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Página de Inicio Pretextos Obra Literaria de Andrés Daniel García Suárez Cienfuegos, la ciudad (en) que amamos (IV)

Cienfuegos, la ciudad (en) que amamos (IV)

Por Andrés García

Amor a la luz de la “Luna cienfueguera”

“Cuando  vi  por primera vez las chispas en tus ojos verdes, me volví un adicto…”, fue la primera lisonja que tú, José Gregorio, le dedicaste a Osdalia, y con ella te la ganaste. En realidad no fue

la primera, aunque esta sí, mirándose ambos en esos mares plácidos de sus ojos claros. Porque los anteriores fueron requiebros como entre-dientes, casi como pensamientos que se escapan de los labios, cuando ella pasaba frente a La Favorita, la bodega de tus tíos, donde entonces trabajabas como dependiente, cerca de su casa, en Santa Elena y Hourruitiner.

 

Ahora conversaban por primera vez, tras aquel encuentro “casual” que provocaste en complicidad con un amigo común. Porque no era común tu interés por ella, era apasionamiento, ese sentimiento que ponías en cada cosa tuya. Y tú, con tu audacia de hombre de acción, respetuoso pero decidido, dijiste ante ella lo que pensabas, lo que sentías: “Sí que eres bella!  ¡Hay tanta necesidad de belleza! Eres la ofrenda más fina que puede hacérsele a la mirada…”

Bien sabías que no era esa la manera de hablar de un joven con una joven moderna, pero es que también sabías que ustedes no eran personas comunes, y las expresiones no eran forzadas; surgían del fondo de la verdad de tus sentimientos. Si fuesen dirigidas a otra muchacha común, acaso se reiría, pero a Osdalia le agradó como tú lo presentiste. Te escuchó enseriada, todavía indecisa, pero aceptando tus palabras increíbles con su madurez de 17 años, que tocó su sensibilidad al sentir tu sinceridad que fue capaz de conmoverla. Miraba sin responder al joven hermoso que tenía ante sí, elegante en su traje blanco, escogido para la ocasión de la presentación “casual”,  aunque era el único que poseías. Detallaba tu pelo muy rubio, como el de ella, pelado rebajado y bien peinado, labios pulposos, de hablar muy rápido, afable, simpático natural, sin afectaciones, lleno de mensajes, propio de una persona con preparación cultural; espontáneo, con ese gracejo criollo tan agradable, y mientras te detallaba, ahora de cerca, seguramente tuvo que pensar con alegría:

“Soy la Elegida. Creo que él ya siempre será para mí, el Novio…”

A partir de ese comienzo tan poco convencional, que alguien que no fuera ellos dos pudiera calificar de afectado, de rebuscado, de desvaído romanticismo, conversaron en lo adelante ya no como amigos recientes, sino añosos, como si presintieran ambos que la duración del tiempo para ellos sería muy breve, demasiado breve, dolorosamente breve. Y ella siempre rió con tus ocurrencias de niño intelectual travieso, acompañándote en ese tono, aunque en el fondo supiera que tanta dicha no podía durar demasiado tiempo…   Hacía solo unos minutos que se conocieron y ya intimaban por la seducción que ponías en tus palabras matizadas por su sinceridad emocionante. Te escuchaba decir: “Después de tus ojos y tu cabello claro, tu risa es la otra característica que me enamora… Además, de algo que no aparece a la vista: el fuego cimbreante de otras razas que pilotan en tus arterias que es lo que debe dar esa fusión de sensualidad caribeña que posees y yo advierto por escondida que la lleves…”

