Get Adobe Flash player
Página de Inicio Pretextos Obra Literaria de Andrés Daniel García Suárez La leva de los pobres

La leva de los pobres

Por Andrés García y Agustín Suárez

Capítulo IV: El hombre y la guerra

- 1 -

La vida, entretanto, sigue su curso. Nicodemo, amigo de la infancia, es todo un comerciante de pescado que vive en Las Palmas, capital de Gran Canaria, donde tiene el grueso de su negocio; pero viene de vez en cuando al pueblo a visitar a sus padres, que nunca han querido abandonar sus tierras. En cada ocasión que llega, continúa demostrando su vieja costumbre de pavonearse acerca de todo lo material que ha conseguido en su vida. Es cierto que a pesar de su juventud es propietario de varios botes que pescan para él, y por supuesto, sus pescadores son los que capturan los pescados más grandes: samas, salemas, chernes, las ‘viejas’… Sus barcos son los mejor habilitados, su comercio el más preferido… y así.

Mientras tanto, nuestra familia ha conseguido incrementar su posesión de tierras y alcanzar mejor posición económica. En una primera época, los cultivos para la obtención de azúcar fueron los que más se extendieron: las plantaciones de caña, junto a los ingenios azucareros eran auténticos emporios que cultivaban, además, trigo y otros productos de consumo interno. Cuando fue necesario establecer nuevos cultivos para abastecer a las flotas que hacían escala en sus viajes a América, se extendieron los campos de cereales y, sobre todo, de vid, de la que se obtenía excelente materia prima para producir vino, que acabó convirtiéndose en uno de sus principales productos comerciales. Es ahí donde la familia incrementó su patrimonio, al lograr mejores cosechas de cereales; la vid, con cuyas uvas, principalmente moradas, producían buenos vinos, pero además cultivábamos tomates, papas y piñas, cuya dulzura las hacía famosas. Es así como pudimos comprar más tierras y esto nos puso en una situación económica más favorable, inclusive para los descendientes, como piensan nuestros padres.

- 2 –

Corre el año 1895, es el mes de junio y las noticias sobre la guerra que Cuba libra contra España son seguidas muy de cerca por los jóvenes canarios y sus familiares. Todos ven cómo los sorteos para reclutar a los mozos se incrementan. Los que van a la guerra son cada vez más y más.

Antes de ese año, la vida del soldado hispano en Cuba era rutinaria. Al cabo de los ocho años de servicio obligatorio regresaban tras permanecer en los cuarteles, patrullar los pueblos y los campos, y solo existía el peligro de las enfermedades tropicales. Pero no había guerra. Se trataba de ocupar un país que quería ser libre; pero que de momento no estaba luchando con las armas en las manos, después de una paz impuesta y protestada, al término de diez años muy azarosos.

A partir de febrero de 1895 se desencadenó una contienda que, aunque era la continuación de la anterior, ahora, dirigida por un Partido Revolucionario, creación del Apóstol cubano José Martí Pérez, había aprendido las lecciones que causaron el fracaso de la anterior y se desencadenaba pujante tras la incorporación a ella de los experimentados patriotas llegados a generales y las nuevas hornadas de criollos, a los que Martí llamó “los pinos nuevos”.

Era José Martí hijo de una canaria, Leonor Pérez Cabrera, nacida en Santa Cruz de Tenerife. Ella llegó a Cuba desde las Islas Afortunadas, como otros tantos emigrantes movidos por iguales necesidades y esperanzas y en Cuba engendró a quien tanto entregó por la libertad de la mayor de las Antillas, por todas estas y por Latinoamérica. Confieso que fue Manolo quien me ayudó a conocer tanto de la lejana Cuba, en el nuevo Continente. A él le debo el temprano conocimiento de esa isla caribeña en la que pasaría los últimos años de mi existencia. Pero, ¿quién lo iba a soñar entonces?

