Get Adobe Flash player
Página de Inicio Pretextos Obra Literaria de Andrés Daniel García Suárez Cienfuegos, ciudad (en) que amamos (I)

Cienfuegos, ciudad (en) que amamos (I)

Por Andrés García

Cataclismos

Muy lejano en el tiempo fue el desgarrón, el inconmensurable maremoto —tsunami lo llamaríamos hoy—, la tormenta, el volcán, la galerna de cuatro puntos cardinales, el huracán, el tifón, la tromba, el tornado, el diluvio, la lava ardiente sobre las aguas negras, el vendaval, la fumarola, el desprendimiento…, el gran continente Gondwana despedazado;  la Antártida, Australia y la India, hasta el jurásico junto a Sudáfrica, ahora alejados;  América del Norte y Groenlandia separadas de Eurasia;  América del Sur, de África;  fragmentados en el terciario en bloques aislados que derivaron en todas direcciones… Súbitamente, el suelo ha saltado a miles de pies de altitud.  Un colosal peldaño de roca desnudo y liso levanta la selva entera, la ha aupado de una sola pieza, de una sola vez, para acercarla a las nubes.  Sobre un paredón se asienta la inmensa terraza que sirve de base y tierra al alucinante mundo geológico, virgen de las rocas, mundo perdido, secular asidero de mitos, ámbito misterioso. Inalcanzable, sin caminos de accesos aparentes.  El arbolado se pierde entre las nubes.  Bólidos incandescentes surcan el cielo.  Las horas rotas, los climas rotos, las tierras a la deriva, los continentes antes únicos, ahora distanciados por mares sin las conexiones antiquísimas, primarias…  Y fue el Atlántico en formación, el desplazamiento, el dorsal submarino centroatlántico con sus cuencas, sus islas, sus plataformas hundidas, Terranova la más extensa;  el arco insular caribeño, Cuba, la más intensa. La derivación de tierras en todas direcciones…160, 150 millones de años antes; 100, 50 millones antes…

Última emoción sentida por los hombres en esa terraza volante, sobre esa planicie de abismos, pedestal de brumas, puente de nube a nube.  Para ellos los cerros siguen siendo la morada de las Fuerzas Primeras, como el Olimpo para los griegos mucho después.  Las Grandes Formas Egregias, hermosas, dramáticas, puras, hurañas…  Es el mundo del Génesis, pero en su mejor expresión, en el lenguaje americano del Popol Vuh, mejor que en los versículos hebraicos de la Biblia.  Última reverencia al envuelto de las nubes, Madre Eterna de las Aguas que desplaza al mundo de las piedras arregladas. Es el trono de las Aguas Vivas, nacidas a increíbles magnitudes.  A los prestigios de la piedra, inamovible, encajada en el Planeta, a la dureza de los cuarzos, de las rocas ígneas, de los pórfidos, sucedió la magia de lo fluyente, de lo inestable, de lo nunca quieto, en saltos, juegos y retozos de ríos arrojados a los cuatro vientos de América por las Mesetas Madres, que pronto van a engrosar en su mayoría, luego de muchos vagabundeos, apariciones, desapariciones, y nuevas apariciones, el fragoroso, el salvaje Mar de las Antillas que, huracanado, se rehúsa a toda disciplina, rompiendo los cerros que quisieron oponérsele,  aguas que arrastran cantos enormes con un fragor de trueno, tierras a la deriva.  Brazos de mar que se abren en abrazo que mantiene un eterno retorcerse, hervir, barrer, perderse para volver con olas tremebundas, con montañas de espuma negra de obsidiana, con blancos de espuma sobre las furias brincadoras del Caribe; al juntarse las aguas se entrechocan y giran y brincan en el aire para festejar la insaciable sed de las piedras y el lodo de la tierra. Desmedidas hecatombes que harán decir al Génesis que… “en aquel tiempo había gigantes sobre la Tierra”.  Luego se tornarán héroes. Héroes justos, fecundadores de la tierra a la que harán parir, inventores de la agricultura.  Espectáculo único que sin haber sido trabajado por la mano humana, surge en un ámbito propio con una belleza original que es la belleza del universo...

Así, aproximadamente, lo vio Alejo Carpentier, de quien tomamos líneas escogidas de sus ensayos que recoge Ediciones Unión, 2003 en Los pasos recobrados.

Y América, y Cuba, (y los cubanos de  Cienfuegos), en el inconmensurable devenir, reclamarán su lugar dentro de la universal unidad de los mitos. Los historiadores tendrán que resumirlo y lo dirán entonces así…

…Cuando  ocurrió  el  gran   cataclismo,  Ella,  que  quería  ser  libre  e independiente,  se  separó  del  continente  y  emergió  más  alejada, sobre las  olas  azules  y  espumosas,  anclada  por  dos  testículos imponentes y  dos  hermosos  senos  inagotables.

El   colonizador  quiso  darle  nombres  imposibles, pero  persistió  el autóctono: CUBA,  ¡y su decisión! …

El  ritual  de  la  decisión

El  homo  sapiens cubensis  nos dará a los aborígenes de Jagua… Pero no los de la leyenda idílica de su existencia bucólica, sino los de la realidad económico-social que la engendró y su fondo filosófico que subyace en esa comunidad primitiva que refleja la correspondencia dialéctica entre la base económica y la superestructura, esa que nos permite apreciar cómo vivieron en armonía y equilibrio con sus dioses y con la naturaleza, cómo se sirvieron de su entorno sin destruirlo,  cómo elaboraron un mundo mítico en total consonancia con su riqueza material y espiritual, por medio del cual encontraron los símbolos más precisos para venerarlos.   Ellos apreciaron los acordes melódicos que se expresan en la armonía del universo, supieron encontrar las líneas invisibles que se tejen entre la tierra y el mar, entre el río y la montaña, entre el sol y la luna, entre la noche y el día… donde todos los dioses están en el medio natural, como altar o telón de fondo al que se incorporan los mortales.  Ellos fueron más sabios que los crueles habitantes poderosos del mundo de hoy, que han logrado subvertir el orden y equilibrio de la Naturaleza, descomponiendo nuestro clima para componer sus status privilegiados.

