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Página de Inicio Pretextos Obra Literaria de Andrés Daniel García Suárez Cienfuegos, la ciudad (en) que amamos (III)

Cienfuegos, la ciudad (en) que amamos (III)

Por Andrés García

Voluptuosidad

Olivia, a sus 15 años se había convertido en una maravillosa belleza rubia, dulce y soñadora, de grandes ojos claros, boca grande y pulposa, senos muy firmes en desarrollo y prometedoras caderas en evolución.

La madrugada que descubrió casualmente  la relación de su hermano Carlos Enrique con María Trinidad, asumió el hecho sin asombro y con toda naturalidad lo calló, entre otras razones, por ser la muchachita de prominentes nalgas la hermana de José Francisco, el primogénito del matrimonio esclavo, por quien ella sentía irrefrenable atracción desde niña,  y dos o tres años mayor que ella.

Educada en un colegio privado, para hembras, con profesoras rígidas, no era sin embargo nada mojigata ni tímida. Olivia ya se había permitido determinadas libertades menores con amiguitos a la salida de clases del plantel educacional vecino, destinado a varones, que no hicieron más que avivar su curiosa natural sensualidad. Era un no inocente intercambio de miradas y de sonrisas, brevísimos apretones de manos, como señales, pero que no dejaban más que preguntas y desconciertos en el aire, como poesía subliminal. Se sentía como crisálida y como posesa de las ansias desconocidas que echaban redes de silencio y deseos inciertos, ya mejor vislumbrados con el descubrimiento del amor de Carlos Enrique y María Trinidad, que le resultó inspiración más que conflicto. Olivia sentía que no quería ser más ente pasajero, espectador solitario sobre las serpientes de asfalto de su ciudad, sino presencia deseada, con ilusiones reales que no se escaparan ante sus ojos. Quería conocer los grados de las percepciones de los sentidos, de los estímulos, de los mensajes, escapar de los absurdos y conocer el placer. ¿Qué es el placer? ¿No es tragicómico no saberlo? Así se preguntaba angustiada…

Una tarde llegó a su casa más temprano que de costumbre. En busca de una libreta escolar extraviada, subió al ático de los esclavos y acertó a ver a José Francisco cuando salía desnudo del baño, secándose vigorosamente la cabeza con una toalla. Quedó petrificada. El desarrollo varonil del adolescente negro la conmocionó. Se miraron a los ojos, aunque ella no podía desviarlos de la masculinidad que se le presentaba invitadora. El muchacho se asustó.

—¡Vete!   —le dijo, y sus ojos se agrandaron por el temor—. Si el amo se entera, me sacará de aquí y no podré seguir admirándote en silencio…!

La confesión de José Francisco la estremeció. Ella sentía esa misma atracción inconfesable. Quiso decírselo con palabras, pero sin fuerzas en las piernas, cayó de rodillas delante de él. Recordó su infancia con un estremecimiento. Hasta sus siete años utilizó el biberón pese a la protesta de su madre. Doña Micaela no podía comprender la voluptuosidad que sentía la niña cuando retenía aquel pomo cálido en su boca, en su rostro, entre sus manos… Ahora pensó en su biberón; pensó en los mástiles inhiestos de los veleros que arribaban al Muelle Real, que ella admiraba desde el litoral; pensó en las palabras “desmesurado” y “descomunal”, y suspiró mirando a los ojos al esclavito con quien jugaba hasta hacía muy pocos años. Volvió Olivia a revivir las sensaciones de aquel biberón de la niñez, apretado en sus manos pequeñitas, y lo sentía grande y poderoso, y deglutía su contenido con codicia, con alegría, con fruición, deseando que no se le acabara nunca, que le quemara labios y garganta, y lo conservaba recostado a la boca, al rostro, acostada en su lecho, hasta que se cansaba y lo dejaba caer cerca, para saborearlo de cuando en cuando…

Olivia recordó aquella voluptuosidad de su infancia y repasó la fábula de Hércules amamantado por Juno, pero a la inversa.  Recordó las visiones de los yates con sus velas blancas inflamándose al contacto del mástil empinado. Se sintió como aquella vela, tensa por los vientos huracanados del deseo, sujeta firmemente a la verga que la enardece, que va subiendo y subiendo majestuosa al unísono de dos corazones desbocados que hacen las respiraciones imposibles.  Escucha una música celestial, fondo apropiado para loar la pieza que hace vibrar las notas de sus sentidos, las tensas cuerdas del violín de sus ansias…  Se conmueve, no sabe si está llorando o riendo, y atrapa con infantil orgullo aquel biberón de su infancia, revive sus siete años degustándolo y siente su aroma, esencia de todos los frutos, raíz, miel, mar, sol, aire entre las jaguas, quemante suavidad en el amanecer de su vida que había vislumbrado cuando, tendida en su cuna, se abrazaba voluptuosamente a su biberón…

