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A propósito de “La bailarina española”

Por Marta Moya

Llevados por el entusiasmo que imprimió José Martí en los versos del poema X de Versos Sencillos, con frecuencia se desacierta en cuanto a “protagonista”. Considero que poco se ha visibilizado la imagen del hombre abatido que busca la contemplación de la belleza y en su regocijo disipar las penas. Ese es el aliento que desborda en todo el poema. Por ello, interesa indagar sobre las circunstancias que envolvían la vida del político, del hombre, ser humano en la soledad del  destierro y, quién fue esta “bailarina española” que tanto le impresionó.
Diversos pero concluyentes y firmes son los conceptos de Martí sobre la belleza, también  la hondura de  su mirada cuando   la crea o la precisa, no solo en los objetos, en los seres humanos, sino en sus actos y sentimientos. Así afirma que “…la belleza en lo que nos rodea ayuda a la vida”. Muchas son las personas que al conocer los tan populares versos avivan su imaginación o sospechas sobre  una supuesta afinidad entre ambos, lo cierto es que, aún lejos de esa posibilidad, el ardor narrativo y el colorido poético han hecho del poema una pieza memorable, e igualmente célebre a la bailarina, aun cuando en Cuba no se conozca mucho sobre ella.
No es por pura banalidad o fantasía que Martí acude al teatro Eden Musée en Nueva York para disfrutar el espectáculo de la bailarina;  eso lo prueba el hecho de que la primera vez que lo intentó la bandera española custodiaba las puertas del teatro y pudo más su honor y convicciones: “Porque si está la bandera, / no sé, yo no puedo entrar”. Se trataba de la insignia del país que tenía esclavizado a su pueblo y por el que sufría  exilio. En la segunda ocasión que acude, estaba libre la entrada y, ahora sí, podía entrar, no se iba a perder la oportunidad de presenciar el acontecimiento más relevante del momento: la actuación de la más sensacional “creación artística” que conmocionó y conquistó a la hermética sociedad neoyorquina y la prensa: Carolina Otero, “la bailarina española”.
Antes de abordar las ideas  esbozadas anteriormente considero conveniente ofrecer  algunas pistas contextuales que involucran, tanto a personajes como hechos y emociones. Los años 1889-1890 y la propia Nueva York son cruciales para entender lo ocurrido en uno y otro sentido.
En el ámbito martiano es significativa la celebración, en Washington, de la Primera Conferencia Internacional Americana, desde octubre de 1889 hasta abril de 1890. La ardua labor periodística y sus preocupaciones respecto al destino de los países de América que resultara de la misma,  provocaron que su salud se debilitara más de lo habitual.
Debido a ello durante los meses de agosto y septiembre de 1890 José Martí se  retira a las montañas de Katskill, en Nueva York, por orden del médico para descansar y recuperarse; a pesar de ello son tantos los compromisos políticos y su salud continuamente afectada que  dejan a un ser terriblemente lacerado, del que mejor se conoce por las cartas que escribe a los más cercanos amigos: “(…) aquí me quedo clavado a mi roca, viendo cómo el águila se me lleva por el aire  los pedazos de hígado”. A Rafael Serra le dice: “(…) No escribo, porque el pulmón me quema y no me deja”. ¨Ya yo me voy muriendo, mi querido Juan. Los pulmones se me quejan y el corazón salta más de lo que debe¨, le escribe a su amigo Juan Bonilla.
Se sabe que Martí fue un gran entendido y amante del arte y de la belleza, por ello no debe extrañar  su interés por la bailarina. Sobre todo hay que tener en cuenta otro elemento que acompañó la llegada de la misma a la ciudad de Nueva York: el despliegue publicitario que organizó su patrocinador. Lo que sugiere que él, que tan informado estaba respecto a todos los acontecimientos de la época, también estuviera al tanto de la temporada artística de Carolina Otero y de los lauros que ya cosechaba.
¿Cómo aparece esta bailarina en el escenario artístico neoyorquino de la época rodeada de una aureola celebérrima?
“Mi nombre es Jurgens, madeimoselle, Ernest André Jurgens, soy agente artístico y represento al Eden Musée de Nueva York”. Así se presentó quien había viajado a Francia en 1889, año de la famosa exposición de París, con el único propósito de hallar y llevar a Nueva York talentos para la próxima temporada artística, especialmente debía conseguir una bailarina española, auténtica, con una reconocida reputación en los escenarios franceses.
Luego de varias semanas en París y de búsqueda agotadora, el gerente no había encontrado a nadie de interés.  Ya pensaba volver, decepcionado, con un minúsculo bagaje artístico, cuando decide dar un último recorrido por cabarets de provincias; “fue así como este tranquilo padre de familia de treinta y seis años tuvo la mala suerte de conocer, enamorarse y de paso “inventar” a la Bella Otero, cuando Carolina no era más que una perfecta desconocida que ganaba más dinero con la prostitución que con el baile”.
Agustina Otero Iglesias, más conocida como Carolina Otero o La Bella Otero, nació en Valga, Pontevedra, Galicia, España, el 4 de noviembre de 1868 y murió en Niza, Francia, el 10 de abril de 1965.  Fue bailarina, cantante, actriz y cortesana, de origen español radicada en Francia y uno de los personajes más destacados de la Belle Époque francesa en los círculos artísticos y la vida galante de París.
El 14 de septiembre de 1890 llega Carolina Otero a Nueva York amparada por un gran montaje publicitario, preparado por su agente Jurgens, que marcaría el inicio de una gran carrera llena de privilegios y notoriedad. Desde su hallazgo y llegada a París varios meses antes, Jurgens se presentó en casa  del famoso maestro de música Ferdinando Bellini, ya retirado en ese momento, para que preparara artísticamente a su protegida. “No puede hacerse, de ninguna manera, (…) Necesitaré un año, o quizás toda la vida, para enseñarle. No sabe bailar. No sabe cantar. Y no tiene estilo”. Esa fue la respuesta del maestro luego de su primer examen. No obstante, el amor, la constancia y el optimismo de su protector y las habilidades del maestro lograron el milagro de transformar una criatura ordinaria y sin educación en una mujer casi de mundo, en apenas diez meses.
Es la Nueva York de finales del siglo XIX, llena de estridencias y contrastes: los grandes millonarios establecidos y los nuevos que surgían, los obreros hambrientos, los emigrantes que llegaban por miles diariamente. Por otra parte, está de moda la luz eléctrica, el automóvil, el teléfono.
La colosal faena llevada a cabo por Jurgens, para el recibimiento triunfal de la Otero, había dado resultado. Los periódicos más importantes alababan las muchas virtudes con que había sido investida. El 1ro de octubre de 1890 fue su debut en el Eden Musée de Nueva York. Aquella noche la  Otero brilló en todo su esplendor, precedida  por la fama elaborada por su admirador y amante, luciendo un espectacular collar de doce mil francos, regalo del ya desesperado Jurgens. Al concluir, el teatro entero acabó rindiéndose a ella, seducido por la belleza e innegable sensualidad que la Bella sabía imprimir a sus actuaciones.
Un periódico, el The Sun,  al describir  su desempeño coincide con las observaciones hechas por Martí en sus versos: “Se alzó el telón (…) Su rostro que es el del más puro estilo español, aparecía pálido en contraste con el negro de su pelo, peinado flojamente hacia atrás. (…) Las caderas, pies, cuello y busto oscilabas hacia atrás y hacia adelante lenta y lánguidamente, a veces con rapidez, revelando curvas y gracia frescas”.
Desde una visión personal, el poema suele entenderse como una exaltación a la belleza y gracia artística de la bailarina. En parte es así; Martí no reprime la emoción que le suscita el baile seductor:

