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Sección de literatura de autores de la localidad

La aventura cómplice de El último gol

(Palabras de presentación del libro “El último gol”
en la biblioteca Ateneo de Pinar del Río)

El nacimiento de un libro es siempre un acontecimiento trascendente que debemos agradecer. Nadie como José Martí para definirlo en toda su dimensión, cuando aseveró que por lo que dolía antes de nacer, y por lo que se amaba después de haber nacido, un libro es un hijo.
Un vástago de Orlando Víctor Pérez Cabrera, El último gol, me complace presentarles en la mañana de hoy. Es natural este autor de Cumanayagua, provincia de Cienfuegos, y tiene publicados entre otros,  A la espera del Hijo Pródigo, Mi río es una casa, Señales y Versos Salvajes, todos estos de poesía. Actualmente Orlando Víctor es editor de la Revista Cultural Calle B.
El último gol se nos levanta como un libro de cuentos caracterizado por la búsqueda de lo novedoso y lo experimental. Relatos breves en su mayoría, y con diversas temáticas, logra el autor con un estilo conciso y depurado, aprehender trozos significativos de la realidad, y para ello infunde al sustrato realista esencial, una desbordante imaginación, para mostrarnos –o  siquiera insinuarnos– las aristas ocultas de esa realidad. El propio título es una insinuación y una incitación a su lectura. Tomado de un cuento medular, que utiliza como pretexto los minutos finales de un partido de fútbol, se abre a reflexiones profundas en cuanto a la naturaleza humana y sus relaciones afectivas. Me cabe a mí la dicha de ser el hijo real (biológico) de este escritor, y nadie como yo para saber que la fábula en que se inspira este cuento apunta hacia hechos intensamente vividos en nuestra relación paterno-filial.

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Un fotógrafo que ha hecho historia

Hay nombres inolvidables vinculados a la historia de la fotografía en Cumanayagua: Ambrosio, Secundino, Jacinto, Martica, Nery… y más, más, varios más. Sin embargo, dentro de ellos, hay uno que considero fue el más solicitado y conocido durante las décadas de los años 70 y 80. Un hombre muy correcto, muy decente, de muy buena presencia personal; además de comedido, serio, profesional. Toda fiesta de quince, toda boda cumanayagüense durante esas dos décadas ha quedado resguardada del paso indetenible del tiempo gracias a fotos que por lo general llevan el sello inconfundible de un señor que responde al seudónimo de Charles. Tal vez muchos no sepan que aparece inscripto como Otto Luis León Figueras, natural de Cumanayagua, donde nació en el año 1940.

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A Mar Abierto

(Monólogo en un solo acto basado en pasajes de la vida de Galileo Galilei)
El espacio de representación, en penumbras, está casi vacío. Al centro hay un sillón que se balancea solo. Cerca, una pequeña mesa con un grueso libro encima. Más que un libro, semeja un gran fajo de manuscritos.
Entra un hombre anciano, por momentos titubea en la oscuridad: su vista parece traicionarlo. Se apoya de un palo, va hasta la mesa y hojea los manuscritos. Vuelve a cerrarlos, camina lentamente hasta el sillón, y con gesto firme detiene su movimiento.
Viejo:  Cierto día se puso el hombre en pie y cayó al suelo su  peluda piel. Miró hacia el cielo y el mar y el azul se metió en sus ojos. A partir de ese momento ya no volvió a ser el mismo. Caminamos en luz. Eso es algo que hemos aprendido, que nos distingue como lo que somos. Nuestros miembros están bañados en luz. Pero dentro de nosotros sueña aún un oscuro bosque milenario, allí vive un animal, oculto en la maleza; por las noches anuncia su hambre y en un momento de descuido se lanza como un tigre y destroza  nuestra más hermosa cierva.
(Pausa. Va hasta el sillón y se sienta.)
Queridos discípulos, no vengo por piedad ante ustedes. En cada amanecer he buscado la razón de mi existencia; preocupándome por lo que dejamos a los que vendrán, más que por nuestra efímera vida y obra.