En Cuba, a partir de 1895, las acciones de guerra se incrementan. A las cada vez más numerosas bajas españolas por los avatares guerrilleros, se suman las cuantiosas causadas por el duro clima cubano, las enfermedades infecto-contagiosas que hacían decir al Generalísimo Máximo Gómez que sus “mejores generales son Julio, Agosto y Septiembre”, los meses lluviosos que incrementan el paludismo, la disentería, el vómito negro, el dengue, las diarreas infecciosas, la malaria, tantas enfermedades que diezman a las fuerzas españolas, mientras el sol tropical hasta destiñe las mejores telas europeas con que son confeccionadas las orgullosas banderas coloniales, como nos contaban los que volvían. Cada vez son más los soldados y oficiales que regresan lisiados por la metralla, el machete mambí y las enfermedades. Y son más los que no regresan.

La comidilla de las familias isleñas por esos días era la llegada del trasatlántico “San Agustín”, que hizo escala en Tenerife, con tropas repatriadas de Cuba y Puerto Rico, principalmente heridos, enfermos y mutilados de guerra. Se trataba de un barco grande, de 91,5 m. de eslora y 11,6 de manga; de 2 332 Ton. de peso bruto y 4 572 Ton. de desplazamiento, con una máquina de vapor de 400 caballos de fuerza. Un buque así debió conducir varios centenares de soldados, y su llegada a Tenerife causó una impresión inenarrable. Aquellos muchachos joviales y fuertes que partieron como soldados, bajaban ahora famélicos, enfermos del cuerpo y del ánimo; estragados, llenos de llagas purulentas, muchos lisiados, mutilados: parecían ancianos, y todos con el alma ensombrecida por los horrores de la guerra.

Y el pueblo se estremece al ver llegar a sus hijos. Llegan sin honores ni riquezas, pero muy marcados en su desdicha. Uno de ellos, apenas es reconocido por su familia. A los males enunciados como común denominador, este agrega un largo tajo que le cruza el rostro, partiendo de su oreja izquierda. Le falta la pierna derecha. Es un espectro, sin brillo en la mirada, responde amargamente con el rictus de lo que quiere parecer una sonrisa a quienes lo vienen a saludar. Es Abel, el hermano de Nicodemo. Pasados 5 largos años ha regresado como mutilado de guerra desde Cuba. Sus cuentos asombran a los hombres y espantan a las mujeres. Habla y habla, como temiendo que su voz se apague y que no puedan conocer todo lo vivido por él en Cuba, en los cuarteles militares españoles, donde los soldados hacían una vida de rutina, pero más o menos placentera, hasta que en febrero de 1895 comenzó de nuevo la guerra. Entonces la vida cambió y los reconocimientos del terreno, buscando las partidas de insurrectos y quienes lo apoyaban, se hicieron más constantes, debajo del plomo y el horroroso y temido machete de los mambises. Estos los asediaban a toda hora, peleaban duramente y no cejaban en la batalla.

Pero no solo morían a causa de la guerra en Cuba los canarios que en ella combatían, en Canarias también esta contienda cobraba sus victimas.

Abel ha llegado aquí y ha encontrado un pueblo herido, por no decir muerto, al menos muerto de pena y de desolación, porque sus jóvenes se han marchado…, se los han llevado más bien, para que mueran en otro lugar distante y ajeno. Los viejos no pueden con tanto trabajo, la sociedad se arruina aquí, y se desangra allá, se empobrece físicamente aquí y empobrece espiritualmente allá. Y Abel cuenta y razona…

—Yo digo que se necesita tanto valor para estar allá desesperado, y llegar aquí y ver este espectáculo de pueblo muerto, aterrado por lo que está pasando y por las penas que continuará pasando, cada vez que llega la noticia de un hijo muerto, o lo ven aparecer como aparecí yo…, y llego y me encuentro a hombres y a familias que he conocido en tiempos de paz y hoy los veo transfigurados, modificados en su íntima esencia, convertidos en personas con pensamientos lóbregos, con voluntad en aniquilamiento…; pero… lo que más aborrezco es que esto no le importa a nadie.

Aquí mismo, en San Bartolomé de Tirajana vive la familia de Amancio, que también fue llevado a la guerra en el sorteo anterior a este que presenció Manolo, y donde fui reclutado yo, solo que esta familia no ha tenido igual “suerte” que la mía, ya que Amancio era el único sostén económico de su familia, conformada por su madre, muy ancianita, y tres hermanas, de las cuales una es retrasada mental. Esta familia pasó, a causa de la guerra en Cuba, de una vida sin penurias económicas a una miseria espantosa; sobreviven gracias a la ayuda que las otras familias le brinda de sus también menguadas despensas… ¡Es horrible!