Ya llega la bailarina:
Soberbia y pálida llega:
Cómo dicen que es gallega?
Pues dicen mal: es divina.

Sin embargo hay mucho más: “El alma trémula y sola / Padece al anochecer” (…) ¨ ¡Vuelve fosca, a su rincón / El alma trémula y sola!¨  Así inicia y termina el poema José Martí, con sus llagas a la intemperie, aunque las lleva en lo más intrínseco de su ser. En pocas palabras, (o sea, los dos primeros y los dos últimos versos) Martí, en un tono muy bajo, transpira una gran aflicción; la desolación y el desconsuelo parecen apoderarse de él, un ser humano sensible en extremo y abatido por sus dolores, los del cuerpo y los del alma. Una vez que baja el telón, desaparece el ensueño. Rinde tributo a una beldad, pero el verdadero héroe queda expuesto.

Otero, a pesar de sus éxitos profesionales, había conseguido ascender en el mundo artístico prostituyéndose y haciéndose amante de hombres influyentes. En esta época, no era extraño que las artistas ejercieran de cortesanas para aumentar sus ingresos. En la Belle Époque era habitual y los hombres que podían pagar las astronómicas sumas que estas costaban conquistaban mayor reputación. Carolina Otero era una de las tres más famosas y cotizadas de la alta sociedad parisina.
Recién llegada a Nueva York se convierte en amante de William Kissam Vanderbilt, nieto de Cornelius Vanderbilt; luego aparecieron en su vida otras importantes figuras como Guillermo II de Alemania, Nicolás II de Rusia, Leopoldo II de Bélgica, Alfonso XIII de España, Eduardo VII de Inglaterra y el destacado político francés Aristide Briand (con quien tuvo una relación entrañable hasta la muerte del político), entre otros. Otero llegó a reunir una fabulosa fortuna que, debido a la ludopatía que padecía, fue dilapidando en los casinos de Montecarlo y Niza.
La construcción del personaje artístico de Otero está tan llena de mitos que incluso han perdurado hasta la actualidad. Se puede decir que fue la primera artista española conocida internacionalmente. No era una bailarina profesional y su arte era más instintivo que técnico. Sus danzas eran una mezcla de estilos: flamenco, fandangos o danzas exóticas.


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