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Página de Inicio Pretextos Obra Literaria de Andrés Daniel García Suárez La leva de los pobres

La leva de los pobres

Por Andrés García y Agustín Suárez

Capitulo VI. Hacia Cuba

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Ha transcurrido un mes y medio desde que los adolescentes canarios fueron reclutados y sacados a la fuerza en sus queridos pueblos, separados del calor de los suyos. Finaliza Octubre de 1895, y ya Manolo va rumbo a Cuba, hacia la Guerra. El trasatlántico “León XIII”, esbelto, majestuoso, imponente, lleva pasajeros en Primera y Segunda clase, en sus dos cubiertas altas. Son comerciantes, políticos, altos oficiales que van a Cuba en busca de riquezas, negocios, o a gastar su dinero en sus soleadas y límpidas playas, en sus lindas ciudades, a refocilarse con las hermosas mujeres que tienen ganada fama de serlo. Muchos burgueses hispanos han quedado cautivados por las regias mulatas, descendientes de colonizadores blancos con negras esclavas africanas; son criollas nacidas de esa luminosa cohabitación de razas diversas que ha dado un fruto espléndido. En España circula en broma, la afirmación de los chuscos de que la mulata “es el mejor invento español”, y no pocos ricos y desinhibidos machistas quieren disfrutar esa versión picaresca de la mujer.

Y a Cuba van a gastarse sus pesetas, a revivir los placeres de sus descendientes que siglos antes tuvieron tan regia delectación. Son los nuevos esclavistas, los modernos explotadores discriminadores de sus colonias de ultramar. Se han informado de que en la Isla —La Llave del Golfo— existen muy bellas playas y muy bellas mujeres en La Habana, Santiago de Cuba, Trinidad, Cienfuegos, Matanzas…, y parten en grosera exploración. Solo que, por ahora, será La Habana el único paraje seguro, porque la guerra ha estallado y Oriente y Las Villas resultan peligrosos parajes. Para mejorar esa situación es por lo que acuden nuevas fuerzas de soldados. Estos mismos que viajan en el propio buque, por supuesto en las bodegas y cubiertas inferiores, lugares de quinta clase. Ellos van a mantener esta colonia en América, aunque para ello se inmole hasta el último hombre y gaste su última peseta el Tesoro Estatal. Resultan cosas de la vida. Ahora viajan juntos, aunque no revueltos, los que van a regalarse una vida espléndida de regios placeres y los que van a pelear para que aquellos puedan seguir disfrutándolos…

El razonamiento es de Marcial. Ha sido fruto de mucho darle vueltas en la cabeza a la situación en que se encontraron y que en los momentos en que lo vivían no se les representaba a casi ninguno con la nitidez de esta reflexión posterior. En la familia suya y en la de Manolo resultó como un mazazo doloroso por todo aquel razonamiento que no supusieron ellos antes, que no les fue posible comprender entonces en toda su magnitud.

Entre estos últimos está Manolo. A pesar de todos los agasajos recibidos durante el embarque, hay algo que lo estremece, y no solo a él, sino a toda la tropa. Es la propia majestuosidad del Vapor "Leon XIII", lleno de una riqueza y un boato burgués que impactan a estos muchachos de origen campesino o muy humilde. Este es el vapor en que hacen la travesía hacia la “Siempre Fiel Isla de Cuba”, los grandes potentados de su Nación. Así viven a costa de las clases trabajadoras.

Marcial recordaba todo esto perfectamente, y nos relataba: “Nosotros siempre hemos sabido de oídas estas cosas. Ahora tuvimos ocasión de comprobarlo. Y recuerdo que vi a Manolo sumido posiblemente en estas cavilaciones, me le acerqué por la espalda y él se viró y se encontró con mis ojos desmesurados porque me sentía como aplastado por este grandioso vapor. Recuerdo que le dije balbuceando:

“—¡Qué grande es!— y Manolo, en tono de broma, me respondió:

“—Marcial, hombre, que ya eres pasajero de esta nave. ¿Qué te ocurre, diablos? Desde que lo viste antes de embarcar estás asombrado, ya es hora de que te acostumbres a tu barco, hombre…

“Le respondí en cambio con mucha seriedad:

—No puedo, Manolo. No es por su grandeza nada más que estoy así. Es porque veo cómo viven los ricos, estos mismos que nos han montado aquí para nuestras desgracias. Este barco nos lleva a donde no queremos ir, a hacer lo que no queremos, y a tener un destino que no nos merecemos, lo presiento.

