas para estudiantes, yo viajé en el último grupo. 
Los milicianos designados para nuestra compañía familiar pertenecían al batallón 112; eran procedentes de la capital del país. Mis hermanos mayores y ellos, con gran persistencia se esforzaron para lograr la autorización de mi papá. Por fin fue Pedro Jáuregui, de la Víbora en La Habana (custodio del bohío de un vecino nombrado Eusebio Rodríguez conocido por Cachimba), quien logró convencerle. Estoy eternamente agradecida a este combatiente revolucionario.
A otras muchachas del país tampoco les daban el permiso. Eso debido a la discriminación del sexo femenino, más arraigadas en aquellas personas sumidas en la ignorancia y el analfabetismo de las zonas rurales. Por otro lado,  estaba influyendo también de forma muy sofisticada la cínica campaña “Operación Peter Pan”, dirigida por la CIA, en consonancia con grupúsculos contrarrevolucionarios, con su penetración ideológica, dirigida al plano sicológico. Su objetivo era hacer creer al padre campesino de una posible estudiante, que se le quitaría la patria potestad. Utilizaban la intimidación cuando propagaban que les iban a convertir a las hijas en jabón y carne rusa; de esa manera colocaban una piedra para atemorizar a los padres de familia.
En el momento de mi partida mamá dijo:
—Hija, tu papá llora, ve a despedirte.
Me dirigí al cuarto y aún lo recuerdo con tristeza acostado sobre el lado izquierdo. Le di un beso en la mejilla derecha y lo dejé llorando, porque no me tendría a su lado durante un tiempo.
Con el caballo ensillado y conducido por mi hermano mayor, fuimos loma abajo hasta el punto de concentración; desde ese lugar viajamos en camiones hasta el frontón de Cienfuegos. Allí nos dieron una merienda en espera del traslado hacia La Habana.
Para nuestra captación la organización femenina hizo un amplio trabajo de convencimiento y persuasión en toda la región, apoyado fielmente por la Milicia Nacional Revolucionaria y el Ejército Rebelde.
De las zonas rurales de Cumanayagua se incorporaron muchachas procedentes de Cantabria, El Jíbaro, La Jutía, Seibabo, La Cidra, Barajagua, Ciego Diego, Guachinanga, Ocuje, Entronque de Minas, Rancho Capitán, El Mamey, Crucecita, El Nicho, Cien Rosas, El Jobero, entre otros lugares. El día 19 de febrero de 1961 las concentraron en el Salto del Hanabanilla, después de la merienda las trasladaron para el Frontón de la Perla del Sur y de este lugar continuaron viaje hacia La Habana.
Cuentan las del Circuito Sur y La Sierrita, que ellas fueron concentradas en la sede de la Federación de Mujeres Cubanas de Cienfuegos. La captación de ambos lugares y el macizo montañoso del Sopapo, Mayarí, Cuatro Vientos, San Blas, Naranjo...  fue liderado por Juana Ramírez, secretaria General de la FMC del territorio cienfueguero; tarea que se desarrolló en condiciones difíciles, porque por esas zonas se encontraban los bandidos contrarrevolucionarios alzados en el Escambray y otras condiciones adversas por el mal estado de las fangosas carreteras, producto de las lluvias. (Villavicencio García, A., 2011).
En el casco urbano de Cumanayagua, Guillermina Engrova, quien fungía como Secretaria General de la Federación de Mujeres Cubanas en dicho municipio, despidió cordialmente a un grupo de muchachas, entre ellas: Verónica Zenaida Fernández Quintana y Norma Suárez, ambas de la localidad; de Río Chiquito, Liduvina Ercia y Eddy Hernández; de la Sierrita, a Olga y Esther Ercía González. Esa mañana se trasladó hasta la capital un solo ómnibus; a la entrada del hotel, cuatro milicianos le daban la bienvenida a estas arribantes cumanayagüenses.
Como se ha podido ver, la ciudad de Cumanayagua, aunque no es zona rural, tuvo muchachas representadas entre las Anitas, gracias al impetuoso entusiasmo de la juventud femenina. Lo señalo porque resulta atípico, pero permitió a las muchachas coterráneas un lugar en esas filas.
El hecho de la existencia de este plan educacional repercutió notablemente en las jóvenes del país, las incentivó a encontrar una manera de incorporarse para abrirse paso en la vida, de ser Anitas; ese es el caso de Susana Bárbara Ruiz Mesa, de 14 años de edad, quien en ese momento se desempeñaba como criada doméstica para ayudar a solucionar los problemas económicos de su familia, pero decidió junto a Celia Rodríguez, Aidé Becerra y Martha González trasladarse hasta Los Cedros para la casa de Victoria Álamo, donde fueron recibidas con gran hospitalidad. El traslado lo hicieron a pie, durante la larga caminata encontraron unos milicianos atrincherados porque había bandidos por la zona; cuando aquellos notaron que se acercaba alguien, tomaron las armas exclamando:
—Alto, ¿quién va?
—Somos gente buena que vamos pa' La Habana a estudiar —respondieron las muchachas.
Los buenos guardianes las dejaron continuar, riéndose de lo gracioso que resultó aquello.
Al fin logran viajar hasta el frontón cienfueguero junto a otras Anitas de ese territorio rural. Arribaron a la capital a las cinco de la tarde.
Estos recuerdos han estimulado en mí la inspiración, y en torno a ellos he escrito versos:

Las rosas, lirios y anhelo:
sonrisa sobre sus coches;
unas con ojos de cielo
y otras con ojos de noches.

Palomas vuelan felices,
hablan mañanas azules.
Tierra, rosal y raíces
salen de tantos baúles.

Primeras vivencias

Después de estar concentradas en la Perla del Sur de la antigua provincia de Las Villas, partíamos hacia la capital. La salida era según el grupo concebido, custodiadas por miembros del Ejército Rebelde. Se deslizaban los ómnibus por la carretera central; entre un canto y otro, hacíamos el viaje, contemplábamos el paisaje de la bahía  matancera, pequeñas elevaciones, la pintoresca Vía Blanca, el túnel de la bahía, el paso por el malecón: algo nuevo y sorprendente para casi la totalidad de las montunas que perfumaban el entorno con olor a campo.
Llegamos al inmenso y famoso edificio de 23 y L, se trataba del Hotel Habana Hilton, actual Habana Libre, ubicado en el mismo corazón del Vedado; majestuoso por sus 25 pisos; adentrándonos en él, nos llamó la atención el lobby y su exótica fuente de agua; esa noche tuve la oportunidad de vislumbrar la bulliciosa ciudad, con sus luces intermitentes entre edificios y sombras. Sentí que se abría ante mis ojos un mundo nuevo.
Una lujosa puerta de cristal, se abría automáticamente y nos quedábamos atónitas ante aquello nunca imaginado ni en sueños, algunas se quedaban atrapadas al entrar, se les trababan y se les caían los zapatos, nos provocaba risa al ver los trastornos causados por aquel abrir y cerrar al momento de penetrar en el fastuoso edificio.
Cansadas del viaje poco acostumbrado, colocábamos en el piso los bolsos de saco de harina o pequeñas maletas con las escasas pertenencias. En la carpeta nos tomaban los datos personales y luego nos dirigíamos al comedor para la cena de recibimiento. Los gastronómicos eran en su totalidad chinos, de diferentes edades, y hacían gala de su cordialidad y su destreza. Uno de ellos conociendo mi edad, en tono jocoso siempre que servía mi mesa expresaba:
—¡Mira la chica de los 15 años!
Después comenzaba la ubicación, se realizaba por orden alfabético, las primeras letras del abecedario ocupaban los pisos inferiores, yo habitaba el 6to. y las restantes, sucesivamente, hasta llegar a la planta superior. Ya en las habitaciones era según la cantidad que cupiéramos; me tocó inicialmente compartir con Matilde Carrazana, pero por poco rato; mi compañera quería estar donde había más chicas y cambió con Inés, una vecina de Boquerones, aunque comenzaba a tener afinidad con la compañera anterior, y me gustó la idea.
Nos sentíamos emocionadas al vernos entre tantas comodidades: camas decorosas, colchones de espuma, baño intercalado, closets lujosos con espejos grandes, pisos alfombrados, música; la pared que daba al balcón era de cristal. Cuando fui a salir al exterior me hice tremendo chichón en la frente, no me percaté inicialmente, pues las cortinas estaban cerradas. Las comodidades no era motivo para envanecernos, seguíamos tan humildes como lo que habíamos dejado atrás.
La forma de vestir era propia de las campesinas de esa época, llevábamos blusas sencillas, sayas de rizos o finos tachones, zapatos de hebillas o cerrados, cabellos sueltos o cortos, según la moda de aquellos tiempos; pero permanecíamos con mucha naturalidad. Para variar nos prestábamos las ropas unas a otras, adaptándolas a nuestros cuerpos. Yo llevaba una pesquera roja y la usaba frecuentemente. 
Los gastronómicos y las compañeras de la Federación de Mujeres Cubanas  en función de nosotras, nos enseñaban cómo utilizar los cubiertos, nos adiestraban en los buenos modales a la hora de comer, cómo sentarnos a la mesa y utilizar las servilletas. Primero nos tomábamos los sabrosos cocteles de frutas, luego la cena y por último el delicioso postre. La dieta era variada, con buena sazón, como en todos los lugares que posteriormente estuvimos.
