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Página de Inicio Pretextos Obra Literaria de Andrés Daniel García Suárez Cienfuegos, ciudad (en) que amamos (V, final)

Cienfuegos, ciudad (en) que amamos (V, final)

Por Andrés García

Lenin

Mi padre, Mariano Basulto,  era militante humilde del primer Partido Comunista de Cuba. Fue corrector de pruebas del  periódico La Lucha, editado por Baliño y Mella, y practicante de enfermería en el hospital habanero Reina Mercedes. Fui su quinto hijo. Papá estaba huyendo de las persecuciones políticas por Camagüey, y allí nací y me puso por nombre Lenin.  No supo entonces cuántos dolores de cabeza iba a acarrearle esa decisión. Después de mi nacimiento, en los primeros días del gobierno tiránico de Gerardo Machado, el viejo cayó preso y lo mandaron para el Presidio Modelo de Isla de Pinos acusado del delito de  “actividades comunistas”.  Uno de los argumentos del Fiscal era que papá tenía un hijo llamado Lenin, lo que probaba su filiación marxista. El abogado defensor sugirió que me bautizaran con otro nombre, sacaran la certificación y la acompañaran al expediente de la causa.  Así lo hicieron y resulté llamarme, según la partida bautismal, Vicente Paúl, un nombrecito que jamás utilizaría en mi vida.

Andando el tiempo vivíamos por unos arrabales camagüeyanos y un día fueron unos policías a detener a mi papá. Yo era el único de los diez hermanos que estaba ese día en la casa, y mamá me pidió que acompañara a papá y a los policías, pero estos no quisieron, así que tuve que seguirlos escondido detrás de ellos, entre las maniguas. Yo tenía unos seis o siete años. Recuerdo que un policía iba caminando delante, papá a continuación y detrás otros dos guardias, y de pronto mi papá le metió un empujón al que iba adelante, se viró y le metió piñazos a los dos de atrás y los tumbó también y salió corriendo entre el marabú como si no sintiera los pinchazos. Yo “me mandé” detrás de papá también. Los policías empezaron a disparar sus rifles y revólveres detrás de nosotros. Era la primera vez que yo oía tiros, así que no nos alcanzaron. Ese fue verdaderamente mi “bautizo” y no el otro.

El tiempo pasó, vivimos muchos años en Cienfuegos, y omito todo lo que hice en mi existencia de revolucionario, porque no interesa a los efectos de mi narración. El primero de enero de 1959 fue el más feliz de mi vida. Me sorprendió prisionero en el Castillo del Príncipe. Desde el amanecer vimos al pueblo de La Habana avanzando sobre este lugar para liberar a los presos políticos. Eran miles de personas tratando de perforar las gruesas paredes de piedra de cantería, más desesperados que nosotros por darnos la libertad. Los custodios de abajo, enterados de la huída de Batista, escaparon desde temprano, pero los custodios del interior del castillo, retrocediendo y retrocediendo, quedaron tan encerrados como nosotros. Los presos estábamos amotinados y ellos no se atrevían a disparar contra los de afuera porque eran miles; ni contra los de adentro, porque estaban realmente desmoralizados, pero eran fieras enjauladas y estaban bien armados. Por último, se encerraron en el último piso, en las torres del penal, la azotea, donde estaban sus dormitorios.

Los presos comunes fueron los primeros en salir de sus rejas individuales,  menos protegidas, y enseguida nos ayudaron a los presos políticos a salir de nuestro encierro y ganar los pasillos interiores. En los primeros momentos, desde la azotea los guardias dispararon sobre los presos comunes y mataron e hirieron a algunos, pero cuando se dieron cuenta de que por los pasillos interiores comenzaban a salir “los políticos”, dejaron de disparar. En medio de aquella confusión, era emocionante ver a esos hombres sucios, malolientes, rotos, muchos de ellos asesinos y bandidos, llorando de emoción y dando vivas a la Revolución; gritaban: “¡Triunfamos!, ¡Viva Fidel!,  ¡Viva Cuba Libre!”  Era emocionante de verdad, porque se notaba que era algo sentido, espontáneo… Y desde Carlos III hasta Reina el pueblo avanzaba por miles sobre el Castillo para liberar a los presos políticos… Comprender, en medio de la alegría de la victoria popular, que la gente humilde del pueblo pensó en nosotros, los presos, eso nos emocionaba hasta las lágrimas… ¡Estaba a unos pasos de la libertad!

