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Página de Inicio Pretextos Obra Literaria de Andrés Daniel García Suárez La leva de los pobres

La leva de los pobres

Por Andrés García y Agustín Suárez

Capitulo V. El hombre y su destino

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Continúa así la vida rutinaria de Manolo y nuestra familia hasta que llega la fatídica mañana de mediados de septiembre de 1895. Ese día llegan los emisarios del Ejército Español a Cercados

de Araña. Vienen buscando jóvenes que servirán al Rey, para la gloria y las riquezas de la Corona. Es la mañana en que Manolo será sometido al cruel sorteo de donde salen los quintos, la carne de cañón en la lucha contra los mambises cubanos que luchan enconadamente por su libertad desde febrero de ese año.

 

Manolo va la plaza del pueblo donde es convocado y son alineados los jóvenes de igual apellido. El oficial español a cargo cuenta del 1 al 5 de la primera fila. Ese quinto hombre es separado de la hilera. Vuelve a contar y a sacar de fila a otro número 5. Lo repetirá tantas veces como sea necesario en toda la columna hasta completar la cantidad requerida de hombres a reclutar. Por supuesto, Manolo ha sido escogido. A partir de ahora su vida estará marcada por ese fatídico guarismo. Es un número más, ya no más una persona. Deberá partir a Cuba, al igual que Abel, a combatir en una guerra que no le incumbe. ¿A qué funcionario, a qué militar puede importarle sus aspiraciones de estudiar, de llegar a ser abogado para defender a los pobres igual que él, casase con su adorada Violeta, tener hijos y acompañar a sus padres? Acaba de ser seleccionado en el sorteo, es un número que tiene que ir a la guerra.

Llegué angustiado y corriendo, sudoroso, ansioso, agitado. Traigo una bolsa en una mano. Son los ahorros de la familia. Pido permiso y entablo una rápida conversación con mi hermano:

—Manolo, estos son nuestros ahorros, para tus estudios en la Universidad de La Laguna, en Santa Cruz de Tenerife, y para mi viaje a Cuba, donde te esperaría una vez que te hicieras abogado.

—¡Y maestro! —me responde Manolo aparentando entusiasmo pese a su tristeza.

—Tanto lo soñamos hermano —le digo casi en un sollozo—. Y ahora mira. Tanta esperanza tenía padre en esto, y ahora mira, hermano. Pero no importa, aquí hay más de 1 700 pesetas que hemos reunido para tus estudios y para irme a América a buscar fortuna. ¡Vaya hombre, que te las doy! Sales de esto, y punto. ¡Es decisión de la familia!

—¡No, hermano! —me corta Manolo, entristecido pero resuelto—. Es mi destino. Cumple con el tuyo y que la Virgen de la Candelaria nos proteja a los dos en nuestro sino.

—Vaya hombre, que no —insisto con vehemencia—. Que este dinero era para irnos los dos juntos a Cuba, ya papá lo sabe. Pero ahora tú con tus conocimientos, empiezas y terminas la carrera en la Universidad. Y yo a Cuba después, cuando termines nos reunimos en Cuba como planeamos. Eso será en 4 o 5 años, y así ayudamos bien a nuestra familia aquí. ¡No puedes irte!

Manolo me vuelve a mirar, siento respeto y cariño en su mirada, agradecimiento y fortaleza. Me respeta y me quiere como su hermano mayor, el que lo consentía, apoyaba y tapaba algunas de sus diabluras de niño y el que recibía sus confidencias de adolescente. Me abraza fuerte y largamente, y me dice muy convencido y firme:

—Que no, que ese dinero es del esfuerzo de todos. Irás a América, a Cuba. Te asentarás allí, cuando yo haya terminado mi servicio militar me buscarás y emprenderemos vidas nuevas juntos. Pero ahora, no, ahora uno de los dos se sacrificará por el bienestar de la familia, y ese soy yo. Si gastamos esas pesetas, ¿cómo irás luego a Cuba?, ¿cuándo las volveremos a reunir?