Un día llegó Fidel  a la hora del almuerzo y preguntó:
—¿Está sabroso el pollo?
—Sí —le respondimos.
Y sonriendo dijo:
—Pues lo que comen son ancas de rana. Comenzamos a reír, porque creíamos que era carne de ave.
Para entrar al comedor las filas eran inmensas, pero reinaba la disciplina aun cuando nos agobiábamos en la espera. El orden para bajar al comedor era rotativo y organizado por las jefas de piso. También controlaban el horario de descanso y otras actividades programadas. En los cuartos donde había más chicas hacían un poco de bulla, a pesar del orden interno establecido.
Desde la planta baja divisábamos cuando llegaban diariamente nuevas Anitas y exclamábamos:
—¡Y llegan más!
Figúrense, tantas no podíamos llegar al mismo tiempo.
En el ala izquierda, frente al correo del Hotel, un día divisamos a una mujer de suaves gestos, voz dulce, firme convicción revolucionaria, fiel a Fidel y sus principios, heroína del llano y la Sierra: era Vilma Espín, junto a otras miembros de la Dirección Nacional de la FMC; estaban junto a la directora y otras compañeras ultimando detalles sobre el funcionamiento de la escuela. Al concluir el encuentro, dialogó con Anitas, jefas de grupo y otras alumnas; fue la primera vez que tuvimos la oportunidad de ver a nuestra líder en flor, calificada hoy como: “Al nacer la ternura”.
Cada grupo tenía su peculiaridad, según la iniciativa de las líderes: unas bailaban, otras cantaban la canción que estaba de moda: “Pare, cochero, cochero pare”. Algunas se disfrazaban y otras se metían miedo entre sí envueltas en sábanas. A mí me tenía aterrada una chica nombrada Magali Cordero, mis amigas me rodeaban para que aquella chiquilla me dejara tranquila, estuve en jaque hasta Tarará.
En cada planta había un orificio, comunicando al resto, por ahí se echaban las cartas, después descubrimos que podíamos utilizar esa vía para comunicarnos con las amigas que estaban separadas, no podíamos visitarnos a través del elevador; pero descubrimos una escalera interior y nos escapábamos, aunque el oxígeno enrarecía el tránsito por ella, hasta un buen día en que el agobio respiratorio me sorprendió junto a otras Anitas; temíamos  asfixiarnos, del susto regresamos al instante como un Halley de tránsito: esa gracia no la hice más.
Abríamos las puertas de las habitaciones que estaban vacías frente a 23 y L. A escondidas contemplábamos la Rampa, si nos descubrían ganaríamos  tremendo regañón.
En una ocasión una chica, a través del balcón, se trasladó de un piso a otro mediante sábanas amarradas por las  puntas. ¡Qué barbaridad! Se pudo haber matado.
Había Anitas pasadas de los 18 años; nosotras, las más adolescentes, las llamábamos veteranas, las fastidiábamos y enojábamos por ser mayores. Éramos bastante injustas con aquellas pobres muchachas, empeñadas como nosotras en forjarse un nuevo futuro.
Se festejaban los cumpleaños, con fiestas inventadas por ocurrencia de alguna Anita; se trataba de alguna travesura más, lo cual nos permitía no aburrimos tanto e invertir el tiempo en algo atractivo y útil.
Siempre y cuando las posibilidades lo permitían, nos sacaban a pasear, en ómnibus, con los patrulleros al frente, y entre canto y canto parecíamos aves canoras radiantes de alegría. A lo largo del trayecto íbamos coreando cantos como estos:

“¿Qué es lo que le pasa a este chofer,
qué es lo que le pasa
que no quiere correr?”

“¿Quienes serán, pregunta la gente,
quiénes serán, pregunta la gente?
Y yo como prudente les voy a contestar,
y yo como prudente les voy a contestar: 
—Somos las campesinas, óiganlo bien,
somos las campesinas óiganlo bien,
las nietas de Nikita y las hijas de Fidel…”

Había otros; pero éstos eran las más comunes.