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“El Vapor "LEON XIII", construido en 1888 por A .J. Inglis con T. Rb: 4.938 Tns., T.R.N. 3.235 Tns., eslora 125 m., manga 14 m., puntal 8,99 m. Máquina de vapor de triple expansión de 700 NHP que le proporcionaba una velocidad de 12 nudos. Casco de acero, tres cubiertas, una chimenea, dos palos, el de proa cruzado. Carboneras con capacidad para 1 633 Ton. y un consumo de 82 Ton/día. Capacidad para 88 pasajeros en 1ª. clase, 36 en 2ª., y 1 750 en cubierta (las tropas). Se construyó para la British India S .N. Co. con el nombre de Taroba, siendo botado al agua el día 31 de enero de 1888. En mayo de 1894 lo compró la Cía. Trasatlántica, que lo bautizó con el nombre de Isla de Cuba, nombre que no aparece en ninguna relación, tal vez porque duró poco, pues después de una gran reforma se convertía en el “León XIII”, destinado a la línea de Filipinas y Las América, con capacidad para 93 pasajeros en 1ª. clase, 58 en 2ª. y 1 198 emigrantes (las tropas). Pertenecía a la Compañía Naviera Trasatlántica Antonio López.

“Habíamos encontrado una pancarta en una cubierta que contiene la inscripción anterior, que leímos una y otra vez. Hubiéramos continuado este recorrido a satisfacción si no nos hubiera sorprendido un sargento que bruscamente nos condujo `a donde ustedes deben estar, a donde pertenecen`, mientras nos amenazaba con el calabozo al llegar a tierra si nos vuelve a sorprender descarriados…”

El viaje duró aproximadamente 18 días, no sin algunos contratiempos, tales como una tormenta, y una rotura de las máquinas que mantuvo al buque al pairo casi 36 horas. Esto resultó una alegría para los soldados; sin embargo, una incomodidad y disgusto de los pasajeros de primera y segunda clases, que juraron quejarse a las más altas instancias por esta insuficiencia de la empresa transportista. El itinerario previsto era Cádiz, Santander, Santa Cruz de Tenerife, para surtirse aquí de agua, víveres, carbón, y completar su carga humana de desdichados seleccionados en el cruel sorteo. Y continuar hasta tocar Puerto Rico, Santiago de Cuba, y por último llegar a La Habana. Y tras una corta estancia en la capital cubana, regresar a España con soldados enfermos, lisiados y quienes habían cumplido su servicio militar.

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El viaje monótono y el vaivén de las olas hace efecto en estos novicios marineros causándoles mareos y vómitos a muchos, ese malestar tan característico en los que navegan por primera vez. Alrededor del buque juguetean y hacen cabriolas unos grandes peces. Saltan fuera de la mar mostrando sus brillosos cuerpos. Algunos los señalan como ¡tiburones!, pero un “quinto” como ellos, con cara de sabelotodo, los identifica:

—Son delfines…, aunque muchos los llaman cachalotes.

Manolo y Marcial lo corroboran riendo y hasta aclaran: son enemigos de los tiburones y estos les tienen miedo.

Para aliviar el tedio muchos se entretienen en recordar aspectos de la travesía, cuestiones que les han sorprendido, o molestado. Varios coinciden en apreciar las notables diferencias de clases que quedan evidenciadas en el interior de la nave en que han viajado. Para muchos es la primera vez que se enfrentan a la comprensión de las groseras e injustas diferencias entre los hombres.

Al llegar a San Juan de Puerto Rico los soldados tuvieron que contentarse con mirar con envidia a los pasajeros ricos y a los oficiales que bajaban a tierra a regocijarse, mientras ellos eran obligados a permanecer sudando a mares y mareándose con el movimiento de la nave, comer su rancho pésimo y esperar por su destino final. En Puerto Rico también subirían tropas que van a reforzar al Ejército en Cuba. Les dicen que como aquí no hay guerra, donde ellos son necesarios es en la isla grande. Se trata de soldados que llevan ya un tiempo cumpliendo su servicio militar y llegan serios, poco comunicativos, con aire de superioridad y realmente bastante marcialidad. Con los días se harán más comunicativos y se relacionarán con mayor viveza con nosotros, -cuenta Marcial-.