—Mira, Manolo —insisto entristecido por su decisión tan generosa— que los padres no quieren que te sacrifiques así. Todos tememos por tu vida, hermano querido.

—No, Juancho, iré a la guerra. Tú a América, después, dentro de algún tiempo, cuando nuestros padres se acostumbren a la idea de mi ausencia. Dile a nuestros padres, que recen mucho por mí, que se consuelen. Ya regresaremos tú y yo juntos… y llenos de pesetas.

Manolo trata de sonreírme, pero es una mueca lo que, llorando, veo en su rostro…

Se aferra a la idea de que, aunque sabe que estará dentro de poco peleando contra un enemigo que no le ha hecho nada, lo consuela que dentro de algunos años yo he de encontrarlo en Cuba. Vuelve a recordarnos nuestros planes descabellados, buscaremos novias, nos casaremos y disfrutaremos de la agradable temperatura, de la humedad, del verdor de la naturaleza, de ese verde que ha llegado a envidiar por ser tan perfecto, que no lo ha visto todavía, pero que le parece conocer desde que Abel se lo ha descrito con tanta viveza. Manolo continúa siendo un bendito soñador.

Se separa cariñosamente de mí y me conmina de nuevo a que me vaya, porque de lo contrario llamará a los superiores para que me despidan de allí. Y me aprieta y se separa. Esto lo hace lentamente, lloroso. Sale caminando con esfuerzo visible y no mira hacia atrás, no quiere verme abatido. Y yo también vuelvo el rostro para que no me vea llorando, ahogado por los sollozos y pensando que a mi hermanito amado se lo llevan a una guerra lejana, donde mueren todos los días españoles, canarios y cubanos, una guerra llena de sacrificios inútiles.

Allí queda mi hermano del alma, truncado su futuro, su futuro como abogado, maestro, “el abogado y maestro de los pobres”, como él mismo se ha autotitulado. Este recuerdo me llena de más rabia y sentimientos de odio contra un destino injusto, contra una política estúpida, contra un Gobierno insensible y unos políticos egoístas y mentirosos. Y voy rumiando por todo el camino de regreso una rabia impotente, y entre lágrimas incontenibles voy como un loco, imprecando, profiriendo insultos y vociferando malas palabras, por no poder impedirlo, por no poder cambiar un destino tan cruel… “¡Mi hermanito, cojones! ¡Mi hermanito!”, grito y lloro y vuelvo a gritar y a maldecir durante todo el camino de vuelta. Poco después eso me sirve de desahogo. Además, los padres no pueden veme llegar desesperado así. Comienzo a pensar más positivamente. ¡Mi hermano sobrevivirá!, ¡tiene que sobrevivir! Yo lo buscaré, lo encontraré y juntos iniciaremos una nueva vida, donde trabajando saldremos adelante, ayudaremos a nuestros padres y juntos nos casaremos con lindas cubanas, tendremos muchos hijos, tendremos tierras, y le arrancaremos abundantes frutos con nuestro trabajo. Nosotros sabemos trabajar duro la tierra, a eso nos enseñaron los padres. Y Manolo les enseñará a todos sus alumnos el sentido de humanidad y la lucha contra las guerras injustas, y como abogado de los pobres les ganará muchos pleitos a los ricos… ¡Sí, esa será su venganza! ¡Nuestra venganza familiar! ¡Esa será nuestra venganza contra los que nos arrancan ahora a Manolo de nuestro lado! ¡Esa será nuestra venganza contra los poderosos!...

—¡Gracias, Manolete, me has hecho también, con tu cariño, un soñador.