Mas no siempre eran esos tus temas de conversación. Tú podías parecer, por momentos, alocado; pero eras muy maduro y reflexivo para tus entonces 19 años. Te apasionaba el tema de la situación política nacional. Criticabas al corrupto gobierno democrático-burgués de los Prío Socarrás del Partido Auténtico;  simpatizabas con el carismático Eduardo Renato Chibás y el lema de su Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo): “Vergüenza contra dinero”.  Le confiaste desde pronto a tu Osdalia cuestiones familiares bien privadas, como el hecho de que la buena posición económica de tus abuelos y padres en tu natal barrio Soledad, de Cartagena, donde naciste en 1932, se debía a la explotación de los trabajadores de sus colonias; aunque comprendías que era lo “normal” para enriquecerse en una sociedad capitalista que rechazabas sin saber bien por qué, solo porque sentías que no era una sociedad justa. Le contaste tu disgusto permanente por no poder ayudar a los más desposeídos. No comprendías por qué te recriminaban por regalar un guante de jugar pelota, o un par de zapatos, unas medias, o una camisa, cualquier cosa tuya personal que no necesitabas, porque tenías más, a tus amigos pobres que lo necesitaban. Cada vez que hacías algo de eso recibías castigos y reprimendas, y no lo sentías justo. Por eso decidiste pronto independizarte. Quisiste venir a Cienfuegos a estudiar de noche en la Escuela de Comercio y trabajar de día, en la bodega de tus tíos. Luego pasaste a la bodega La Inglesita, propiedad de un matrimonio de españoles que te acogieron como el hijo que no tuvieron. Y cuando le contaste eso a tu Osdalia, en un inusual recuento de tu vida, con tu hablar apresurado y franco, le preguntaste su opinión y quedaste en suspenso, aguardando su análisis que significaba mucho para ti.

—Entonces, ¿tú eres una rara especie de crítico de tu propia familia en aras de tus opiniones sociales personales…? —comenzó diciéndote, y temblaste por dentro. Y prosiguió—: Entonces, Joseíto, si eres así…, ¡te felicito! No es fácil ser consecuente con lo que uno piensa en este terreno de la vida social, de la economía política, de la filosofía. Aunque ni tu ni yo tenemos formación académica sobre nada de esto, que por cierto debiéramos profundizar sobre eso mucho más: el sentido de lo correcto o incorrecto, esa noción sobre “el bien y el mal” que puede ser hasta instintivo, por “naturaleza humana”; esa rara solidaridad con los más desposeídos, cuando uno ocupa un peldaño por encima, significa que tienes una sensibilidad, un sentimiento que te hace un humanista, un sociólogo nato, un hombre poseedor de un dechado extraordinario de virtudes, y por eso te felicito, aunque no te aconsejo que te apartes de tu familia para nada, porque sé que todos ustedes se aman y así debe ser…

Te quedaste mirándola con una intensidad tal, que ella se sonrojó y se apartó un tanto con disimulo para evitar que la besaras. Ambos lo comprendieron, porque se miraron intensamente y rieron. La respuesta permitió que desde entonces ella participara en todos tus pensamientos, en tus emociones, en decisiones compartidas de la manera más espontánea y natural, aunque todavía fueran solo excelentes amigos y camaradas; porque Osdalia no acababa de alegrar tu vida con la decisión que esperabas con tu apresuramiento habitual. Pero ella percibía tus emociones sobre diversos asuntos, aún antes de que tú mismo las quisieras reconocer. Te sentía en sí. Se sentía en ti.

La atracción iba apoderándose de ambos, aunque el fuerte obstáculo de su abuela, en cuya modesta casa residía desde niña, en Castillo entre Gacel y Hourruitiner, se interponía sobremanera. La buena anciana voluntariosa que la crió, quería para ella lo mejor, y le decía que… “ese muchacho tan bonito, pero tan fiestero, no te conviene, fíjate que hasta sale en las comparsas en los carnavales…”.

Era una “acusación” que tomaba un cariz de “delito”, del que a Osdalia le costó mucho trabajo despojar de la personalidad de José Gregorio a los ojos de su abuela.  Apenas ella podía convencerla de que se trataba de la comparsa de la Escuela de Comercio, donde él era delegado de aula primero, y delegado de la Asociación de la Escuela después, elegido por la masa estudiantil que veía en él un dirigente inteligente y abnegado, y le encomendaron crearla para desfilar en los carnavales cienfuegueros, como motivo cultural y diversión. El caso es que su abuela no aprobaba esa relación amorosa. Y ella, respetuosa de su voluntad, quedaba “entre la espada y la pared”, aunque ya la decisión no podía aguardar mucho más. La  “espada” saldría vencedora.

