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Página de Inicio Pretextos Obra Literaria de Andrés Daniel García Suárez La leva de los pobres

La leva de los pobres

Por Andrés García y Agustín Suárez

Capítulo VII. Cienfuegos: destino final

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“Amanece el segundo día de la travesía. Desde que partimos de Santiago de Cuba el vapor lleva buena marcha, en breve estaremos en Cienfuegos y de ahí viajaremos en tren hacia los cuarteles españoles donde seremos asignados para cumplir este servicio militar en el Ejército de España en Cuba. Todos estamos inquietos: jefes, oficiales y soldados. Ansiosos por tocar tierra; pero la mayoría de “los quintos” no deseamos combatir. Entre ellos Manolo, yo, y nuestros amigos” —confiesa Marcial, que nos relata todo como si hubiera llevado un diario escrito.

Cuenta que aún sin haberlo conocido, temían a un enemigo que según dicen es fiero, tanto que puede llegar a ser sanguinario. De tan apasionado que es en el frente de batalla —dicen—, puede llegar a convertir los combates en verdaderas carnicerías. Todos los soldados más viejos hablan horrorizados del machete mambí; no solo les inspira respeto, sino verdadero temor a esa arma desconocida, que no es como sus filosas bayonetas, “sino que lo enarbolan en alto y lo descargan sobre cabezas y cuellos de una manera espantosa. Y no hay cuadro español, ni reforzado con dos o tres filas, que los haga detenerse cuando se lanzan a la carga… Sí, los relatos que escuchamos entre los viejos que han combatido contra los cubanos, nos han traumatizado”.

Manolo piensa acaso para consolarse, que ellos son parte de un ejército que lleva siglos combatiendo contra los enemigos de España: los moros fundamentalmente, y aunque ya han perdido todas sus colonias en América, a Cuba no la deben perder. Pero Manolo piensa así en un momento y al siguiente minuto se lo representa distinto, y se pregunta:

— Y ¿por qué?, ¿por qué no deben ser los cubanos libres también? —y le asalta la duda, y nos hace preguntarnos a cada uno—: ¿Por qué debo ser yo, por qué nosotros, los que tengamos que impedírselo? ¿Qué nos han hecho esos mambises a nosotros, qué nos quitan, qué nos hacen de malo?...

Y Manolo lo piensa. Y a poco lo manifiesta en voz alta, solo entre nosotros sus íntimos, él y todos nos cuidamos de dónde y a quién se lo expresamos. Sabe que si lo exteriorizara indebidamente y lo escuchara algún oficial, la pasaría mal, muy mal…

Al tercer día de travesía, Manolo se embelesa con el azul del mar, con la tranquilad que emana esa belleza azul marino. Es principios de diciembre y no hay que temer a los huracanes que desde junio y hasta noviembre azotan este mar Caribe. Por esas fechas es muy peligroso navegar; por ello, los buques cruzan esa masa acuosa fundamentalmente entre diciembre y mayo. En estos meses no hay peligro de zozobrar ante el embate de estas temidas tormentas que se tragan hasta un navío de gran porte como este en un santiamén. Se encuentra inmerso en estos pensamientos cuando ve venir a sus amigos de la infancia, Francisco y Miguel.

—Manolo, hombre, que estás perdido, no se te ve —le espeta Francisco, y agrega jaranero—: ¿Es que estás hospedado en primera clase? ¿Acaso ligaste alguna polluela?...

El aludido, enseriado como está con sus pensamientos, responde sin tono de jarana:

—Es que nuestro batallón sale a cubierta después, mucho después que el de ustedes, no coincidimos. —Y agrega con cierta envidia—: Para eso son ustedes “los viejos”, los cuidan más. Y lo mejor, terminarán primero el servicio militar y regresarán a Canarias primero.

—Hombre, lo que parece es que tú eres muy disciplinado, nosotros salimos a toda hora a cubierta a coger fresco; el calor allá abajo es endemoniado. Si nos agarran y nos reportan y castigan, no importa, total, qué más castigo que este endemoniado servicio militar… —lo dice Miguel, y un rictus de amargura se dibuja en sus labios.

—Tienen razón —contesta Manolo—, pero que no debemos dar motivo para los reportes, que después salen a relucir en nuestra hoja de servicios.