Ya próximo a nuestro hogar un recuerdo ocupa mi mente: la fiesta de cumpleaños de Manolo el 29 de julio pasado, cuando nos reunimos parientes y amigos a congratular al homenajeado por su onomástico y por su ya segura matrícula en la Universidad de La Laguna en Santa Cruz de Tenerife. Todos reíamos y estábamos felices. ¡Qué lejos de imaginar esta crueldad del destino! Comienzo a entristecerme de nuevo por este trance pero logro reponerme. Comprendo que las alegrías pasadas y el cariño entrañable no nos los quitará nadie. Todos sabremos pasar esta prueba. Y sigo recordando cómo aquel día nos reunimos: Juan y María, nuestros padres; Graciliano, su esposa e hijos; Don Gaspar, Mundo, Abel, Violeta, José, yo, y algunos más con Manolo, el homenajeado.

Posteriormente fueron llegando amigos de la escuela, de los trabajos, y del pueblo en general. Allí estaban, radiantes Aramilda, Pablo, Rolando, Carlos, Gregorio, Idania, Agustín, sus hijos Iván y Yari; Alberto, Bárbara, Norma, Paco y muchos más. Fue una fiesta linda, espontánea, con vinos blanco y tinto, elaborados por el amor y las sabias manos de su madre, acompañados por queso Mojoreno, de la isla de Fuerteventura, encargado para la ocasión por padre.

En esta fiesta familiar, como si supieran que iba a ser la última para Manolo, todos se disputaban saludarlo. Cómo rieron todos, cuánto bailaron al compás de las seguidillas, las síncopas, al rasgueo de las guitarras y los laúdes manejados suavemente por manos rústicas, que se revelaban no sólo hábiles para el trabajo sino exquisitas para la música a la vez. Manolo y Violeta bailaron y rieron mucho, muy juntos los dos, abrazados por primera vez. Sin que lo sospecharan, primera y última vez. Y cuántos cuentos y chanzas alegraron la fiesta familiar. ¡Qué lejos estábamos todos de pensar siquiera lo que deparaba el destino para el homenajeado. Aunque ni aun en ese momento feliz podía estar ausente el tema del conflicto entre España y Cuba.

Uno de los poetas improvisadores, Pablo, que compone y canta con cierto encanto, conocedor de lo sucedido con un “quinto” que hacía poco había partido a la guerra en Cuba, y que iba con la preocupación de toparse en el campo de batalla con un hermano suyo, canario como él, que se había pasado de las filas del Ejército Español para las filas insurrectas cubanas, improvisó entonces así:

Tengo un hermano en La Habana

dicen que insurrecto es.

Voy a luchar por la patria;

si lo encuentro, ¡madre mía!

¿Qué es lo que yo debo hacer?

Todos aplauden las imperfectas improvisaciones de Pablo, pero esta, especialmente, fue motivo para que algunos nos quedáramos pensativos y comenzaron las conversaciones más serias con el tema de la guerra. Después se incorporaron Panchito, y después muchos más que hicieron que la canturía se prolongara hasta bien entrada la noche, hasta que alguien recordó que al otro día esperaba el duro trabajo en las tierras áridas. Entonces todos partimos al descanso reparador de fuerzas y desdichas.

Estos últimos recuerdos recuperaron mi ánimo, y así pude llegar ante padres, a explicar lo sucedido, y hacer acopio de mucha, mucha fuerza para consolar a los afligidos viejos.

- 2 –

En la tarde, en una estrecha carreta son sacados del pueblo los fatídicamente elegidos. Continuarán después hasta Las Palmas de Gran Canaria. Hacía varios años que Manolo no visitaba esta gran ciudad. Tantos que apenas deberá recordar la última vez que estuvo allí. Seguramente la apreciará linda, deslumbrante, y quizá le sirva para animarse un tanto. Según pude conocer de oídas, en esa ciudad esperaban a los futuros soldados el Señor Gobernador Civil, señores del Ayuntamiento, de las corporaciones que dominan el panorama económico en cualquier isla de Canarias, más otras personalidades. También, agraciadas señoritas que obsequiaron a los reclutas con regalos y escapularios de la Virgen del Carmen.