Aquellos crearon a Guanaroca, y los hombres que siguieron se apropiaron de su leyenda que en la versión de Adrián del Valle cuenta…: “La primera mujer, llamada Guanaroca o Guamaroca, fue enviada a la Tierra por Maroya, la Luna, para que sirviera de compañera al primer hombre, Hamao, enviado por Huión, Sol, a nuestro planeta para que gozara de las bondades terrenales. El primogénito de estos, llamado Imo o Imao, murió de sed, hambre y calor en el bosque, a causa de haber dado origen a los celos de su padre. Encerrado por éste en un güiro que había colgado de un árbol,  fue encontrado por Guanaroca con el cadáver del niño.  El güiro cayó al suelo y al chocar con la tierra y romperse salieron del frágil ataúd varias tortugas, careyes, jicoteas y peces que corrieron mezclados con la sangre de los despojos de Imao por la superficie del inmenso valle que servía de paraíso terrenal a Hamao y Guanaroca; dieron así origen a las tres primeras clases de animales, a las islitas o cayos de la bahía: una de las tortugas formó la península de Majagua, y los peces crearon los ríos “Mabují” o Damují, Sabao o Salado, y Caunao. Las lágrimas de la desventurada Guanaroca formaron la extensa laguna y el laberinto de ese nombre que hay en el puerto…

Y Guanaroca, en tanto representación artística, está presente en la actualidad cienfueguera.  Permanece allí, en la prolongación como malecón del extremo del Prado sureño, en Punta Gorda, junto al mar, en la rotonda final donde enfrenta la hermosa hechura ecléctica del Palacio de Valle y las utilitarias formas modernas del Hotel Jagua; allí, en la aparente simplicidad esquelética de la obra de Rita Longa, que ha desafiado poderosos huracanes y permanece intacta y sublime. Como ella: mito y realidad.

De aquella vida sublime de nuestros aborígenes los sacó el Descubrimiento y sobre todo la Colonización que le siguió, afán desmedido de apoderarse de las nuevas tierras, del oro que creían que existía, y de las esposas e hijas de los aborígenes, que resultaban en su hermosísima desnudez inocente pero impactante, un espectáculo demasiado fuerte para contenerse. Primero, los naturales no se atrevían a rebelarse contra los dioses que creían eran los hispanos, hasta que descubrieron su error gracias a una estrategia de los líderes de la tribu que crearon lo que acaso llamaron “El ritual de la decisión”…

…¡Qué ritual tan extraño…!  La tribu era presa de gran incertidumbre. De cuando en vez la expresión era repetida por los naborías.  Es que no era el culto astral, ni el areíto de solsticios para la reproducción biológica de animales, plantas o doncellas. No era el culto a Huión o Guamá (el Sol), a Maroya (la Luna), o a Ocón (la Tierra), ni a las otras deidades del panteón arahuaco, Guameroco (Guanaroca) o Jagua.   No era el festejo a ranas y sapos, para alegrarse por los aguaceros beneficiosos para las cosechas. No eran los ritos para recibir a las opías (almas) que adoptaban formas de murciélagos que abandonan en el crepúsculo la tierra mítica en que residen para visitar a los vivos. No era la complicada ceremonia fúnebre de un hombre principal, ni el ceremonial necrolático para el descanso de difuntos de la tribu; ni era la fiesta religiosa del plenilunio… No, esta ceremonia nocturna no tiene semejanzas con otras precedentes. No se canta, ni se baila monorítmicamente alrededor del difunto de la tribu. No, este hombre-dios no les pertenece, y ningún naboría sabe qué hacen ellos allí, sentados en cuclillas durante horas a su lado, alrededor de la lumbre, cumpliendo –sin entenderlo- el repetido mandato del behíque:…¡Obsérvenlo, descifren el mensaje de su cuerpo…!”.

No falta esta larga noche ni un solo naboría, ni los ancianos enfermos, ni las parturientas, ni siquiera las niñas impúberes violadas la última luna nueva por los hombres-dioses. Permanecen allí sentaditas juntas las tres, como consolándose mutuamente, con sus ojos bajos, con sus senos apenas en sazón, recién iniciado su glorioso gaviar, tal como del maíz comienza a brotar su espiga-flor, que devoraron ansiosamente aquellos seres mágicos, dominadores, llegados del cielo en sus pájaros de alas enormes desplegadas a todos los vientos, como devoraron antes los senos duros como güiras retoñadas, embriagadoras como tabaco verde, de las doncellas de la tribu…Pero, ¿cómo pueden simples mortales impedir que los todopoderosos de palos que lanzan rayos de muerte, tomen lo que quieran? ¿Cómo impedir nuevos males sobre la tribu de los hombres-dioses inmortales? ¿Solo con este ceremonial tan extraño?, este rito nuevo que es solo contemplación, y la simple orden del behíque: “¡Obsérvenlo, descifren el mensaje de su cuerpo…!”. ¿Solo con eso?...