Esto sucede porque es Canarias el pueblo que está en peores condiciones para hacer tamaño sacrificio. Esto lo conoce muy bien el gobierno español, ya que el pueblo canario, en aras de defender las leyes del honor y el patriotismo y la honra y la integridad españolas, tiene que dar a sus mejores hijos, y los sacan de lo que hacen bien, a los que pueden labrar la tierra, forjar un porvenir y mantener a su familia, y los lanzan fuera de la patria para que conformen los contingentes de soldados para combatir en la guerra en el Caribe. A nadie puede ocultársele los graves prejuicios que la guerra de Cuba ha reportado para Las Islas Canarias.

La falta de brazos, al igual que cuando la contienda de 1868/1878, hará que los campos queden incultos, sin que sus propietarios puedan recoger cosecha alguna en mucho tiempo.

Cientos de familias pasan de la prosperidad, o al menos de los tiempos de bonanza económica, a la miseria, por la falta de quienes los mantenían. Muchas lágrimas derraman las madres, las hermanas, las abuelas, por la partida del ser querido, agonizando ante la idea de recibir la noticia de que ha caído en el fragor de los combates, o de que perezca algún familiar aquí antes de que aquel regrese al hogar. Estos pensamientos laceran el alma de demasiadas familias. Es dolorosa y muy cruel esta realidad que la guerra de Cuba, desde tan lejos, ocasiona a las familias canarias en las Islas Afortunadas…

Y Abel habla ya como un erudito en la materia. Lo ha aprendido con sus propias lágrimas, su sangre y su invalidez. Y él sigue razonando delante de todos los que le quieren escuchar:

—La familia de Amancio era dueña de una rica huerta en Ayacata, donde el padre y el hermano le arrancaban los frutos a la dura tierra canaria para sostén de la familia. La mayor parte de los cultivos son de secano (cebada, trigo, vid y patatas, de las que obtenían muchas variedades, y habas, de las que obtenían el gofio), más algunos incipientes cultivos de regadío especializados. Recuerdo que producían muy buenos plátanos, tabaco y tomates tempranos. Su huerta estaba bien atendida todo el año y el verdor resaltaba en la tierra árida, haciendo un bello contraste con el color característico de las infecundas tierras que prevalecen en el suelo canario.

Amancio y su padre trabajaban duro para sostener la familia, vendían los productos en las cercanas localidades de San Bartolomé (Tunte), Santa Águeda, Cercados de Espino, Cercados de Araña, El Tablero…, y los excedentes que le podían proporcionar algún metálico, se los vendían a un rico comerciante que a su vez lo comercializaba en Las Palmas de Gran Canaria.

“Todo esto fue así, hasta que el destino se ensañó con esta familia. Primero falleció el padre de una repentina enfermedad, bien me acuerdo, después reclutan a Amancio para la guerra, y esta familia cayó en al más espantosa miseria, como todos podemos ver ahora delante de nuestros ojos. Es solo un ejemplo que conocemos de cerca, pero así le sucede a miles de familias canarias a finales del siglo XIX… ¡Qué espanto, Dios mío!...”

- 3 -

Esta historia tan llena de dramatismo era contada de muchas maneras diferentes e iguales por toda la muchachada canaria que se convirtió en pocos años de guerra en una ruina humana. Se contaba con toda su crudeza, esa era la real vida de los quintos en Cuba. Participaron obligados en una guerra que no era su guerra, fueron arrastrados a ella por la voracidad de los gobernantes entonces de España y su empecinamiento de no perder su última colonia en América. Y estas tristes historias individuales eran escuchadas en cada corrillo de nuestras Islas Afortunadas y opacaban su apelativo. No, no podían ser Afortunadas las islas que padecieron tanto en la carne y sangre de sus hijos. Su gran carga de dramatismo llega a lo más profundo del corazón del pueblo canario, se comenta en círculos privados, en las casas, en los campos, por toda la sociedad. A todos les preocupa que sus hijos, jóvenes sin preparación ni vocación militar sean escogidos para el Ejército español. Ocurre como una protesta sorda, una ya no tan callada oposición a un régimen que no valora la sociedad isleña, ni ampara a sus hijos de tanta desdicha.