El Ayuntamiento repartió a continuación 10 pesetas a cada soldado, 13 a los cabos y 16 a los sargentos. Asimismo regalaron cigarros, aunque por suerte Manolo no fumaba. Luego, la multitud de curiosos y familias de la localidad que tuvieron el dolor de decir adiós a sus propios hijos, los despidieron con amargura. Nosotros ninguno quisimos pasar ese nuevo trago amargo y escuchar sandeces como esa de que estos desgraciados jóvenes “embarcaban para la isla de Cuba para defender el honor nacional”.

En una siguiente parada de la comitiva, la tropa fue pertrechada. Cada hombre recibió un fusil Máuser, modelo español; dos trajes y un gorro de rayadillo que será su uniforme permanente; un morral con funda de gutapercha, un par de zapatos guajiros, y otros borceguíes para que se calzasen en el momento; una bolsa de aseo, una bota de vino, una cuchara y una fiambrera. Todos revisaron con desánimo sus nuevas y únicas pertenencias. Algunos, las armas entregadas las consideraban una especie de útiles de juego que no tuvieron en su niñez. Manolo no, para mi hermanito las armas nunca fueron su sueño en modo alguno.

En la tarde arribaron a su cuartel de acantonamiento. Quedaron apretados unos contra otros, en largas naves no muy limpias, todavía con los olores y recuerdos ingratos de quienes los antecedieron. Manolo seguramente observaría que todos son jóvenes como él, de aspecto sombrío y llorosos algunos, pero apenas tendría tiempo de fijarse en detalles porque les dan poco tiempo para esas meditaciones. Se les impide pensar mucho y por eso les ocupan cada momento de sus días con órdenes de algún oficial que les manda formar o hacer cualquier cosa. Quizá lo primero sería llamarlos por sus nombres, anotar en un documento único sus generales, el lugar de procedencia, o sea, pueblo o aldea donde residen y su dirección exacta, y a continuación los van formando en escuadras, pelotones, y compañías. Así lo cuenta y recuerda el pobre Abel, al cual me apego por estos días para que me cuente las costumbres y la vida de guerra en Cuba. Me dice que después de darle el armamento un oficial se les encara y les dice:

—¡Esta será su familia en los próximos ocho años! Su compañero de cuartel será su ser más querido y se apoyarán mutuamente.

Estoy seguro de que a Manolo se le haría un nudo en la garganta cuando escuchó eso y que pensaría en su familia verdadera. Y cuando acaso algunos rompan a llorar, Manolo seguro que no, el oficial se encolerizará y les gritará:

—En vez de lloriquear como mariquitas, prepárense para guerrear, que pronto, muy pronto, estarán sirviendo a España, en Cuba, en una guerra contra unos manigüeros (la mayoría seguro que escucha por primera vez esa palabra), que quieren separar a Cuba de España, y ¡Cuba es y será siempre española! ¡Viva España!...

Nadie responderá a ese grito y el oficial lo repetirá con mayor énfasis:

—¡Viva España!...

Entonces todos responderán sin mucho júbilo, más bien por temor a represalias del oficial, que les hará repetir una y otra vez esos vivas, hasta que logre que parezcan ser entusiastas y a una sola voz. Sólo entonces los dejará ir a comer su rancho, que todos considerarán sencillamente asqueroso, y a dormir en hamacas, no sin antes advertirles que mañana, a las 5:00 a.m. comenzarán las clases de preparación militar hasta que sean trasladados a Cuba…

Así lo relata Abel, que por su experiencia y la de los demás reclutas de distintos llamados, eso siempre es así mismo.

Muy pocos pegarán los ojos esa primera noche y a casi todos les parecerá que acababan de acostarse cuando escuchen por primera vez un grito estentóreo al que tendrán que acostumbrarse:

—¡A levantarse holgazanes! Son las 5 de la mañana…

El Oficial de Guardia será quien así vociferará cada amanecer. A la vez, la corneta comenzará un alarido discordante e inoportuno para ellos que quisieran seguir descansando, aturdiéndose en la semivigilia para no pensar en tantas cosas desagradables. Algunos pocos que han podido conciliar el sueño se despertarán sobresaltados al no verse en sus casas, al lado de su familia. Aquí no verán al padre y hermanos preparándose para la dura labor agrícola que les depara el amanecer; aquí verán a gente extraña, jóvenes hoscos y asustados que no se acaban de dar cuenta dónde están...