De pronto, siento que me llaman, y era Aldo Vera, que en la organización interna que teníamos nosotros en la vida de la prisión, fungía como Jefe de del Estado Mayor allí. Y me llamó para encomendarme una misión nada fácil:

—Sube a la azotea con tu pelotón, desarma a la guarnición, ocupa las armas y baja con ellas, y los guaridas presos.

“¡Casi nada!”,  —pensé,  pero las órdenes son órdenes.

Para llegar a la azotea había que cruzar por un pasillito estrecho, al final del cual comenzaba una escalera aún más estrecha. Con una simple pistola el que estuviera arriba podía impedir el arribo de toda una compañía armada. Y nosotros estábamos desarmados y ellos tenían ametralladoras Thompson.  Delante de mis compañeros inicié el camino del pasillito. Gané el primer escalón de la escalerita y entonces se me interpuso un oficial gordo que me apuntó con su arma y me preguntó amenazadoramente:

—¿Y usted quién es?

—No se preocupe, entregue las armas  —le respondí sin saber muy bien qué decir.

—Solamente a un oficial, y bajo condiciones, entrego las armas —me lo dijo con mala cara y palabras duras, pero comprendí que estaban asustados y que sus reacciones podían ser impensadas. Quise aprovechar su indecisión sin dar muchas explicaciones y le repliqué con firmeza:

—Yo soy un oficial.  Garantizo la vida de los hombres suyos que no tengan crímenes encima. Garantizo que no le ocurrirá nada a ninguno de ustedes si entregan de inmediato las armas. Todo un pueblo rodea el penal. La Revolución es dueña del país…

El hombre seguía mirándome con manifiesta hostilidad. La ametralladora temblaba en sus manos regordetas, quizás no tanto de miedo como sí de ira reconcentrada. Tuve miedo de que comenzara a disparar en ese instante. Me mantuve firme, desafiante, con una entereza que realmente no me acompañaba.

—¿Quién es usted? —insistió el esbirro.

Entonces pronuncié mi nombre, yo no sé si con más orgullo que nunca, o con emoción por estar viviendo esa situación. Me pareció que solo dije mi nombre, pero retumbó extrañamente en aquella estrechez, y se amplificó como si hubiera un altavoz o un eco…

—¡Yo  soy  Lenin  Basulto  Brito, Oficial  de  la  Revolución!

Comprendí que el nombre le había impresionado, porque sus labios se movieron para repetirlo inconscientemente…

—¡Lenin…!

Acto seguido, se volvió hacia sus hombres, bajó la ametralladora y como con un suspiro de alivio,  gritó:

—¡A entregar las armas!  ¡Formen todos y vayan entregando las armas! ¡Esto se acabó…!

Me apoderé de la Thompson y de la pistola del oficial, una Lugger nuevecita. Aquellos guardias, que eran hombres gordos todos, barrigones, con papadas, no hicieron el menor gesto de defensa.  Se mantuvieron en fila, firmes, como si nos rindieran honores militares. ¡Ellos, que hasta unas horas antes nos trataban a puntapiés y culatazos…! Aquello duró apenas unos minutos, hasta que los hicimos bajar desarmados, aunque  tratándolos correctamente.

Cuando gané al fin la calle, ¡el sol me deslumbró! Pensé mucho en mis hijos y en su futuro y me dije: “Corresponde ahora a ellos, como a mí, ¡trabajar por la Revolución! ... y ser fieles a nuestros nombres respectivos”.

Caldier

Nunca conoció al abuelo de su abuelo, pero era personaje destacado en el hogar. No se sabía nada de él y se sabía todo. Se sufría por sus sufrimientos, porque el abuelo que era poeta lo llevaba en la sangre y en la inspiración.  En la búsqueda de sus ascendientes remotos, de su atavismo, se dolía de aquel abuelo de su abuelo, de sus orígenes africanos, que evocaba como si todavía sufriera aquel dramático traslado y tantos años después, como en un sueño, quería conocer aún el apellido de aquel abuelo nocturno con una gran marca hecha de un latigazo, que pasó sobre el mar entre cadenas, que pasó en cadenas sobre el mar. Y el abuelo quiere todavía preguntarle a su abuelo si él se llama realmente como lo nombraron los cristianos, o debe llamarse de verdad Yelofe, o Bakongo, o Banguila, o Kumbá, o Fongué… Se lo pregunta y trasmite ese sentimiento de emotiva duda a las generaciones posteriores en la familia como una deuda, un desgarrón,  un  conflicto, un compromiso que no cesa en el tiempo y no se calma, y es que su abuelo es así y le hace ser a él así.

