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Página de Inicio Entrerrianos Obra literaria de Pepe Sánchez La ética del escritor y la condición humana

La ética del escritor y la condición humana

Por Pepe Sánchez

La poesía es una ética. Por ética me refiero
a un código secreto de comportamiento, una
disciplina construida y realizada de acuerdo a
las capacidades de un hombre que rechaza
las falsificaciones del imperativo categórico.

Jean Cocteau
(Escritor, pintor y cineasta francés.)


1. El cuento es muy sencillo

Se alega entre los antropólogos, los sociólogos, y profesionales de otras ramas de la ciencia, que la primera gran revolución hecha por el hombre, fue la revolución de la agricultura. ¿Cómo vivía el hombre antes de esa primera gran revolución? Cuentan que eran nómadas, que andaban en hordas sin ningún tipo de organización definida, actuando como recolectores de cuanto encontraban a su paso, ya fueran frutas, moluscos, raíces. No existían normas morales, ni leyes que no fueran las del más fuerte, ni más relaciones naturales que aquellas que las circunstancias o el azar les ponían en el camino. Pero al descubrir que podían sembrar y cultivar la tierra, cambiaron su vida nómada por la de sedentarios; así surgen los primeros grupos humanos que se asocian con un fin determinado. Y cada quien sintió la necesidad, mientras labraban y esperaban la cosecha, de construir al menos con pajas y ramas y troncos de árboles las primeras habitaciones donde guarecerse del frío, de la lluvia, de los animales salvajes. Ya satisfacer su apetito sexual, no sería cuestión de dar un mazazo a la primera mujer que estuviera a su alcance y derribarla, se pensó entonces en llevar a una mujer a compartir la casa del hombre y sus deberes, dentro de una etapa que después fue nombrada matriarcado; y mientras unos cultivaban la tierra, otros se hacían guerreros para proteger los intereses comunes; y el más fuerte tomó el poder y se hizo llamar cacique o emperador; y los que tenían habilidades para el trabajo manual fueron alfareros y artesanos de los primeros instrumentos creados por el hombre; y el que más conocía de hierbas curativas llegó a ser el gurú, el chamán, el brujo de la tribu, que además de curar resultó capaz de predecir acontecimientos naturales y de otra índole; y las familias de todos estos señores comenzaron a disfrutar de una condición superior; y por primera vez el hombre se dividió en clases, en castas, y comenzó la aventura del poder que ha divido a la raza humana en dos grupos fundamentales: los gobernados y los que gobiernan.

Parece que uno sencillamente nace, crece, vive y muere; aunque sobre este último acto existen muchas preguntas todavía y muy pocas respuestas definitivas. En realidad, pocas cosas podemos afirmar que son definitivas. El cuento es muy sencillo, como escribiera el poeta uruguayo Mario Benedetti en su poema “Currículum”, aunque “lo sencillo no es lo necio” (Joan M. Serrat), pero es el hombre mismo quien lo ha complejizado en su larga migración hasta convertirse en lobo del hombre, sobre todo en busca de poder y riquezas.

La literatura de entonces, oral y escrita, la que pudo sobrevivir a todos los avatares de la sangrienta historia para llegar hasta nosotros, está también marcada por esa división de clases, y es reflejo del cotidiano afán del hombre por sobrevivir. Citaremos, ahora, dos ejemplos extremos. El Popol Vuh, libro sagrado de los indios quichés de Guatemala, es un libro de contenido esotérico, que solo podía ser leído e interpretado por la clase dominante; a los gobernados les quedaba escuchar en silencio. Y en el libro Eclesiastés de la Biblia, encontramos estos versículos definitorios de la condición humana desde que el hombre comenzó a ser dominado por el hombre: “Todo esto he visto, y he puesto mi corazón en todo lo que debajo del sol se hace; hay tiempo en que el hombre se enseñorea del hombre para mal suyo.” (Eclesiastés 8:9) Frente a esta realidad real, no le quedó al hombre otra decisión que la de enfrentar su nueva condición de vida en sociedad, con todas las implicaciones que tendría para su futuro desarrollo como ser social y para el progreso humano.