Todos esos recuerdos dolientes aún de Abel me entristecían hasta las lágrimas. Pienso ardientemente en Manolo. Seguramente mientras recoge su hamaca, buscará con la vista a algún conocido. Sólo entonces se percatará de que los otros jóvenes de su pueblo, no están en su compañía, ni siquiera en esta nave de madera y techo de zinc. ¿Estarán en el mismo cuartel?.

Fue en ese momento de desesperanza, acaso cuando pensaba disgustado: “¡Vaya suerte!”, y se preparaba a salir, cuando vio una mano que se extendía ante su cara y escucha una voz tímida que le dice:

—Hola, soy Marcial, de Telde.

Sería mucho tiempo después, al regreso de Marcial, al que tanto le debemos, que supe tantas cosas de Manolo. El fue su compañero de desdichas, y sería quien lo despidiera definitivamente…

Manolo responde aquel saludo con firmeza , a la vez que reciproca y agradece el gesto del muchacho, tan joven como él, más bajo de estatura, pero más robusto. Se ve a la legua que es un trabajador humilde de los campos canarios. Y gracias a él toda nuestra familia supo cómo fue la vida de Manolo en sus últimos tiempos. Pasamos horas y días interrogándolo, llorando juntos y él: afable, cariñoso, contándonos…

- 3 -

Comienza la rutina del día. Primero, las clases de táctica, infantería y tiro que imparten oficiales españoles carlistas, veteranos de las guerras que, fundamentalmente, ha llevado España contra los moros. Son hombres de aspecto duro y agrio, no se esfuerzan en ocultar su menosprecio por la bisoña tropa y juran y perjuran que les enseñarán el arte militar a toda costa y costo, por muy brutos que sean. Insisten en que los prepararán para que maten cubanos y cubanas, que en definitiva unas y otros han traicionado a España y al Rey, tratando de salirse de la gobernabilidad española. “Y quien no ama a la Madre Patria no ama ni a su madre biológica”, dicen.

Manolo, debido a su preparación académica lograda por el sacrifico de toda nuestra familia, asimila perfectamente las clases teóricas; pero en las prácticas presenta dificultades. Él no es militar, no le gusta esa carrera, a él lo que le gusta es ser maestro, periodista, profesor; quiere dedicarse a enseñar, a crear nuevos generaciones de canarios para que apoyados en los conocimientos, en la ciencia y la técnica ayuden a su país y a su gente salir de la pobreza, y labren la tierra con menor rigor y más productividad, utilizando los medios y los insumos más propicios. Le duele ver a hombres ya ancianos, y hasta a mujeres, romperse el espinazo todos los días sin poder salir de sus necesidades ancestrales.

“Esto de aprender a guerrear, a matar, no está en mi filosofía de la vida” —piensa—; “esta no es mi forma de apreciar y desear la vida…”

—¡Soldado!...

El grito de un sargento energúmeno, casi al oído, lo saca de sus meditaciones y lo sobresalta. Enseguida escucha que le preguntan:

—Nombre, apellidos y de dónde es.

Responde como un autómata, atropelladamente:

—Manolo Suárez León. Soy de Cercados de Araña, en San Bartolomé de Tirajana, Gran Canarias, señor.

— “Manolo” no es un nombre en un gran Ejército. Así le dirán en su casa, quienes los tienen ñoños a todos ustedes, ¡rediez!, ¡qué manera de criar imbéciles!... Su nombre será Manuel, ¿no?

—Sí, señor. Manuel Suárez León.

—Está bien, pero para la próxima, cuando un superior se dirija a usted, permanezca en posición de firme para responder, ¿entendido? Y atienda a las clases y déjese de mirar para las musarañas. ¡Descanse! —Y el sargento se retira a imperar sobre otro joven.