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Cual ave fénix

Por lo general, todos los asentamientos humanos, desde gigantescas ciudades a pequeñas poblaciones, atesoran recuerdos de acontecimientos que, por su trascendencia, marcan una etapa de su decursar histórico; máxime, si estos acontecimientos han traído dolor, desolación, muerte y grandes pérdidas materiales. El mundo entero recordará por siempre la gran catástrofe de Chernobil, el hundimiento del Titanic, el genocidio de la II Guerra Mundial, y cada uno de los movimientos telúricos, huracanes, tifones, que han causado la destrucción de ciudades enteras.
Pero el hombre siempre resurge de las cenizas y, cual Ave Fénix, se impone a fuerza de voluntad y tesón a las adversidades de la naturaleza, y a los desastres que él mismo se procura. Muy en especial laceran nuestra mente los actos terroristas que por estos tiempos, desgraciadamente, estremecen la sensibilidad humana, así como la invasión de pueblos y naciones por las grandes potencias militares bajo pretexto de combatir dicho terrorismo.
No obstante, nuestro Cumanayagua no ha experimentado grandes acontecimientos bélicos destructores, ni terremotos u otros desastres que hayan quedado grabados en la memoria popular. Sin embargo, en la década de los ’50 del siglo XX, más exactamente, en abril de 1956, ocurrió uno de los acontecimientos más significativos de nuestra historia local; recordado y comentado generación tras generación: el incendio de la Casa Grande.

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Cronicas de Cumanayagua

La crónica perdida

(En el Cumanayagua de 1848)

En 1848 una vereda estrecha, en medio del bosque cerrado, era lo que unía el caserío de Cumanayagua con la recién fundada Fernandina de Jagua, a la que llamaban desde 1829 por el primer apellido de quien fuera Capitán General español en la Isla, Don José Cienfuegos Jovellanos.
La muerte adquiría la categoría de “acontecimiento” o “suceso”, sólo para las personas cercanas del fallecido, cuando la vida de los primeros colonos, en los terrenos de los alrededores del Arimao y el Hanabanilla, tornábase pobre y monótona.
Las primeras viviendas eran en extremo modestas, cobijadas con hojas de palma, al estilo de antiguos bohíos de los siboneyes.
Si alguien de Cienfuegos requería ir hasta Sancti Spíritus, mejor lo hacía por San Fernando de Camarones, pues aunque la ruta resultaba más larga, la llevaba a cabo por el camino que, en nada, podía compararse con la senda mencionada.
La Diputación Patriótica, asociación organizada desde algún tiempo en la villa de Cienfuegos para velar por los intereses locales, con fecha 20 de enero de 1846, pidió a las autoridades que, usando el trabajo de los presos, arreglaran un poco el camino de Cumanayagua.
Por ello los arrieros empezaron a utilizar tal vía de comunicación y hacer alto en la casa que, con ese fin, abrió Domingo Freire, propietario de la tienda de víveres donde hasta no hace muchos años estuvo la administración de Correos de nuestra amada localidad.
Los cumanayagüenses de aquel tiempo distante se alegraron de que los arrieros, después de cubrir largas distancias, visitasen el pueblito en medio de su objetivo de llegar hasta Sancti Spíritus.

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Ser o so ser: he ahí el dilema

Signado por el insondable dilema hamletiano del título, doy curso a estas meditaciones; pues de veras que la nave universal en la que viajamos como pasajeros del sur se encuentra ante una disyuntiva que implica sobrevivir o perecer: no caben medias tintas.
Para intentar un acercamiento al tema que nos ocupa, habrá que partir del concepto de cultura. La cultura es resultado más o menos mediato (supraestructural) de la actividad productiva consciente del hombre. Es la expresión más acabada de su espiritualidad, cabe decir, de su identidad; pero es a la vez reflejo de su empeño por signar las entelequias que lo sostienen. Algún tipo de expresión cultural ha acompañado siempre al homo sapiens desde su misma aparición sobre la faz de la tierra. De manera que entendida así, la cultura, más que un lujo o regodeo distractivo, se convierte en una necesidad vital para la subsistencia humana.
Hay quienes identifican la cultura sólo con los modos de expresión artística, y eso es un error. Aunque éstos son el producto más acabado de aquélla, el proceso cultural, a la vez que los envuelve, los sitúa en un contexto histórico-social donde los puede convertir en mercancía, en valor de uso y a veces de cambio­; por otro lado, la cultura envuelve a otras categorías colindantes que van más allá  del arte,  y eso complejiza aún más la situación y hace escabroso un encasillamiento o conceptualización a priori del fenómeno cultural.

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