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La viuda infinita

Por Reynaldo Fernández

María Luisa González fue una mujer de poca suerte. Asediada desde niña por las adversidades del destino, siempre estuvo convencida de su fortaleza para enfrentar los fracasos aparecidos en la vida. Nada la achicaba por espinosa que fuera la situación, y cuando sentía llegar al límite, volvía sobre sus pasos y empezaba de nuevo con igual pasión. Podía parecer sabiduría, pero en ella fue tenacidad.
Nació enrevesada bajo el presagio de una amarga estrella. Su llegada al mundo el día del parto le marcó la existencia. La comadrona la recibiría una fría noche de abril en la Siguanea de 1907, en la propia casa, como había ocurrido siempre con todos los nacidos en el Valle. Julián Gonzalez esperaba un varón que heredera sus bríos, pero le llegó una hermosa niña. Resistida a nacer, hubo que forzar el alumbramiento con una maniobra infeliz que le desplazaría la cadera derecha fuera de lugar, dejándola renga para toda la vida. Su padre, como mayoral de Don Mariano González, le procuraba toda la felicidad merecida. Para compensar su paso tullido le compró un calzado de alto tacón. Y así crecería la niña, con una pierna retenida, claudicándole no solo la marcha, sino además la esperanza de encontrar un buen casamiento. ¿Quién querría casarse con una lisiada? Pero el matrimonio le llegó felizmente a los 15 años con Genaro Carrandi.
Genaro era un buen partido, pues los Carrandi, como propietarios de fértiles tierras a orillas del Hanabanilla, habían establecido una hacienda rentable con la que ingresaban jugosos capitales a la fortuna familiar. El viejo caserón de los González en El Salto sería escogido por la pareja para celebrar sus nupcias. En 1923, siendo María Luisa casi una niña, tendría a Julio, el primogénito. Después, vendría Eulalia y por último Aurelia, en 1929. En aquel lugar paradisiaco crecerían los niños a merced del amor y el cuidado pródigo de sus padres.
La ocupación de colono obligaba a Genaro a desplazarse durante todo el día entre potreros y cafetales. Permanecía a horcajadas sobre la montura de su caballo alazán sin importarle la lluvia o el frío. No consideró importante una lesión aparecida en la región glútea cada vez más infectada. Muy pronto lo que comenzó como un escozor menor en la piel se había convertido en una tumoración que ponía en peligro su vida. En vano fueron los cataplasmas del boticario ni los costosos tratamientos de los médicos de Cumanayagua y Cienfuegos. Totalmente séptico, moriría en su casa de Siguanea en 1935.
El dolor exaspera a María Luisa, más la viudez no la amedranta. Emplea a los hermanos Patrocinio y Juan, hijos de Pablo Pérez y propietario de la Finca La Luisa, muy cerca de allí. Saben cómo explotar aquellas feraces tierras y obtener el mejor provecho. No era el gran negocio, pero buenos dividendos conseguían con la venta de las viandas y hortalizas producidas en la finquita de la viuda. Las ganancias favorecían el patrimonio familiar.
A Jesús Pena lo conoció un tiempo después de llegar de España en 1938. Hombre recio que no se dejaba amedrentar por intrigas ni bravuconerías. Rendido de amor ante la ternura de María Luisa, le pide casamiento. Al casamiento le vendrían dos niños: Violeta, en 1943, y Nilo Jesús, un año después.
La felicidad matrimonial se vería muy pronto amenazada por el antiguo negocio de María Luisa con los hermanos Pérez. Algún quebrantamiento de lo acordado debió olfatear el Gallego Pena, cuando decide dar por terminado el contrato de su esposa con estos. Su oposición enérgica a continuar el convenio establecido un tiempo atrás, provoca la ira de los hermanos. La tozudez del gallego lo había condenado a muerte.
Valiéndose de la marginalidad y falta de escrúpulos de Trabuco, negro de inteligencia obtusa y corpulencia mandinga, ponen precio a la cabeza del Gallego Pena. Por solo 20 pesos el crimen es consumado. Cuentan que en la gélida madrugada del 19 de octubre de 1945, mientras Pena caminaba como cada mañana a ordeñar sus vaquitas, un siniestro personaje se escurre de entre las sombras y le pide candela para encender un cigarro. Inocente de lo que se tramaba a sus espaldas, el gallego no distinguió el mazo de pilón oculto en la mano del asesino. Le brinda fuego y al dar la espalda para continuar camino, Trabuco le propina un golpe contundente en la cabeza que lo mata ipso facto.