—¿Y qué, Manolo?, ¿quiénes nos castigarán?, ¿los mambises?, ¡vamos hombre!, que esa hoja de servicios es simbólica. De qué sirve si al terminar llegaremos a Canarias tan pobres como antes y más viejos… si volvemos; esto para nosotros no reporta nada, es solo sacrificio y en muchos casos la muerte…

Manolo se persigna, y a la vez que le contesta a su amigo:

—Vaya, qué pájaro de mal agüero eres, Miguel. ¿Para qué hablar de muerte? Solo debemos pensar en vivir y sobrevivir esta guerra y regresar a Canarias, o quedarnos en Cuba a buscar fortuna. ¿Por qué no? ¿Por qué no hacer como algunos, como muchos otros, que han venido acá? Lo mío es terminar rápido. Por eso, cero castigos, no los necesito.

—Allá tú…

Miguel se encoge de hombros y se aleja con Francisco. Manolo se percata entonces de que sus dos amigos están escapados en cubierta. A la vez que teme por ellos, también se alegra de su osadía, ya que si no es así no los hubiese visto. No obstante piensa:

“Esto es obra de Francisco, él es quien convence a Miguel para ser así rebelde, indisciplinado, porque él siempre ha sido así, y así morirá”.

Piensa de esta forma Manolo, con resignación, pero va madurando en él la idea de la admiración por la temeridad que siempre ha caracterizado a su amigo. Y cuando ya se van alejando, les grita como despedida:

—Hasta mañana, hermanos….

- 2 -

Corren los primeros días de diciembre de 1895 y ya desde el vapor se atisba la entrada de la bahía de Cienfuegos, con su estrecha desembocadura, y que según dicen tiene una espléndida forma de bolsa. Los soldados, emigrantes y pasajeros de primera y segunda clases, ven desde sus respectivas cubiertas, cómo se acercan a tierra, llevan más de 20 días en ese barco, desde que salieron de Canarias y están deseosos de pisar tierra.

Se acerca, al igual que cuando llegaron a Santiago de Cuba, un pesado remolcador con los prácticos del puerto. Son los que llevarán a la nave de forma segura a su destino. A la entrada de la bahía, muy estrecha, pasan frente a la Fortaleza “Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua”, pomposo nombre que los naturales acortan para llamarla Fortaleza de Jagua. Dicen que fue construida desde 1745, mucho antes de la fundación de la luego villa y ciudad, nacida en 1819. Es el custodio de cal y canto y cañones de la bahía. Y ahora, desde esta Fortaleza, disparan salvas de artillería en saludo a la nave. En esta, la tropa permanece formada ya en armoniosa alineación y todos los oficiales y soldados saludan militarmente. La bandera española tremola desde el mástil más alto de la Fortaleza. Es como mostrando al recién llegado que Cienfuegos es y será española, como toda Cuba. El remolcador los arrastra despaciosamente, pasándolos con toda seguridad por los peligrosos bajos de la entrada, hasta quedar al pairo, cerca del Muelle Real donde aguarda una multitud de curiosos.

De semejante manera que en Santiago de Cuba, las autoridades españolas de esta ciudad, militares, civil y eclesiástica, que gobiernan con mano de hierro en Cienfuegos abordan el buque para la ceremonia de recibimiento. Uno de los oradores explica a los recién llegados el origen del nombre de la ciudad. Expone que la Villa y la Ciudad, posteriormente, a propuesta del fundador Don Luis De Clouet, ante los Reyes de España, recibieron el apellido de Don José Cienfuegos, Capitán General de la Isla de Cuba por los años de la fundación de la colonia Fernandina de Jagua —que fue como primero se nombró—, ya que este fue quien apoyó dicha fundación.

