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Rafael Ortiz (Mañungo) y Marcelino Guerra (Rapindey): dos Cienfuegueros que dejaron su impronta

Por Sandra M. Busto

 

Hace unas semanas se publicó la entrevista que le realizara al Maestro Pancho Amat. En ella se menciona a dos importantes músicos del pentagrama nacional, ambos nacidos en Cienfuegos. Tal vez al escuchar estos dos nombres no los reconozcamos; sin embargo, al decir que son indistintamente los compositores de temas como el paso de congas: «Uno, dos y tres» o el bolero «Convergencia»; ya eso sería otra cosa. Quizás ser un poco más específicos y citar las primeras estrofas de sus textos: Uno, dos y tres, uno dos y tres; que paso más chévere, que paso más chévere; el de mi conga es. O: Aurora de rosa en amanecer, nota melosa que gimió el violín. Otro de los textos que muchos recuerdan es el del bolero chá, del cual la Orquesta Aragón hiciera un arreglo legendario: «Muy junto al corazón», que reza: Como un puñal tu mirada se clava en mi pecho muy junto al corazón, quiero arrancar esa daga que a mi pobre vida mata de dolor, o «A mi manera»: Dicen que no es vida esta que yo vivo…, o el Cha cha chá: «Pare Cochero»….o «El final no llegará»: Joven ha de ser, quien lo quiera ser…

Son innumerables los temas que sí hemos escuchado, sin percatarnos de que fueran escritos por músicos nacidos en la Perla del Sur. De Rafael Ortiz (Mañungo, 1908-1994) y Marcelino Guerra (Rapindey, 1912-1996), poco se habla actualmente; sin embargo sus temas continúan siendo versionados por músicos y formatos disímiles tanto en Cuba, como en el mundo. Ambos desarrollaron su talento fundamentalmente dentro de los septetos y conjuntos de sones, a los que se unieron en Cienfuegos y luego en La Habana.

Hay que señalar la importancia del son, de los sextetos, septetos y conjuntos de sones que van a tener su florecimiento a principios del siglo XX en Cienfuegos. En las primeras décadas del mencionado siglo, el género va a llegar a los salones más prestigiosos de la alta sociedad sureña. Rápidamente proliferaron sextetos (alrededor de 1920); los septetos (1927) como Cienfuegos, Ron San Carlos, Santa Cecilia y los conjuntos de sones (aproximadamente en 1940) como Los Naranjos, que ha logrado permanecer hasta nuestros días.

Los sextetos de sones, originalmente constituidos por: guitarra, tres, bongó, marímbula (después sustituida por el contrabajo), maracas, y claves; los septetos, a los que se le añade la trompeta; son dos formatos que adquieren rápidamente importancia en su época y tienen un valor indiscutible para el Patrimonio. La desaparición de los mismos tendría un alto coste para la cultura. Aún, cuando en la actualidad la trompeta ha sido sustituida en muchos casos por la flauta, el timbre y la sonoridad de estas agrupaciones está muy vinculado al sello sonoro de las más genuinas tradiciones de la música cubana, que se expresan a su vez dentro de la identidad cultural. Estas cuestiones también son una fuerte motivación para compartir con todos solo unas pinceladas de la historia detrás de estos formatos y lo hago a través de dos grandes figuras, que son parte del arsenal musical de muchísimos cubanos de varias generaciones. Les propongo entonces un acercamiento a la vida y obra de estos dos músicos.

 

Rafael Ortiz Rodríguez (Mañungo) comenzó su carrera artística en su natal Cienfuegos. Allí estuvo vinculado, entre otras agrupaciones a los sextetos Cienfuegos, Santa Cecilia, Melodías de Ramito y Ron San Carlos. Luego se traslada a La Habana (1930) en donde se le relaciona con varios septetos, como el Típico Santiaguero, Los Criollitos y El Habanero. En 1931 pasó al conjunto Clave Oriental. Con esta agrupación realiza una gira a Chicago (1933), en la que coincide con el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro.  A su regreso forma parte de varias agrupaciones, hasta que en 1940 vuelve de gira a los Estados Unidos, en esta ocasión junto al conjunto Gloria Matancera, haciendo presentaciones en Tampa y Cayo Hueso. En 1959 se unió al Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro, y lo dirigió desde 1969, hasta su fallecimiento.