Don Gaspar, hombre respetado y venerado en el pueblo, por sus años y posición social, es muy amigo de nuestra familia Suárez León, y en una de sus visitas toca este tema con nuestro padre. Don Gaspar y padre hablan en casa un día y mis hermanos José, Manolo y yo los escuchamos, algo retirados, por respeto a los mayores. El diálogo lo comienza el viejo maestro:

Esta guerra es criminal. España se ha empecinado en no darles la libertad a los cubanos, es más bien por capricho, por amor propio. Cuba es la única colonia que queda en América, y no quieren perderla, y créanme que los cubanos están dispuestos a todo por lograr su independencia. Además, están dirigidos por un joven abogado, José Martí y Pérez, por cierto hijo de español y de canaria. Es un hombre que con su verbo ardiente ha logrado unir a todas las generaciones de patriotas cubanos, los de antes y los de ahora, para lograr la independencia. Es un líder nato y sus ideas son universales.

Padre mueve la cabeza, afirmando y le contesta:

Es verdad, Don Gaspar, es verdad todo lo que usted dice. Aquí se comenta que esta guerra está perdida para España; solo logra sacrificar a esta juventud que no sabe bien a lo que va; la guerra es dura, sí señor, y no se merecen morir por la Metrópoli, que la final también nos oprime a nosotros los canarios. Mire, yo tengo muy amarga experiencia de esto: mi tío Ruperto peleó en las guerras carlistas contra los moros, y al final regresó con el abdomen marcado por la metralla de una granada; vivió sus últimos días con alucinaciones y grandes dolores que le producía aquella atroz herida, que lo marcó para el resto de sus días. La metralla la tenía dentro de su cuerpo y dentro de su mente, y esto lo fue matando poco a poco. Y es lo mismo que sienten estos muchachos que nos han devuelto aquí. Son despojos de ellos mismos…

Don Gaspar toma de nuevo la palabra:

Se comenta que los refuerzos militares que llegaban a Cuba, sin entrenamiento, sin adaptación, quedaban fuera de combate casi inmediatamente en una proporción muy grande. No los acribillaba solo el enemigo, sino también las enfermedades tropicales. Me han asegurado que mueren en medio de la manigua, porque en los hospitales a los enfermos les dan de alta antes de tiempo, para que no se aflojaran las filas… La inmensa mayoría enterrada en la manigua, otra gran parte pudriéndose en los hospitales, y a los que nos devuelven repatriados, muchos van muriendo por esos mares, por esos caminos, por esos pueblos de Dios…; es horrible, Juan, toda esta juventud española, perdida oscura y tristemente en estas guerras…

¡Válgame Dios! acota padre, desesperado: ¡ningún hijo mío irá nunca a esa guerra, aunque gaste en ello mi última peseta. ¡Pobres muchachos!

No se sabe a ciencia cierta dice Don Gaspar qué ha sido de los desaparecidos, o ignorados, que no están allá ni acá, e incluso, de los que nos regresaron a la Península, y a Canarias, ¿cuántos lograrán vencer la anemia, la tuberculosis, con que los devuelven?

Y continúa el buen viejo:

Por eso, la opinión española está muy impresionada. Me comenta mi primo Domingo, por carta desde Toledo, que todos los españoles están muy dolidos, por la muerte en la travesía de los soldados enfermos; soldados que tienen por tumba el mar. Todos se preguntan si alguien les rezó una oración; ningún signo, ningún rastro quedará para señalar su paso por el triste sendero de sus infortunadas vidas; las madres no tendrán el consuelo de que una cruz, una lápida que se alce sobre su sepulcro en suelo de Cuba, y mucho menos en el inmenso mar...