Un año más tarde —en 1854—, ya casada con un español adinerado, socio de su padre que se lo impuso para beneficiar una alianza comercial, Olivia continuaba compartiendo, a veces, con su esclavo descomunal, sensacionales felaciones con la misma secreta fruición de su niñez y de la tarde aquella en que subió al ático de los esclavos, en su residencia urbana cienfueguera, en busca de una libreta escolar extraviada…

La relación se convirtió de romance peculiar en sentimiento más poderoso y verdadero, sobre todo porque Olivia comprendía que no amaba a su marido, que era despegado y despreocupado de atenderla debidamente.  Aquel encuentro casual con el joven mestizo fue el inicio de una pasión real que se prolongó en profundo amor. No solo eran exclamaciones de placer, sino comunión de almas. Aunque de doliente amor, signado por los convencionalismos sociales que si bien ellos no compartían, comprendían sus consecuencias, sobre todo porque tenían el antecedente de lo sucedido con su hermano y la hermana de José Francisco.

En la educación de aquellos muchachos habían primado muy tempranamente las sonoridades de los sentimientos separatistas y abolicionistas, inculcados sabiamente por Lucía, no solo en sus hijos, sino también en los de sus amos.  La tristeza y los dolores de la esclavitud, aquella vida brutal de una sociedad que hacía regir la conducta por la voluntad de los propietarios de vidas humanas, aprendieron ellos a repudiar desde infantes, y en sus entrañas surgió la luz de la conciencia humanística, y la dignidad igualitaria para todos los hombres y mujeres. Lucía fue la verdadera rectora de aquella familia que borraba diferencias y forjaba hombres y mujeres iguales, con la sublime dignidad de los seres superiores.  Ella forjó una unidad en lo espiritual, lo cultural, lo histórico, lo social  y lo humano.  Ella los hizo ser a todos, con su fiera ternura inteligente, capaz de lavar a puño las penas de la familia, y de la Isla, sujetos capaces de su propia emancipación.

 

Cuántas veces, en su oculta relación, Olivia y José Francisco, después de su pasional correspondencia amorosa, quedaban abrazados conversando,  y él, que era muy sensible, maduro y aventajado estudiante, recordó, con Olivia en brazos, a su abuela Venus, sobre la que su madre Lucía siempre le hablaba con infinito amor; pero también de su bisabuela “Abi”, aquella fabulosa princesa abisinia, mansa leona en agonía, precursora de estas mujeres maravillosas.  ¡Cuánto soñó con ella!  La veía algunas noches en un barco negrero, surcando las aguas del Atlántico enorme  desde su África natal, como flor aplastada, en una bodega ensangrentada y apestosa de aquel galeón inmundo, ¡a ella, una princesa de la realiza africana, de la realeza abisinia!, ¡la más bella y hermosa de todas aquellas bellas mujeres negras! Y se le enlazaban en una secuencia incomprensible, aquellas imágenes de otro barco con su carga de oro negro humano, sufriente y erguido, y eran hombres negros insubordinados contra los blancos que látigos en manos los destrozaban sin contemplaciones, y allí estaba su abuelo, su abuelo sin nombre, con un marcas de latigazos en la espalda, y así una noche y otra, José Francisco se despertaba sudando y llorando, preguntando a su abuelo cuál era su apellido, el nombre de su abuelo capturado, marcado, que pasó en cadenas sobre el mar; preguntándole cuál era su nombre real: ¿bacongo?, ¿banguila?, ¿kumbá?, ¿fongué?...; y le rogaba:  “¡Dime, abuelo, cuál es mi nombre hermoso  y real!,  mi nombre hecho de tantos nombres queridos, ajenos y míos, míos y vuestro, libres como el aire, y como el aire, puro…  No quiero mi pequeño apellido falso de letras blancas, quiero el tuyo, el de mi madre, el de mi abuela, el de mi bisabuela, el del abuelo de mi abuelo…”

¡Cuántas veces lloraron abrazados cuando recordaban estas cosas, estos dolores tan íntimos y secretos…! ¡Cuánto sufrían por no poder permanecer juntos, orgullosos de su gran amor, con la naturalidad de las parejas blancas, o negras, sin verse señalados, discriminaos, estigmatizados… Y Olivia y José Francisco lloraban juntos, como si quisieran lavar con sus lágrimas calientes, tantas heridas ancestrales, y juraron hacer de su descendencia y de sí mismos, luchadores contra la sociedad imperfecta y cruel, urgida de cambios… “Queremos la vida libre como único extremismo”,  dijeron, y soñaron abrazados una vez más.

A fines de 1855 nació su hijo. Era un varón corpulento, muy trigueño, tanto que hizo levantar sospechas al marido español, pero la atracción que sentía por la bella muchacha permitió despejar la duda, sobre todo cuando Olivia le insinuó que las razas hispanas no resultan nada puras, aunque ninguna lo es, y acaso pudiera tener algunos genes “moros” que quisieron remarcar abruptamente su linaje en la más alejada descendencia. Y el esposo, más interesado por los negocios que por la familia, dejó a un lado esas preocupaciones que le impidieran mantener a buen recaudo sus operaciones negociables, puso en orden su conciencia y continuó sus tareas que le ocupaban largas horas del día y de la noche.