—Manolo, hombre, es mejor que atiendas para evitarse líos con estos tipos.

La voz de Marcial, el nuevo compañero amistoso, lo tranquiliza. Lo mira con aprobación y le sonríe. De pronto se da cuenta de que lo hace por primera vez en varios días, desde que comenzó esta pesadilla.

—Mira que este sargento es una bestia, —continúa Marcial—; ayer obligó a un “quinto” a estar parado en firme, al sol, con su fusil, canana y demás impedimenta por más de 1 hora. El pobre muchacho se orinó del miedo, y después lo obligó a correr casi una legua con toda esta impedimenta que pesa un mundo. ¡Qué abuso!

—¡Siooó!...

Ahora es Manolo quien manda a callar a su amigo. Criticar a la oficialidad que los prepara para combatir contra los cubanos en nombre de España y el Rey es una traición que se castiga fuertemente. Él no está de acuerdo con esto, pero es así y más vale precaver que tener que enfrentar los crueles castigos de la oficialidad.

Pasa ese día, otro, y otro más, y la vida se convierte en rutinaria, casi monótona. Clases teóricas por las mañanas, prácticas por las tardes, al sol. Y después, a la nave dormitorio, apretujados y malolientes. Todos anhelan que llegue la noche. Es el momento de pensar en sus queridos pueblos, más queridos ahora que los sienten lejanos. En sus padres, hermanos…

—Manolo pensaba mucho en ustedes —nos contaba Marcial—. No lograba separarlos de su mente. Lo mismo me ocurría a mí con respecto a mi familia. Y mirándome me decía: “Hablaba mucho de ti, Juancho, decía que eras su hermano más apegado, el que siempre lo protegía, el que hacía tu tarea en el rudo trabajo agrícola, para que el padre no lo regañara. Los recordaba a todos con cariño, casi con vehemencia, pero decía que sabía que tú sufrías su partida más que nadie, y que sabía que todos temían que le pasara algo en la guerra, como le dijiste en la despedida. Esto hacía quererlos más, extrañarlos más. Más incluso que a Violeta, cuya figura hermosa le parecía como desvaída en su imaginación. Él mismo no quería que así fuera, le parecía como una ingratitud suya al amor de la muchacha, pero le sucedía. Me lo confesó. Nosotros nos contábamos muchas cosas íntimas. Es que en las penas la amistad y la confianza se hacen muy necesarias para poder sobrevivir.

“Así se fue quedando dormido aquella noche. Lo embargó un sueño pesado, intranquilo, me contaría al amanecer. No había brisa alguna y en el interior de la nave de techo de zinc, el calor acumulado por un día de fuerte sol, quema los cuerpos. En la penumbra ve a sus compañeros igualmente sudorosos. Duermen en sus hamacas, y escucha cómo roncan, cómo hablan dormidos. Y también escucha a quienes, amparados por la noche, lejos de la vista de sus burlones compañeros y de los duros oficiales españoles, lloran. Lloran, sí, de miedo y de impotencia. Lloran los que extrañan a sus seres queridos y se ocultan avergonzados de los demás para hacerlo. Manolo pensaba que los flojos son más infelices que nadie, porque no saben llevar el sacrificio de la vida como hombres. Analiza que a ser hombres, a eso, los enseñaron sus padres. A él y a sus hermanos. Sus sobrinos no son así, pero ellos sí, el viejo Juan y también su madre, los enseñó a trabajar, a ser fuertes, a enfrentar la vida. Y Manolo lo agradecía desde el fondo de su corazón. Sus hermanos y él pueden vivir orgullosos y agradecidos de esa enseñanza, que a veces se le antojó demasiado rígida, pero que ahora le ha servido para soportar un tanto mejor esta desgracia…”

Así transcurre la noche, lenta, pesada, llena de malos sueños. De pronto, se escucha la corneta llamando a alarma. Su odioso alarido les va llegando como el restallido de un látigo, les cae encima con saña, lo odian de sólo pensarlo. Inmediatamente, detrás las voces de los oficiales de guardia llamándolos a gritos: que se despierten, que se vistan, que se armen, ¡pero rápido! ¡Yaaa!..., que salgan a la plazoleta en zafarrancho de combate, con toda la impedimenta arriba.

