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Página de Inicio Pretextos Obra Literaria de Andrés Daniel García Suárez La leva de los pobres

La leva de los pobres

Por Andrés García y Agustín Suárez

Capitulo III: El hombre y sus pasiones

Manolo, con ser el más joven, sí tiene novia aunque aún no ha pensado en serio en oficializar un noviazgo con la linda Violeta, hija de unos vecinos cercanos que se le ha prendido en el corazón. Creo que su timidez y forma correcta de comportarse le impiden acercarse a la muchacha, a la cual dirige encendidas miradas que ésta evade con una mezcla de timidez y zalamería. Ella sabe que él la pretende, aunque no se le han escapado palabras para decirlo, pero sus ojos lo delatan y ella aguarda que sea él quien se le declare, como mandan las reglas de la sociedad y el buen comportamiento de las damas. Ella espera ansiosamente que venza su timidez, aunque seguramente ha pensado que va a tener que ayudarlo de alguna manera…

Pero si Manolo resulta un joven introvertido y puede parecer tímido, en realidad es indeciso en relación con los asuntos amorosos; porque sufrió una experiencia erótica que lo dejó marcado para toda su vida y que nadie sospecha. El suceso acaeció un tiempo atrás y aún está conmocionado. Y lo ha callado. Ninguno otro de nuestros familiares, ni amigos, ni ajenos, han podido conocer su dolorosa historia. Solo me la confió a mí y lo hizo después de vencer su indecisión; varias veces trató de hacerlo y a última hora se arrepentía y mantenía un secreto que le atenazaba el alma y le dolía, hasta que un día, cuando ya no podía más, me lo confió.

Había amado ¡y cuánto! a una muchacha muy bella y hermosa, aunque casi una niña, que conoció casualmente en un viaje a Las Palmas de Gran Canaria. Fue cuando llevó a la abuela, prácticamente ciega, a un afamado especialista de la vista. Juntando todos los ahorros de la familia, logramos sumar un pequeño tesoro para pagarle a aquel médico adinerado que tenía una residencia lujosamente amueblada. Manolo y nuestra abuela llegaron fuera del horario de turnos; pero el profesional aceptó examinarla. La enfermera que lo asistía y él se encerraron con la abuela en una especie de laboratorio para hacerle todo tipo de pruebas. Manolo quedó en la sala de espera. Y como demoraban y se aburría, recordó que el médico le dijo que se pusiera cómodo y si le gustaba leer fuera a la habitación contigua donde tenía una buena biblioteca. Transpuso un salón con su mobiliario antiguo y su limpieza y orden de museo. Todo impecable. Todo como si no se pudiera tocar. Continuó a inspeccionar el lugar, no tanto porque quisiera leer algo en específico, sino como para saber las obras que leía un médico famoso y más bien con la idea de matar la abulia e ir contemplando cómo vivían los ricos en su país. Penetró en la biblioteca, toda una gran habitación con paredes tapiadas de estantes con libros de todos colores y tamaños. Recorrió con la vista aquel camposanto de papelería y… fue entonces cuando tuvo aquella visión maravillosa.

Era una especie de ángel, o de ánima que flotaba sobre un armario alto.

La observó durante unos segundos, ¿o fueron minutos?, hasta comprender que se trataba de un maravilloso ser real, una niña, o adolescente, que buscaba algo en un estante superior. Estaba de espaldas, enfundada en una especie de bata de dormir transparente y en pantaloncitos íntimos. Dejaba ver unas piernas y muslos esculturales y unas nalgas prodigiosas, rosadas, tiernas… Jamás en sus cortos años de edad pensó ver algo semejante. Es que no imaginaba que una criatura real pudiera parecer tan vaporosa, tan hermosa, tan etérea…, que tal fue la palabreja que él empleó al contármelo. Claro, me tuvo que explicar que eso quería decir volátil, sutil, ligera, para poder entenderlo. Dijo que ni un ángel tuviera tales atributos de hermosura. Quedó petrificado a sus espaldas, admirándola como si fuera un sueño, un ser encantado…

—¡Qué delicia de criatura, Dios mío…!.

Al parecer pensó así en voz alta, porque aquella visión se volteó y Manolo vio aquellos ojos color del mar que le parecieron los más hermosos del mundo, grandes, reidores como aquellos labios que le sonrieron con tanta voluptuosidad que quedó alterado por primera vez en su existencia, muchísimo más que cuando miró los ojos de Caridad, la nieta de Don Gaspar, su maestro de primaria.