Olivia quiso nombrar Esteban al recién nacido, como el abuelo de José Francisco  —Esteban Cabrero, el secretario de don Luis De Clouet—,  el único amor de la Venus  Negra.  Era como un compromiso amoroso, un ansia inconfesable de cultivar sus raíces en su estirpe. Y Lucía, que conocía la relación de Olivia con su hijo primogénito, aunque asustada, sintió que algo sublime estaba pasando en su familia, y todos los días daba gracias a sus dioses africanos y a los católicos, apostólicos y romanos.

Y Esteban heredó en el amor de sus padres verdaderos, Olivia y José Francisco, y en las enseñanzas de la abuela Lucía, las virtudes de Abi y de Venus, que venían como a devolverle la paz en el alma. En las tardes de suave invierno, o en los tediosos mediodías dominicales, Esteban atendía absorto las historias de Lucía, en tono de confidencias, como antes lo hicieran sus antecesores, y revivía aquellos bailes, las visiones de aparecidos, los animales de dos cabezas, el barracón inmundo, el látigo y los gritos de los mayorales abusadores, pero también la placidez de aquel Cayo Loco de la bahía donde sus abuelos fueron privilegiados seres felices en el amor único, absoluto y único. La protagonista principal era aquella casa solariega enclavada en el centro de una urbe reposada, aparentemente imperturbable, que iba desarrollándose armoniosamente, pero a la que también llegaban los ecos de los acontecimientos que estremecían al país y que terminarían por transformarlo, al igual que a sus pobladores. A la tierra responsable de las pesadumbres de su sociedad llegaba con muy poco. La pobreza no le molestaba tanto como el desconsuelo de la esclavitud que permanecía como una cadena, un cepo enorme,  pero aleccionado por sus ascendientes, y por los libros que abrazó con la fruición de su madre y sus abuelas, el afán de libertad no se apartó de sus pensamientos, y Esteban creció con la secreta pretensión, como destellos de luz propia, de hacer algo para salvarse y salvar a sus semejantes. Y así, de forma en forma y de astro en astro, como respondiendo en silencio, sin sonido de complicidad,  con cierta convicción de que llegaba el alba, Esteban no quiso ser el árbol preso, el animal apabullado, el hombre siempre abrumado por el desprecio del color de la piel. Siempre recordaba a Lucía, que aleccionaba a sus hijos y a los de sus amos: “Siempre levanten la cabeza, tienen que aprenderlo, porque así lo aprendieron sus abuelas y bisabuelas, los grandes pilares de todo”.

Y Esteban quiso ser el ave volante, provocar el gozo común, y temprano identificó con la nitidez de sus pensamientos, la manera de erigir un espacio, de apretar la empuñadura de la espada salvadora. Era como si reconsiderara conceptos acerca de la filosofía del placer y del dolor. Amaba los pequeños detalles, divagaba con las chispas que se desprendían del fuego revoloteando en el aire de la memoria. Comprendió pronto que el mundo nacía cada día, nacía de nuevo el mundo cada amanecer.  Y era mejor si se forjaba mejor. En sus pensamientos supone que cada ave que escapa del infierno y la locura es presa de toda la ira que no ha escapado de ella; que en la otra orilla del océano está la casa verdadera de sus ascendientes verdaderos, pero para llegar a aquella tiene que salvar a esta, y acompañarla en sus melodías. No le da miedo la libertad, esa sombra atrapada adentro, y afloran los misterios de lo reprimido y las imágenes que lo han impresionado para toda la vida. No es solo su experiencia de escasos años, es bagaje existencial de siglos…

Y como para que no quedaran dudas, el llamado de la sangre negra ansiosa de libertad, vendría a confirmársele en diciembre de 1869.

 

El  capitán  Esteban

 

A  fines  de 1869  ocurre algo inédito  en el centro de la Isla. Después de la toma de Bayamo en el Oriente a inicios de la Guerra que será la de los Diez Años, ninguna otra ciudad importante había sido ocupada. La experiencia bayamesa fue importante, la táctica no será conservarla en poder rebelde, sino apropiarse de las armas y abastecimientos del enemigo y salir de ella inmediatamente, dejándole la derrota militar y política.

Así lo planificaron los Generales mambises cienfuegueros Federico y Adolfo Fernández-Cavada Howard, que comandaban el contingente guerrillero del Ejército Libertador en el centro-sur cubano. Ambos hermanos se iniciaron como luchadores antiesclavistas en la Guerra de Secesión de Estados Unidos, formando filas en el ejército norteño del Presidente Abraham Lincoln, tan pronto culminaron sus estudios universitarios, y a su regreso a Cuba, con grados militares y condecoraciones, y sobre todo con una experiencia militar importante, fueron seguidores apasionados luego, de Carlos Manuel de Céspedes, en la forja de la independencia cubana, paso previo para alcanzar la abolición de la esclavitud.