2. El contrato social y el egoísmo

Partiendo de estos antecedentes, contados a grandes rasgos, es oportuno citar la que ha sido considerada la Regla de Oro; regla que se encuentra expresada por Jesucristo dentro de su extraordinario Sermón del Monte, y registrada por el apóstol Mateo en su evangelio, Capítulo 7, versículo 12: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas”. Esta  regla constituye el fundamento de la moralidad, y una guía y un pensamiento válido para que los seres humanos puedan convivir en paz; tanto es así, que con pequeñas variaciones, aparece en casi todos los libros sagrados antiguos, y ha sido pronunciada, a su manera, por pensadores de todas las épocas.

Al destacado filósofo y escritor francés Jean-Jacques Rousseau, le debemos El contrato social, libro publicado en 1762, donde aborda de forma iluminista el fundamento de la sociedad y la relación del pueblo con el Estado, donde también establece mediante métodos naturales su opinión de que no hay antagonismo entre ley y libertad, ya que al asociarlas puede desaparecer la oposición entre ellas. Veamos cuál era el pensamiento de Rousseau, por medio de algunos fragmentos de El contrato social: Primer fragmento: “Puesto que no hay hombre que tenga autoridad natural sobre su semejante, y puesto que la fuerza no produce derecho alguno, quedan solamente las convenciones como base de toda autoridad legítima entre los hombres.” Segundo fragmento: "Las leyes no son otra cosa, que las condiciones de la asociación civil. El pueblo sometido a las leyes debe ser el autor de las mismas". Y, finalmente, un tercer fragmento: “Antes de examinar el acto por el cual un pueblo elige rey, debería de examinarse por qué un pueblo es pueblo; porque este acto, siendo necesariamente anterior al otro, es el verdadero fundamento de la sociedad.”

Cuando necesitamos de leyes y prohibiciones para vivir dentro de una sociedad, estamos actuando por regulación moral; lo ideal, lo que nos llevaría a ser ese hombre nuevo soñado desde siempre, es que alguna vez podamos actuar plenamente por autorregulación moral, cuando nuestra conciencia y nuestro modo de pensar natural nos dictan el modo correcto, moral, de convivir en una sociedad. Aunque la inteligencia humana cada día crea nuevas instituciones, y lucha por el progreso social y la paz, no podemos olvidar el hecho de que estas nunca podrán sustituir los propios afectos naturales originales. Ningún gobierno puede resolver los verdaderos problemas espirituales del hombre, sus pérdidas y ganancias, sus dolores y alegrías; los sueños íntimos y públicos de los seres humanos que conforman eso que ellos llaman “el pueblo”.

Rousseau exhorta a estudiar primero el origen de una sociedad determinada, sus fundamentos estructurales, su historia y cultura, para después poder establecer de forma general cuál debe ser el sometimiento legal a aplicar en ella, sin contradecir o destruir esos orígenes y fundamentos. Es decir, volver al Estado de naturaleza del hombre, para entender su esencia y saber cómo debe llevarse a cabo la transformación de su estado natural al estado civil. Resulta oportuno recordar lo expuesto por la filósofa británica especializada en ética Mary Midgley, en su ensayo “El origen de la ética”, y que guarda una estrecha relación con lo expuesto: “La idea de que la ética es en realidad simplemente un contrato basado en la prudencia egoísta es efectivamente mucho más sencilla, pero por esa misma razón resulta excesivamente poco realista para explicar la verdadera complejidad de la ética.” (Compendio de Ética, Alianza Editorial, Madrid, 1995.)