Acaso un grave hecho histórico-social la precipitó: el cuartelazo batistiano del 10 de marzo de 1952. El zarpazo produjo honda indignación en ti y en Osdalia. Ambos salieron a la calle ese día, como tantos alumnos de todos los planteles secundarios de la ciudad, junto a los obreros, que tomaron las vías para condenar el golpe de estado militar. Acudieron ante políticos del Partido Auténtico desplazados del poder, incluso ante Arturo Sueiras Cruz, Alcalde Municipal, para solicitar armas con qué repeler el botazo castrense. Pero los politiqueros temían más al pueblo armado que a otros competidores por el poder y se las negaron. A partir de entonces acudirán ambos a todas las protestas, manifestaciones y movimientos de oposición al golpe que se sucedieron en la ciudad. Dos meses más tarde serán participantes del acto público popular de rechazo a los Estatutos “Constitucionales” con que el tirano quiso engañar a las masas y oficializar su acto incivil.  Policías con sus porras y soldados a caballo arremetieron contra la multitud, golpearon espaldas jóvenes, sin respetar tampoco a mujeres y ancianos. Fue el primer choque frontal de ustedes con los enemigos del pueblo…

Así aprendiste, “yanqui”, como te decíamos los amigos por tu estampa anglosajona, la táctica que nos deleitaría tantas veces a los demás protestantes de las tánganas estudiantiles. Corriendo tú despacio, dejabas que el esbirro se te acercara por la espalda, permitías que casi te tocara la camisa, y cuando alzaba su fusta, o su sable, para descargarlo sobre ti, apretabas el paso y lo dejabas con el golpe en el vacío, y escuchábamos el eco de tu risa… Todo tan sencillo como eso, pero tan vívido, tan disfrutado, con esa intensidad que ponías en cada cosa tuya. Eras un apasionado de lo fugaz y momentáneo, y de lo trascendente y perdurable. Sabías disfrutar de los pequeños goces de la vida, de la amistad de los compañeros, la cerveza fría en el Bar Johnny 37 los fines de mes, cuando cobrabas; el chapuzón en la Playita de Elpidia, o en el club Cazadores; las fritas del carrito de el Gordo, al costado del Teatro Luisa, en las noches-madrugadas sabatinas. Adorabas aquellas bolitas de carne bien condimentada, colocadas entre dos tapitas de pan, untadas de catsup o de mostaza, esas fritas eran la humildísima reina de la gastronomía popular, por unos centavos; o minutas de pescado, o papas rellenas, inventos de los pobres para matar el hambre sabrosamente, y eran tan buenas que terminaron imponiéndose en todas las capas de aquella sociedad.

Fue época de búsquedas para seguir a un líder, hacer algo organizado para combatir al tirano. Pero los ortodoxos se debatían en luchas intestinas, tras la muerte de Chibás; los auténticos estaban desprestigiados; los abstencionistas carecían de ideales. Estaban los seguidores del profesor universitario habanero Rafael García Bárcenas, pero su grupo fue desmantelado incipientemente. La ciudad fue adquiriendo un aspecto adusto, como sus habitantes. Aquella atmósfera antes seductora se trocaba en algo siniestro, mortal, que acumulaba una cólera colectiva sorda. La violencia policial crecía y se expresaba en los movimientos crispados de la gente, en rostros fríos, herméticos…

En medio de aquellas tensiones, y como para aliviarlas, recibiste, José Gregorio, dos enormes alegrías: tu Osdalia te correspondió amorosamente. Y apareció el conductor señero de las masas rebeldes: Fidel Castro Ruz, rector de la Generación del Centenario, que hizo realidad su acertada estrategia de lucha popular armada el 26 de Julio de 1953 en el ataque a los cuarteles Moncada y Céspedes.