Seguidamente explicó el origen del apellido Cienfuegos, ya convertido en toponímico. Contó que provenía de un apellido oriundo de los consejos asturianos de allende, Cangas del Narcea, Oviedo y Gozone, el cual pasó a otras regiones ibéricas. Su origen está ligado a la leyenda conocida como “De los cien paladines”. Cuentan que García González de Quirós era jefe de cien paladines cristianos. Recibió la orden de desalojar una noche a un campamento moro de 10 000 efectivos. Ordenó entonces a sus hombres que encendieran teas y se lanzaran monte abajo corriendo sobre el enemigo, e inmediatamente las apagaran en la base de la colina, subieran con las teas apagadas, las encendieran de nuevo en la cima y volvieran a lanzarse cuesta abajo, repitiendo esta operación numerosas veces. De esta manera crearon la ilusión de ser una fuerza muy nutrida, un gran ejército el que los atacaba. Los moros cayeron en la trampa y abandonaron el campamento y la posición de manera desordenada. En pago a esos servicios, el Rey le otorgó la gracia a García González de Quirós, del derecho de usar escudo de armas, compuesto por cien fuegos en campo sangriento. Así nació el apellido, y de esa forma también llegó a nosotros como toponímico.

Después de otras muchas exposiciones que cansaban al auditorio, llega al fin la orden de bajar a tierra.

Descienden primero las autoridades que abordaron al vapor recién ingresado a la bahía, a continuación los pasajeros de primera y de segunda, aquellos estirados funcionarios, políticos y comerciantes españoles y algunos cubanos de la aristocracia criolla que vienen de España, después de cumplimentar sus viajes de placer, o de estudios, y en contados casos, algunos enfermos que recibieron tratamientos contra ciertas enfermedades en los mejores hospitales europeos.

Después bajan los altos jefes y oficiales que conducen la tropa; y a continuación esta, organizada por escuadras, pelotones, y compañías de los tres batallones. Pisan fuertemente los tablones del Muelle Real Cienfueguero y se van formando en la explanada que existe frente al edificio de la Aduana, una hermosa construcción, proyectada y levantada por el arquitecto Francisco Carré en el año 1842, con hermosos jardines a todo su rededor, protegidos por bajos enrejados hermosamente forjados.

Se escuchan los redobles de la Banda Municipal, que ofrece su bienvenida musical, a la vez que los Cuerpos de Bomberos, los Voluntarios y la Guarnición de las tropas españolas que protege la Plaza Cienfueguera. Todos en perfecta formación y vestidos con sus trajes de gala, rinden homenaje a las nuevas tropas recién llegadas de la Madre Patria.

Entonces les dirige la palabra el Alcalde de Cienfuegos, Don Juan del Campo, alcalde vitalicio desde que gobierna, hace casi tres lustros en Cienfuegos, el Partido Unión Constitucional. Seguidamente, una breve alocución del Comandante Militar de Cienfuegos, Don Felipe Pareja, pundonoroso militar español destacado aquí desde el año 1881 cuando Cienfuegos recibió su Título de Ciudad.

Resultan nuevas repeticiones de aquellas insulsas palabras de orgullo patrio y adulonerías a sus Regias Majestades, destinadas a impulsar el ánimo guerrero de aquella tropa que recibe los torrentes verbales sin la menor emoción ni interés.

Como si escucharan llover, resbala sobre los oídos de la tropa aquellas manidas expresiones:

—Vais a combatir por la integridad y la honra de la Patria, de esa patria que nos es tan querida…

“Los refuerzos que envía la Madre Patria, de los que ustedes son parte, harán la campaña más fácil y gloriosa. Gracias a españoles como ustedes, y los que combaten ya en los campos insurrectos, se hará posible el término de esta contienda, con el triunfo de nuestra causa sagrada…

“Jefes, oficiales, soldados, de Canarias, o de las Baleares, por ende españoles, ustedes serán favorecidos por la victoria, y entonces tornareis vencedores a Islas Canarias, a Islas Baleares, y a España, después de haber inmortalizado el nombre del Provisional de Cuba. Serán imborrables en la Historia sus hazañas contra los insurrectos que quieren arrebatar a España, la Siempre Fiel Isla de Cuba, ¡y eso no lo permitiremos nunca!, ¡ustedes no permitirán ese despojo a la Madre Patria!

“Os deseamos muchas felicidades y éxitos en sus gloriosas campañas militares en nombre del Capitán General de la Isla, Don Arsenio Martínez Campos, y en el mío propio…”

La topa irrumpe en obligados vítores y aplausos. Para los más fogueados militares, las palabras de los oradores de Cienfuegos constituyen la misma monserga de siempre y de todas partes. Quizás a algunos bisoños los haya emocionado, incluso en algunas mejillas casi infantiles se ve correr alguna que otra lágrima de emoción o por el recuerdo de sus familiares lejanos. Así transcurre la mañana entre alegorías, arengas, y discursos, o conciliábulos disfrazados de patriotismo español, de ese que no quiere reconocer el derecho a la libertad de los cubanos…

Así lo relata Marcial a nuestra familia y al terminar sus “sesiones” de historia lo abrazamos agradecidos. Ha sido el restaurador de la historia familiar.