Amanece en la Siguanea. Los primeros claros del día irrumpen en Jorgito Cordobés, nieto de Santiago Carrandi. A través de la neblina dispersa, distingue un bulto parecido a un hombre arrojado sobre la vera del camino. Queda atónito. Jesús Pena yace bocabajo sobre un charco de sangre sin el menor resquicio de vida. Una de sus manos aferrada aun al cubo de la leche, mientras que la otra asía una soga. Jorgito corre en busca de ayuda y alcanza ver al negro Trabuco agazapado entre las ramas de una guásima.
El cuerpo extinto del gallego Pena es llevado hasta la casa de Sotero Ruiz a la espera de la acción policial. Otra vez el destino golpearía con saña a una desesperada María Luisa, ahora negada a aceptar otra historia de muerte en su vida. La noticia se esparce por la tranquilidad del Valle como candela de potrero. Nadie lo quiere creer, pero el Gallego Pena ha sido asesinado.
Las huellas enormes encontradas alrededor del cadáver eran reveladoras. ¿Quién otro podía dejar aquel rastro gigante en la tierra suave de Siguanea, ahora encharcada por la  lluvia pertinaz del día anterior, y perderse después por los enmarañes del monte sin ser atrapado? Aunque Trabuco residía en La Moza, sus andanzas por el Valle lo convertían en un personaje conocido de la región. Y ya se comentaba de haber sido visto merodeando con torpeza en los alrededores de la finca de María Luisa. Por demás, la querella del finado Pena con los hermanos Pérez los colocaban como los principales sospechosos. Dos días antes del homicidio, Patrocinio había viajado a Guanayara a resolver supuestos asuntos legales en el Juzgado, no sin antes insistir públicamente en su ausencia. Era su coartada. En un intento desesperado por borrar toda sospecha, se ofrece sin remordimientos para afeitar al muerto antes de ser enterrado. Pero no contaba con la insensatez del hombre contratado para ejecutar tan perverso plan.
En la madrugada del siguiente día, y viendo que no recibía el dinero acordado, Trabuco llega hasta la casa de Pepe González, cuñado de Patrocino y Juan, y le exige sirva de intermediario para recibir el pago de su macabro acto. Este, sin vínculo alguno con el hecho, lo denuncia ante la Guardia Rural. Es hecho prisionero y una semana después serían detenidos asimismo Patrocinio y Juan Pérez. Confiesan ser los autores intelectuales del crimen. Los tres son condenados a 30 años de prisión en la Audiencia de Santa Clara y enviados al Presidio Modelo de Isla de Pino.
Allí quedaría deshecha María Luisa ante la pérdida de su segundo esposo. Un hijo recién nacido, otros tres necesitados igualmente de amparo y una finca precisada de brazos que revolcaran la tierra y plantaran la cosecha. 
Ramón le llegaría en un arria de mulos bajada de Manantiales a principios de los años cincuenta. Venido hasta Siguanea en busca de compradores para la mercancía rastreada por toda la región, Ramón Bolaños iba y venía como la estrella de la mañana. Mercader ambulante que tocaba las puertas y compartía su estancia con las familias del Valle. Sin embargo, otras razones lo movían hasta allí cada vez con más insistencia. Había conocido a María Luisa y quedaría prendado desde la primera vez. Para nada le importaron sus diez años de más, ni su doble viudez, ni sus cinco hijos, ni su pierna tullida. Le confiesa su amor, y un tiempo después se casarían, frente a la oposición de Don Gerónimo Bolaños, que quería para su hijo una joven soltera y sin tantos contratiempos.
La dicha de la pareja quedaría colmada en 1952 con la llegada de Antonia María, la agraciada niña que parecía ser el culmen de la pareja. Pero pasado un tiempo, nuevas sombras acecharían a María Luisa, pues el apego de Ramón a las bebidas alcohólicas le sembraría muchas angustias en la vida. En 1956, mientras abastecía su carro de gasolina en Codicia, un incendio accidental provocó en Ramón profundas quemaduras en todo el cuerpo. Cabeceando entre la vida y la muerte sería hospitalizado en Cienfuegos por varias semanas. Allí permanecería ella junto a él, noche y día, consternada ante los estertores de  la muerte inminente de su amado. Sobreviviente del accidente, quedaría con una pierna estropeada para el resto de la vida.  Muere de cáncer de próstata en 1956. 
Tan solo 59 años tenía María Luisa cuando enviuda por tercera vez. La fatalidad parecía predestinarse en ella como signo de mal augurio; pero su alma piadosa disipaba cualquier maldición lanzada por algún enconado enemigo. Ahora sus tres hijos pequeños la necesitaban aún más. Sola y cargando el dolor de otro esposo muerto, tendría retos difíciles que enfrentar. Nunca más se despertaría en ella la pasión por hombre alguno. Pero su mirada de luz la llevaría con ímpetu por la vida, como la viuda infinita.


Tomado del libro en preparación Siguanea, la Antártida de Cuba (N. del E.).

 

 

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