Manolo se apresura. Ve cómo Marcial ya casi sale a todo correr a ocupar su puesto en al formación. ¿Qué hora es, Dios mío? Se lo pregunta y no le da tiempo a responderse. Sin darse cuenta se ve entre los demás, en la fila, en su lugar. Frente a ellos, dos oficiales que no había visto hasta ahora, muy serios y circunspectos reclaman la atención de la tropa. Llega el jefe del cuartel, y con voz autoritaria les dice a gritos:

—Soldados de España: les ha llegado la hora de partir de su querida Gran Canaria. Van a Cuba a cumplir con su deber, a servir a España y al Rey. Hagan fe de lo que aquí les enseñamos. Cumplan con el sagrado deber de vencer o morir por la Madre Patria. Desde aquí sus familiares los verán orgullosos y los esperaran a su regreso con los brazos abiertos, llenos de fe en su victoria…

Y grita a todo pulmón:

—¡Que Viva España! ¡Que Viva España! ¡Que Viva España!

Toda la tropa, como se les ha enseñado, responde con energía el mismo viva. Es una energía ficticia. Un “¡Viva!” falso en su fuero interno.

—Apenas sin darnos cuenta —relataba Marcial— comenzará aquí una nueva etapa de nuestras vidas. Vamos a surcar ya el Océano Atlántico rumbo a Cuba, a la “Siempre Fiel Isla de Cuba”. A un cruel destino. Partimos inconcientes de ello, con sana ingenuidad lo aceptamos.

“—¡Voy para Cuba como soldado del Ejército Español! –nos decíamos cada uno de nosotros... Ya nos han inculcado el orgullo de algo por lo cual no tenemos que estar nada orgullosos.

“A las 8:00 a.m. llegan los batallones que conforman la tropa. Se nos concentra en la Alameda de la Marina, precedido de la charanga del Batallón Regional de Canarias que ejecuta el pasodoble de la zarzuela “Cádiz”. Nos despide el Sr. Gobernador Civil, personalidades del Ayuntamiento y muchos jefes y oficiales de los distintos cuerpos militares de guarnición de la Plaza”.

Llegan en formación hasta el faro del muelle. Allí se les permite a los soldados y oficiales que se despidan de sus familiares que, sin explicárselos ellos mismos, se han enterado de que embarcarán, así de improviso hacia Cuba.

—Ni a Manolo ni a mí —cuenta Marcial— nos fue posible hacerlo, no tuvimos tiempo de avisar a los nuestros. Nos sentimos compungidos, pero después, cuando lo pensamos mejor, nos alegramos. A todos nos hubiera sido demasiado duro esta nueva despedida, razonamos, no sé si para justificarnos.

“Embarcamos en lanchones que semejan largos ciempiés, por los largos remos que los impulsan hacia el grandioso trasatlántico. Es un vapor de la Compañía Trasatlántica Española de Manuel López. Al embarcarlos, un oficial quiso congraciarse, y nos dijo:

“—¡Vaya hombre, que navegarán de lujo!…

“Pero ni una sonrisa arrancó de ninguno de nosotros aunque aún no comprendiéramos la dura realidad que nos deparaba el destino.

“Una vez suministrado de agua, víveres, carbón, después de haber bajado a varios soldados enfermos, y completada su carga humana para la guerra, el navío parte rumbo a Cuba. Las otras embarcaciones surtas en puerto hallábanse empavesadas con grandes guirnaldas y gallardetes de colores vivos. Al pasar frente a ellos, la tropa expedicionaria es saludada por las tripulaciones respectivas. Algunos buques dejan escuchar sus roncas sirenas. Es el último recuerdo de la partida.

 

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