El cuerpo está ahí, a la vista de todos, despojado de sus raras ropas. Era un mancebo-dios descarriado, al que ahogaron por la madrugada, en la costa, de intento, algunos naborías mandados por el cacique. Contaron que después de mirarlo temerosos, por largo tiempo, inerme, inerte, quieto, indefenso, ¿muerto?, le pidieron perdón durante horas, repitiéndole muchas veces que fue sin maldad.  Luego, recién de mediodía, lo dejaron en la aldea, a la vista de todos, despojado de toda su vestimenta, incluso de ese carapacho duro, y de sus armas todas.  Y la orden terminante de esperar el mensaje de los verdaderos dioses del panteón arahuaco. Y la aldea en pleno permaneció junto a él esa larga noche de insomnio tribal, sin más ceremonia que la mirada de todos sobre su cuerpo, en ese rito extraño…

Con las primeras luces del alba encendidas por Guamá, todos comenzaron a notar que se corrompían sus carnes, que un hedor insoportable lo contaminaba todo, que los gusanos se apoderaban de su cuerpo… Entonces todos, ya todos,  ahora todos, ¡se alistaron para guerrear!…

Y fueron manojos de azagayas, esas lanzas de madera afiladas en las puntas endurecidas al fuego, las que lucharon contra corazas y arcabuces, espadas y cruces, y desaparecieron aquellos que en su intento nos legaron la primera lección de resistencia: mejor morir que vivir esclavizados.

Hanaguara

Era  el  mar, el amor hecho vida.  Los puros arahuacos trasladados a Ciba, la isla larga, grande, bella, que abre y cierra el Golfo. Proceden de Haití y de Jamaica, donde las grandes discrepancias entre caciques originó tantos disturbios, que algunas familias importantes decidieron dejarse llevar por la corriente en sus canoas, que las trajo, primero, al archipiélago de los Canarreos; luego, a la cuenca oriental cenagosa de la península de Zapata, y finalmente, a la abrigada bahía de Jagua, donde se asentaron.

Anaconte, descendiente del pueblo haitiano, donde nacieron las mujeres más sensuales de América, era el cacique de Yaguaramas, y al unirse con Hayaboque, la hija del gran cacique Cubanacán, pasó a gobernar la zona central.  Cuando Cuba fue descubierta en 1492, ya estaban unidas Cubanacán, Sabaneque, Magón, Ornofay, Yaguaramas y Jagua, que formaban un gran cacicazgo bajo la égida de Anaconte.

La felicidad fue completa cuando nació Hanaguara, precisamente durante aquellas lunas tormentosas en que aparecieron en la línea del horizonte unos enormes como pájaros con alas desplegadas a todos los vientos, posados sobre el mar, con hombres-dioses que poseían grandes carapachos y portaban palos que lanzaban rayos que alcanzaban a distancia a las indiadas y los mataban. Formaban un impresionante conjunto que golpeaba el conocimiento primitivo y paralizaba cualquier voluntad de resistencia.

Desde el oriente de la isla se contaba que Hatuey, el primer cacique que se enfrentó a los sobrenaturales, y murió quemado pero sin rendirse ante ellos, y Guamá, que siguió luchando durante infinitas lunas, sembraron la simiente de la lucha de resistencia. Y se supo que aquellos iniciadores recomendaban a los cubeños que se unieran para ofrecer resistencia al desembarco de aquellos seres. Y recomendaban que como aquellos solo adoraban el oro y asesinaban para conseguirlo, debieran desaparecerlo.

Hanaguara creció entre los relatos de la persecución y tormentos de la gente de La Española, que sufrieron a manos de esos hombres-dioses que por suerte no habían aparecido todavía por aquí. Muchas historias terribles contaban los haitianos y haitianas que se refugiaban en Cuba, huyendo de aquellos males. Siempre impresionó a Hanaguara el relato de los suplicios de Hatuey y su ardiente llamamiento al final del Areíto de la Libertad. De tanto escucharlo, Hanaguara lo aprendió de memoria:

“Helos allí, los que creímos venidos del cielo a librarnos de la ponzoña del  caribe y de la muerte, más perversos y crueles que el caribe mismo. Pretenden tener derecho a nuestra tierra y a nuestra libertad, porque un hombre a quienes ellos llaman Papa, ha dado posesión de toda la tierra a un hombre muy poderoso que ellos llaman su Rey y Señor.

“Se nos dice que estos tiranos adoran un dios de paz e igualdad y nos usurpan nuestras tierras, y nos hacen sus esclavos hablándonos del alma inmortal y de los premios eternos, y nos roban nuestras cosechas, seducen a nuestras mujeres y violan a nuestras hijas…”

Y luego, al final dice el “Areíto de la Libertad”:

“Ahora conviene que arrojemos a lo hondo de los ríos a ese dios del oro por el que tanto daño nos hacen los cristianos, porque en ninguna parte que lo guardemos, aunque fuese en nuestras entrañas, no estaríamos seguros de que no nos lo sacaran con nuestra vida; así no sabrán dónde está y dejarán tranquila nuestra tierra…”

Ese dramático mensaje había llegado a los cubanacanes, al cacicazgo de Jagua y a todos los demás. Y Hanaguara creció escuchando las versiones de su indiada del día aquel en que por acuerdo del Consejo, los caciques del centro cubano decidieron arrojar todo el oro y alhajas que tenían, como ofrenda a los semíes protectores y para esconderlo de la voracidad castellana, a las profundidades de la Laguna de Zapata, cavidad marina que desde entonces se llamó del Tesoro. Fue una expedición secreta, de largas jornadas que nunca olvidó la indiada, en que Hanaguara era ya casi una hermosísima adolescente.  Con esa tranquilidad permanecieron expectantes, pero ya no alarmados, porque aquellas visiones horrorosas contadas por los indios viajeros, fueron despejándose de sus mentes, porque no habían vuelto a ver aquellos pájaros de alas enormes desplegadas a todos los vientos.