Aquella adolescente bajó sin prisa del estante, descalza y sin prejuicios, buscó las pantuflas que tenía por algún lado y sonriendo ampliamente mientras se calzaba, feliz del efecto que había causado en aquel joven boquiabierto que la taladraba con sus ojos golosos, fue a extenderle su mano cálida y blanquísima, que se perdió en la poderosa y áspera de Manolo, que no dejaba de mirarla embelesado. Al estrecharse las diestras, el recio campesino sintió como un corrientazo que lo perturbó aún más. Fue la primera vez que experimentó esa sensación alucinante. Escuchó su voz, un susurro cantarino que le recordó los canarios de su ciudad.

Llámame Clarita. Soy la nieta del doctor y estoy aquí de vacaciones, por cierto aburriéndome espantosamente. ¿Cómo te llamas tú?

Me llamo Manolo…balbuceó y jamás había visto a una muchacha tan bella como tú…

Ella le dijo que tenía 15 años, pero luego, riendo, rectificó:

La verdad es que tengo solo 14 años, pero me da pena decirlo porque pueden pensar que soy una bebita… y no lo soy.

Manolo se atrevió aún más. No sabía de dónde sacaba esa valentía para dirigirse a una desconocida, y para colmo, rica…

Claro que no eres una bebita. Se aprecia que has crecido…, que te has desarrollado, que eres muy despierta… y que tendrás loco a los muchachos de tu edad…

Te equivocas. No quiero nada con muchachos de mi edad. Esos sí son bebitos todos. Yo, yo acabo de terminar una relación que me ha dolido demasiado, y debo despejar mi cabeza. Tampoco soporto a los niños mimados que creen que todo se lo merecen. Me gustan los jóvenes recios como tú, jóvenes de la tierra, fuertes, respetuosos…; aunque espero que seas decidido. Estoy necesitando una compañía que me haga olvidar lo que me duele demasiado. Mi…, mi relación me abandonó, se fue para Francia, detrás de su mamita… Y tú, tú me gustas, Manolo… ¿Dijiste que te llamas Manolo, no? ¿A qué viniste aquí?

Manolo le explicó que su abuelo estaba consultando a su abuela. Entonces ella le dijo:

Ven aquí… Mi abuelo es capaz de estar dos horas consultando un caso.

Y repitió aquella invitación:

Ven aquí…

¿Sueño? ¿Imaginación? ¿Fantasía? Manolo no lo supo. Solo recordará para siempre que aquella diosa lo atrajo y lo besó. No fue un beso convencional de una mujer enamorada a su novio, fue un beso que por primera vez le hizo comprender que existía algo que nunca había imaginado. Un beso con un estilete que penetró en su cavidad bucal hasta las amígdalas, literalmente hasta las amígdalas, y lo transportó a otra galaxia. Y él la estrechó aún más, se apretó contra aquel cuerpo duro, firme, inimaginado. Volvieron a besarse de manera tal como jamás mi hermano, que era aún un muchacho, pensó ni en sueños. Enseguida quedó como petrificado. Azorado más bien. Y ella rió de buena gana.

A ese beso yo lo llamo “del tranvía”…: despacito y tocando la campanilla…

Y como comprendiera, quizás por la expresión atontada, que no la había entendido, acaso porque nunca había visto un tranvía, le preguntó:

¿Nunca has ido a Madrid? Allá es donde yo vivo.

Él le confesó que nunca había salido de sus Islas Afortunadas, y que era la primera vez que venía a la capital de éstas. Clarita le explicó entonces lo que era el tranvía madrileño. Y volvió a besarlo con sus sabias maneras, que él se empeñaba en reciprocar burdamente.