El tiempo pasó y él también pasó sobre la mar, aunque libre y alto sobre ella. Tan alto como puede ir un IL-96 de Cubana de Aviación durante muchas horas nerviosas sin escalas, y al llegar a Sierra Leona se dio cuenta de que ya no habría profes, ni modelos, y lo embargó una mezcla de alegría, tristeza y miedo.

En el hospital Hasting-1 miró a los ojos de la muerte en los ojos de Caldier, una niña de tres años, con ébola, sola en su cama; porque toda su familia había muerto y él no sabía si podría hacerla sobrevivir. Tampoco sabía su apellido. Solo supo que le habían hecho pasar por aquellos ritos funerarios donde lavan el cuerpo del fallecido y comparten su sudor para apoderarse de los conocimientos y las ideas del difunto.

Tuvo miedo de asustar a Caldier con aquella escafandra como pantalla protectora que en nada parecen gafas, aquellos respiradores especiales que cubren nariz y boca, overol impermeable con gorro, delantal, botas y varios pares de guantes, todo lo cual debe colocarse y despojarse con movimientos que llamaban “la danza de la vida”, pero ella ni lo notó, desmadejada como estaba, con sus ojos cerrados. Muchos días después, cuando logró que Caldier los abriera, miró en ellos a los ojos de la muerte derrotada. No los había visto tan nítidamente en Pakistán y en Haití donde estuvo antes, y ahora tuvo miedo. Comprendió al cabo que el miedo es un aliado, mientras lo acompañe será desconfiado. Cuando aparece la confianza y con ella el descuido, viene el riesgo de infectarse.

“Es mejor sentir mucho miedo y culminar la tarea vivo”,  se dijo.  “Pero sobre todo, no puedo perder a Caldier. ¡Se la debo a mi abuelo, y al abuelo de mi abuelo!…”

“Papatonto”

Frente a la mar de mi ciudad caribeña, mi abuelo  Bartolomé, al que llamaban  Bartolo, pero que de niño le dije siempre “papatonto”, aunque bien supe que era tremendo papá y nada de bobo tenía, sin palabras me enseñó a pensar y a soñar y a llorar silenciosamente. Papá me inició en la experiencia inenarrable de nadar, y yo enseñé a mis tres hijos y ellos a mis nietas y nietos. Lo disfrutamos felizmente, pero la ensoñación de abuelo es más profunda, indescifrable, mágica; siento todavía su presencia a mi lado aquí frente a la mar de mi ciudad.

Recuerdo la experiencia de abuelo que le trasmitía mensajes a su familia asomado a la mar desde esta orilla del Atlántico, tantos años después de separados por el tiempo y sus circunstancias, cuando su vista se pierde en la distancia y sus ojos se humedecen, no sé si con la sal de la mar o de sus lágrimas y no sé si esperaba ir un día, o dejarnos, para siempre estar con ellos y al mismo tiempo quedarse con nosotros…

Lástima y cariño me unen a abuelo. Lástima, porque jamás pudo volver a ver a su familia española desde que llegó aquí para burlar el servicio militar obligatorio a que urgían a sus jóvenes las autoridades hispanas para satisfacer la carne de cañón de sus guerras obstinadas. Era su generación que llegaba asustada a sus 16-17 años a un país extraño, acaso con algún papel garabateado dirigido a un pariente o amigo, con la esperanza de una ayuda inicial. Ignoro los detalles de esa aventura maravillosa y cruel, aunque afortunada para mí; porque me hizo parte de una nueva familia que nació después de sortear miedos y necesidades infinitas, demasiadas carencias materiales y espirituales, penando siempre por la imposibilidad de un regreso.

