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Sección de literatura de autores de la localidad

Hacer vibrar una ciudad que tanto quiero

Las luminarias del parque estaban de inicio apagadas. Sus centenarios arcos y estatuas permanecían en lo oscuro: diez mil velas de cera se derretían en torno a las fuentes, los troncos de los árboles, las ceibas y el laurel donde los colonos franceses, guiados por Don Luis de Clouet fundaron la Villa. Los vecinos prendían también las suyas en los ventanales de hierro. Trabajadores de la cultura se encargaban de encenderlas en los portales de la Catedral, el Colegio San Lorenzo, la Casa de Castaño (el actual edificio de Fondos y Patrimonio). Sobre este escenario que convocaba a la memoria, intenté revivir artísticamente los sucesos de esa ciudad que tanto quiero y a la que de niño y joven le agradezco esa calidez. Por siempre he pensado en Cienfuegos como el centro formador de mis primeras imágenes como artista adolescente. Y ahora que la UNESCO le ha conferido esa condición de “ciudad patrimonio de la Humanidad”, destacándola entre Washington y Mar del Plata, me creció mi amor y orgullo por ella y por tal razón convoqué a los más destacados creadores que la habitan para celebrarle la fiesta.
Fue una suerte que el arquitecto Irán Milián, Director del Patrimonio, y Orlando García, Presidente de la UNEAC, presentaran mi propuesta a las autoridades del Poder Popular y considero también un privilegio que estas hayan aceptado que fuera yo quien la dirigiera.

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Corruptos

Sintió el golpe de la fusta en la espalda y refunfuñó con rabia.
–¡Bestia! –dijo en voz baja, y le enseñó sus dientes amarillos de forma amenazante al conductor de gorra roja. Estaba trabajando desde temprano, y se sentía agotado por el esfuerzo; mientras, de forma instintiva, tiraba del coche que, repleto de pasajeros, subía la cuesta a la salida del pueblo.
Cuando el látigo volvió a caer, esta vez sobre su cuello, vio la figura uniformada de azul del policía de tránsito. “Ahora sí te cagaste en la hora que naciste”, pensó casi con alegría, y de antemano disfrutó la multa que le impondrían al cochero por exceso de pasaje.
–Sus documentos, por favor, va pasado de pasajeros –inquirió en tono amenazante el uniformado, y el coche se detuvo.
–Todos tienen necesidad, yo sólo trato de resolverles el problema –dijo el auriga socarronamente y deslizó cuatro cupones azules entre los documentos solicitados.
“¡Cuatro cupones azules para entrar al ‘Todo Incluido’ en los potreros para el turismo extranjero! ¡No esta mal para empezar la mañana!” –especuló el caballo uniformado, a la vez que se frotaba los cascos con satisfacción.
–Puede continuar –dijo recomponiendo su aire autoritario, a la vez que escurría sigilosamente los cupones en el bolsillo del uniforme.
–Seguimos, ¡arreee Joséee coño, no seas haragán! –gritó el caballo con gorra roja desde el pescante, y de nuevo golpeó la espalda del hombre que tiraba del carricoche.



Rodolfo Alemán Pérez

Fragmento de la novela clavel

La Hermana Sor María de los Sacramentos de la Congregación religiosa Hijas de la Caridad volvió a Cuba después de 28 años de ausencia. Regresó para llevar adelante una misión evangélica de paz y lealtad al Señor en el restablecimiento de la salud mental de los ancianos internados en un asilo del poblado de Guanabacoa, al sudeste de la capital cubana. Para ella, que había sido desterrada de la isla caribeña mientras ejercía el magisterio, volver a pisar el país donde su presencia fue rechazada, le resultaba sumamente difícil; sin embargo, se dijo que asumiría la nueva encomienda con la misma ferviente devoción con que realizó la anterior. Se instaló en el Convento aledaño al asilo gerontológico de la ciudadela profunda y comenzó a ordenar con parsimonia los pocos efectos personales que se trajo consigo. Estaba eufórica porque pensaba que antes de comenzar su nueva labor como asistenta, viajaría hasta el centro del país para reencontrarse con las ex alumnas del Colegio “María Inmaculada”, donde había sido maestra de catecismo y gramática durante diez años. Se merecía esa alegría después de tanto tiempo sin ver a las niñas que educó en la más austera disciplina moral y con todo el fervor de sus 20 años. ¿Cómo estarán? ¿Vivirían aún en aquella comarca olvidada de Dios? Se preguntaba pensando en sus tiernas caritas de antaño. Porque Sor Sacramento al recibir los hábitos en Santa Cruz de Tenerife, había solicitado viajar a Cuba para enseñar la doctrina católica entre las almas del campo, tarea que dejó inconclusa debido a su intempestiva salida.