Continuaban abrazados, allí de pie en medio de la biblioteca, y ella sintió a Manolo que se enardecía con tales caricias insospechadas, que si bien al inicio lo sorprendieron y anularon su capacidad de actuar, ahora su naturaleza juvenil respondía con toda su plenitud. Ella se excitó vivamente. Y, acostumbrada evidentemente a tales trances, tomó la acción y se ofreció con espontaneidad. Sus senos querían salirse de la batica de casa transparente, y ella provocó el desenlace. Ante los ojos de Manolo aparecieron dos rosas encantadoras con orlas de un rosado más oscuro. Eran de naturaleza plúmbea y apariencia de pétalo. Se asomaron curiosas y él las atrapó en una palpación desesperada. Ella entonces le empujó suavemente la cabeza para que sus labios probaran aquel fruto tan especial que se ofrecía en premio. Fue entonces cuando él sintió la mano que se apoderaba de su hombría y comenzaba a acariciarlo sabiamente. Manolo creyó estar soñando. La escuchó elogiar su virilidad. Y aquellas palabras que eran mandato y ruego al mismo tiempo:

Ven, Manolo, vamos al diván de aquel rincón.

Él ni siquiera se había percatado de la existencia de ese mueble en aquella gran habitación. Mientras acudían al sitio indicado, ella se soltó del abrazo y aseguró el cierre de la puerta por dentro. El detalle enardeció aún más al joven. Seguidamente, en un acto maravilloso de prestidigitación, la batica de casa y los ligeros pantaloncillos desaparecieron. Manolo se impresionó vivamente. Ella rio de su cara estúpida ante la contemplación de tanta hermosura. La detalló en un instante: Clarita era una rubia legítima. Lo constató ante la ligera lana que cubría su pubis adolescente, era una adorable pelusilla áurea. Sus senos, caderas, muslos y nalgas en perfecta y armoniosa combinación, muy blancas, mas no lechosas, sino sonrosadas, con cierto matiz trigueño ligero, le recordaron la silueta de la diosa guerrera de un libro de Historia Antigua, del respetuoso Don Gaspar, que él descubrió un día hojeándolo curiosamente. Y que había vuelto a escudriñar en nuevas múltiples ocasiones placenteras. Y ahora, allí estaba ante él aquella diosa guerrera, aunque mucho más tierna, más juvenil, más maravillosa, más real. Manolo le declaró con franqueza total:

Eres la mujer más hermosa que existe sobre el planeta Tierra… (Independientemente de que no había visto a ninguna otra desnuda). Pero parece verdad que su primera visión de mujer fue de una perfección y una espontaneidad irrepetible, como él me dijo que comprobaría después. Por eso quedaría tan desventurado.

Quiso despojarse de sus ropas nerviosamente, pero ella lo detuvo con un ademán y le susurró al oído, con un sonido apenas perceptible, mas inteligible con la emoción que con el tímpano:

Déjame a mí…

Y comenzó una especie de rito por el cual, según le quitaba una prenda, le besaba los lugares que quedaban al descubierto. Así llegó a su última ropa interior. Cuando el joven quedó totalmente desnudo, Clarita se arrodilló en el piso, delante del diván donde él estaba acostado y lo cubrió de besos apasionados que se detuvieron en el lugar debido, aunque en un momento de clímax, lo pospuso al erguirse con una nueva proposición…

Vamos a emparejar la acción, yo sola no voy a actuar.

Enloquecido de pasión por la interrupción de sus caricias, y sin entender bien sus palabras, vio que ella se acostaba a su lado en el estrecho sofá, aunque de manera contraria a la posición que él ocupaba. En su ignorancia iba a situarse como ella, pero quedó inmovilizado cuando la muchacha, en rápida maniobra, quedó tendida sobre él abandonando su sexo justo a la altura de su boca, mientras hacía desaparecer dentro de la suya, en otro acto de prestidigitación asombroso, la pieza masculina que antes había elogiado. Muy rápidamente cantaron a dúo el himno de los enamorados, entre estremecimientos jamás soñados por Manolo y sensaciones paradisíacas que ni él mismo me supo describir bien. Nunca más, después, sería para él como esta iniciación, “mezcla de sortilegio y trampa, de larvado placer desconocido”, como me lo refirió él con palabras inteligentes que yo trato de recordar exactamente como me las dijo.

Fue entonces cuando Manolo quiso comenzar un juego amoroso normal, como lo había presentido, como en conversaciones con amigos mayores lo había concebido teóricamente. Quiso experimentar el placer primero de realizar una penetración vaginal. Clarita lo comprendió enseguida y con firmeza lo impidió, al tiempo que enunció algo que el joven ni por asomo creyó posible…

No, Manolo. Soy señorita aún. Debo casarme como Dios manda. Por ese frente están prohibidos todos los combates con armas de grueso calibre. Ataca por la retaguardia.