Tuvieron  acceso a una copia de La historia me absolverá, que como dos niños felices releyeron varias veces, incluso sentados en su lugar preferido: el muro del malecón cienfueguero, donde se recreaban con aquellos atardeceres de ensueño en que el mar se tiñe de rojo en puestas de sol de inefable belleza que les colmaba el espíritu tanto como los besos apasionados. ¡Cuántas noches disfrutaron de la visión única de las luces de los camaroneros iluminando a lo lejos la bahía! Eran instantes de paz al conjuro de aquella música mágica que adoraban, aquella canción inequívoca de José Ramón Muñiz, el cienfueguero que “descolgó” la luna y la hizo acompañante perfecta de los enamorados. Y tú le dirías al oído a tu amor:

—Desde el momento en que surgió Luna cienfueguera, el astro nocturno dejó de ser de todos los terrícolas.  Muñiz la hizo patrimonio exclusivo de la ciudad… y se la puso en el pecho como una medalla…  Cuando la escucho a tu lado, no quisiera abandonar este paraíso…

La cantaban a dúo: Luna, lejana novia helada / no nos dejes tan solos / que nos haces llorar. /  Luna, cienfueguera luna, / arpa eres, sobre el mar; /  tienes inquietud de estrella, /  de marino y mujer. /  Eres novia blanca / de nuestros amores, /  luna cienfueguera, /  luna de cristal.  /  Cuando tú te alejas /  huyen tus reflejos, /  mira cómo viajan / los camaroneros / a encender luceros / en el litoral…

Entonces se besaban apasionadamente emocionados y corrían de regreso, para que la abuela no peleara con Osdalia por llegar retrasada. Otras veces se escapaban hacia el Parque Martí. Escuchaban abrazados y de pie frente a la Glorieta, a la Banda Municipal de Música, o se burlaban del bostezo permanente de los leones tutelares, custodios de la entrada este del vergel sureño, donados por Emilio Fernández-Cavada; parientes aquellos de otros que engalanan típicamente a la ciudad y también emparentados con sus semejantes ucranianos según investigación del periodista Ildefonso Igorra.

Era una relación amorosa de colores vivos, con una armonía semejante a una composición musical, un desbordamiento provocativo, como para vestir el alma de pétalos y fantasías.

Paralelamente, las contradicciones en que se debatían al inicio, desaparecieron con las lecturas de la autodefensa-programa de Fidel. Comenzaron a explicarse el sistema de injusticias imperantes en la sociedad de su país que abarcaban hasta la participación de la Embajada de Estados Unidos. Y así, cuando Pedro “Puyín” Olascoaga, que vivía frente a la bodega donde laborabas ya desde 1954,  te sondeó para saber tu disposición a ingresar en una célula clandestina del Movimiento 26 de Julio, casi lo abrazas en agradecimiento. Después de tu muerte, “Puyín” reconocería que fuiste desde tu ingreso “uno de los hombres más valientes y útiles con que contó el Movimiento en Cienfuegos”.

Tu trabajo en la bodega La Inglesita durante el día, tu liderazgo en la Escuela Nocturna de Comercio, y tus labores en la clandestinidad eran para ti un ejercicio divertido, un juego creador que te llenaba de entusiasmo y alegrías compartidas con tu Osdalia. Eras tripulante diurno de la bicicleta de reparto comercial, líder indiscutible de tu escuela, luchador clandestino que compartías riesgos y emociones, y novio esmerado en honrar el amor que conociste hacía tan poco tiempo. Osdalia te apoyaba en cada decisión, aunque muriera cada vez que demorabas en el cumplimiento de una misión arriesgada, de las que regresabas siempre jovial, siempre optimista. Hasta que te detectaron y comenzaron las detenciones, las palizas, los arrestos para interrogarte, amenazarte y golpearte…

Es entonces cuando, de común acuerdo, ante el peligro que corren, toman una decisión muy sabía: casarse. Completar las emociones amorosas como una pareja que se ama profundamente. Que no puede seguir el amor en dosis, cuando presienten y ansían el amor pleno. El riesgo  que asumías cada día podría impedirles ser completamente felices. Vivir cada día, acostarse y amanecer separados, ya era la más infeliz de las hazañas. Así que decidieron dormir y amanecer juntos todo el tiempo posible, en el hogar soñado. Supieron bien que fue la más dura y lúcida decisión común. Dura por la causa que apresuraba esa boda añorada.