Entre estos viajan dos mozalbetes que dicen llevar más de 2 años en el Servicio Militar Español. Se nombran Francisco y Miguel, y hacen buenas migas con Manolo y Marcial. Aquellos se lamentan, cuidándose de que no los oiga ningún oficial, o peor aún, de algún soplón que los delate, de que esperaban terminar su tiempo de estancia en San Juan, donde no hay guerra y por ende vivían más tranquilos en sus cuarteles, disfrutaban del beneplácito de sus pobladores y no son tan mal mirados como dicen que resultan los soldados españoles en Cuba.

Mientras conversan, el llamado Miguel mueve las manos gesticulando. Manolo observa una deformación en la mano derecha del nuevo amigo, tiene un dedo de más, pequeño, al lado del pulgar, entonces a Manolo se le iluminan los ojos y grita lleno de alegría:

—¡Negro…!

Este fija la vista en él y pregunta contrariado:

—¿De dónde me conoces por ese nombre?

—De la escuela, hombre, de Tirajana, de la escuela de Don Gaspar, ¿no te acuerdas de mí?

—No, no recuerdo —contesta Miguel.

En eso se incorpora Francisco en la conversación y mira extrañado a Manolo, queriéndolo reconocer también. Pero se le adelanta Manolo, que acaba de reconocerlo y le dice:

—Hombre, pues yo sí recuerdo aquel primer día que llegaste a clases, con la cabeza embadurnada todo de brillantina, y tirando los libros sobre el pupitre, dijiste con solemnidad:

—Buenos días, mi nombre es Francisco López Fuentes.

—¡Ja ja ja…!

Todos ríen del feliz recuerdo, felices de que algo tan natural e inocente del pasado les alegre sus preocupaciones actuales, se miran y ríen de nuevo la ocurrencia, y los tres hijos de San Bartolomé de Tirajana se abrazan de inmediato ante mi mirada complacida —recuerda Marcial.

Son antiguos condiscípulos de Don Gaspar, pero de diferentes cursos; ellos dos son primos, un poco mayores que Manolo, pero sucede que al terminar el primer curso Francisco y Miguel son llevados por sus padres a vivir en Valsequillo, y nunca más se habían visto. Ahora el destino los vuelve a unir de nuevo, ya jóvenes, unidos para enfrentar nuevos aciagos destinos.

—Ojalá nos destaquen juntos en Cuba —plantea Manolo—, así podremos recordar aquellos tiempos felices en que hacíamos tantas travesuras.

—Ojalá —repiten casi al unísono Francisco y Miguel—: ¡Ojalá!

Va cayendo la noche y el corneta toca llamando a descansar. Los cuatro jóvenes se despiden efusivamente y parten a dormir. El de mañana será otro nuevo día.

Mientras, el vapor sigue devorando lentamente las millas rumbo a Santiago de Cuba, donde desembarcarán todos para cumplir su misión de guerra. Así se lo han informado a algunos.

—Entonces, ¿nosotros no vamos para La Habana? —pregunta alguien.

—Parece que no, por algo navegamos hasta Santiago primero.

Si no fuera así hubiesen navegado directo hacia La Habana, la capital de Cuba— se aventura a asegurar Manolo.

- 4 -

Todo se aclara cuando, al aproximarse a Santiago de Cuba, ordenan a la tropa vestir sus trajes nuevos. Enarbolar su reluciente y moderno armamento y sus bien surtidas cartucheras. Ellos eran soldados del Rey, gloria de España, y debían lucir sus galas y su prestancia militar una vez que desembarcaran en puerto cubano.

Según el buque va penetrando en la amplia bahía santiaguera, desde otras cubiertas otros pasajeros señalaban hacia ellos. Quizás les llamaba la atención su juventud, su hidalguía, o quizás su inocencia. Para esos curiosos no les era desconocido el trágico final de muchos contingentes anteriores. Era notorio en Cuba que España los enviaba a esta isla siendo unos mozalbetes fuertes, saludables y los devolvía a la Metrópoli aquellos que podían regresar vivos enfermos de cólera, tuberculosis o lisiados por las heridas del temido machete mambí. Así regresarían también estos que acababan de arribar al puerto. Pero los recién llegados, inocentemente se jactabana la vista de los demás pasajeros, de que eran flamantes soldados del Rey de España. Y estos se compadecían de lo que serían en un breve lapso sus cortas vidas.