Y para que comprendiera bien la insinuación, la muchacha se volvió de espaldas y lo hechizó con sus magníficas prominencias rosadas y tersas como pétalos de rosa recién abierta. Se volteó ligeramente para mirarlo. El notó la lujuria en aquellos ojos fascinantes y escuchó una sola palabra que restalló como una orden: “¡Penétrame!” Con alguna dificultad la complació y se complació, ayudado por una rotación inolvidable de aquellas caderas que todavía no ha podido olvidar. A partir de ese momento fue, según me dijo con sus palabras lindas, “devoto irremediable de un culto secreto a una diosa rosada y áurea”. Y él ejerció fervorosamente el sacerdocio a ese culto, dos, tres veces,…

En cada ocasión mi hermano la volvió a poseer con fuerza, como castigo, como violencia me confió—, queriendo cobrarle su osadía de mujer en ese cuerpo de niña, solo que la risa alocada de ella, sus cadenciosos movimientos, sus gemidos, y su mirada desafiante en todo momento le hizo comprender que lo que recibía tan brutalmente era su goce mayor, era su triunfo. Ella no era vencida en el acto, ella vencía… Y solo cuando ella lo quiso, cuando lo decidió, aunque no pronunció la palabra adiós, dio por terminada la relación carnal, impidió cualquier tipo de conversación íntima y prácticamente lo hizo abandonar aquella biblioteca cuando se arropó con una cortina y lo despidió haciéndose la dormida.

Manolo estaba feliz y al mismo tiempo desencantado. Así me lo explicó con sus palabras elegantes: “La humedad única, la sedosidad de la vagina, la vaina perfecta, el guante aterciopelado, la conjunción de órganos que se aglutinan, se acoplan, se imbrican, se engranan, se ensamblan, se engastan, estuvo vedado para mí”. Me dijo que solo pudo experimentar esa sensación única con otras que no fueron ella que, a pesar de ser la primera, le retrasó esa emoción. “Ese placer en aquella diosa rubia, angelical y demoníaca, quedaba reservado para otros de su clase, de su condición privilegiada, para el escogido de ella o de su familia acomodada, otro ricachón para el que se reservaba, para el que exigía su integridad física, sin importarle la pureza real, de mente y corazón. No era siquiera una causal de la virtud propia de la muchacha, sino de arraigados convencionalismos, de mitos ancestrales, de estorbos espirituales que proclamaban la necesidad de desposarse en sacrosanta virginidad. Era el interés material. La venta anticipada de la hembra intacta al todopoderoso enriquecido sabe Dios a costa de cuántas canalladas, era el rezago feudal en el siglo XIX”. Esta explicación de Manolo, que a mí no se me hubiera ocurrido, me convenció del trauma que le ocasionó ese amor, mejor decir, esa relación carnal instantánea.

“Clarita solo destinó para mí pensó Manolo más tarde—, como si yo fuese un infeliz especie de eunuco (una palabra, como otras que él usaba, que yo jamás sabía que existían) guardián de un tesoro para otro. Él me seguía contando y yo sentía su dolor:Sólo recibía sus migajas, sus resequedades rectales, sus limosnas, aunque las envolviera en el envase perfecto que es, aunque se esmerara en perversiones que ya jamás experimentaría con otras mojigatas, o puras, perfectas criaturas de nuestro pueblo pobre y moral”.

Esto lo comprendería él más claramente mucho después, según me confesó, pero aún en la incompleta interpretación de este primer momento, llegó a la conclusión exacta de que Clarita era un “Hada de la Maldad”, que sencillamente se aprovechó de él y fue… “pro…procaz, golosa, y pervertida” como él dijo—; pero quedó envuelto en sus redes… Me contó Manolo que mucho pensó en decírselo, pero sus labios no se movieron para expresarlo en palabras. Ella fingía muy bien hacerse la dormida o fue durmiéndose de verdad, porque escuchó y percibió su respiración acompasada. No le importaba él para nada. Así mostraba su desprecio por el “objeto de placer” que fue realmente para ella.