Aquella noche del 9 de marzo de 1957 fue el clímax de su amor cimentado sobre la base de una identificación plena de aspiraciones e ideales, al calor de la lucha contra Batista. Decidir vivir juntos como un matrimonio común, ustedes que nada de común tenían, por temor a que la muerte los privara de esa posibilidad, sin quejas ni objeciones, sin abandono del ideal, es lo más valiente que hubiera concebido pareja alguna. Y nadie que no fueran ellos dos, se dio cuenta del mérito y la valentía que entrañaba eso que estaban asumiendo.

Osdalia estaba espléndida. Y tú, José Gregorio, jubilosamente feliz. Apenas cabían en aquella casita de alto portal de Castillo número 82, casi esquina a Hourruitiner. Esa noche se rompieron todas las reglas de la clandestinidad. Estaban tus compañeros de célula, pero muchos más de otras que, pese a la compartimentación, te conocían y admiraban. Y para rematar las violaciones, cuando estaban firmando el acta matrimonial, los casados y los testigos, llegó en ese preciso momento un compañero rezagado, quedó afuera, en el portal, porque adentro no cabía ni un alfiler, pero  alcanzando  a duras penas el umbral de la puerta, los miró a todos y casi les gritó:

—¡Coñooo!...,  si llega la Policía, se jodió el Movimiento 26 de Julio en Cienfuegos…

Muchos rieron a carcajadas, incluso tú, José Gregorio, pero otros querían matar al chistoso, que, supongo, después hayan aleccionado en su célula, por irresponsable.

Alquilaste un pequeño apartamento en altos, en San Carlos entre Prado y Cristina, que fue tu demasiado breve remanso feliz. Osdalia solía decir que ella había conseguido que tú fueras adulto sin matar el niño que tenías adentro, que era una bendición. Tú le contabas que cuando más adolorido estabas por los golpes y torturas en la jefatura policial, te evocaba y le servías de bálsamo tranquilizador; que lo que más le dolía eran los días que le arrebataban de tu lado, las puestas de sol que se perdían juntos, los sueños no logrados de tener hijos que acariciar, y que extrañabas las sencillas alegrías cotidianas en el hogar, que son las únicas duraderas…

Fueron seis meses maravillosos, con interrupciones por detenciones, golpeaduras y torturas que te hicieron hasta orinar sangre. Solo los cuidados de tu Osdalia te permitieron seguir viviendo. Solo un amor así lo explica y lo disculpa todo.

Y un día, el aviso que esperabas ansioso. La madrugada del 5 de septiembre de 1957 estabas todavía convaleciente de la última golpeadura y de una gripe fuerte que te comenzaba. Te despediste de Osdalia alegremente. ¿Cómo podían sospechar que era la última vez? ¿Cómo quienes amaban tanto la vida podían pensar en la muerte? Saliste a la ciudad en la madrugada bajo una llovizna pertinaz, olvidándote de tu fiebre. Y ella quedó en temblor. Más tarde, ya amanecido el día, estabas en plena posesión de tus facultades, organizando patrullas mixtas de marinos y civiles, insuflándoles a todos tu energía, tu ardoroso patriotismo, tu fe en la victoria final.

—Ahora los guardias no van a correr detrás de mí, ahora yo voy a correr detrás de ellos…  —dirías con la alegría de poder medirte con ellos de igual a igual.  Parecía que estuvieras representando tu mejor broma, aunque fuera el acto más lúcido de tu vida.