¡Qué visión más tremendamente horripilante, más dantesca sigue diciendo Don Gaspar la de los cadáveres de nuestros hijos españoles devorados por los tiburones, cuando lanzan sus cuerpos para que el mar les sirva de mortaja, único camposanto disponible para sus restos mortales, ¡válgame Dios! exclama, y una lágrima corre por su mejilla. ¡Nuestros jóvenes no merecen ese cruel destino!…

Y padre y Don Gaspar se persignan, y enjugan las lágrimas que les queman sus mejillas curtidas por tanto sol y tanta labor honesta… Es el dolor del padre, del maestro, el mismo de tantos familiares que ven a los jóvenes crecer desde niños, los forman, los educan, los convierten en hombres de bien, y aspiran a que tengan una vida larga y decorosa, útil para la sociedad y la patria, pero nunca de esa manera tan absurda de defender intereses que no son legítimos ni verdaderamente patrióticos. Y esos hombres ya ancianos y todos los familiares sienten compasión por las almas de los “quintos” inmolados en nombre de la nada. Compasión por las almas de esos soldados españoles, que son enviados a Cuba, para un viaje sin regreso, en muchos de los casos.

Deberíamos preguntarles a la Sanidad Militar del Ejército Español dice de pronto padre, que se había quedado pensativo y silencioso–. ¿Por qué esos jóvenes que embarcaron de la Península, y de Canarias, jóvenes robustos, sanos, alegres, con el alma henchida de esperanza, se volvieron en corto tiempo seres alucinados, y vuelven a nuestros brazos como un ejército de espectros? Tenemos que hacer algo expresa por último, no muy seguro.

Don Gaspar afirma con un movimiento mecánico de su cabeza, como pensando en la inutilidad de cualquier tipo de gestión al respecto y se levanta despidiéndose cortésmente. Es como si no quisiera continuar esa conversación, para no herir más los sentimientos de un padre, que tiene hijos jóvenes, que pueden ser enviados a la guerra. Padre entiende su postura y no lo detiene. Se despiden efusivamente y padre queda largo rato sentado, solo en la sala, contemplando por la ventana la noche estrellada. Por respeto y consideración con él, los demás miembros de la familia no le interrumpimos su silencio, y nos retiramos uno a uno a descansar, pidiéndoles la bendición sin hacer comentario alguno. Esa noche, Padre no dormirá bien. Ni yo tampoco. Y creo que nadie en casa.

Manolo y José conjuntamente conmigo hemos escuchado toda la conversación de los dos ancianos, sin osar intervenir para nada en ella, porque ni aún a nosotros que ya no somos menores, se nos permite inmiscuirnos en las conversaciones de los mayores de la familia. Por eso todos los de la casa, preocupados por los graves acontecimientos, hemos permanecido escondidos, escuchando detrás de la pared, a expensas de recibir unos buenos mojicones si padre nos sorprende.

Los certeros razonamientos de ambos ancianos han hecho mella en el ánimo de todos en el hogar. Para Manolo, la fuente inagotable de la sabiduría es la lectura y esa afición lo lleva a leer todo lo que llega a sus manos. Últimamente ha buscado información sobre América, sobre la isla de Cuba y otras del Caribe y comparte conmigo y con José sus conocimientos. Por esta vía, a través de un recorte de periódico que alguien envió a un vecino de su terruño, conoce lo que habla de Cuba el político, diplomático y periodista Fernando León y Castillo. Se trata de un firme e intransigente partidario del status colonial de las islas caribeñas de Cuba y Puerto Rico.