Federico y Adolfo, y otro general sureño, Juan Díaz de Villegas, analizaron los informes de su Servicio de Inteligencia Militar que indicaba los puntos vulnerables, la ubicación y número de las fuerzas enemigos, los lugares donde escondían su armamento, almacenes, fortificaciones, etc., en la villa de Cienfuegos, y actuaron en consecuencia.

Aquel 6 de diciembre de 1869, Adolfo,  a quien correspondió ejecutar la acción, invadió inconteniblemente con su famosa caballería mambisa, las calles previamente acordadas de la Villa. Penetraron arrolladoramente en el barrio de Reina, donde estaban diseminados las principales bases de abastecimiento y armamento de los españoles, e hicieron retroceder en vergonzosa fuga  a todas las guarniciones de la plaza, batiéndose calle por calle, pese a sus escasas municiones, tras quebrar el cinturón defensivo de la Villa cienfueguera.

Los mambises se apoderaron del polvorín tras una pequeña escaramuza, llevándose todos los huacales de pólvora. Las arrogantes fuerzas de voluntarios españoles escaparon junto con el Teniente Gobernador Merás, en la cañonera Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua, atravesando la bahía para ir a refugiarse en el Castillo que daba nombre a la embarcación, y dejando que el Ejército Libertador señoreara en la Villa. Las tiendas de víveres, de ferretería, de ropa y peletería, propiedades de acaudalados españoles recalcitrantes, fueron vaciadas de lo esencial, y cargados los pertrechos militares por la jubilosa población sureña, que vitoreaba a sus libertadores, en las acémilas que tenían preparadas para los convoyes militares hispanos. Los mambises ocuparon numerosos cañones de acero, sistema Krupp;  los famosos cañones alemanes-norteamericanos Parrows,  acabados de recibir de Norteamérica para defender la plaza sureña, y alguna cantidad de fusiles con sus proyectiles.

El regreso victorioso a la base insurrecta en las montañas de La Siguanea, como se conocía entonces a la cordillera del Guamuhaya o Escambray, fue lento, no solo por la larga travesía y la cantidad de carga transportada, sino además por la incorporación de familias que querían mantenerse bajo la protección mambisa en la manigua irredenta, más los que solicitaron la incorporación al Ejército Libertador.

Uno de aquellos hombres, un muy  joven mulato fornido, para ser aceptado dijo tener 16 años de edad, aunque realmente acababa de cumplir dos menos.  Era Esteban, el primogénito de Olivia y José Francisco. Su aceptación estuvo muy cuestionada porque los jefes mambises no le creyeron su edad. Pero pesaron en su favor la extraordinaria actividad que realizó como colaborador espontáneo de los mambises en la organización de la carga de las acémilas, y un hecho que él no mencionó, pero que diafanizó el propio General Adolfo Fernández-Cavada  cuando todo parecía que no iba a ser aceptado en las filas.  Ya iban a declararlo no apto por su edad, cuando se escuchó la voz del General:

—¡Pero si este muchacho me salvó la vida…!

Así fue como sucedió: en medio del combate general por la toma de Cienfuegos, Esteban, que estaba merodeando cerca, para tratar de desarmar a un guardia español y entrar a combatir, se percató de que un soldado hispano, rezagado de la estampida general, apostado en un recodo, apuntaba con su fusil sobre el jefe guerrillero, que se movía incesantemente, llegó antes de que apretara el gatillo; de un puñetazo derribó al español, tomó su fusil y cananas y con tan preciado armamento siguió a las fuerzas cubanas.

Solo entonces fue aceptado junto con el abrazo de Adolfo, que elogió su callada heroicidad y le pronosticó que sería un combatiente distinguido si se lo proponía.

Con la comitiva victoriosa se instaló en el inexpugnable campamento mambí de los Fernández-Cavada, y allí comprobó que en las filas insurrectas confraternizaban hombres blancos y negros de todas las capas sociales, en esos momentos iniciales en lucha por la identidad étnica y cultural cienfueguera. Esteban convivió con negros que habían sido esclavos provenientes del África, o descendientes de estos,  con negros o mulatos libres,  pardos y morenos llegados a colonos,  todos en comunión de intereses libertarios con los soldados y jefes blancos o negros o mulatos. Es cierto que en la Villa de Cienfuegos se había formado una capa de pequeños propietarios negros que acumularon algún capital en actividades artesanales, y algunos criollos con profesiones y oficios, y en esos sectores las ideas de emancipación tenían muchos partidarios. La Guerra de los Diez Años aceleraría ese proceso de abolición de la esclavitud en el que Esteban se vio involucrado. Supo que el apoyo y colaboración de los cimarrones apalencados en toda la zona del Escambray resultó importante protegiendo la retaguardia, sirviendo de informantes, de prácticos, o curando heridas y enfermedades con sus plantas medicinales que integraron luego la farmacopea insurrecta, y asimismo alimentando a la tropa con los productos de sus conucos clandestinos.   Aquella experiencia de los palenques fundados por esclavos escapados fueron el refugio secular de la libertad en la Isla, y eso lo recibió la fuerza mambisa de los Fernández-Cavada, que transformó a esos apalencados en combatientes abnegados, en miembros plenos de su contingente, soldados de valor y honestidad y entrega cabal al Ejercito Libertador cubano con todos los sacrificios y todas las glorias que el valor les confería, para luchar ahora por la libertad de todos los hombres. Esteban no lo apreció así entonces, pero esa es la herencia inestimable que recibimos, ese es el compromiso y la deuda que fuimos a pagar al África en los tiempos contemporáneos. El Ejército Libertador de Cuba fue el primero realmente multirracial en todos los rangos de la historia americana. Y Esteban estuvo allí.