Pasó el tiempo. Hanaguara se convirtió en una bellísima criatura que a todos enloquecía por su cándida hermosura. ¡Cuántos soñaban con poseerla! Pero la joven no parecía tener prisa por aceptar a hombre alguno. Sus costumbres eran tan sencillas como ella misma. Aparentaba no tener conciencia de su hermosura, de su superioridad social y física, y de la consternación que causaba a los jóvenes de su tribu. Su vida se deslizaba llena de suaves placeres sin que nada perturbara su paradisíaca existencia. Ella era la heredera de la estirpe, el orgullo de la vida del cacique Anaconte. Todos le rendían pleitesía y obediencia y nadie se atrevía a delatar su lujuria ni con una mirada sobre aquel cuerpo deliciosamente desnudo que los enloquecía. Todos los hombres soñaban con poseer a Hanaguara, dulce y grácil criatura canela que mareaba más que los bailes y la bebida fermentada con que amenizaban sus areítos…

Pero ella seguía sus costumbres: recorrer a pie o en su piragua favorita, bordeando la costa de Jagua, los territorios de los grupos tribales del cacicazgo, visitar los caneyes de los poblados y conversar con jóvenes o viejos, ya fueran simples naborías o reposados behíques, o ancianas a las que ayudaba en sus faenas de hilados, o se entretenía con los juegos de batos de los niños.

Otras veces se recreaba en los bosques con los cantos de los jilgueros, tomeguines, yaguasas y otras aves, o con el parlotear de las cotorras, y también imitaba los cantos o los graznidos de las aves, utilizando un silbato de sonido agudo modulable, fabricado con la garra de un “perezoso cubano” del pleitoceno, extinguido como otras especies de la megafauna prehistórica, cuyos últimos sobrevivientes debieron coexistir con las primeras oleadas migratorias humanas que arribaron al archipiélago unos tres mil años atrás y que misteriosamente llegó a su familia como el regalo más precioso, transmitido de generación en generación desde tiempos inmemoriales.

En ocasiones, Hanaguara jugueteaba con las jutías, almiquíes, manatíes o con los quelonios marinos, lagartos o hasta con inofensivos ofidios; o se entregaba a tejer collares con conchas que, con sus flores en el pelo, constituían su única vestimenta. A veces se esmeraba en pulir piezas del ajuar productivo en cerámica, o en tallar amuletos y otras obras artísticas rudimentarias pero no menos bellas, elaborados en madera de caoba, yaba, majagua, júcaro o guayacán, aunque a veces su dureza resultaba superior a los esfuerzos de sus manos. Nunca conocería la frase atribuída a Benvenuto Cellini, el gran artista del Renacimiento italiano, cuando vio por primera vez la calidad artística de algunas piezas de la producción suntuaria de los aborígenes antillanos, llevados a Europa como muestras por Cristóbal Colón a su regreso del primer viaje.  Se ha dicho que  aquel exclamó emocionado: “Quienes hicieron estas maravillas no pueden ser calificados de salvajes!”...

Después de fuertes aguaceros, la hermosa Hanaguara  solía recrearse en el culto a ranas y sapos que agradaban al numen propiciatorio de la lluvia beneficiosa para las cosechas de las aldeas. Pero muchas de estas costumbres que amaba, sobre todo sus incursiones en piragua, comenzaban a serle prohibidas ante la amenaza de la pronta presencia de los hombres-dioses que, según las noticias de los vigías, pugnaban por acercarse peligrosamente a esta porción sur-central de la isla grande. Los horrores cometidos en la vecina isla de La Española, y en el oriente de Cuba, volvían a estar presentes en los miedos renovados de los habitantes del cacicazgo central y del sur. Anaconte, Caunao, Jagua y otros caciques, se aprestaban a defender sus tierras y a sus mujeres, del asalto de quienes se decía que mancillaban todo y se apoderaban de cuanto les apetecía.

Mientras así transcurría la existencia en los predios de Hanaguara, por otra parte, los españoles, con el objetivo de despejar las dudas que existían en La Española respecto a la conformación geográfica de Cuba, dado que Cristóbal superior creía que integraba el continente chino, el Gobernador Ovando envió al piloto gallego Sebastián de Ocampo a bojear a Cuba, tarea que le ocupó ocho largos meses para circunvalarla y demostró así que era una isla. En el final de su travesía, en 1509, llegó Ocampo a la abrigada bahía de Jagua, fondeó y luego decidió permanecer en un cayo interior de esta, al que dio su apellido, asentándose sin encontrar oposición de sus habitantes, sino más bien con expresión del contento de ellos. Los naturales no podían ocultar su curiosidad, acercándose al enorme pájaro alado, venciendo su temor, primero con cautela, después poco a poco, viendo que no les ocurría ningún mal, con naturalidad.  Estas noticias restablecieron la confianza de los caciques.