La historia real de este “contrato social” da cuenta del accidentado camino que ha recorrido la vida en sociedad, desde aquel instante en que el primer grupo humano se asentó a cultivar la tierra por primera vez, hasta el estado de egoísmo y frustración en que ha devenido después. Y no es algo que simplemente pueda explicarse como consecuencia del egoísmo o del pecado original (otro de los puntos de vista que han servido para acercarse a este abarcador asunto), porque es mucho más complejo, y va más allá: es la existencia misma del hombre la que ha estado en juego siempre. Queda claro que el Estado, teniendo en cuenta que el Soberano es el Pueblo, no debe ejercer ninguna injerencia en la vida privada de ningún ciudadano, hasta el límite de la libertad que por naturaleza poseemos.

Cuando analizamos el legado de algunas de las escuelas filosóficas desde el punto de vista ético, hay una diversidad de modos de enfocar el asunto. El Epicureismo, sistema filosófico enseñado por Epicuro de Samos, filósofo ateniense del siglo IV a. C., proponía la realización de la vida buena y feliz  mediante la administración inteligente de placeres y dolores; para Epicuro la presencia del placer o felicidad era un sinónimo de la ausencia de dolor, o de cualquier tipo de aflicción: el hambre, la tensión sexual, el aburrimiento, etc. La finalidad de la filosofía de Epicuro no era teórica, sino más bien práctica. El propio Epicuro una vez expresó: “La riqueza no consiste en tener muchas posesiones, sino en tener pocas carencias.”

El Hedonismo es una teoría moral que constituye al placer en bien último o supremo fin de la vida humana. Bajo el término general de hedonismo se ha tendido a agrupar a diferentes pensadores separados, en realidad, por notables diferencias. El hedonismo, con el correr del tiempo, ha tenido detractores y defensores. Dentro de la filosofía contemporánea destaca la figura del francés Michel Onfray como abierto proponente del hedonismo. En una entrevista que le realizara la argentina Cecilia Bembibre, manifiesta lo siguiente: “Se cree que el hedonista es aquel que hace el elogio de la propiedad, de la riqueza, del tener, que es un consumidor. Eso es un hedonismo vulgar que propicia la sociedad. Yo propongo un hedonismo filosófico que es en gran medida lo contrario, del ser en vez del tener, que no pasa por el dinero, pero sí por una modificación del comportamiento. Lograr una presencia real en el mundo, y disfrutar jubilosamente de la existencia: oler mejor, gustar, escuchar mejor, no estar enojado con el cuerpo y considerar las pasiones y pulsiones como amigos y no como adversarios”.

Para Sófocles, poeta trágico griego, el egoísmo parecía un mal endémico, tanto es así, que llegó a expresar: “Siempre se repite la misma historia: cada individuo no piensa más que en sí mismo.” En cambio, para Aristóteles la vida feliz  y plena es aquella que nos permite realizar la contemplación, como actividad superior, teniendo una suficiente autonomía (bienes materiales, salud), y en compañía de un número suficiente de amigos (cf. Ética nicomáquea I).

Los filósofos éticos modernos examinan, sobre todo, en el mundo antiguo (estoicos, epicúreos, Platón, Aristóteles), haciendo uso de algunos elementos heredados de la Escolástica medieval. En el Kant de los escritos ético-políticos, vemos trazar al individuo que se decide entre las obligaciones de la conciencia y los deberes con la república; las éticas deontológicas que normalizan las conductas a partir de códigos, reglamentos, estatutos y ordenanzas. Mientras que autores contemporáneos, han intentado demostrar que la ética es en realidad un "verdadero nihilismo" y "una amenazante denegación de todo pensamiento". Hay también una tendencia a establecer nuevas herramientas de análisis histórico-filosófico de distintas versiones rivales de la ética.

Entre los pensadores que vieron las consecuencias del egoísmo dentro las relaciones humanas, desde una posición de reconciliación y búsqueda de la paz, encontramos un paradigma en Mahatma Gandhi, líder político y espiritual indio, famoso por la resistencia no violenta, quien en pensamiento y obra demostró la verdad de estas palabras suyas, que son también un llamado a la paz y la solidaridad: “La Tierra ofrece lo suficiente como para satisfacer lo que cada hombre necesita, pero no para lo que cada hombre codicia".