Se ve ya la ciudad de Santiago de Cuba con su imponente Castillo del Morro, antigua edificación que se erigió a principios de la colonización de esta isla para defender a los vecinos de los ataques de corsarios y piratas que pululaban por este hermoso Caribe.

El vapor va maniobrando ayudado por los prácticos del puerto y los pesados y fuertes remolcadores que ayudan a la nave a entrar al interior de la bahía. “Manolo y yo —rememora Marcial— desde una de las cubiertas observamos cómo se acerca un bote donde vienen las autoridades civiles, militares y eclesiásticas españolas a darnos la bienvenida y coordinar el desembarco de las tropas”.

—Si al menos nos ubicaran en un cuartel de la ciudad podríamos conocerla cuando estemos de patrulla de recorrido —piensa Manolo.

En aquella comitiva viajan el Prefecto de la ciudad, el General jefe militar de esta plaza y el Obispo de la Diócesis de Santiago de Cuba. Además, una representación de los comerciantes más ricos de la región, el Presidente del Casino Español y muchas personalidades más.

Estos se entrevistan con el capitán del vapor y con las distinguidas personalidades de la política y el comercio que en él viajan a Cuba. Asimismo con el jefe de las tropas que envía España para recrudecer más la guerra contra los mambises, que día a día ganan terreno en todo el país, como han comentado algunos que regresan. Ya se combate en las seis provincias de la Cuba, tal es la información que se filtra entre la tropa, conocida de trozos de conversaciones y las muchas indiscreciones que se cometen diariamente.

Manolo ve con cierta curiosidad a aquellos personajes que lucen más entorchados y medallas que los oficiales que ve en su pequeño pueblo. Además, estos son más serios, concentrados en no sabe qué pensamientos. Ahora avanzan con pie firme por la escalerilla que les posibilita abordar la nave. Ya en cubierta reciben el parte de salutación del Capitán, se estrechan fuertemente las manos y pasan revista a la tropa, formada para la ocasión ante la bandera española. Saludan militarmente a la vez que el Monseñor bendice a todos con su mano derecha, apoyando su izquierda en el gran crucifijo que pende de su pecho.

—¡Ya estamos en Cuba! —suspira fuertemente Manolo—. Ahora a ver a qué ciudad, pueblo, cuartel, somos asignados y cuáles serán las misiones de combate que nos serán asignadas. Tenemos que esperar, no desesperarnos, desde ahora esperar, no hay más remedio…

“Me mira —recuerda Marcial— y acaso porque me ve serio, preocupado, le corto su pequeña alegría y le trasmito, sin querer, mis presentimientos de que nuestra estancia en Cuba será fatídica, llena de contratiempos y combates. A Francisco y a Miguel no los vemos, es que ya están formados en las primeras filas, donde se encuentran los soldados más experimentados, los que llevan más tiempo en la colonia de Puerto Rico. A ellos, a “los nuevos”, los colocan detrás, donde las anchas espaldas de sus compañeros no permitirán que se les vea.

“¿Es que quieren ocultar la juventud, de estos últimos soldados que España envía a Cuba?” —se pregunta Manolo para sí.

—¡Atencióoon! —vocifera el Oficial de Guardia a la vez que informa al Jefe de las tropas que vienen en el vapor, que están atentos y listos para que les pueda dirigir la palabra. Y así lo hace:

—Soldados de su Majestad El Rey de España, soldados españoles: Han llegado a Santiago de Cuba, la segunda ciudad de Cuba, la Cuba española que ustedes vienen a preservar para nuestra querida España. Ustedes, con su actitud y su valor en los combates, derrotarán a esos insurrectos que tratan de arrebatar a Cuba de España, pero Cuba es y será siempre española.

—¡Que viva España!

—¡Que viva el Ejército Español!