Invariablemente, me pesa en el sentimiento la llegada aquí de nuestros abuelos.  Me los imagino temerosos de un lugar extraño lleno de desconocidos, el camino interminable en busca de un alojamiento, un trabajo cualquiera, un socorro a sus miedos y penurias, asustados de las nuevas costumbres, nueva cultura impostada en sus vidas reales, tan lejanos de la protección de un hogar familiar, temerosos del feroz despotismo autoritario de los capitanes generales.  Eran casi adolescentes llegados con poca cultura peninsular y ningún conocimiento de la caribeña, una combinación nada halagüeña para estos imberbes desterrados inexpertos y con demasiadas necesidades materiales y espirituales en un nuevo mundo, rara combinación y conflicto entre civilización y barbarie, penando por la  imposibilidad de su regreso. Por eso atrapo las miradas tristes de mi abuelo hacia el lejano horizonte marítimo como comunicándose a través de las olas atlánticas con sus padres y familiares tan lejanos a los que nunca le vi escribir ni recibir correspondencia, ignoro por qué. Así habrá pasado días, semanas, meses y años, hasta que un día vino el amor a encenderse en su vida. Recibiría como un sacudimiento que serviría para conmoverlo e impulsarlo a resolver la precariedad de su vida triste y solitaria y alcanzar la convivencia que lo recubrió, gracias al manto del amor que todo lo resuelve, empuja y precipita.  Fue aquel día feliz que encontró a aquella joven criolla y humilde, de su edad, que lo conmovió, que encendió su vida, espantó la precariedad de su existencia, lo cobijó, lo lanzó hacia la definitiva cubanidad y convirtió a la bella Carolina en mi abuela. Son recuerdos que me hacen más solidario con los inmigrantes del mundo que llegan a sociedades xenófobas donde ya no solo los explotan, o los deportan,  sino que los asesinan…

Los pasos de abuelo, inciertos por la edad, me acompañan ahora como le escoltaba al amanecer de cada día de mis vacaciones escolares hacia su labor como fogonero de la empresa petrolera extranjera donde se consagró decenas de años, radicada al final del barrio costero de Reina. Caminar junto a él desde nuestra casa rumbo a su trabajo era fiesta para mí. Me acostaba temprano para no tener sueño al madrugar. Abuelo me despertaba tocándome ligeramente por una pierna. Me lavaba la cara y tomaba apresuradamente el desayuno que la abuela nos preparaba, sacaba algunas galletas del latón que las contenía, me rellenaba  los bolsillos junto con otras golosinas que abuela nos destinaba y empaquetaba, y antes de despedirnos en la puerta de la calle nos decía la hora:

—Son las cinco y media, están a tiempo… —y nos besaba a los dos.

Ellos, los abuelos, los padres, ganaban el respeto a fuerza de rectitud y cariño. Aunque no hubieran estudiado mucho, enseñaban sin palabras, con el ejemplo, como hacen los que se respetan y se aman. Se quejaban de no habernos dejado nada material, ¡como si fuera poco el tesoro de su ejemplo…!

Abuelo entraba en el turno de las seis de la mañana hasta las cinco de la tarde.  Al regreso era más locuaz, pero al amanecer no.  Decía que a esa hora del día no había nada sobre qué conversar, pero yo sabía que ese era el horario de él para pensar en la familia lejana. Caminaba lo más rápido que podía, y ya con los años pesándole en las piernas, llegaba hasta la orilla del litoral y ante la inmensidad permanecía taciturno, como conversando interiormente consigo mismo, o con las olas; porque lo veía mover los labios y quedarse mirando hacia el pedazo de mar, hacia un horizonte de ondas que lo llevaba a encontrarse con sus seres queridos que había dejado tan lejos para venir a fundar otra familia.  Adoro el brillo de esos ojos cansados, clavados en las crestas que llevan sus pensamientos hasta el otro lado del Atlántico, como impulsándolas con la fuerza de su cariño para que lleguen sin falta para contarles de los de este lado… Percibo la sensación de estar junto a abuelo. Siento sobre mis hombros su abrazo fuerte, como si envolviera en mí a su familia lejana.