El destino le permitió muchas satisfacciones. En una ocasión participaba con un grupo mambí en un recorrido nocturno cerca de la costa sureña y descubrieron el desembarco de un contrabando negrero destinado al hacendado cienfueguero Zulueta. Era un barco cargado de esclavos encadenados desde el golfo de Guinea. Todos fueron declarados libres y se les llevó al campamento de La Siguanea para realizar labores del campo. Aquellos hombres aterrorizados, que no conocían ni el idioma, en breve tiempo se adaptaron a la vida rebelde y libre y se incorporaron de buena gana a la lucha por la libertad propia y la de su nueva patria.

También estuvo Esteban, ya teniente, entre el puñado de valientes que acompañó al Brigadier cienfueguero José González Guerra  en sus campañas por Cumanayagua, Arimao, Camarones, y las lomas de La Siguanea, y fue uno de los mambises desnudos que, montados en pelo en sus bestias que bañaban en una cañada, fueron sorprendidos por una partida española, pero ellos, que nunca se separaban de sus machetes, los utilizaron decisivamente contra el enemigo en una acción que convirtió a González Guerra y a todos los suyos en los Héroes de Manaquitas. Pasaron unos pocos años y Esteban, ya capitán, integró un pequeño grupo de mambises que, al mando de Filomeno Sarduy, resultaron los últimos en deponer las armas en Cienfuegos durante la Primera Gran Guerra.  Solo entonces regresó a su hogar, porque Esteban también, tiempo antes,  había conocido el amor.

 

Esteban  enamorado

 

No había pasado mucho tiempo desde que Esteban ingresó en el Ejército Libertador, cuando conoció el verdadero amor, esa rara avis que levantó vuelo cuando besó a su amada por primera vez. Fue en las inmediaciones de Cumanayagua, entonces un barrio rural cienfueguero, cuando aún sin experiencia militar, tras uno de los encuentros iniciales con una columna española, esta diezmó a la pequeña tropa que combatía casi desarmada.  Esteban fue dado por muerto y quedó solo. Deambuló durante dos días. Al cabo vislumbró un bohío perdido en un bosque. Las heridas lo habían hecho perder mucha sangre y llegó desfallecido y mareado.

Entre brumas creyó distinguir una persona que extraía agua de un pozo con un cubo mugriento. Desde su escondite detalló mejor a aquella figura esperanzadora. Era una adolescente, prácticamente en andrajos, aunque pulcra en sí misma. Se le acercó despacio, dudoso aún, con sus últimas fuerzas.  Apreció las formas de aquella doncella color canela, y le pareció que se dijo: “…¿Es un regalo de Dios o una tentación del demonio?  ¿Es una ilusión escapada entre los abuelos?  ¿Es sólo fruto del deseo o hay una espiritualidad desconocida en ella?  ¿Es una estatua esculpida de los sueños rotos?  ¿Es solo fruto del inconsciente remoto?...” La detalló todavía un poco más cerca, y al concluir su examen se dijo: “Es una criatura perfecta…”

Y cuando se aproximó y saludó lo recibieron dos ojos expresivos y la sonrisa más hermosa que hubiera visto jamás…

Entonces bailó caóticas danzas y cayó desmayado a sus pies. Lo último que recuerda aún son aquellos ojos, el grito de la muchacha y las sombras negras que cubrieron su conciencia. Lo siguiente que vería al despertar fue aquella sonrisa, aquellos ojos y un vestido que subrayaba un delgado talle y dejaba ver mucho de sus senos. Esteban no podía apartar su  vista de ellos, aunque le gustaba también todo lo demás, y ella escuchó su broma:

—¿Cada vez que tú miras y le sonríes así a un hombre, éste cae rendido a tus pies?

 

Ella, que se llamaba Laura, lo curó con hierbas y unas manos hechas para acariciar. Y él, que era sensible al encanto de las muchachas campesinas de piel morena y cabellos negros con un cerquillo que cubría su frente y unos labios grandes que presumió golosos, pensó: “Me va a embrujar”.

¡Y en efecto, lo hizo!