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El Patricio

Llevaba más de una hora despierto. Hacía un tiempo atrás, apenas se despertaba, no podía refrenar el deseo de levantarse. Era como si la cama le provocara una comezón irresistible. Pero eso, era hace mucho tiempo, cuando tenía que resistir los ronquidos de su mujer, palpar, aun sin tocar la piel mustia y arrugada que se presentía debajo de las sábanas. Y sentir ese olor inconfundible, una mezcla extraña de talco casero, sazón de cocina y las emanaciones íntimas de la noche. El olor de aquellos cuerpos, con los cuales se ha dormido quizás demasiado tiempo.
Ahora, disfrutaba despertarse,  y saber que podía quedarse todo el tiempo que quisiera en la cama, sin importarle el trino de los pájaros, ni las amenazas del reloj. En realidad, era él quien decidía, de un tiempo acá, qué era una llegada tarde y qué no. Pero era el cuerpo de su mujer, lo que le ataba cada mañana al lecho. El cuerpo turgente de su nueva esposa, que él despojó de la sábana que apenas la cubría. La esposa estrenada, heredada más bien, casi a la par de su nuevo cargo. Recordar su nuevo cargo, le trajo a la memoria los sucesos del último año y con ellos un sabor amargo. Todo fue rápido, una vez certificada la demencia de Marco Aurelio. Reinier lo convocó a su oficina,  y después de treinta minutos, en que simuló ser convencido, bajo la mirada socarrona de su jefe, que fingía a su vez convencerlo, abandonó el gran edificio blanco siendo el nuevo director. Después vino la reunión de la Comisión de Cuadros, y punto. Si alguien pensaba diferente, no lo dijo. Contra su voluntad, apartó los ojos de las caderas redondeadas, las piernas bien torneadas y brillantes, el sexo sonrosado, de pubis como espigas de trigo. Pero sobre todo, de aquellos pies pequeños, de dedos cincelados a mano y uñas que parecían incrustaciones de jade. Debo ser un  jodido fetichista reprimido, se dijo para sus adentros. Pues cada mujer, era para él, un nuevo par de pies que ansiaba conocer, tocar, oler, disfrutar y sobre todo perfeccionar. Se maldijo mentalmente, por haber traído a su memoria los recuerdos, que sin dudas le echarían a perder este amanecer, y suspirando con resignación, se levantó, no sin antes, besar en la nuca, a la mujer que dormía a su lado.

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Mi sueño de una isla

tiene un fulgor de adolescencia
entre las redes de una canción que se encalla en arrecifes, chiflando el viento,
largo lamento o furor desmesurado…
navega entre las olas,
salta a un trozo de tierra asediado por el mar,
mar que a veces arremete con cuernos multiformes por todo el cerco de la orilla
o como perro fiel lame el cinto de las playas:
tierra nómada, rudos nautas antes incluso de que Jaime I levantara el estandarte,
y los molinos emprendieron el camino para la fiesta de las mieses,
–trigo, pan bendito en la boca surcada de destinos–,
y los constructores levantaron los hogares piedra a piedra,
y las redes atraparon los pescados como bendecidas por Mesías.

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EL ARQUETIPO

Atrapar ventanas
no siempre es más benévolo que espantarlas.

Con frecuencia
en mi ventana se posa una puerta.
Por ninguna razón me mantiene distante
de todo lo que espía.
La presiento hurgar en mi amargura,
yo le soy indiferente.
Intuyo que al dormir
en sus ojos o en sus alas
va tatuando mi silueta.
Con su aletear
los adornos de mi casa
urgen en mi soledad.
¿Qué arco iris
dejará como testigo de su estancia?

Primera Mención en el encuentro municipal de talleres literarios, Cumanayagua,octubre 2007



Yulki Sánchez Molina

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