Yo solía comparar a la mar de mi bahía: serena, hermosa, apacible, con mi esposa Cary. Maestra “Camilita”, profesora de Historia de Cuba, descubridora de profesiones, oficios y sensibilidades; esencialmente humana, con enormes reservas morales y espiritualidad, defensora de nuestro patrimonio cultural y las claridades de la Nación. Revestida de mucho ímpetu para “empinar”, como Mariana, y mucha ternura para integrar la ética para mejorar la vida. Forjadora en el aula, la familia y el andamiaje social de la noción de justicia y de felicidad en una batalla que se decide desde lo racional y desde los sentimientos. Siempre martiana, siempre ferviente seguidora del Che y de su concepto de que el cuadro es la columna vertebral de la Revolución. A veces las acciones perversas de personas en su devenir laboral o social hacían que se encrespara y se revolviera en protesta de ondas y crestas inteligentes, pero regresaba a la serenidad, mostraba su hermosa sonrisa y era como si el sol calentara a la tierra. Ola que acaricia y estremece, mujer de acero con toda la delicadeza que pueden contener las flores; capaz de  lavar  a puño las penas del  hogar y de la patria; diamante  de bondad,  siempre será mi mar. Angustiosamente mis ochenta años sobrevivieron a sus cincuenta y seis, pero continúa participando en mi vida.

Fue en aquel escenario de las más sosegadas ensoñaciones que una tarde, muchos años después de abuelo no estar; después de la espantosa e ineluctable lucha por diez meses contra el cáncer que me privó de mi esposa, detenido ante la mar de mi ciudad descubrí un barco en lontananza. Alcanzó el límite del horizonte y desapareció. El pensamiento me llegó trastornado. Se desvaneció de mi vista, pero, ¿no sigue navegando, marchando sobre las olas hacia otros confines? ¿Es que así es la vida y la muerte...?

Me aferré a Martí: “La vida humana sería una invención repugnante y bárbara si estuviera limitada a la vida en la Tierra. (…) Morir es seguir viaje”.

Un viaje, pero, ¿hacia dónde? ¿De dónde provenimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos...? Interrogo como Neruda: “¿Cuánto vive el hombre, por fin?  ¿Vive mil años o uno solo? ¿Vive una semana o varios siglos? ¿Por cuánto tiempo muere el hombre?  ¿Qué quiere decir para siempre?...”

Han transcurrido seis años de la desaparición física de Cary: 2191 días con sus noches, y yo con mi dolor intacto, me asomo aún a la mar de mi Cienfuegos, y como siempre, busco las crestas más lejanas y les hablo con los ojos mojados de “papatonto”, y como él hacía, las empujo con la fuerza del cariño para que me sirvan de fieles mensajeras.

 

El  museo  de la  especie

Quedó perplejo ante aquella figura en el Museo. Había transpuesto la sala para recrearse en la belleza del arte universal.

Últimamente era más asiduo, como si inconscientemente quisiera incorporar al rigor de las asignaturas de ciencia de la Carrera de Arquitectura, la espiritualidad del arte. Era como una contraparte a las otras necesidades morales que sentía: ser luchador consecuente y moderno por la persistencia de la Revolución en cuyo seno nació, fiel a los ideales familiares, a Martí, su ídolo ideológico, antimperialista, en un mundo cabeza abajo que había que enderezar. Su abuelo y su padre eran más adictos a la literatura, pero a él lo enamoró la arquitectura del Neoclasicismo Cienfueguero.  El abuelo también era apasionado a la historia y a la genealogía. Dedicó parte de su existencia a descubrir el tronco de su estirpe y llegó a la loca conclusión de que eran descendientes lejanísimos de Don Agustín de Santa Cruz y Castilla Cabeza de Vaca.

El joven nunca quiso que sus compañeros de aula supieran ese vínculo porque sabía que entonces sería apodado entre burlas: “cabeza de vaca”. Parece que la familia creyó ese linaje porque no faltaron estudios sobre el Benefactor de la colonia Fernandina de Jagua, y al muchacho cuando nació  le dieron por nombre el de Agustín. Este creció en la familia entre esos entresijos de la historia, la genealogía, la literatura y el arte, y antes de graduarse en la Universidad ya había recorrido largo trecho de la lectura de clásicos que alternaba con el conocimiento, a través de la prensa e Internet, de  la dura realidad de la vida real en un mundo a punto de desaparecer por las guerras imperiales y la destrucción de la naturaleza por el egoísmo de los ricos poderosos. Se mostraba convencido de la necesidad de impedir esa tragedia universal, luchar por ello, mientras atendía también a mejorar nuestra sociedad. Todas esas insatisfacciones vitales  conmovían su espíritu juvenil. Y acaso por esos pensamientos a veces le rondaban la mente el recuerdo de sus antepasados remotos, las mil y una leyendas que se tejían en torno a la fundación de la ciudad y de alguna manera se motivaba con el estudio de ellas, asuntos que naturalmente mezclaba con la maravilla de la arquitectura local que amaba… y con la búsqueda de la mujer ideal que le acompañara en su existencia, que quería ser de luchador enamorado, como sus parientes así inspirados.