Y ocurrió el asombro y la emoción de decenas y centenares de hombres acudiendo a Cayo Loco, llenando la carretera que conforma el istmo de entrada, para pedir un arma para combatir al lado de su vanguardia política del Movimiento 26 de Julio, que hizo comprender a Julio Camacho Aguilera, el enviado de Frank País para dirigir esa acción, que las condiciones subjetivas acompañaban a las objetivas para vencer en esa contienda popular contra la opresión. Y las armas las repartieron, hasta donde alcanzaron, como luego, a mediados de la mañana, también se pusieron en manos del pueblo las armas de la Estación de la Policía Nacional cuando fue tomada. Y fueron los marinos enseñando a los rebeldes del pueblo alborozado el uso de aquellos medios de libertad, y los bisoños combatientes empezaron a saber distinguir que las balas para fusiles Springfields no les servían a los fusiles Garands y viceversa…

Cuando comenzaron a salir los policías rendidos, la multitud los quiso golpear, pero tú, José Gregorio, y Luis Pérez Lozano, que tantos golpes habían recibido allí, salieron en defensa de aquellos esbirros y se encararon  al gentío enardecido, con la gallardía y moral que los asistía:

—¡No, compañeros, no podemos ser con ellos como ellos han sido con nosotros, esa es la diferencia; ahora son prisioneros, y todos los que tengan culpas serán juzgados, pero ahora los revolucionarios no  los podemos golpear...

Fueron tan convincentes, que todos obedecieron el gesto noble. Los condujeron en su mismo carro celular, aquel viejo Chevrolet azul,  y en un camión,  hasta las celdas de Cayo Loco.

Entonces tú continuaste hasta la Calzada de Dolores, con otros compañeros, Thompson en ristre todos, en un jeep descapotado, y tuvieron frente a la calera, casi al lado de la Clínica Moderna, el primer encuentro mortal con los ocupantes de una perseguidora policial. Y cargaron  hasta esa clínica a los cuatro policías heridos, tres de los cuales fallecieron casi inmediatamente y solo el escribiente “Juan el guapo” se salvó de las heridas.

Poco antes del mediodía, junto a “Puyín” Olascoaga, que dirigía tu célula, pero ya era Jefe de Acción del Movimiento en la ciudad, y una docena de milicianos, reforzaron la defensa del edificio de la Escuela de Artes y Oficios San Lorenzo, frente al Parque Martí, donde los oficiales de la Marina, Dimas Martínez  y Ángel Jardín, con una veintena de marinos, eran responsables de evitar que cayera en manos del enemigo, que ya avanzaba sobre Cienfuegos. Era una fuerte construcción desde la que combatieron al Tercio Táctico de Santa Clara, una fuerza élite del batistato que quiso penetrar en ese espacio, al que diezmaron, y hasta hirieron al coronel que los comandaba. Disparabas alegremente, satisfecho de tu nueva habilidad, pero cuando viste tirados en la plazoleta algunos cadáveres, me cuentan que una sombra de amargura cubrió tu rostro, ennegreció tus labios junto con el escozor de la pólvora y la resequez de la sed, y musitaste:  —Es terrible la guerra, es una triste necesidad esta de tener que matar para que la Patria viva…

Alrededor de las cuatro de la tarde llegó la segunda oleada de los aviones del tirano. Traían la orden del sátrapa de castigar a la ciudad rebelde, y ametrallaron siete barrios, con sus ametralladoras calibre 50, con las que asesinaron a hombres y mujeres, amas de casa y a una niña de trece años, que dio su nombre al muelle principal de la rada: Olimpia Medina, y  dejaron otras muchas mutiladas dentro de sus propios hogares, entre otras a Dalia, la hermana de Olimpia, aun menor que esta. Pero tu temperamento José Gregorio, no se resignaba a disparar como todos, protegidos tras una columna o una ventana, y cambiaste tu ametralladora Thompson por un fusil Garand, que tenía más alcance y fuiste a la azotea desnuda, sin protección,  y te convertiste en imponente gladiador. Arriba, los aviones vomitando centellas; abajo, el pueblo martirizado, los niños con sus miedos, el pueblo con sus frustraciones, y en medio, tu azotea y tú, vengador de límpida mirada; tú, miliciano  que dio su nombre al heroísmo, disparando frenéticamente al que mancillaba el azul celeste…

