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Página de Inicio Pretextos Obra Literaria de Andrés Daniel García Suárez La leva de los pobres

La leva de los pobres

Por Andrés García y Agustín Suárez

Capítulo VIII. De nuevo el amor

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Al fin comienza a desfilar la tropa por las calles de la ciudad. La encabeza la Banda Municipal, que interpreta el Himno Nacional de España antes de la partida, y continúa con  marchas militares. Después, los abanderados que llevan la bandera española y la del batallón # 42 de Canarias,  y las de los otros  batallones desembarcados. A continuación, el Estado Mayor de la tropa y por último las compañías que conforman los batallones. Todos inician su marcha con marcialidad. Salen del puerto al recibir  la orden, por la calle La Mar, doblan a la derecha por la Calle Santa Isabel y marchando ceremonialmente, aunque ya no con la marcialidad inicial,  llegan a la Iglesia Parroquial de Ascenso de la Purísima Concepción de Cienfuegos, perteneciente a la Diócesis de La Habana.  Preside uno de los frentes de la Plaza de Armas. Es un hermoso  parque convertido en jardín desde el año 1850, y ahora engalanado para la ocasión. La gran comitiva es  recibida por el párroco, Jaime Ferrer Serra, cura de la Iglesia Parroquial.  Este  invita  a los jefes y oficiales de la tropa a pasar a su amplio salón central y  recorrer sus dos salones colindantes, rematados todos por amplias arcadas. La tropa permanece formada en la gran plaza de dos manzanas de área. Y es allí donde, en un altar improvisado, celebran una misa de campaña en honor de la Purísima Concepción, Patrona del Arma de Infantería del Ejercito Español y Patrona de la cuidad de Cienfuegos, venerada por toda la población de la ciudad cada 8 de diciembre. ¡Con cuánta devoción aquellos mancebos se arrodillan para pedir a la Virgen que los proteja y que proteja a sus lejanos familiares inolvidados!  Por muchas mejillas corren lágrimas ardientes que los jóvenes secan presurosos con el dorso de sus manos…

Lo que no conocían estos jóvenes en este momento de devoción es la tragedia de un sacerdote cubano, un cura honrado de esta Parroquia  y patriota que fue fusilado algunos años antes. También esto lo conocí años después, pero debo decirlo aquí para que tengan la idea completa del lugar a donde llegaban mi hermano Manolo y sus compañeros de infortunio.

El suceso ocurrió a principios  de 1869 durante los primeros momentos de la guerra en las cercanías de Cienfuegos. El poblado de Cumanayagua fue tomado por una pequeña partida de insurrectos comandados por Marcelino Hurtado, de las fuerzas del General Federico Fernández-Cavada.

La guarnición hispana se rinde y los victoriosos mambises recorren el caserío, donde se pertrechan de ropa, armas y alimentos a costa de los españoles.  Mientras esto ocurría, el sacerdote cubano Francisco Esquembre Guzmán, que tenía a su cargo las parroquias de ese poblado y de Yaguaramas y sentía devoción por la independencia, inmediatamente que escuchó el tiroteo y la llegada de los mambises echó a repicar jubilosamente las campanas de su modesta iglesia.  Acudió allí gratamente sorprendido el comandante Hurtado y en emotivo acto el sacerdote bendijo la bandera cubana que enarbolaban las tropas y elevó oraciones por el éxito de las armas mambisas y la patria cubana en nacimiento.

Los patriotas de la época habían heredado de los colonizadores la religión católica y era natural que por aquellos tiempos un comandante cubano apreciase la bendición de la enseña nacional y es lógico que la consecuencia fuese llenar de fe a los soldados cubanos, en su inmensa mayoría campesinos creyentes. Pero ese acto costaría al padre Esquembre un cruel vía crucis y le incorporaría al martirologio cubano de la gesta independentista. Resultó el único sacerdote asesinado por los españoles en la contienda.  El padre Esquembre había cometido el delito de lesa majestad de olvidar que “Dios era español”, como se diría en los documentos del juicio a que fue sometido.