Pero ahora él estaba en el Museo Cienfueguero ante la contemplación de numerosas obras de la antigüedad y modernas, que mediante excelentes cuadros y fotos permitían este recogimiento ante la belleza realizada en el pasado y el presente por escultores y pintores universales y locales, en memorable fusión de la obra de la creación artística de todos los tiempos.

Comenzó por la sala en que estaban las Venus, que ejercían una atracción casi atávica en él, sin saber por qué.  Fue en ese momento cuando la vio.

No era la Venus de Tiziano, cuya mano lánguida yace sobre el pubis; no era la de Velázquez, vuelta y tendida como pájaro en vuelo rasante sobre un lago oscuro, glúteos prestos para la mordedura; no era la de Goya, que también la hizo girar para que se mostrase plena, maja de senos y muslos poderosos; no era la de Rembrandt, que la convirtió en Danae prisionera del bronce, el vientre resaltado, la oscura pelambre del sexo; ni las voluptuosas de Da Vinci;  no era la de Gauguin, a la que le bronceó la piel, frutal entre frutales, para lamer, y chupar, y morder; no era la que Manet llamó Olimpia; o nuestro Marcet nos entregó después adornadas por sus desnudos; ni la matrona gordezuela que Mateo Torriente esculpió tocando el cobo en la playa para llamar a los sepultados marinos del mercante Mambí.

Tampoco era la mutilada de Milo, ni las figuras de Boticelli, de Rafael magnífico o de Rubens. No era la diosa Afrodita de la belleza de la mitología griega ni de su parigual Venus de los latinos; no eran las Nueve Musas de Juanito García que subliman los jardines de la UNEAC; ni La Magdalena de Cáceres, delicioso pastel pintado hace más de una década en Buenos Aires; ni era la decapitada Victoria de Samotracia, que conserva para la eternidad la brisa del mar apresada en los pliegues de su túnica... No, esta era figura real, cautivadora, mucho más simple, menos opulenta, más humana y por ello encarnaba no solo la belleza sino también las virtudes, semejanza de bienes espirituales, dechado de valores morales, y parejamente perfección femenina materializada. Agustín la imaginó carne y espíritu ofrecido febrilmente en el tránsito pecaminoso y a la vez tan sagrado  —por humano— de la lujuria y del minuto y del porvenir, del instinto y de la creación…

“¿Es mentira la realidad? ¿Es realidad o es mentira?”,  dudó mirándola.  Pero admitió para sí: “¡Es una criatura perfecta!”

Sus ojos no podían apartarse de esa efigie adolescente que en su contemplación le sugirió amor en la intimidad. Observándola, la imaginación voló hasta perturbarlo en la contemplación en su bata transparente con la que podía discernirse bien el círculo violáceo de los pezones punzando la seda, el bulto mismo de los senos breves, las ancas espaciosas, hasta el triángulo más oscuro del pubis muy piloso, sin la profanación moderna del depilado; y como presidiendo la figura, aquellos ojos enormes de chispa cómplice, tal su boca sonriente y sonsacadora. Le pareció verla llegar al hogar con su donaire y despreocupación, erotismo a flor de su piel morena, como quien atraviesa el paraíso con su paso enérgico lleno de sensualidad, cintura dúctil invitando al baile, gesto displicente cuando se quitaba la ropa “como si regalara sus vestidos al viento”, según el gráfico decir de Manuel Cofiño…

Entonces le vino a la mente un pensamiento que presintió antiguo: “…¿Es un regalo de Dios o una tentación del demonio? ¿Es una ilusión escapada entre los abuelos? ¿Es solo fruto del deseo, o hay una espiritualidad desconocida en ella? ¿Es una estatua esculpida de los sueños rotos? ¿Es solo fruto del inconsciente remoto...?”