Manolo la miró, adormilada, realmente cansada por el placer ininterrumpido, minutos antes enloquecida, vibrante. La contempló largamente, y no quiso despertarla para despedirse. No quiso malograr con una despedida aún más brutal el ensueño. La miró por última vez allí y pensó un largo discurso de protesta que le quedó en pensamiento:

¿De dónde saliste, muchacha del Amor? ¿Eres un presente del Cielo o un castigo infernal? ¿Eres acaso la suma de descubrimientos, de emociones, o el producto de hechos que te precedieron para que fueras así de egoísta y perversa? ¿Eres la heredera del primer fuego frotado en las piedras, yesca surgida en la oscuridad de una gruta ignota, descubridora de ritos para atraer la lluvia, gobernadora de la magia terrenal que conduce al infierno?...

No, no, él no lo llamó así dijo…: Averno…; sí, me dijo que eso quería decir Infierno… Y siguió preguntándose: “¿Eso eres? ¿Quién eres, qué eres, Clarita?... No vas a pedirme verme de nuevo, ni yo te lo sugeriré siquiera. Sé que me será imposible buscarte en Madrid, y si te hallara allí, no te dignarías siquiera mirar al pobre campesino rudo que no se permitió el placer de hacerte “mercancía deteriorada”.Me utilizaste… Gozaste y sufriré…”.

Ese fue el discurso interno, elaborado en su pensamiento, que no se convirtió en palabras reales, que le dedicó Manolo a esa muchacha. Todavía mucho después de ese acontecimiento en la vida de mi hermano, lo golpeaba. Su virtud, su reflexión de hombre bueno, noble, sencillo, no se permitía aceptar lo sucedido.

Clarita fue el único amor real de mi hermano menor. Mientras vivió tuvo el recuerdo de su primer amor real. No lo olvidaría jamás, acaso porque le quedó incompleto. O porque, aunque lo satisfizo material, corporalmente, lo ofendió y lesionó moralmente.

Desde entonces, Manolo se convirtió en la leyenda de un joven introvertido, serio y muy trabajador, con un alto sentido de pertenencia sobre la familia, que se siente el protector del futuro de sus padres, hermanos y sobrinos, y un alto espíritu de solidaridad que lo acompañará siempre. Esta fue su forma de actuar ante el desencanto por la experiencia sexual a que fue conllevado por aquella chiquilla rica de cuna,… pero muy pobre de alma. También me confesó: “El único que no parece apresurado por casarse soy yo, a pesar de ser el hijo mayor de la familia. Ya tengo más de 25 años por estos días y cuando me lo preguntan respondo la verdad: No he encontrado el amor de mi vida, ya habrá tiempo para ello”.

Manolo me dice a mí lo que yo opino de él mismo: que es porque soy introvertido, serio y muy trabajador, con un alto sentido de protección sobre la familia, que me siento el protector de los hermanos y sobrinos. Me dice que poseo un alto espíritu de solidaridad, que no es difícil verme ayudando al más necesitado, al más débil; que hasta le presto dinero sin intereses a quienes lo necesitan, para que cubran pequeñas compras de semillas, aperos de labranza o para dar de comer a la familia. Eso dice él y puede que tenga razón, yo no me he autoanalizado nunca, ni he pensado en tales cosas, pero si creo que lo importante no es ayudar, si no saber en qué momento se debe ayudar al prójimo. Lo que si no creo, porque es exageración de mi hermanito, que mi presunta fama en este sentido, trascienda las fronteras de la comarca donde vivimos. Eso es el amor que nos tenemos. Admito que siento que me saludan con respeto y que yo respondo con un poco de sano orgullo que no es estúpido envanecimiento. Pienso más bien que en nuestra tierra se admira a las personas trabajadoras y honradas y eso es en sentido general, no es por mí en lo personal.

Es verdad que papá, José y yo nos hemos especializado últimamente en el cultivo de la piña, la llamada reina de las frutas, y hemos tenido la suerte de lograr cosechas con alta calidad, y mantener esta gran aceptación en toda la isla. Así es que logramos insertarnos en el comercio local del territorio, y papá me ha colocado, como “el hijo mayor de Juan y Maria”, como suele decir, a cargo del negocio, y yo lo asumo como una responsable encomienda, una generosa misión familiar. En ese momento no lo sabía, pero andando el tiempo tendría que asumir otra muy llena de pesares y hondos sufrimientos, allende los mares, en Cuba. Aquí, mi vida tomaría un giro totalmente inimaginable para mí, para toda la familia. La más dura prueba que un hombre solo pueda recibir.

 

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