- 3 -

Después que yo vine a Cuba para buscar a mi hermano Manolo, supe otras muchas cosas, por antiguos soldados mambises cubanos, combatientes de la guerra o conspiradores en las ciudades. Un ejemplo de esto es lo que les voy a relatar acerca de las labores de la Inteligencia Cubana. Y debo decir, excusándome, que lo que aquí cuento ahora en el relato lineal, lo conocí muchos años después, cuando ya era un “cienfueguero” propietario de tierras en la zona de Palmira. Pero esto no viene ahora al caso, ya llegaremos a ese momento más adelante.

Por las inmediaciones del puerto y del parque de la Aduana por donde desembarcó Manolo, algunos vecinos curiosean cerca de las tropas. Algunos miran con asombro sus trajes rayadillos, sus repletas cananas, y sus flamantes fusiles Máuser, modelo español. Traen todo el avituallamiento de guerra, imprescindible para su vida en campaña. Entre la multitud reunida espontáneamente hay una linda criolla vestida elegantemente como una española de cierta posición económica. Lo mira todo con mucha atención disimulada. Observa y anota en su mente todo lo concerniente a las tropas desembarcadas, cantidad de hombres, armamentos, procedencia de los soldados que forman los batallones, palabras y datos escapados imprudentemente en los discursos. Todo lo mira y escucha con perspicacia.

Esta cubana es Rita Suárez del Villar, que desde su puesto en la Inteligencia Mambisa, combate a la metrópoli española. El nombre de guerra de Rita es “La Cubanita”, apelativo con que se conoce al Club Patriótico que fundó poco después de comenzada la guerra de 1895.

Resulta muy significativo el “bautismo de fuego” de esta patriota cuando era una muchacha. Debemos conocerlo para comprender a qué lugar de la Isla habían llegado las fuerzas hispanas, y con ellas, mi hermano Manolo.

Acababa de cumplir Rita sus 17 años y en la plenitud de su belleza femenina acudió al baile de gala que la Sociedad Liceo de Cienfuegos ofrecía a sus asociados para inaugurar su nuevo local en Santa Cruz entre Hourruitiner y Gacel, el 21 de junio de 1879. Treinta y dos años después de su inauguración esa asociación de recreo e instrucción engalanó sus nuevos salones sociales, ahora que había concluido la guerra que durante diez años los cubanos sostuvieron con España y que esta quiso dar por liquidada con la Paz del Zanjón, aunque con la tenaz oposición y digna resistencia de la Protesta de Baraguá, de las huestes de Maceo, y también con la aprobación y apoyo de la población criolla.

Y la jovencita Rita, una adolescente muy dulce pero con ideales patrióticos familiares que calaron hondamente en ella, grabando convicciones revolucionarias de naturaleza muy firme, acudió al iluminado salón del Liceo vistiendo como ella determinó: con un hermoso vestido blanco, largo y bello, adornado artísticamente por una banda azul oscuro, y con una hermosa flor de intenso color rojo, que la hacía aparecer aún más bella.

Apenas Rita penetró al amplio salón, aquel teniente de artillería español, elegantemente ataviado con su uniforme de gala, su engreimiento y su petulancia, la advirtió. Clavó golosamente sus ojos en ella, su belleza y distinción, y fue a invitarla a bailar. Hizo una graciosa reverencia ante ella y le dijo:

—Una muchacha tan encantadora como usted, debe bailar solamente con un oficial español como yo…

Pero la aludida le replicó:

—No he venido aquí a bailar con un soldado español, prefiero la compañía de un joven criollo, tan dignos como hay.

El rostro del español se tiñó de grana y balbuceó:

—¿Es que desprecia usted a un hijo de la Madre Patria…?.

—La única Patria que reconozco es la mía, la cubana, donde he nacido —respondió Rita con firmeza.