Aquel erudito considera que debe mantenerse a toda costa y costo, por el bien de la Metrópoli española, pero nada dice del beneficio para la humilde población hispana. Y el muchacho razona, ayudado por los análisis de Don Gaspar, que este y padre tienen razón en lo que dicen, ¡esta guerra es injusta!, y llevar a ella, a la fuerza a quienes no la aprueban, a morir o a mal vivir una vez qué regresan de ella, es más injusto aún. El ejemplo más cercano es el de Abel, recién llegado de un infierno que lo mutiló de cuerpo y alma. Éste, desde que llegó, trata infructuosamente de encontrar empleo. Enarbola como razones, sus méritos al servicio del ejército español. Es un mutilado de guerra, es hombre que ha sido afectado sirviendo a España y al Rey. Pero el tiempo pasa y no halla empleo, pronto su entusiasmo se nubla, nadie le reconoce nada, es uno más del pueblo, es uno más de la juventud española actual, que tuvo la desgracia de ir a una guerra que no era suya, que viven marginados y pobres, rompiéndose el lomo día a día, sacándole a la tierra los frutos que les permiten llevar a la mesa los menguados alimentos para que subsista su familia. Pero él es mutilado, y no puede con el azadón, ni con la yunta de bueyes que tiran del arado que hiende la tierra trazándole profundos surcos en busca de la necesaria y casi nula humedad que le permita a la semilla germinar y dar paso a la vegetación, que ayude a subsistir, a vivir, a soñar … a veces. Y no se le considera, y se le empareja con otros de menores merecimientos, y no se les ofrece trabajo ni medios de vida siquiera decorosa, porque no aspira a nada más. Y Abel comprende que ésta es la fatídica realidad de los soldados que han servido a España en su guerra imperial contra Cuba. Tantos que salieron jóvenes robustos, llenos de vida, y ahora regresan que ni para trabajar sirven… Y mucho menos ya para soñar…

-4-

Ese es también el pecado de Manolo, soñar mucho. Sueña con tierras húmedas, de una vegetación de un verde esplendoroso, algo como para envidiar. Sueña con estar en Cuba, América, como conquistador de sueños, de fortuna. Quiere conocer el Nuevo Mundo y darse a conocer como el abogado que será, ganando pleitos a favor de los desposeídos, de los que les quieren despojar de sus tierras. Él es del campo, conoce el valor de la propiedad de tierras, ésta ayuda a vivir, a fomentar la vida. No hay dudas él será el abogado de los pobres en Cuba, de sus hermanos canarios, ya asentados, trabajadores y laboriosos como nadie, pero explotados por sus iguales, los españoles que han triunfado, no en al guerra, si no en la conquista económica de la isla. Porque aunque pierdan las guerras en Cuba, no les merma su poderío económico. España es ama y señora todavía, y los españoles en Cuba, también.

Aparte de soñar, Manolo se va informando para alimentar sus sueños. Durante sus encuentros y conversaciones con Abel, le pregunta cómo se vive en los pueblos y ciudades; si son lindas las cubanas, si los soldados pueden salir a pasear en sus días de asueto, si pueden disponer del dinero de la paga para divertirse, si se les permite ir a bailar…

Abel lo mira compadeciéndose de su inocencia y le responde entristecido:

—No, Manolo, el soldado no sale del cuartel, no pasea, mucho menos se divierte, el soldado es para custodiar, pelear, morir, y si tiene suerte regresa a casa como yo: mutilado… —y mueve el muñón de su pierna ante los ojos asombrados de Manolo, como una denuncia, como una queja que eternamente lo marcará por el resto de su vida.

Abel le muestra a mi hermanito la herida de la amputación, fresca, con la epidermis débil, y a Manolo le parece que va a romperse de nuevo la piel y brotará la sangre de su amigo.

Relata Abel cómo la vida del soldado español era rutinaria antes de febrero del 1895; lo que más molestaba era el calor infernal, característico del clima tropical en Cuba; las plagas de los mosquitos y otros insectos, que mortificaban con su zumbido y enfermaban con sus picadas. Sentían sobre sí las miradas inquisidoras o acusadoras de los criollos que nunca les sonreían, ni hablaban, aunque su comportamiento hacia ellos era más bien como de compasión, más que de odio. Y ellos se sentían mejor en los cuarteles aunque estuvieran amontonados, pálidos, exhaustos por las largas caminatas, las guardias interminables en los fortines, siempre maltratados por los superiores, siempre aburridos por el tedio de las mismas costumbres: después del rancho, generalmente malo, dormir en las hamacas, y al día siguiente la diana temprano, y lo mismo, siempre lo mismo.