La curiosidad acució también a Hanaguara y un amanecer apacible, sin decir nada a nadie, tomó su piragua preferida, adornada con penachos de plumas y flores, e imprudentemente puso proa hacia el cayo interior de la bahía. No era capaz de imaginar la conmoción que causaría entre aquellos rudos marinos españoles. Ante el tumulto de la tripulación, salió a la cubierta el propio Ocampo, hombre fornido que frisaba los 40 años, de buen ver, que quedó estupefacto. Ante sus ojos se presentaba la más hermosa mujer que había visto en mucho tiempo. Bogaba completamente desnuda sin prejuicio alguno. Miraba asombrada con sus enormes ojos negrísimos, el formidable promontorio flotante, aquella enorme embarcación jamás imaginada, y a los hombres blancos que abandonaban sus obligaciones en cubierta para admirar a aquella india erguida en la piragua, que parecía solazarse en mostrar sus senos puntiagudos y firmes, retadores, su piel ligeramente cobriza, su largo cabello negro hermoso, ondeando a la brisa del final de la mañana, sobre aquel ligero promontorio de sus glúteos, aquellos muslos tersos, como tallados en bronce, y la sonrisa más bella que hombre alguno pudiera soportar impasible, sin emocionarse hasta la falta de aire, ante aquel conjunto tan perfecto.

Ella comprendió que aquel hombre era el jefe de los dioses blancos. Acostumbrada a estar rodeada de personas importantes en su sociedad primitiva, y ser ella el objeto de las atenciones respetuosas, no le fueron extrañas las dedicadas a Ocampo por sus hombres, ni le parecieron excesivos los halagos en mímica hacia ella, que le causaban gracia, y por ello sonreía ampliamente, divertida.

Cuando Hanaguara hizo ademán de regresar, Ocampo se desordenó. Sabía que jamás vería a una criatura semejante. La deseó desaforadamente. De inmediato ordenó a sus hombres que impidieran el retorno de la muchacha. Cuatro botes con experimentados remeros le cerraron pronto el paso y la obligaron a detener su minúscula embarcación. Cuando ella se vio perdida, se arrojó al mar, de donde fue extraída no sin gran esfuerzo. Ocampo ordenó encerrarla en su camarote y cuando él acudió, encontró a una fiera enjaulada. La joven lo atacó con uñas y pies, pero pudo ser dominada por el rudo marino gallego, enloquecido de lujuria.  Una hora después, a duras penas, la hizo suya.

¿Qué controvertidas emociones albergaron en Hanaguara? De una parte el natural temor a los hombres-dioses imponentes que irrumpieron en su civilización y en su vida tan intempestivamente.  De otra, la terrible violación, el enardecimiento de sus sentidos. Ya le habían hablado de ello algunas ancianas de la tribu, y amigas de su edad o poco más, pero aún así no estaba preparada. Lo disfrutó al final, cuando se abandonó a su grosero atacante, al comprender la inutilidad de su oposición, pero no estaba lista para este acontecimiento.

¿Qué ocurría en su espíritu limpio y sin prejuicios? ¿Qué pasiones desató ese hombre blanco en ella? ¿Era el elegido de su destino para la ceremonia de la iniciación? ¿Era esto el amor? ¿Cómo pudo abandonarse así a su atacante en medio de las emociones que en ella despertaban? Se durmió, más por la necesidad de reponer sus emociones que sus energías, de ajustar sus controvertidos sentimientos más que su agotamiento físico.

Horas después la despertó aquel hombre que, desnudo como ella, se introducía en el estrecho lecho del camarote. Su subconsciente le dictaba que debía luchar, oponerse, pero  no lo rechazó, y él fue delicado, amoroso, y ella lo agradeció silenciosamente, mirándolo asombrada, sin sonreír, pero sin hosquedad en el semblante. ¿Qué sentimientos la atenazaban? ¿Qué le sucedía a su natural compostura y timidez ante lo desconocido, que le hacía responder a las caricias con semejante impetuosidad? ¡Qué difícil vencer frente al deseo! ¿Eran sus ancestros haitianos reclamando su cuota de sensualidad? ¿Eran los genes antillanos despiertos a la voluptuosidad, sensuales hasta la sodomía? ¿Era como las siboneyes, con los naturales continentes, pero deshonestas con los recién llegados?  ¿Eran recónditos anhelos que había disimulado ante los suyos? ¿Cómo podía entregarse tan furiosamente a este dios-blanco que le despertaba tales inclinaciones cuando lo sentía tan dentro de sí, que le provocaba estos espasmos desconocidos, que le hacía olvidar tan fácilmente a su gente, para volcarse en estos placeres presentidos? ¿Cómo podía ella, heredera de lo más puro de su estirpe de caciques, darse por entero a voluptuosidades de las que quería seguir sintiendo más y más ante un ser misterioso?...

Al amanecer siguiente, Hanaguara, en un sopor de placer, en un oasis de felicidad, en un entumecimiento de sus sensaciones, comprendió que era capaz de seguir a este hombre blanco llegado del cielo, do quiera fuera, sin extrañar a nadie más, ni a su gente, ni a sus costumbres…, y casi se alegró, muchos días después, de que el barco se moviera y se fuera alejando y alejando de la costa…

Muchas lunas después, Hanaguara recibió el abandono de Sebastián de Ocampo.  Sencillamente, después de una noche interminable de pasión, al amanecer entendió que su primer hombre partía sin ella, dis que a “fundar  villas en Cuba”.

Para entonces la indiada de Jagua había quedado casi extinguida y abandonaron el territorio hacia otros lugares alejados de las costas. Y la muchacha, capturada por los españoles, le fue encomendada al cura español Fray Bartolomé de Las Casas, quien la agregó a su encomienda en el asiento de Las Auras, que aún no había devuelto para hacerse el Defensor de los Indios.  Luego, un sobrino de Pedro de Rentería, socio de Las Casas, le arrancó favores amorosos a la fuerza, pero le concedió algunas libertades que ella aprovecharía, largo tiempo después, a fines de 1515, para escapar.