El colonialista reparó entonces en la combinación que vestía la muchacha, con los colores de la bandera cubana, aquella bandera que flameaba en los combates, enhiesta, orgullosa, siempre combatiente…

—Usted es… usted es… —casi gritaba histérico—: ¡Usted es una mambisa!, sí, eso es, una mambisa descarada y engreída…

—Soy una cubana, señor, no engreída, pero sí orgullosa de serlo.

El oficial hispano se movía inquieto, como desesperado, impotente ante aquellas respuestas que lo desconcertaban e irritaban…

—Voy a castigarla, sí, voy a cortarle ese pelo… ¡Una tijera, que alguien me alcance una tijera para castigar una ofensa! ¡Es una mambisa descarada…!

La estúpida agresión fue impedida por la directiva del Liceo y por los muchos cubanos dignos que allí había. Y el incidente fue la verdadera iniciación patriótica de Rita Suárez del Villar que, en el curso de la Guerra de Independencia, fundó el Club Patriótico “La Cubanita” que prestó incontables servicios al mambisado cienfueguero y a la Revolución, al punto de que ganó la admiración y la amistad devota del Generalísimo Máximo Gómez, quien le escribió numerosas misivas, muchas de las cuales se guardan como reliquias históricas, y le otorgó los grados de Capitana del Ejército Libertador.

Esta muchacha es aquella dama elegante que, por las inmediaciones del puerto y el parque de la Aduana, capta toda la información posible para su labor de inteligencia.

La Inteligencia Mambisa había nacido en el año 1869, fundada por el General Federico Fernández-Cavada Howard, cienfueguero descendiente de fundadores de la colonia Fernandina de Jagua, que la convirtió en un arma eficiente contra el colonialista español. Tanto es así, que la información recopilada por los agentes del Servicio Secreto del mambisado sureño jugó un papel fundamental para lograr la toma de Cienfuegos, en diciembre de 1869, y convertirla en la primera ciudad liberada de Las Villas, la que permaneció varias horas bajo el amparo del mambisado cubano.

También debemos conocer ese antecedente patriótico de la ciudad y la región a la que llegaban los bisoños combatientes. El día antes de la toma de Cienfuegos, en 1869, ocurrió un hecho histórico que costó el cargo y hasta la vida a más de un alto oficial español.

Los insurrectos conocieron previamente, por informaciones de su órgano de Inteligencia, que llegaría a Cienfuegos el Capitán General de la Isla, Antonio Caballero de Rodas. Procedía de Batabanó y llegaría en el buque de guerra “Guadalquivir”, con el Regimiento “Hernán Cortés” como su escolta personal. Fue recibido por el Teniente Gobernador de Cienfuegos, Merás, a los acordes de marchas ejecutadas por la Banda Municipal de Música. También tuvieron noticias de que los ricos hacendados de la zona preparaban un banquete en el Palacio de Gobierno para agasajarlo esa noche. Entonces en la edición de ese día del periódico mambí “La Estrella de Jagua”, que especialmente se hizo circular en Cienfuegos, fue publicado un titular de primera plana que decía:

“Recibiremos al Capitán General con luminarias acordes a su rango”.

Merás, en el saludo oficial expresó la bienvenida… “a este seguro bastión del españolismo y de lealtad a la Madre Patria”. También anunció que “los hombres de negocios de esta rica comarca, en interés de congratularlo por acceder a traer mayores efectivos para la defensa de las propiedades e integridad de los hacendados españoles, le será ofrecida esta noche, un banquete y una serenata a cargo de músicos Voluntarios en el Palacio de Gobierno…

Entonces, esa noche… Caballero de Rodas con su atuendo engolado y engolada su voz, inicia su discurso:

—Acepto esta muestra de patriotismo y de bien plantado orgullo español, y les prometo acabar en esta jurisdicción con los émulos del bárbaro Atila, y mantener…

Grandes detonaciones lejanas interrumpen el discurso del Capitán General de la Isla. Caballero de Rodas se dirige, iracundo, a su anfitrión:

—¿Qué diablos es eso, Teniente Gobernador Merás?

—Lo, lo ignoro, Capitán General… No lo se, señor… de inmediato indagaré, pero se escucha lejano…

—¡Vamos al balcón del palacio!