Pensó en el mar y en su imaginación cobró vida la Playa de Rancho Luna. Corrió riendo, con ella de manos hacia el agua, y al entrar  miríadas de gotas saladas salpicaron la tarde-noche. Y fue el mar. El mar cubriéndolos, sobresaliendo apenas los cuellos y cabezas. Y luego los labios sobre los labios ansiosos, y el calor subiendo sobre la arena y el agua, penetrándoles por los poros. El sexo sobre el sexo atrayéndose. Las manos recorriendo la piel. Los cabellos mojados y llenos de arena. Los ojos enrojecidos por la sal y la pasión. Los brazos enlazando los cuerpos. Los labios mordidos hasta el dolor. Las trusas estorbando los sexos excitados. Las piernas entrelazadas bajo el agua. El amor hecho vida. Los ojos cerrados como para que todo sea detrás de los párpados ardiendo. Los sentidos alertas. Las voces escapadas. Suelto el mundo reprimido del deseo. Los pies afincados en el fondo arenoso. Las manos apartando las trusas. Las olas empujándolos. Apartándolos. Uniéndolos. Separándolos. Uniéndolos nuevamente. Acoplándolos. El mar inmenso. Inagotable. Cubriendo las tres cuartas partes del planeta y sus cuerpos mojados. El sol besando el horizonte, lanzando su rojo desfalleciente como luz agonizante sobre las cabezas. El sexo encontrando el sexo. Las olas entrando en los oídos, las bocas, en las gargantas que gritan de placer. El cielo arriba, despejado, y ellos abrazados, abrasados, fundidos, perdidos en el mar amigo, lleno de peces y misterios. Las gaviotas retirando su vuelo azul. La pasión recorriendo los cuerpos. Y de pronto el golpe, la electrocutación, el latigazo, la fuerza de la carne, de la sangre, del agua, de la tierra, del sol, del tiempo haciéndolos eternos continuadores de esta especie erecta que piensa —y debe pensar más en su salvación— que vive y sufre y ama y lucha y muere y sigue al infinito en ese acto breve de gozo intransferible…que es la vida.

Agustín despertó del ensueño. Miró, aún de lejos, la cara de la muchacha y sintió rubor, como si ella fuera capaz de conocer su alucinación, pero peor aún, por dejar de lado lo mejor de ella, sus virtudes, sus valores morales y hasta estéticos, explicables por su sola presencia allí. Volvió a recorrer con la vista la sala. Pensó que entre todas esas mujeres expuestas en la galería y esa muchacha hoy, hay siglos de sensualidad y vida propia, sin embargo cada una  parece repetir a la anterior, como si fueran una sola que regresa a través del tiempo. La reflexión le sembró la duda. Recordó a sus antepasados, a las Abuelas Primarias, llamadas a perpetuarse como esas profusas semillas envainadas de la ceiba que se niegan a dejar desaparecer la especie, su especial género tan ajeno a la vulgaridad y a la flojera y a las obscenidades murmuradas entre contorsiones. ¿Dónde hallarla ahora como aquellas abuelas primigenias? ¿Qué hacer para revivir aquellos pasajes, aquellos sucesos irrepetibles que constituyen la seguridad de la perpetuidad de la cienfuegueridad…?

Observó  de nuevo a la muchacha. Entonces se le acercó despacio, dudoso aún. Pero ya decidido a saludarla, se le aproxima y… lo reciben dos ojos expresivos y la sonrisa más hermosa que haya visto jamás…”

Con su mirada fija en ella, Agustín  no advirtió en el piso el imprudente cordón de una extensión eléctrica, y de improviso se sintió caer.  Al incorporarse, apenado, quiso bromear y le surgió:

¿Cada vez que tú miras y le sonríes a un hombre, este cae rendido así a tus pies? —lo que arrancó una risa franca y solidaria en ella.

Él apreció de cerca las formas de aquella doncella color canela. Un halo de atracción irreprimible pareció coronarlos. Él le dijo su nombre y ella sonrió, mientras lo repetía como si le recordara algo muy lejano y entrañable:

—Agustín…

Entonces, despacio, mirándole a los ojos, y como en una premonición jubilosa,  ella pronunció el suyo:

—Abigail  —y agregó con un mohín gracioso—;   pero tú puedes llamarme “Abi.”

 

Perteneciente al libro inédito Cienfuegos, la ciudad (en) que amamos, en conmemoración del Bicentenario de la fundación de la Ciudad de Cienfuegos, a celebrarse el próximo 22 de abril de 2019 (N. del E.).

 

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