Knuman  Keita

Era la espléndida llama de la africanía, del continente negro y puro. La historia del hombre. La superestructura mágica. La pasión juvenil. De jóvenes como Knuman Keita, soberano, pese a su juventud, de una tribu apacible en Nigeria, en las riberas del río Djoliba, en la vasta llanura de contornos púrpuras, con su economía pastoril-agrícola. Pueblo sencillo que seguía al joven soberano desde la muerte violenta de su padre en un accidente de caza, el cacique Nok, heredero de una dinastía que había desarrollado el comercio transhariano en el cinturón de la selva de Guinea, a medio camino de las sabanas sudanesas y la costa de África Occidental, que llevaba productos de artesanía y trabajos en metal y la escultura al Norte, a Malí, Songhai, y Kanen-Bornú. Eran estados africanos en que sus líderes políticos resultaban jefes principales más que reyes, porque la monarquía medieval estaba más cerca de las estructuras tribales en que no se apreciaban las groseras diferencias sociales de clase como en Egipto.

Knuman Keita era joven y sus noches transcurrían, no como monarca poderoso y encumbrado, sino como cualquier otro joven apasionado, rodeado de muchachas sensuales que se lo disputaban —o compartían— y que en sus coplas elogiaban su imponente estatura, su apariencia musculosa, y terminaban siempre confirmando sus edades en entregas ardorosas con variedad de participantes, ajenos por completo a que la feroz mano de los traficantes de esclavos llegaría a tronchar ese placentero decursar del tiempo.

Luchó desesperadamente, pero el número y las trampas de esas fieras humanas lo sometieron y apenas sin notarlo se vio encadenado, llevado en las bodegas de un barco y convertido en un mísero esclavo negro más, tratado con brutalidad y trasladado a la lejana América, exactamente a La Española, en el nuevo continente desconocido, y luego a Juana, la isla mayor que los aborígenes le decían Ciba, aunque sonaba como Cuba, para ser asignado a la expedición del hidalgo guerrero hispano Don Diego Velázquez que, después de pacificar la región oriental de esa isla, a fuerza de matanzas de indios, fundó las primeras villas que inició la colonización aquí. Y fue durante la fundación de Trinidad, en 1514, en el centro de la isla, al sur, que Knuman conoció lo que significaba la explotación del esclavo en la colonia. Lo hacían laborar catorce horas en plantaciones cañeras  y cuatro en los almacenes de la ciudad cargando bocoyes llenos del azúcar de mascabado que exportaban por el puerto, dos o tres veces más pesados que los esclavos más fornidos. Los alimentaban mal y los castigaban por cualquier cosa. Dormían en el suelo y bebían de las canoas de los animales de labor de cuatro patas. Pero aunque fue posible atraparlo como alimaña, transportarlo como bestia, hacerlo trabajar como mulo, azotarlo, encerrarlo como res, matarlo de hambre, él seguía siendo un ser humano con la inteligencia y el resentimiento de los seres humanos maltratados que día y noche acariciaban el sueño de su libertad y cuando con sus bailes celebraba el misterioso culto africano Vudú, se juraba que era mejor morir que seguir esclavo, y se hizo el propósito  de escapar.

Y fue así como un día de principios de 1516, Knuman Keita logró huir de Trinidad. No tomó el camino de las altas lomas de la cordillera de Guamuhaya, como hacían algunos, porque allí es por donde primero los buscaban, y porque quería aproximarse a la costa donde estaban los barcos que podrían regresarlo a Africa. Vagó sin rumbo ni esperanza cierta, fue bordeando los lugares habitados, se ocultó en cuevas y espeluncas durante un tiempo. Había escuchado relatos, más bien trozos de cosas que lograba comprender, entre tantas lenguas dispares, en el fétido barracón, contados con voces entrecortadas. Eran reminiscencias sobre habilidades y destrezas que habían logrado desplegar para no ser recapturados. Por eso, cuando planeó su fuga solitaria se sentía capaz de burlar la encarnizada presencia de los rancheadores, tan fieros como sus perros, y hasta de poder dirigir la defensa de un palenque. Y escapó. Y vagó buscando siempre la costa. No lo sabía entonces, pero él y otros como él se convirtieron en “los abuelos de la Patria”, dieron el primer grito de la emancipación y la libertad individual, resultan la génesis de nuestra cultura de la resistencia. La trata trasatlántica nos condujo a aprender ese sentido de la épica, de esa búsqueda de la espiritualidad y de la salvación que indujo a los cimarrones a huir a los montes, y a las cuevas.

