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Página de Inicio Pretextos Obra Literaria de Andrés Daniel García Suárez La leva de los pobres

La leva de los pobres

Por Andrés García y Agustín Suárez

 

Capítulo XII. Epílogo

En camino hacia la India, Cristóbal Colón tropezó con América. Eso no estaba en los planes del Gran Almirante, ni en los de Isabel y Fernando. El puro azar puso a los monarcas en la

necesidad de dar el segundo paso: la Conquista para la que no estaba preparado el país conquistador que no era un imperio, no era una sociedad burguesa.

 

Fue una contradicción histórica, una trampa histórica más bien, en la que participarían sin quererlo indios y negros esclavos que resultaron el explosivo histórico del Caribe. Fue el más sensacional encuentro étnico registrado en los anales de nuestro planeta, destinado a mezclarse, entremezclarse y establecer simbiosis de culturas, creencias, artes populares en el más tremendo mestizaje que haya podido contemplarse nunca. Y yo estaba ahora aquí para conocerlo y tratar de comprenderlo.

Cuatrocientos siete años después llegaba yo al puerto de Jagua (Cienfuegos) el 11 de abril de 1899, exactamente a los 65 días de haber salido por allí, de Cuba y de América, el 5 de febrero de 1898, en el barco de guerra ibérico “Cataluña”, el último Capitán General de la Isla de Cuba, General Jiménez Castellanos, y el último soldadito hispano, cabizbajo y demacrado como todo ejército vencido.

Llegaba en el instante en que comenzaba a nacer la neocolonia cubana, como si no me bastara con ser testigo del cruel colonialismo que asesinó a mi hermano Manolo, a quien venía a buscar, desesperadamente, rotos nuestros sueños y anhelos, esos que confío sepan llevar adelante mis descendientes todos. Confío fervientemente que sepan sacar profundas enseñanzas de un pasado mucho más presente de lo que suele creerse.

Al penetrar por la estrecha entrada de este puerto fabuloso, guarnecido por un castillo artillado y avizor, con un típico y bello pueblito de pescadores pobres a su vera, observé en la margen contraria las ruinas de lo que supe fue el Faro de Villanueva y evidentes muestras de un combate naval acaecido recientemente. Me indicaron que allí las fuerzas navales de Estados Unidos que realizaron el bloqueo marítimo de la Isla durante su breve guerra contra España por la posesión de Cuba, cortaron el cable inglés que pasaba ante el Faro para destruir las comunicaciones y hubo muertos y heridos por ambas partes. Transcurrida esta entrada desde el Mar Caribe aprecia el viajero que desemboca en una bahía de bolsa de 88 kilómetros cuadrados de superficie marina, cálida, enorme, hermosa y mágica. Sentí pena y esperanza y advertí su encanto.

Media hora después divisaría a lo lejos el puerto con sus muelles diversos y la preciosa ciudad con sus construcciones que resultan verdaderas joyas arquitectónicas del siglo XIX, de estilo neoclásico que conforman un conjunto ecléctico armonioso, engarzado dentro del trazado recto y ancho de sus calles a la que llegaba con el alma en vilo. Tuve la esperanza de que nuestro Manolo hubiera podido siquiera atisbar la prestancia de esta ciudad durante su breve paso por ella, porque él sabía apreciar mucho mejor que yo semejante belleza citadina.

La fantasía de este paraje no estaba dada sólo por su historia tanta, ni siquiera por sus tradiciones muchas, sino por algo que años después llamarían realismo mágico, sin que muchos supieran describirlo, más sí sentirlo profundamente, como lo aprecié yo. Pero no pude permanecer mucho en Cienfuegos, el deber me presionaba demasiado para disfrutar estancia alguna aquí, así que al amanecer siguiente ya estaba en camino hacia la zona de Cruces. Encontré en todas partes el dolor por la recién transcurrida política criminal del General español Weyler que dictó la Reconcentración de campesinos en las ciudades. A consecuencia de ello más de cinco mil personas, principalmente niños y mujeres, perecieron de hambre y enfermedades por las malas condiciones higiénicas, sólo en el municipio de Cienfuegos, entre 1897 y 1898, lo que reforzó el bloqueo naval de Estados Unidos sobre la isla que imposibilitó hasta la ayuda de la Cruz Roja norteamericana.

Toda esta situación impedía hallar personas, funcionarios o vecinos, ni documentos, que me permitieran hallar noticias de la suerte de mi hermano. Los residentes más cercanos al lugar de la batalla de Maltiempo, un sitio común en medio de la hermosa campiña cubana, me contaron que después del acontecimiento guerrero los cadáveres de los contendientes, ya fueran españoles que tuvieron la peor parte en esa refriega, o cubanos, fueron apilados y enterrados en una fosa común.