Pero una vez comenzada la guerra, la cosa cambió. Todo fue tomando un aspecto de espanto, de odios sin límites en los pueblos, ciudades, y en el campo de batalla. Españoles y cubanos, se batían con fiereza. A los miembros de los bandos contendientes les era imposible pensar siquiera en la posibilidad de caer prisioneros, por ello luchaban tenazmente por salvar su honra, primero muertos que prisioneros, y esto los hacía combatir así fieramente, con odios que laceraban el alma…

Abel iba entusiasmándose con los recuerdos, le parecía revivirlos y se notaba la emoción en sus palabras:

—Quienes salíamos de reconocimiento, siempre lo hacíamos bajo la mirada escrutadora de las vanguardias mambisas. Uno no los veía, pero sentíamos sus ojos sobre nuestros movimientos, y de pronto, nos tiroteaban. Nos atacaban constantemente, no nos dejaban en paz un solo segundo, salían de la nada y como un rayo descargaban su fuerza sobre nosotros, y desaparecían como si se los hubiera tragado la tierra. Apenas podíamos descansar de día o de noche. Y pese a eso, debíamos seguir reconociendo el terreno, y seguir jugándonos la vida cada minuto, al día siguiente, y al otro, y al otro, aunque el cansancio y las enfermedades nos mataran poco a poco. Nunca veía la hora dichosa que terminara mi servicio. Soñaba con regresar a mi pueblo, joven, fuerte, pero entonces sucedió, lo inesperado, lo que nunca debió pasar…

“Una noche, una calurosa noche de mayo, estoy en mi cuartel, era el 4 de mayo de 1895, ¿crees que pudiera olvidarlo? Pensaba que sería mi día de asueto, hacía poco que me habían asignado a un fortín cercano a la ciudad de Cienfuegos, que está en el centro-sur de la isla, una linda ciudad, fundada por franceses en 1819, que apenas pude ver, aunque los que lo hicieron la elogiaban mucho. El fuerte era de forma hexagonal, de tres pisos, donde yo con 35 soldados mas, cuidábamos la vía férrea que entra a esa ciudad, procedentes de un pueblo llamado Palmira. Debíamos custodiar la seguridad de la vía y de los trenes que llegan desde Santa Clara, vía Palmira. Eran trenes con pertrechos militares y víveres para la tropa y los habitantes de esa ciudad.

“Desde el mes de abril de 1895 ya la lucha insurrecta ha alcanzado la región de Cienfuegos. Las acciones combativas de la Brigada de Cienfuegos, se hacen sentir en la comarca. Pero yo me siento, como mis demás compañeros, favorecido por nuestra nueva misión, porque estábamos muy cerca de la ciudad, y seguramente no se acercará el enemigo. Antes del amanecer salgo presto a cumplir mi turno de centinela.

La madrugada transcurre plácidamente, la brisa matinal corta las últimas penumbras. De pronto se siente cercano un ruido de caballería, y de inmediato, disparos. ¡Nos atacan!... Una partida mambisa nos tirotea, casi a las puertas de la ciudad. ¡Están locos!, pensé. En la confusión inicial no atiné a disparar al enemigo. El corneta da el toque de alarma, aunque ya todos lo habíamos sentido, y ya se tomaban las medidas necesarias para repeler el ataque. Pero éste termina como comenzó, de improviso y en medio de un silencio total. Entonces es que me doy cuenta que he sido herido a la altura del mulso y que sangro. Pido a gritos que me asistan. Entonces, mis compañeros me bajan con dificultad del nivel donde estaba asignado. Ya en la planta baja me reconoce el teniente, jefe del fortín y dice indiferente:

“—No es nada, él protesta porque sangra mucho y le tiene miedo a la sangre, así son los niños mimados de mamá… Vamos a curar ahora la herida y mañana lo llevaremos al hospital. Ahora estese quieto, que debo informar de esta escaramuza, de la cual hicimos huir a los facinerosos…

“¿Huir?, -pensé-, si casi se meten aquí y se fueron cuando quisieron… apenas estuvieron aquí, sólo el tiempo necesario para herirme, ¡qué suerte la mía!