Cada amanecer, junto al café aguado y humeante, la veía inclinada sobre él, solícita, para repasar sus heridas y untarlas de plantas maceradas y empapadas de miel de abejas de la tierra. Y Esteban no podía apartar la mirada de esa visión espléndida de unos senos recién nacidos que asomaban curiosos sus orlas por el escote bajo, en un equilibrio gracioso pero estimulante que lo enajenaba y lo hacía soñar y tenía que contenerse, aunque cada día le costara más hacerlo.

Luchaba también ella cada noche antes de dormirse. Hasta aquel encuentro sorpresivo junto al pozo, su vida hasta entonces se había deslizado sin placeres, sin nada que perturbara una existencia que ella, que no sabía de ninguna otra, la juzgaba paradisíaca, con el boscaje abrupto y bello de las montañas vecinas como telón de fondo, con sus verdes de diferentes tonos, reinando en un hogar demasiado callado y tranquilo, regido por una madre abnegada, de origen criollo, blanca, gravemente enferma ahora, y siempre pobre, viuda de un esclavo negro liberto, combatiente de una guerrilla mambisa de la zona que había sido aniquilada por los soldados españoles. La muchacha recordaba sus costumbres anteriores, los deberes hogareños primero, la atención a los sembrados que quedaban y los pocos animales de corral sobrevivientes de la guerra y sus pillajes. Sin embargo, jamás se convenció de que el estado natural de una muchacha como ella era la tristeza. En los atardeceres que la mortificaban por su belleza incompartida, y en las noches vacías, entre sus ilusiones truncas, limpias de sueños infantiles ni apenas adultos, aparecía aquella llamita esperanzadora que era contención de impaciencias. Otras veces, era la visita frecuente al escondrijo subterráneo, disimulado al fondo del bohío, donde escapaba cada vez que se escuchaba la llegada de tropas españolas de recorrido, para que no sospecharan siquiera de su existencia, y allí repasaba con sus manos y sus ojos los tesoros celosamente guardados: unos libros de lectura y de aritmética de cuarto grado, y unos mochos de lápices, regalos preciados de su padre; una libreta sucia por fuera pero impecable en sus páginas, donde ella escribía con letras grandes y regulares, que en cada plana se hacían más cuidadas, y allí encerrada, casi enterrada, sentía bullir la vida, unas ansias tremendas de saber más de la existencia, y conocer el amor, esa sensación que la conturbaba desde hacía unos meses tan solo con el despertar de su feminidad, pero que ahora crecía en su mente con temeridad inusitada.

No dejaba de pensar, ni de día ni de noche, en Esteban, ese apuesto soldado; cabo decía unas veces, al principio, y luego decía sargento, y que había llegado para siempre a su existencia. No era un presentimiento. Era convicción de primer amor, ese desconocido sentimiento que la emocionaba hasta las lágrimas porque comprendió cuando lo vio que era él quien la iba a hacer mujer.

“Porque ese hombre  —pensó casi en voz alta— es más que un cuerpo, ¡tiene un alma sensible! ¡Y yo la descubrí!

Y confirmando que ninguna edad está libre de la inocencia, se preguntaba:

“¿Qué me impide que me abalance a su cuello y lo bese...?”

La noche que lo decidió, una noche muy fría de invierno en las estribaciones de Guamuhaya, quedó en vela, y cuando amaneció hizo un café que levantó grandes volutas de humo, le llevó en su jícara a su madre, que sumida en un sopor de moribunda estaba tendida en el lecho, y fue a ver a su hombre, que acababa de despertar.

—Estaba soñando contigo  —le dijo  él.

—¿Y qué soñabas?   —preguntó ella asfixiándose de susto y alegría.

—Que éramos novios y te besaba, y te amaba…

Y no pudo decir nada más porque así se consumó.

Cuando sin tiempo ni época despertaron en una primavera florecida y cálida, vieron asombrados que las viejas heridas abiertas de él y las nuevas de la desflorada feliz mezclaron sus efluvios como juramento sellado. Entonces él le declamó a su manera, en el lenguaje del sueño, un anticipo del memorable poema de Fallad Jamís que nacería mucho después:

Eres como la libertad, tan bella como la vida misma, por las que habrá que darlo todo…

Y ella, que poseía las llaves de las épocas y podía penetrar al encuentro deseado desde el fondo estas, escucha su acento universal, se hace síntesis y fusión de culturas para ser única y eterna y convertirse, de muchacha canela, en flor, y ser por siempre Novia de todos los que se enamorasen de ella en el decursar del tiempo, renaciendo desde pasados en presentes que regresan en futuros…

Después, todas las noches ella lo esperaba en su lecho, tendida, desnuda, emocionada, entre flores perfumadas esparcidas por doquier, las que se encargaba durante el día de escoger, anhelando sentir a su hombre dentro de sí, en el prodigio de abrigar otro cuerpo…