Una noche lluviosa, oscura, vio bajo un frondoso algarrobo una aparición. Mecánicamente apretó la empuñadura de la espada que había robado al escapar. Ante sus ojos asombrados surgía lo que le pareció una mujer muy joven, ni blanca ni negra, muy hermosa, hermosísima entre los jirones de su mínimo ropaje.  A pesar de su abandono era de una belleza deslumbrante…

¿Una tentación de los dioses africanos? ¿Una trampa de los astutos españoles? ¿Un ángel celestial enviado por su padre muerto para aliviarle el castigo infligido por los dioses? ¿Qué era aquel ser alucinante que le atraía tan fuertemente? Knuman Keita nunca había visto a una india, aunque tenía noción de su existencia. Escuchó como un llanto quedo. Detalló la belleza que tenía muy cerca. Despejados algunos celajes, pudo apreciar a la luz de la luna menguante una belleza perfecta que lo emocionó hondamente durante su contemplación a satisfacción. Él no conocía a Onán, pero sí su fórmula y le rindió culto desde su precario escondite, muy próximo a la radiante aparición que le conturbaba…  Sus suspiros finales lo descubrieron. Ella se asustó. Dio un paso atrás, recogiéndose nerviosamente el pelo y miró con sus grandes ojos desorbitados en la dirección en que estaba Knuman. Gritó, y él corrió a taparle la boca con sus manos olorosas a almidón de yuca, que ella reconoció de sus experiencias anteriores. Fue un abrazo largo, cuyo origen era el temor mutuo, el temor hacia lo desconocido y hacia los conocidos colonizadores esclavistas. Un abrazo que se prolongó en caricias espontáneas, que él no quiso evitar y ella no rechazó.

Por primera vez en largo tiempo Hanaguara —que era ella— se sintió protegida, esta vez por este fornido ébano cuya estampa rotosa no pudo menos que admirar silenciosamente. Se miraron a los ojos y, milagrosamente, ambos se sintieron seguros.  El, avergonzado con lo sucedido, dio un paso atrás y la contempló alelado. Ella, aletargada, presintió que sería feliz y le tendió las manos. El volvió a mirarla y sus ojos reflejaron el ansia de posesión, pero se contuvo, no obstante, por nobleza. La india lo leyó en sus ojos, y lo alentó con un beso que, para llegar a sus labios, necesitó un tocón cercano y empinarse en sus descalzos pies menudos. Fue suficiente. No era el simple deseo por la obligada continencia sexual. Le subía al pecho del africano la admiración más sincera por ese ser maravilloso que lo emocionaba hasta las lágrimas. Y la amó con pasión, con fervor, con una intensidad que se vio correspondida con semejante ferocidad.  Se entregaron conmovidos, a plenitud de disfrute, con sabias caricias que los hicieron olvidar el dolor de sus vidas rotas en plena floración. Volvieron a sentir y a sonreír como años antes, cuando eran libres, y supieron ambos, por primera vez, que habían hallado el amor…

Una solapa escarpada, cerca de la costa, fue su primer hogar.  Aprendieron a entenderse, más con los ojos y las manos que con palabras imposibles, y luego crearían su particular dialecto inteligible.  Hanaguara le habló a Knuman de sus antepasados, en lucha contra los comunes enemigos.  Éste presagió la gran revuelta de la isla, incluso en las vecinas, como si presintiese la gran cimarronada que fue la Revolución de Haití de 1804.  La india aportó la rebeldía defensiva de los naturales; el negro, la rebeldía ofensiva, agresiva, vital, que fue el explosivo histórico del Caribe, que permitiría en 1868 la Revolución Cubana. De ambos nacería un fruto maravilloso, genuinamente cubano, un niño que fue desarrollándose armoniosa, física y espiritualmente en aquellos parajes agrestes, emocionalmente felices, aunque siempre atentos al posible asalto del enemigo que, efectivamente, un día aciago, irrumpió en medio del sueño de la familia y los capturó a todos.

Conducido a la presencia del dueño del ingenio trinitario de donde huyera Knuman Keita, el español especulador rio de buena gana al verlo regresar amarrado.  Le espetó: 

—No me puedo quejar. Te ves bien fuerte y no viniste solo, me trajiste como regalos de desagravio a una india linda y a un niño hermoso… Te libraste por eso de estar un mes en el cepo, negro, pero desde mañana ella y tú van a trabajar en la cosecha de la caña, encadenados, para que no lo intentes de nuevo. 

El hombre miró al niño, realmente hermoso. Quiso pasarle la mano por la cabeza, pero aquel lo rechazó airado, mirándolo con odio.

—¿Qué edad tiene?...  ¿Cuatro, cinco años?  ¡Será una pieza buena en pocos años!  Haré de él un buen esclavo.  Diez o doce años no es tanto tiempo para hacer de él un buen súbdito de Nuestra Majestad, un buen cristiano, y un capataz competente, con esa mirada y ese brazo firme…

Knuman lo miró con odio. Aquel hombre labraba el destino de su hijo. Un destino de esclavo, tan distinto al que él quería. Un destino de capataz abusador, destructor de sus propios hermanos, de bestia inhumana…

—¡No! ¡No!, ¡Ese no puede ser el destino de mi hijo…! –gritó en su idioma natal.

Menos de un año después, Knuman Keita alzó a la dotación del ingenio. Día a día, noche a noche, encerrados en el infecto barracón, se hizo entender. La palabra, y lo que la música tiene de esta, de canto, de baile, de conjuro mágico, sortilegio verbal, fueron elementos que le sirvieron como armas de defensa e instrumentos de expresión para lograr este acto concreto, y después, generalizando, como vehículos para insertar la cultura africana en el proceso de integración americana.

Contó de la vida libre y plenamente feliz durante sus años de soberanía como ser humano tras escapar de allí mismo años antes.  Y silenciosamente preparó a la gente que entendió y compartió sus ideas. Una noche atacaron a los centinelas, la guarida de los capataces, la casona del amo, donde tenía secuestrado a su hijo y a su mujer, y los liberó, liberando también de la vida a aquel propietario. Con quince o veinte hombres y mujeres más decididos fundó uno de los primeros palenques de la cordillera de Guamuhaya en su porción cienfueguera, cercana a la costa sur del Caribe. Lo llamaban “Cueva de la raíz”, porque estaba situada en una espelunca, atravesada desde la entrada más pequeña hasta el primer salón, por una enorme raíz de un jagüey que la disimulaba naturalmente. Durante ocho años resistieron las embestidas de los rancheadores, sus perros y sus armas mortíferas.