La alta jerarquía eclesiástica traslada a Esquembre para una pequeña parroquia de Quiebra Hacha, Pinar del Río, pero no llegó a oficiar allí porque en abril de 1869 fue detenido y remitido a la cárcel de La Habana y el 11 de septiembre fue trasladado a la cárcel de Cienfuegos, donde lo reclamaba “la justicia” de esta región. El 19 de abril de 1870 lo juzga un consejo de guerra por delito de Infidencia y se le condena a ser despojado de sus atributos sacerdotales y fusilado. Una copia de la sentencia es enviada al vicario y juez eclesiástico de Cienfuegos, Juan Bautista Sellas, que trasladó el documento al Obispado de La Habana. Reunida la Junta Eclesiástica, confirmó la sentencia del tribunal militar español.  La Iglesia y el Cuartel estuvieron de acuerdo. Como siempre, la reacción y el alto clero se presentan como un bloque de poder contra los oprimidos. La descarga cerrada no pudo acallar el grito de “¡Viva Cuba Libre!” que lanzó el sacerdote el 30 de abril de 1870 al enfrentarse a sus verdugos en la playa de Marsillán, en Cienfuegos.  Su cadáver yace en el cementerio de Reina, aunque en lugar ignoto.

Por extraña coincidencia, ese mismo mes de abril de 1870, el día 17, el campamento del comandante Hurtado es asaltado por una fuerte columna de soldados españoles compuesta por 800 hombres.  Contra ellos se opuso la fuerza de veinte mambises mal armados que, copados en un bohío, murieron quemados en masacre espantosa, abrazados a la bandera bendecida por el padre Esquembre.

Veinticinco años más tarde,  una tropa de bisoños soldados españoles reza en la iglesia mayor de la ciudad sin conocer esta historia, que hubiera acrecentado las dudas de Manolo.

 

 

- 2 -

Vuelvo A contar lo que nos narró a la familia el buen Marcial, a quien tanto tenemos que agradecer su información para este relato:

 

“Una vez terminada la misa, la tropa es congratulada por los comerciantes españoles dueños de bares,  cafeterías y restaurantes de la ciudad. Uno de ellos, el propietario del bar El Sol, situado en la misma esquina que forman las calles de Santa Isabel y San Fernando, en los bajos del  que fuera hogar del Fundador De Clouet, entrega a cada soldado dos cajetillas de cigarrillos y a cada uno de los oficiales, una caja de puros con el logotipo de dicho bar cienfueguero.

“La población de las inmediaciones, desde las aceras, ve desfilar marcialmente aquella tropa de rayadillos que van  por calles engalanadas especialmente para la ocasión. Desde los amplios ventanales de las casas de enriquecidos españoles los contemplan y saludan alborozados y ello hace sentirse importantes a estos jóvenes que ensanchan con aire sus pechos que apenas  caben  en sus uniformes.

“Los agasajos y las sonrisas que le prodigan las lindas muchachas que los vitorean constituyen el mayor premio en estos momentos.  Se escucha el estallido de los cohetes que se elevan al infinito en su honor. Delicadas manos femeninas arrojan flores al paso de la tropa y todo ello aumenta el inocente orgullo de los soldados que olvidan en ese instante que vamos a la guerra, a enfrentarnos al temido machete mambí.  Aún no lo hemos conocido en el combate, solo tenemos la noción de las historias de los veteranos de las guerras en Cuba,  y sé que muchos sueñan todas las noches con el mambí negro de pelo ensortijado que se les abalanza machete en mano  con  aquel terrible instrumento de trabajo convertido en arma de combate que corta el aire y las cabezas… Pero en nada de esto pensamos ahora. Salimos muy orondos  de la calle Santa Isabel. Doblamos a  la  izquierda por  la calle San Carlos y al  pasar por el magnífico Teatro Tomás Ferry, construido el 12 de febrero de  1889,  Manolo ve cómo va paseando por la calle, indiferente a todo lo que la rodea, como centrada en su mundo interior, una escultural joven de piel color café con leche,  de hermoso rostro semiovalado, con largas pestañas que se arquean sobre de unos grandes ojos negros,  nariz afilada  y labios carnosos. Mantiene un andar cadencioso, impasible ante  tanto barullo a su alrededor. Va contoneándose con naturalidad, sin asomo de provocación. Las perfectas curvas de su figura se aprecian  bajo su sencillo  y pulcro vestido blanco, de lienzo barato:

“—¡Dios mío, qué mujer más hermosa, que bella!... —exclama.