—Sí, señor…

—¡Por los clavos de Cristo, Merás! ¿No son esos los ingenios y los cañaverales que circundan a Cienfuegos?

—¡Sí, señor Capitán General!... ¡Y arden…!

—¡Eso ya yo lo estoy viendo, imbécil! ¡Claro que arden, es un círculo de fuego alrededor de su ciudad! Están ardiendo los cañaverales de sus 16 ingenios azucareros… ¿Dónde rayos están sus tropas, Merás?...

—Están…, están…, señor…, yo las envié ayer, antes de su llegada, a batir a los grupitos de insurrectos afuera, en la manigua…

—¿Los sacó usted de la ciudad? ¿Usted sacó a la columna que guarnece su ciudad? ¡Es usted mentecato!

—¡Sí, señor!..., digo, ¡no, señor! Aquí está una parte de la columna de guarnición, y está el Cuerpo de Voluntarios armados… y está, está… su Regimiento de escolta…

—¡Pero cómo demontres va a contar usted con mi escolta, Merás! ¿A quién se le ocurre desguarnecer la ciudad cuando yo llego, y poner a su tropa a perseguir “fantasmas” correteando por los campos?

—Señor, es que a veces esos diablos hacen fechorías por allá afuera, pero nunca han penetrado aquí, y…

—¿Y esos cañones que utilizan, de dónde los han sacado? ¿Se los han robado a ustedes?...

—¡No, señor! Esos son cañones de bambú y de cuero que hace ese bandido de Federico Cavada, que no son de gran peligro… de lejos.

—¿Y cuántos bandidos han capturado sus hombres allá afuera? ¿Cómo no han impedido esos incendios enormes que destruyen las riquezas de nuestros asociados? Por eso los hacendados se quejan con razón… Y precisamente hoy, ellos han hecho este espectáculo denigrante que usted me ha obligado a presenciar…

—Bueno, señor, a veces mis hombres matan a algunos, pero otras veces se les escurren…como parece ser el caso de hoy.

—¡Basta, Merás! Usted ha puesto en peligro la vida de la primera autoridad de la Isla. ¡Usted es un incompetente… y un perfecto imbécil, y ¡queda destituido…!

—¡Señor, señor, yo le aseguro que…!

—¡Usted no se asegura ni a usted mismo! ¡Está destituido! Y yo me marcho ahora mismo, con mi Regimiento. Zarpo esta misma noche ¡y le advierto que si ocurre algo más, voy a someterlo a Consejo de Guerra, a usted y a su Jefe de Operaciones, el Mariscal Lesca, y a sus oficiales todos…! ¡Consejo de Guerra…!

—El aturdido Merás se quedó pensando compungido: “¡Por los clavos de Cristo…! ¡Esas eran las `luminarias` que anunció ese cochino periodicucho…! ¡Ese anillo de fuego alrededor de mi ciudad…!

Otro importante revés para Caballero de Rodas fue la deserción de unos veinte jóvenes republicanos españoles que fueron obligados a enrolarse en el ejército colonialista y que venían integrando el regimiento “Hernán Cortés”. Aprovechando la confusión reinante en la ciudad de Cienfuegos, se escondieron, y cuando el “Guadalquivir” abandonó el puerto, salieron y fueron contactados por enlaces que el General cubano Adolfo Fernández-Cavada colocó, los invitó a luchar en Cuba por la república libre que en su país no podían tener, y se pasaron a las filas del Ejército Libertador.

Como lo pronosticó Caballero de Rodas, sucedió ciertamente “algo más”: la toma de la villa de Cienfuegos. Los Generales cienfuegueros Federico y Adolfo Fernández Cavada, siguiendo el plan trazado después de los informes de Inteligencia, realizaron el ataque y toma de la Villa más importante del sur de la Isla. Merás tomó una embarcación y se fue a ocultar en el Castillo de Jagua. Y como amenazó Caballero de Rodas, fue sometido a Consejo de Guerra y fusilado por traición. Otros oficiales recibieron sentencias de prisión. El Mariscal Lesca salvó la vida porque hubiera sido un escándalo mayúsculo en la Metrópoli fusilar a un militar de su categoría por incompetencia y cobardía.

Esta es la ciudad a la que llegaron Manolo, Adrián y sus compañeros de infortunio.

 


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