Pero los Implacables, bien reforzados, entraron un día.  Fue una breve guerra sin cuartel. Los apalencados defendían con el alma todo lo que tenían. Los rancheadores apelaban a sus más feroces mañas. Al final las fieras dominaron, y hasta ellos, insensibles, se sorprendieron de la hermosura de aquella india semidesnuda que yacía abrazada a un negro alto y fornido que aún tendido, empuñaba una espada ensangrentada. Ella parecía sonreír feliz. Él, también muerto, la contemplaba como extasiado. También los rancheadores descubrieron la evidencia de la existencia en el palenque, de un niño de unos doce años, que no pudo ser hallado.

Un tiempo más tarde, éste dirigiría a un grupo de nuevos apalencados.

Parecía escucharse en el aire, aquellos cantos rituales, aquellos bailes-conjuros, aquellos sortilegios, que como vehículos propiciatorios, insertaron la cultura africana en el proceso de integración americana en lucha por su libertad.  Sus descendientes sucesivos, dos siglos después, integrarían grupos de mambises anticolonialistas del Ejército Libertador…

Bautizos  en  la  bahía

Como  tenía  que darle un nombre para enunciarlo como realengo, el hado pareció iluminarlo porque sin pensarlo mucho escribió: Cayo Güije. Fue la primera designación oficial al cayo, ajustada a su realidad, siempre distinta a lo considerado normal, siempre informal. Al inicio era tan solo una acumulación de tierra sin ínfulas de promontorio, residuos minerales y vegetales que arrastraban las olas y las corrientes del río El Inglés hasta la porción sur de la ensenada de aquel nombre, entre Punta Verde y Punta Caoba,  cercano a tierra firme, al noroeste de la todavía no nacida ciudad de Cienfuegos. Pero estaba ahí y recibió nomenclatura oficial junto a los demás verdaderos cayos de la bahía de Jagua.

Y no es que este no fuera verídico sino que desde su formación, no muy estudiada por los eruditos, tuvo particularidades que lo envolvieron como en un halo de misterio, simpatía y desatino, tal como caracterizan a los güijes aquellos afortunados mortales que los han visto.  Estos eran criaturas enigmáticas que ahora le dieron su nombre mojado en la tinta de la pluma del Brigadier de la Marina de Guerra Española, Honorato de Bouyón, que lo empadronaba al lado de sus semejantes: Alcatraz, Carenas y Ocampo, aquel 22 de diciembre de 1813.

Cuando había mal tiempo y a veces en los pleamares, aquel promontorio desaparecía, pero siempre reaparecía sin falta, más lozano, como lavado en las profundidades marinas. Esa característica determinó que las gentes lo llamaran Cayo Loco.  Ya los otros cayos tenían su nombre popular, creado por la historia real y las fantasías, por esos acontecimientos de la vida que los conforman.  Por eso a uno lo llamaban Alcatraz por la cantidad de esas aves acuáticas palmípedas que existen a su vera.  A otro, Carenas, porque allí acostumbraban a carenar sus naves los piratas y corsarios y luego otras que entraban a resguardarse en la bahía del mal tiempo.  Y Ocampo porque ahí descansó y amó el piloto gallego de ese apellido, en 1509,  a su regreso de bojear a Cuba para demostrar que era una isla y no parte del continente que Cristóbal Colón creyó que se trataba de China. Pero Honorato Bouyón, hombre serio y respetable, no podía inscribir aquel cayuelo con el calificativo de “Loco”, así que le pareció que lo mejor era “Güije”.

Unas semanas después, ya en 1814,  un bergantín español de guerra llegó al puerto de Jagua en busca de maderas de construcción para la Armada Hispana y durante su permanencia cinco tripulantes enfermaron de fiebres y murieron. Sus cadáveres fueron enterrados en el pequeño cayo. A partir de entonces muy pocas personas lo frecuentaron, temerosos de contaminarse.

Se olvidó el nombre y el cayo.  Pero este no se relegó.  Mucho tenía que darle a la memoria en la posteridad. Son las cosas del destino. Muchos creen que el destino lo trazan los hombres. Pero se equivocan, porque el destino no lo trazan los hombres… sino las mujeres.

Tomado del libro inédito Cienfuegos, ciudad (en) que amamos. (Aproximaciones su historia en su aniversario 200). (N. del E.)


Formulario de Acceso


Síguenos en...




¿Quién está en línea?

Tenemos 71 invitados conectado(s)

Contador de visitas

mod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_counter
mod_vvisit_counterHoy406
mod_vvisit_counterAyer373
mod_vvisit_counterEsta semana1171
mod_vvisit_counterEste mes6368
mod_vvisit_counterHasta la fecha855510

  • AlasCUBA
  • Revista la Alcazaba
  • Azurina
  • Cinosargo
  • Cuba Literaria
  • Cubarte
  • EcuRed
  • El Caimán Barbudo
  • Haciendo Almas
  • Il Convivio
  • La Jiribilla
  • Lettres de Cuba
  • Museo Nacional de Bellas Artes
  • Palabras Diversas
  • Poetas del Mundo
  • Red Mundial de Escritores en Español
  • Revista de Cine cubano
  • Unión de Escritores y Artistas de Cuba
  • Teatro de los Elementos
  • Revista Digital Guaitiní, Miami