La generosa tierra cubana los acogió juntos y mezcló su sagrada osamenta, porque los hombres buenos deben irse juntos al cielo sin distinción. ¿Estaban en ese lugar los restos de mi hermano Manolo? No me fue posible saberlo con certeza. Los nombres de los caídos en esa batalla, aquellos preciosos listados, desaparecieron inexplicablemente.

También comenzaba a pensarse en levantar un monumento y colocar en su base esos preciosos despojos. Tiempo después esa obra fue ejecutada y se cumplió la idea inicial.

Cuando la realidad me golpeó brutalmente por la desaparición tan literal de mi hermano, que ni documentos existían, comencé a cuestionarme lo que verdaderamente deseábamos la familia: revivir a Manolo. La imposibilidad me sacudió tan fuertemente que no supe qué hacer, lejos, muy lejos de todo lo amado. Sin apoyo moral alguno, sin soporte espiritual. Sin posibilidades de regreso inmediato. Yo no sólo había venido a buscar a mi hermano, porque ese era el encargo de padre y madre, vine huyendo, escapé del Servicio Militar que fui obligado a cumplir en mi tierra. Aproveché un pase de permiso y escapé como polizón en el buque que hacía el recorrido España-La Habana, pero que en medio de la desgracia tuve la suerte que atracara en el puerto de Cienfuegos para dejar importante mercancía. No podía regresar todavía a España. Así que desesperaba, pedía que me llegara la muerte, como a Manolo. Cuando albergaba tan terribles pensamientos el hado vino en mi ayuda.

Poco antes de caer en el abismo apareció Ramona con su belleza montuna y su bondad. Y aprendí a asumir la existencia de otro modo. Y comprendí que la verdad y la presencia humana tienen otro vuelo que puede llegar al envés de las personas y situaciones y que aún cuando digamos lo que todos, puede expresarse con voz distinta. Vivir y morir, presencia y ausencia pueden tener otras acepciones.

Llegué a conocer y amar al pueblo cubano por muchas vías, sobre todo por la aproximación a todos. La principal, Ramona, mi mujer; su familia, sus vecinos, aquella población de la zona, del municipio, la provincia, el país que recorrí.

Conocí las virtudes del pueblo cubano, tan parecido y distinto al isleño, porque isleños somos los dos, y afortunados: el patriotismo, la sensibilidad para transmitir valores éticos, el humanismo con que se transita hacia el futuro, y esos valores martianos esenciales, que son valores de humanidad: ser cultos para ser libres; ayudar al que lo necesite, no solo como parte de un deber sino como parte de la felicidad propia; el amor, la única fuerza y verdad de esta vida; la convicción de que vale más un minuto de pié que vivir de rodillas; el concepto y necesidad del equilibrio universal, capaz de crear por la imagen de la realidad, como los místicos orientales que lo llamaban el alibi.

Tuve una temprana visión de Cuba, me convertí en testigo y cronista de la realidad cubana en su difícil tránsito a una república mutilada tantos años por el imperio del Norte, pero tomé parte en ese intento, al punto que puedo decir, esto lo hice yo, aquello lo vi hacer, lo de más allá lo padecí o lo maldije; pero formé parte de la Obra, como primera figura o como corista, hasta nuestros días en que mis descendientes continúan tratando de perfeccionarla. Mis hijos y mis nietos me sobreviven para contar esta historia que tiene final feliz. Porque…

¡Hemos encontrado a nuestro Manolo! Hemos comprendido mi familia canaria y cubana, la misma, situada en dos extremos del Atlántico, abrazadas, que Manolo vive en ambas, nos une, nos ciñe con su temperamento soñador y activo. Está con nosotros aquí en Palmira, Cuba, y en Bartolomé de Tirajana, Gran Canaria.

Él está en la sonrisa feliz de los niños y en las arrugas de los viejos. Duendes de pies menudos en puntillitas o grandes pies de pasos cansados. Puede ser mi padre, o mi hermano, o mis hijos y nietos, mis amigos y vecinos, mis compañeros de faena y de luchas tantas. La estirpe rebelde o los mártires tendidos en el polvo. La alegría y el miedo. La risa o las despedidas.

De meros sueños no se vive. Tampoco de ingratitudes. Es, en fin, la naturaleza humana al descubierto. El Amor Humano que debe vencerlo todo.

Nuestros destinos están ligados ante los mismos enemigos internos y externos; víctimas podemos ser del mismo adversario, allá y aquí. Pero Martí decía: “es preciso ser a la vez el hombre de su época y el de su pueblo, pero hay que ser ante todo el hombre de su pueblo”.

Ese pueblo es la humanidad. Y no hay mejor destino para el hombre que el de desempeñar, cabalmente, su oficio de hombre honrado.

Cienfuegos, Cuba, 2018.

 


 

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