Responden a coro los soldados a la vez que levantan sus flamantes fusiles, en los cuales refulgen las bayonetas, como si estuvieran sedientas de sangre mambisa y cubana.

Así pasa la tarde. Los soldados siguen en su formación, esperando que la comitiva termine de recorrer el vapor y de ser atendida por la alta oficialidad que la recibe. Hacia el final de la tarde, de nuevo la voz de ¡firmes!, los estrechones de manos, los saludos efusivos entre “los grandes”, hasta que parte el bote que los trajo a bordo y entonces se da la orden de romper la formación y acudir a comer el rancho. También hubo una pequeña alegría, el rancho de hoy es especial, y por demás se entregan tres paquetes de tabaco a cada soldado.

Después, a dormitar de nuevo en las calurosas bodegas, con ese calor que quema pese a que ya es principios de diciembre. Aun el frío no llega a este Caribe. Realmente Manolo, ni muchos otros, no se adaptan a este calor, sudamos a mares y los pensamientos y sueños vuelan hacia todo lo bello de la vida, hacia la familia, y llega la preocupación sobre cómo estarán sus padres, sus hermanos, sus novias, cómo estarán todos, ¿los recordarán?

- 5 –

—¡A levantarse, holgazanes!; recojan su indumentaria y hamacas y ¡a formar! — así grita el oficial de turno en el buque. Luego, con un tono menos autoritario, les confía:

—Hay buenas noticias para ustedes…

Y de nuevo el tono de mandón:

—Recojan sus pertenencias. No dejen nada en la bodega. ¡Y rápido!

Los más de mil hombres que forman esta tropa se apresuran a salir de las bodegas por las estrechas escotillas y mamparas hacia las cubiertas del barco donde van a ser formados. Cada cual se alista en el batallón al que pertenece. Frente a este la plana mayor de los mismos y, con el ceño fruncido, está el Gobernador de la Plaza de Santiago de Cuba, el mismo que los visitara ayer de tarde. Junto a él, el Jefe de las tropas acabadas de llegar en el vapor y el capitán de la nave. Todos permanecen muy serios y circunspectos. Se siente un clima tenso. Se aprecia a simple vista como un halo de incertidumbre y disgusto entre aquellos jefes.

El Gobernador de Santiago de Cuba se dirige a los batallones formados en perfecto orden. Toda la masa de soldados espera las nuevas noticias que comprenden están a punto de trasmitirles. Sienten temor por las misiones que saben que van a confiarles. Y Marcial, de memoria increíble, es capaz de reproducir, aproximadamente aquellos discursos. Nos cuenta:

Aquel Gobernador, acostumbrado a politiquear con sus discursos habló para la tropa, más o menos así:

—¡Valientes Soldados de Su Majestad el Rey de España!, hemos recibido órdenes del Señor Capitán General de la Isla, General Arsenio Martínez Campos, de trasladar los batallones recién llegados de la Madre Patria hasta el puerto de Cienfuegos. El buque en que viajan confortablemente debe seguir curso hasta esa ciudad del sur-central de Cuba. Allí ustedes van a reforzar a las tropas que están destacadas en la porción central de la Isla. Se trata de detener a toda costa a la Invasión de esos facinerosos que desde el 22 de octubre de 1895 partió de Oriente y se dirige hacia ese rumbo, incendiando y saqueando a su paso en ruta hacia el occidente del país. Estos batallones de heroicos y leales soldados españoles, conjuntamente con los que ocupan aquellos contornos tienen la honrosa misión de pararlos ahí. El enemigo no puede pasar de Las Villas, ¡esa tiene que ser su tumba! Allí existe un importante nudo ferroviario que facilita nuestras comunicaciones. Todo el occidente del país y su centro es vital para la economía de España en la isla. ¡Ustedes serán capaces de lograr esta misión que se inscribirá en los anales de la Historia de España!...