La obra de Rafael Ortiz transita por varios géneros de la música cubana, entre ellos boleros muy conocidos como: «Lamento a mi guitarra», 1930; «El final no llegará», texto: Eugenio Pedraza Ginori, 1970; «Amor de loca juventud», 1975. «Cuando no hay amor», 1958 (bolero-mambo). Entre sus canciones-boleros: «Muñequita consentida», 1956; «No me pidas, madre», 1964. Tiene una considerable producción de boleros-son, como: «Dame un trago, tabernero», 1938; «Muy junto al corazón», «Suave, papi», texto: Miguel Román, 1939; «Por quererte tanto», texto: M. Guerra, 1940; «No me olvida», 1947; «La vida es una semana», 1980, texto: Eugenio Pedraza Ginori; «El palomo», 1981. Tal vez uno de los temas más conocidos sea su conga: «Uno, dos y tres», 1938.

Sin dudas fueron grandes éxitos en su época y aún, cuando han sido nuevamente versionados por otros músicos más jóvenes continúan situándose en la preferencia del gusto popular. Sé que a muchos les sorprende con agrado descubrir que fuera este hijo de Cienfuegos el director del Septeto Nacional por tantos años, en donde mantuvo a la agrupación en un alto nivel. Se destacó además como compositor y orquestador. El actual director del Septeto Nacional Ignacio Piñeiro es también hijo de esta ciudad.

Por su parte, Marcelino Guerra Abreu (Rapindey) se destaca como guitarrista, compositor, arreglista y segunda voz en formatos como septetos, conjuntos de sones y tríos. A los diecisiete años se traslada para La Habana y de los veintiuno a los veintiséis años, trabaja en el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro. Durante esta etapa estuvo ligado al Trío Occidente (1936), que conformaría Rapindey con Julio Blanco Leonard y Miguelito Valdés; y el Trío Nuevo (1938), junto a su compañero del septeto Joseíto Nuñez, e Isolina Carrillo, que posteriormente amplía su formato y pasa a ser Conjunto Vocal Siboney. En la década de los ´40 integró varios septetos y trabajó con el conjunto de Arsenio Rodríguez. En 1944 se radicó en Nueva York, al ser contratado como arreglista por la Robin Music. Entre otras agrupaciones, fue integrante de los Afrocubans, actuó junto a Chano Pozo y Arsenio Rodríguez. Al año de estar allí funda su propia agrupación, la que mantiene por una década hasta que ingresa en 1954 a la Marina Mercante. En 1976 se radica en Alicante, España, los últimos veinte años de su vida.

Entre sus boleros más conocidos se encuentran: «A mi manera», texto de Panchito Carbó; «Amor gigante», «Buscando la melodía», «La clave misteriosa», «Maleficio», «Volví a querer»;  textos de Julio Blanco Leonard; «Convergencia», texto: Bienvenido Julián Gutiérrez; «Quién será», «Se fue» y  «Juventud». Sus temas han sido interpretados y grabados hasta nuestros días; entre ellos están el Septeto Nacional Ignacio Piñeiro, Benny Moré, Pablo Milanés, Augusto Enríquez, Dan Den. Entre sus obras más versionadas se encuentran su guajira: «Me voy pa'l pueblo», su son: «Pare, cochero» y sus boleros: «A mi manera» (Dicen que no es vida) y «Convergencia». Logró registrarse su voz en el fonograma De Rapindey a Bahisón, gracias a Felito Molina.

La obra de Marcelino Guerra y de Rafael Ortiz tiene una calidad indiscutible. Forman parte de los tesoros más preciados del pentagrama musical popular cubano. La vigencia de sus temas así lo demuestra. Herederos de la trova y del trabajo vocal de la voz prima y segunda, de los tríos, la brillantez melódica de los septetos y conjuntos, la cadencia rítmica del son, la picardía de la guaracha, la fibra romántica y el lirismo de sus bolero, todos con una armonía que les hace adelantarse y adaptar nuevas cadencias y colores armónicos y melódicos a la música popular bailable cubana.

Cualesquiera de sus temas pueden volver a cantarse en el presente y serán un éxito. Hacer que las nuevas generaciones les descubran, esa es nuestra responsabilidad. Que la música de ellos no se olvide depende de nosotros. Llevar a las nuevas generaciones estos temas que siempre van a ser jóvenes, por una factura que cuida todos los detalles y que los hace perdurar en el tiempo y ser verdadero arte.

La identidad de un pueblo se encuentra inevitablemente ligada a la pertenencia hacia su cultura. La salvaguarda de los formatos musicales originales es primordial para conservar las tradiciones y sonoridades auténticas. La riqueza que le han aportado al pentagrama musical cubano muchos de los hijos de Cienfuegos es invaluable, por eso deben ser reconocidos y jamás destinados al inmerecido olvido. Son nombres que enorgullecen el Patrimonio Musical, junto a otros grandes como Benny Moré o Rafael Lay, músico que llevó a su legendaria Aragón gran parte del repertorio de estos coterráneos y ayudó a difundirlo por el mundo.

 


 

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