De pronto sentiste que te llamaban. Buscaste sin saber de dónde provenía esa voz de mujer. ¿Una alucinación? Entonces la viste. ¿Un espejismo? Desde una ventana del edificio aledaño, habitaciones altas del Bar Johnny 37, estaba aquella seductora mulatica mesera a quien un tanto en broma, un tanto admirativamente, apodábamos Princesa. Te llamaba. Clamaba por ti. Te rogaba a voces que escaparas, que bajaras de esa azotea. Si lo hacías, después otro día podrías verla. Te avisó:

—Los soldados pusieron francotiradores en todas las azoteas vecinas a la escuela. ¡Baja de ese lugar! Salva tu vida!  —te urgía. 

Cuando comprendió que no le hacías caso, intentó salvarte de otra manera: sonsacándote con su joven belleza. Y comenzó a desnudarse para atraerte hacia la Vida y robarle su presa a la Muerte. Echó atrás los hombros para proyectar hacia delante sus senos, que debiste apreciar realmente hermosos, sobresaliendo de su silueta esbelta. Se despojaba ya del pantaloncillo breve para dejar al descubierto todos sus atractivos femeninos, que sabía que te gustaban.  Era una voluptuosidad distinta; no era exhibición impúdica, sino que quería ser salvadora. Arqueaba audazmente la cintura y contoneaba sus caderas. Quería convencerte para protegerte… Así me lo confesó algún tiempo después.  Fue ella quien me contó, llorando, que tú te viraste de espaldas a ella y continuaste tu singular duelo con los aviones... Hasta que te vio caer…

Me he preguntado: “¿Quisiste huir de la tentación?  ¿Pensaste acaso, glosando al poeta: “¡Patria, Patria, aparta de mí este cáliz!...?”  ¿O recordaste a Osdalia?   ¿Fue ella tu último pensamiento?  Seguiste disparando y no viste venir volando la Muerte, que coronó tu frente de gloria. ¿Qué pensaste en el postrer segundo? Un cerebro puede dar cabida a galaxias enteras de pensamientos. ¿Recordaste tu infancia? ¿La primera vez que admiraste el mar? ¿La primera vez que amaste a una mujer? ¿Cuando ingresaste en la célula del Movimiento?  ¿Cuando te casaste con Osdalia? ¿Cuando te despediste de ella esa mañana? ¿Cuál fue el último pensamiento que cortó aquella bala? Te he imaginado caído sobre aquella azotea de San Lorenzo. Callado. Inmóvil. No lo concibo… ¡Inmóvil tú!...

Hay en esa muerte una injusticia monstruosa. Porque tú, José Gregorio Martínez Medina, viviste justamente, ¡y nos sigues haciendo falta! Para que sigas disparando con tu pureza sobre  los que mancillan la dignidad de esta Patria y con sus novísimas picardías, con su corrupción quieren corromperla y jodernos la Revolución. Y confunden —como decía Platón—  lo existente con su propia sombra, y pretenden apagar nuestras velas revolucionarias mientras encienden sus privilegios.

Nos haces falta, José Gregorio, para que desaparezca ya el “socio” y el “señor”.  Para que germine de nuevo esa poesía sintetizada en la palabra “compañero”, que es la que utilizaba el Che. Para no olvidar la historia y sus ejemplos ancestrales de valores altruistas. Para que esta Revolución siga hermosa como muchacha palpitante de la que todos sigamos enamorados, y la respetemos, y la cuidemos…

Perteneciente al libro inédito Cienfuegos, la ciudad (en) que amamos, en conmemoración del Bicentenario de la fundación de la Ciudad de Cienfuegos, a celebrarse el próximo 22 de abril de 2019 (N. del E.).

 

 

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