“Manolo ha quedado prendado de aquel cuerpo escultural, de aquel rostro precioso. Todo transcurre en segundos. Pero  bastan para darse cuenta de que por segunda vez en su existencia se ha fijado con tal intensidad en una joven, deseándola con locura.  Es un sentimiento enajenante que le hace respirar con dificultad, que lo emociona.  Y es en ese preciso instante mágico que sus ojos se encuentran. Resulta una sensualidad única, primigenia, los bellísimos  ojos de la muchacha desconocida se fijan en los de Manolo accidentalmente. Es como si estuviera  destinada a él. Entre centenares de soldados vestidos iguales y circulando a marcha  rápida, los ojos de ambos se encontraron, y entonces una linda sonrisa brota de aquellos rojos labios carnosos, mostrando unos dientes de nácar, de un blanco purísimo, al tiempo que aquellos ojos acompañan la caricia visual de la boca y  deslumbran a Manolo.  Este pierde el paso y tropieza con quien lo antecede en la fila, provocándole un traspié que a ella le hace reír  nerviosamente. Vuelve a mirarlo y aquellos ojos  le trasmiten al joven “quinto” español en el lenguaje misterioso de los enamorados a primera vista, que la perdone, que no quiso importunarlo. Esa mirada y su mensaje le provocan un súbito  vuelco al corazón apasionado de  Manolo que, en su  telepática mirada-respuesta fugaz, le comunica a la Amada que la perdona y que ya la ama con locura.  En ese preciso instante siguiente, ella que desdichadamente va  contraria a la marcha, dobla una esquina y ya no puede verla más.

“No importa, esos ojos, esa imagen ya no se le borrarán nunca más de su mente y de su corazón…

—Tengo que darle un nombre —-decide Manolo,  y en su fantasía comprende que el color de su piel es semejante al de la magnolia seca, a partir de entonces la llamará así: Magnolia…

“De esta manera me describió Manolo la escena que lo enamoró. Me la contó varias veces y casi siempre de idéntica manera”.

Pero Marcial me relata esto último a mí solo, para no herir la susceptibilidad de la prometida de mi hermanito, que así es él de generoso e inteligente. Sigue Marcial diciéndome:

“Manolo no se lamentó de su mala suerte. Pensó que el solo hecho de haber conocido a esta `Venus Negra` amerita la pena de haber arribado a Cienfuegos. Es su premio. Una diosa como esta, merece cualquier sacrificio. Ya la buscará cuando acabe la guerra. Ya sabe que la  va a buscar cuando regrese a Cienfuegos.  Ya la buscará sin falta, ¡sí, señor!...

“Y Manolo, el soñador, continúa su marcha…”

Y Marcial sigue el relato principal:

“La parada militar sigue por la calle San Carlos hasta la calle Arango donde doblan a la izquierda hasta la intersección de las calles de San Fernando y Arango donde está la Terminal de Trenes de Pasajeros de la ciudad de Cienfuegos construida en el año 1863, bella edificación que fue destruida por un incendio  en el año 1874,  y considerada por el Sr. Jacobo de la Pezuela como una de las  más bellas de la Villa en su momento, y que hoy día ha desaparecido en su casi totalidad después de pasar por innumerables y fatídicas modificaciones, así como  la inexplicable pérdida de la siguiente tarja:

 

Cuando la larga fila de rayadillos, que somos nosotros, está llegando, tres largos pitazos de salutación nos recibe jubilosamente. Es el tren que deberá transportarnos a nuestro próximo destino.

“En ese momento Manolo se siente parte de un ejército invencible, omnipotente, capaz de vencer a cualquier adversario. Es la adrenalina del encuentro con su `Venus Negra`,  pero pronto sus pensamientos se nublan,  y se pregunta:

“—¿Por qué causa luchará ese ejército al que sus jefes hispanos insultan y dan los peores calificativos? ¿No será que los tales mambises insurrectos sienten en carne propia las mismas ansias de independencia que los canarios sentimos en el fondo? Los hijos de las  Islas Afortunadas y los de Cuba, entonces, ¿no serán hermanos de infortunio? ¿Y yo voy a combatirlos por querer ser libres, como quisiera serlo yo?...

 

“Me confesó poco después que eso lo pensó en ese momento por primera vez y se le aceleró el pulso. Estaba tan adentrado en esos pensamientos, que casi es arrastrado por los demás cuando dan la orden de abordar el tren”.

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