De este modo nos trasladábamos a diferentes lugares de esparcimiento, organizadas en parejas con la esmerada atención de nuestras guías.
Al pasar por las aceras, los jóvenes nos piropeaban cortésmente y delatadas por nuestras mejillas, dejábamos con la impronta de una sonrisa el placer y agradecimiento sentido por el halago del sexo opuesto. De igual manera, los menos jóvenes también se detenían a observarnos con curiosidad, demostrando el sentimiento revolucionario que los caracterizaba, estimulándonos a seguir hacia adelante.
Recuerdo cuando aquel sol de domingo tocó a nuestras puertas y nos trasladó hasta el Zoológico de 26, como empeñado en recrear nuestros orígenes en la flora y fauna silvestres; pareciera que por un momento La Habana me había traído un pedazo de la tierra que tanto extrañaba; aunque lo más que estimuló mi atención fue la presencia de la elefanta Mini y la picardía de los monos.
Estábamos acostumbradas a escuchar el tradicional radio de pilas, usado en el campo por no existir corriente eléctrica, no conocíamos la técnica utilizada para  hacer llegar la frecuencia radial a nuestros bohíos, solo nos limitábamos a escuchar diferentes programas llegados desde la distancia a través de las ondas radiales. Muchos campesinos, víctimas del atraso, exploraban por la parte de atrás del pequeño equipo, convencidos de poder descubrir los personajes emitiendo su voz.
La dirección de la escuela permitió ampliar nuestros conocimientos mediante un recorrido por CMQ, allí se nos enseñó a algunas Anitas cómo era el mecanismo técnico y radial de la emisora, regresaron al hotel muy alegres, contando lo visto, algo nuevo y desconocido para las muchachas campesinas. Yo no fui a esa excursión y me quedé enojada; no figuraba dentro de la selección que  hicieron, pues era a consideración de las jefas de grupo.
Otra opción fue bajar en el elevador furtivamente, con cierta discreción y muy suavemente y salir del hotel: la noche envolvía nuestras frágiles siluetas, 23 y L nos permitía disfrutar de sus encantos. Los choferes detenían sus vehículos para permitir nuestro paso por la amplia avenida, nos dirigíamos al Cinerama, actual cine Yara. La pantalla  era en tercera dimensión, parecía que estábamos dentro de la película, en el contexto dramático aparecía un inmenso tren, daba la impresión de que nos iba a pasar por encima y comenzó la gritería por el susto. Yo, aunque me impresioné, permanecía tranquila en el lateral derecho y medité un poco apenada. ¡Aparatosas! Hubo quien se refugió en cuclillas detrás de los asientos para protegerse del impacto que ocasionaría el tren, porque según parecía se nos aproximaba monstruosamente.
Una noche sorprendió a las adolescentes que pudieron disfrutar de otro de los encantos ofrecidos por la vida, un viaje al Tropicana. Para ellas resultó lo nunca visto, al mismo asistió cierta cantidad de forma selectiva; las que tuvieron la oportunidad de visitar ese centro nocturno refieren no haber visto nunca algo igual, ni se lo habían imaginado, nada parecido a los alumbrados y serenatas que acostumbrábamos a frecuentar en nuestros campos. Llegaron al hotel desbordando su alegría por el brillante espectáculo. Pero ocurrió algo, según ellas se escucharon ruidos  fuertes, se armó la algarabía, exclamaciones temerosas y exageradas, pensaban que era una bomba; fue necesario calmarlas y explicarles que eran los equipos de música, pues se estaba ensayando para un certamen artístico.
Elevar nuestros conocimientos sobre el acontecer del país y fundamentalmente en la parte montañosa de Las Villas, era empeño de la escuela. De vez en cuando nos reunían en los bajos del hotel y nos impartían importantes conferencias relacionadas con diferentes temas, porque  se quería dar a conocer el avance de la Revolución y el proyecto para el ascenso del Escambray en la vida social, económica y política, pues antes de la liberación era un territorio totalmente marginado. Se nos explicaba sobre la lucha contra bandidos en el propio centro montañoso, y el objetivo de la contrarrevolución. Las alumnas escuchábamos con atención a los conferencistas, pues ello permitía ampliar la comprensión de algo que no conocíamos debido al atraso a que estábamos atadas. En el hotel Habana Libre comenzaron las enseñanzas en espera del inicio del curso, empleábamos el tiempo en algo necesario, que sin dudas elevaba nuestro universo en el ámbito social, cultural y político.


Tomado del libro inédito Las Anitas, un abrazo en la historia (N. del E.).

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