Y siempre dispuesta a defenderlo con su vida, mientras él se reponía y volvía a la lucha por la Patria de todos. Y tuvo que aprender a combinar las largas separaciones y esa angustia latente de no saber si volvería, como su padre, que un día no volvió más por esa guerra que todo lo destruye, menos la voluntad de ser libres; y los breves y sorpresivos encuentros de cuerpos y almas, unas veces en la casita aislada; otras, en la cercana prefectura mambisa, o en la misma manigua redentora porque no podía prolongarse la espera ni un minuto más. Con pocas noticias buenas, como sus ascensos verdaderos a teniente, a capitán, y noticias malas como la siempre falta de armas, aunque sin dejar de pelear, y la muerte de algún compañero, aunque siempre,  sin dejar de llorarlo, cargando sobre el enemigo… Así, hasta el fin de una guerra que no concluyó como debió ser.

Como el amor lo explica y lo disculpa todo, llegaron ambos a adultos sin matar al niño que tenían dentro, y esa bendición se tradujo en abundante descendencia, hijos e hijas hermosos; nietas, nietos y biznietos que permanecieron residiendo en la zona sureña, a todos los cuales Esteban y Laura entregaron con su ejemplo las únicas riquezas posibles que consolidaran su libertad.

También llegó a conocer Esteban, felizmente emocionado, años más tarde, antes de fallecer, que la morena Guadalupe, una de las descendientes de Marla Trinidad,  hermana de su padre, José Francisco, en clara percepción de los derechos de los esclavos y mulatos libres, realizaría en Cienfuegos una reclamación oficial, usando la vía judicial, para obtener la libertad de sus hijos y nietos, nada menos que unos sesenta descendientes. ¡Y ganó el pleito!

 

Los  descendientes

 

 

Bellas páginas históricas escribirían algunos de aquellos descendientes en la región de Cienfuegos en el transcurso de generaciones. Algunos estuvieron como recios combatientes de filas del Ejército Libertador durante la Guerra de Independencia, al punto de que se afirma que uno de ellos, aunque la memoria histórica no nos entrega su nombre, integró la Brigada de Cienfuegos y estuvo junto a las huestes de la Columna Invasora de Gómez y Maceo en el macheteo contra los “quintos” españoles recién llegados a la Isla, durante la cruenta batalla de Mal tiempo, cerca de Cruces.

Después de la paz sin independencia, cuando por la injerencia norteamericana cambiamos de amo, otro sucesor muy posterior de las Matriarcas Abi, Venus Negra, Lucía y Laura,  el negro liberto Claudio, cuyos padres y él pertenecieron a la dotación del ingenio de los Sarría, castigó con sus puños a unos marines yanquis ebrios que trataban de abusar de unas muchachas transeúntes en una calle cienfueguera. Generalizada la pelea, cuando algunos vecinos acudieron a apoyar a Claudio, llegó la policía municipal, que ayudó a los yanquis y reprimió a los cubanos.

Más acá en el tiempo, otro de los descendientes estaría en la ejecución de la vendetta contra el comandante de la marina Carmelo González Arias, el traidor que provocó en 1935 el asesinato de Antonio Guiteras, y que fuera ajusticiado el 9 de mayo de 1936, un año y un día después del crimen de El Morrillo, en su propia oficina del Distrito Naval, en Cayo Loco, con la colaboración de uno de aquellos lejanos descendientes, como si este quisiera limpiar de impíos la pequeña ínsula en la que la Venus Negra fue feliz por primera y única vez.

Hay quienes afirman que Pedro Manuel, aquel bravo teniente negro que salvó la vida de Fidel Castro cuando lo apresó en 1953 tras el asalto al Cuartel Moncada, es otro lejano descendiente de las Bellas originales.  La abuela paterna de Pedro Manuel fue esclava del ingenio de los Sarría,  y sus abuelos maternos pertenecieron a la dotación de esclavos del ingenio de los Tartabull, ambos en la jurisdicción de Cienfuegos. Aquel nació en esta ciudad el primero de enero de 1900, como el Predestinado que impidió que murieran en su siglo las ideas libertarias.

Es que, después de todo, en esta tierra de leyendas es posible confundir la realidad con la fantasía. Y la historia y la leyenda pueden, y deben, andar juntas.

Primer  amor

 

Juana Clara  era una niña de ocho años cuando la sacaron a empellones de su bohío campesino, con su padre, su madre y su hermanita de tres años y fueron a parar al parque de la a aduana de Cienfuegos, rodeados de cientos de otros “reconcentrados”. Fue un día de noviembre de 1896 cuando llegaron a su bohío unos soldados vestidos de rayadillo, que con la punta de sus bayonetas (espadas las llamaba ella) colocadas delante del cañón de las armas largas, los empujaron hacia afuera, con lo que traían puesto encima, mientras otros soldados le daban candela al hogar con las pertenencias dentro. Ni los gritos de espanto de su mamá, ni las maldiciones de su papá, ni el llanto de su hermanita impidieron aquella escena que se repetía en las casas vecinas y quedó para siempre en su subconsciente. Se aplicaba una política que era en realidad el último recurso vengativo de España, que había perdido hasta el último hombre y la última peseta en la guerra contra Cuba.