“Esa noche la pasé incómodo. La fiebre me estuvo rondando, aunque era época de calor, sentí frío, pero el muslo lo sentía caliente y la herida me dolía. Cuando me palpaba el muslo notaba el abultamiento del proyectil, no me salió del cuerpo, y esto no me gustó. Esa madrugada se tornó la más larga de mi vida. Caí en un sopor que me venció, y entre sobresaltos, termina esa noche y amanecí ya con mucha fiebre alta que me quema el cuerpo todo, y la entrada de la bala, primero ennegrecida por la pólvora, ahora se tornó rojiza e hinchada. Por fin aparece el médico de guarnición de Cienfuegos, reconoce la herida y haciendo un rictus de tristeza le confiesa al teniente en voz baja, pero pude escucharlo, pese a mi soñolencia:

“—Llévenlo al Hospital que esto está feo, creo que está poniéndose gangrenosa y si es así… hay que amputar.

“Creo que grité despavorido, pero las fuerzas me abandonaban de nuevo y caí en un estado de inconciencia. Cuando desperté, estaba en el Hospital Civil de Cienfuegos. Por una ventana de la planta alta donde estaba vi algo lejano el azul intenso de las apacibles aguas de la bahía. Estaba rodeado de enfermeras del Cuerpo de Sanidad Militar que me atendían y me miraban con ojos en que leía tristeza, o pena, o qué se yo. Sentí como una sensación extraña de vacío muy grande en mi pierna izquierda herida y cuando quise tocarla comprendí, horrorizado, que la había perdido.

—¡La han amputado!, ¡me han cortado mi pierna!, grité lleno de pánico, y comencé a sacudirme en la cama con violentos espasmos.

“Llegaron unos doctores y una monjita a tratar de consolarme. ¿Tú crees que algo o alguien me contentaran? ¿Te imaginas comprender de pronto que había perdido toda mi gracia juvenil, mi presencia, mi hombría de joven sano? Cortado, mancillado, desgraciado. Y grité y blasfemé e insulté a todos y grité más y hablé malo, y lloré, hasta que me inyectaron para dormirme. Temen que la herida se abra y haya que operar de nuevo, pero a mi ya no me importaba nada. Apenas podía aguantar el dolor y caí nuevamente en un sopor. Así estuve muchos días. Gritando, llorando, insultando, durmiéndome con inyecciones, y ni se. Así transcurrió aproximadamente un mes, convaleciendo de la herida, hasta que me comunicaron que regresaría a Canarias. Te juro que no me alegré nada.

“Hice el mismo recorrido, pero a la inversa, desde de La Habana a Puerto Rico, de aquí a Santa Cruz de Tenerife, y después hasta Las Palmas de Gran Canaria. Y a San Bartolomé de Tirajana. Tú sabes ya lo demás… Soy un despojo humano, a nadie, a no ser mi familia y amigos como tú, les importa un carajo mi vida. Ni a las autoridades españolas, mucho menos a la sociedad de pudientes que continúan esta guerra maldita…”

Abel cesa de hablar. Queda serio y ceñudo.

Manolo no sabe qué decir. Ha escuchado la larga relación del relato de Abel como entre brumas, en que la pena y la indignación lo dejan mudo y golpeado en su psiquis. Toma de la mano al amigo y se despide angustiado. Y no le hace una pregunta que le martillaba:

—¿Hay muchas tormentas en Cuba? ¿Truena y relampaguea mucho?...

Y queda sin saberlo, porque Abel está como adormilado. O medio muerto.

Formulario de Acceso


Síguenos en...




¿Quién está en línea?

Tenemos 54 invitados conectado(s)

Contador de visitas

mod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_counter
mod_vvisit_counterHoy878
mod_vvisit_counterAyer1178
mod_vvisit_counterEsta semana8969
mod_vvisit_counterEste mes25093
mod_vvisit_counterHasta la fecha1090480

  • AlasCUBA
  • Revista la Alcazaba
  • Azurina
  • Cinosargo
  • Cuba Literaria
  • Cubarte
  • EcuRed
  • El Caimán Barbudo
  • Haciendo Almas
  • Il Convivio
  • La Jiribilla
  • Lettres de Cuba
  • Museo Nacional de Bellas Artes
  • Palabras Diversas
  • Poetas del Mundo
  • Red Mundial de Escritores en Español
  • Revista de Cine cubano
  • Unión de Escritores y Artistas de Cuba
  • Teatro de los Elementos
  • Revista Digital Guaitiní, Miami