El Gobernador de Santiago de Cuba, entusiasmado por su patriótica apelación al orgullo español, que considera debe enardecer el ánimo patriótico de aquellos hombres, continúa su pieza oratoria. Sabe que debe ofrecer algunos datos a aquellos recién llegados sobre la fuerza adversaria, y expresa:

—Debo informarles que al frente de esas hordas de facinerosos van los cabecillas insurrectos, Máximo Gómez, un asesino internacional, extranjero, y el mulato Antonio Maceo, oriental mambí, que quieren apoderarse de la Siempre Fiel Isla de Cuba, cuyos mejores hombres no están dispuestos a permitirlo. Esos vándalos, émulos de Atila, van destruyendo y dándoles candela a ingenios, cañaverales, fincas de laboriosos españoles. ¡Todo lo destruyen a su paso! ¡Hay que pararlos a toda costa! En ello va la honra de España. ¡Y va la honra de cada uno de ustedes! ¡Viva España…!.

Todos los jefes y altos funcionarios del Gobierno de Su Majestad en el Oriente cubano aplauden y asienten con seriedad. Se estrechan las manos. Hacen breves apartes para impartir orientaciones más particulares de carácter militar y político, y entonces se disponen a marcharse. Las autoridades españolas del Oriente cubano parten hacia Santiago de Cuba en el bote que los llevó al barco. En éste quedan las tropas españolas y los pasajeros que esperan llegar a su destino final, La Habana, una vez que hayan bajado en Cienfuegos a los soldados que deberán asegurarles una estancia segura y feliz en la Capital, a donde no habrá peligro que lleguen los insurrectos émulos del bárbaro Atila.

El Gobernador de Santiago rumia su mal humor. Debido a esta contraorden no se pueden cargar las mercancías de la provincia, que estaban destinadas para la Capital de la Isla. Esto contraría grandemente al Gobernador de la plaza santiaguera, porque ve disminuidas sus ganancias y sus compromisos de negocios espurios con sus socios de la Capital, integrantes de la más rancia burguesía hispana. Los grandes bultos de cacao, café, carne salada y otros muchos productos suntuarios para las mesas y residencias de los capitalinos, han quedado en los muelles santiagueros hasta un próximo viaje. Siente también la honda preocupación por el avance de los insurrectos, ya no solo en el Oriente de la Isla, sino avanzando hacia el Occidente, al parecer indeteniblemente. Un escalofrío de alarma le recorre el cuerpo al pensar qué sucederá si esos soldados que acaba de despedir, más los otros que están allá, no logran contener a los odiados mambises. Piensa casi en voz alta:

—La guerra no debe llegar a esos confines, ¡válgame Dios!...

Una vez que parte el bote, con su ilustre carga, el jefe de la tropa en el buque “León XIII” comprende que debe jugar su papel de jefe de estas fuerzas, y así se dirige a sus hombres, con un discurso más o menos así:

—Oficiales y soldados de España, tenemos una misión importante que cumplir en los próximos días. Ustedes han escuchado al Gobernador de esta Plaza: no desembarcaremos aquí, en Santiago de Cuba. Seguimos para Cienfuegos, al centro sur de la isla. Cuando lleguemos nos dirán el lugar donde seremos ubicados, será en esa ciudad o en sus inmediaciones. Y no será nada fácil ni benévolo para nadie. Vayan metiéndose eso en sus cabezotas. No seremos un grupo de veraneantes que van a disfrutar la belleza de esa ciudad y sus playas aledañas. ¡Somos soldados de Su Majestad el Rey de España! y él ha puesto su confianza en nosotros. Vamos a impedir que esos facinerosos que quieren desgajar la isla de Cuba del seno de su Madre Patria realicen ese sacrilegio. ¡Quien no quiere a su Madre Patria no quiere ni a su madre biológica! En esa zona a la que vamos existe el nudo ferroviario de que nos habló el Gobernador de Santiago hace un rato. Seguramente tendremos que protegerlo. Eso es vital. He visto en los mapas que ese nudo une a las regiones oriental y occidental de la Isla. Y es nuestro deber sagrado, ante España y ante nuestro Rey y Señor, defenderlo a toda costa de esos facinerosos. Y hemos de evitar que continúen su ruta hacia el occidente. Partimos al amanecer a toda máquina para Cienfuegos. ¡La Historia hablará de nosotros! ¡Viva Españaaa!.

E inclinándose hacia un subalterno, ordenó:

— Oficial de guardia, disponga a la tropa para el rancho, el descanso y la travesía que se nos avecina.

—¡A la orden! —contesta el oficial—. Y girando sobre sus talones imparte las órdenes pertinentes para que se cumpla lo dispuesto.

 

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