Pero, ¿qué tenía que ver ella con eso?,  Juana Clara se lo preguntaba una y otra vez e inquiría a sus padres sobre eso que callaban.  Pasaron dos semanas sin haber podido asearse. Unos meses después vio morir a su padre, hinchado por el hambre, y entre tanto polvo, peste y soldados españoles, llantos y quejidos, no podía comprender a quién podía molestar que una niña flaquita como ella pudiera seguir en la finquita donde nació, al lado mismo del río Caunao, y relativamente cerca del barrio de ese nombre.

Tenía miedo de coger viruela, todas las noches tenía pesadillas con esa enfermedad, veía su piel cayéndose a pedazos, y su carita agujereada; cerraba los ojos y los apretaba fuerte cada vez que pasaban carruajes tirados por caballos, atestados de cuerpos muertos… La ciudad se llenó de esqueletos vivientes, cuerpos escuálidos deambulantes… 4 300 muertos en un año en el municipio…

Un triste atardecer conoció a Miguelito. Si se hubiese quedado en su finquita acaso no lo hubiera conocido, pero su mamá decía que… “la yerba que está pa´ti, no hay chivo que se la coma”. Lo conoció en el parque de la Aduana donde su familia estaba “alojada”, la tarde aquella en que llovió mucho y todos se apretujaban debajo de los grandes árboles del lugar. Y Miguelito tosía y tosía, por un catarro muy fuerte que tenía desde días atrás. A ella le dio pena aquel niñito, más o menos de su edad, sucio y, como todos los demás, con sonrisa ausente y mirada temerosa, pero con una carita de ángel que le atrajo enseguida. Tenía unos ojazos tristes, del color del agua oscura de aquella bahía aledaña, y ella le cedió el pedazo de cartón no muy seco con que se tapaba un poco, y él la miró con aquellos luceros y le dijo un “gracias” con una entonación especial inolvidable. Miguelito era el primer amiguito que Juana Clara tuvo. Cuando escampó y la tarde se puso linda, jugaron un poco, pero el niño quiso irse para el portal de la Aduana a ver si podía dormirse porque tenía hambre y frío. Cuando amaneció Juana Clara fue a buscarlo. Había podido dormitar algo a pesar de la fiebre y se puso más animado ante la presencia de ella. Pasearon tomados de las manos y rieron como jamás lo habían hecho desde que los sacaron de sus hogares, aunque nunca lo mencionaron. Unas personas bondadosas de una de las casas en donde tocaron para pedir algo, como habitualmente hacían, les dieron dos jarritos con un poco de leche y les preguntaron curiosos:

—¿Ustedes son hermanitos?

Ellos se miraron y rieron sin responder, mientras bebían aquel olvidado alimento. Continuaron camino y ella le dijo de pronto al muchacho:

—Yo no quiero ser hermana tuya.

Él  la  miró  enseriado, sin comprender.

—Me gusta más ser tu amiga  —y al decirlo le apretó la mano y le miró a los ojos, aquellos grandes ojos del color del agua sucia de aquella bahía aledaña.   Él le confesó entonces que se alegraba de eso, porque así a lo mejor un día podían hacerse novios, como sus padres. Ella, emocionada, lo besó en la mejilla, pero muy cerca de la comisura de los labios. Él tembló, y ella, al notarlo, le preguntó si tenía fiebre. Esa noche volvió a llover y Miguelito volvió a mojarse y no pudo dormir por la tos y la fiebre. Cuando Juana Clara fue a buscarlo en la mañana, él no pudo levantarse del portal donde se acurrucaba envuelto en trapos y cartones. Ella estuvo todo el día sentada en el suelo, a su lado, conversándole para entretenerlo. Solo se separó de él en dos momentos para ir a buscar dos mendrugos de pan, uno para cada uno, que obtuvo de misericordia en las casas de la gente buena, donde no los espantaban a gritos, sino que compartían lo poco que tenían.

Dos días después se llevaron a Miguelito en el carretón que ella nunca quería mirar, y cerraba los ojos muy duro para no verlo.

La Reconcentración terminó en 1898; pero mientras vivió, varios años después, Juana Clara siguió con ella adentro… No tuvo entonces la atención de los psicólogos de Brigada Médica Internacionalista Cubana que en Haití logró, en el año 2010, que desaparecieran de los dibujos de los niños, aquellas figuras tétricas de familiares muertos, casas destruidas y desolación que los terremotos de enero dejaron, y que después se convirtieron en aquellas flores y mariposas que salen de las crayolas de los mismos niños aquellos, cual victorias del amor…

 

 

 

 

Perteneciente al libro inédito Cienfuegos, la ciudad (en) que amamos, en conmemoración del Bicentenario de la fundación de la Ciudad de Cienfuegos, a celebrarse el próximo 22 de abril de 2019. (N. del E.).

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