3. Ética, cultura y sociedad

A través de la historia son varios los conceptos utilizados para explicar la significación de Ética y Moral. Haciendo uso de la etimología: Ética, proviene del vocablo griego “Ethos”, que significa acción, costumbres, hábitos, modo de ser, carácter. En tanto, Moral, se origina del vocablo latino "Mos" o "More" y "Moralis", que significa costumbre, hábitos. En busca de dejar definido el campo de acción que diferencia a la Ética de la Moral, entre otras muchas definiciones, coincidimos con autores que definen la Ética como: Rama de la filosofía que estudia qué es lo moral: su origen, estructura, esencia y regularidades; cómo se justifica racionalmente un sistema moral, y cómo se ha de aplicar posteriormente a los distintos ámbitos de la vida personal y social. En la vida cotidiana constituye una reflexión sobre el hecho moral, busca las razones que justifican la utilización de un sistema moral u otro. Y la Moral como: Conjunto de principios, valores, normas, sentimientos, cualidades humanas, conducta a seguir, que caracterizan la vida cotidiana del hombre; son las reglas de vida y conducta en una sociedad que determinan sus deberes entre sí y hacia la sociedad, es una de las formas de la conciencia social. Su asimilación y práctica no depende solo de una actitud consciente o racional, sino principalmente, de un sentimiento de respeto a la autoridad moral de la que provienen. Ética y Moral no sólo están emparentadas etimológicamente. En la actualidad se usan como términos sinónimos.

La Cultura es la congregación del espíritu en comunión creativa con la naturaleza. La cultura es un valor porque humaniza al hombre; siendo capaz de producir en él determinadas ideas y representaciones, le permite formar proyectos de vida a largo plazo, enriquecer horizontes y mantener el equilibrio de su personalidad. Decía el escritor argentino Julio Cortázar que “lo que llamamos cultura no es en el fondo otra cosa que la presencia y el ejercicio de nuestra identidad con toda su fuerza”. En cambio, para el poeta mexicano Octavio Paz (“Alrededores de la literatura hispanoamericana”): “La cultura no es una herencia sino una elección, una fidelidad, una disciplina. Rigor y pasión.”

Es importante analizar el concepto de cultura como el conjunto de valores materiales y espirituales creados y que se crean por la humanidad en el proceso de la práctica socio-histórica y que caracteriza la etapa histórica alcanzada en el desarrollo de la humanidad. Se interpreta aquí en el sentido de resultado y reflejo del desarrollo de la base espiritual y material de la sociedad (O. Razinkov, Diccionario Filosófico). De acuerdo con la antropología contemporánea, se entiende como cultura el modo asimilado de las relaciones entre los individuos, conformada por la totalidad de instrumentos, instituciones sociales, actitudes, motivaciones, creencias, sistemas de valores de grupo, regulador de la conducta, tanto en las relaciones del hombre con el mundo exterior como con los demás hombres, e incluso como reguladora de los hábitos de alimentación, formas de vestir o hablar. Cada individuo, cada espacio, cada zona, cada pueblo, tiene su cultura. Por mediación de ella puede llegarse a comprender la esencia de las relaciones sociales de la época.

En tanto, la sociedad es el conjunto de individuos que interaccionan entre sí y comparten ciertos rasgos culturales esenciales, cooperando para alcanzar metas comunes. Las sociedades humanas son estudiadas por las llamadas disciplinas sociales, principalmente la Sociología y otras como la Antropología, Economía y la Administración de Empresas. Modernamente, existe un interés de la Física, desde la perspectiva de sistemas complejos, por el estudio de fenómenos sociales, y este esfuerzo ha dado lugar a disciplinas como la Sociofísica y la Econofísica. Por definición, las sociedades humanas son entidades poblacionales. Dentro de la población existe una relación entre los sujetos (consumidores) y el entorno; ambos realizan actividades en común y es esto lo que les otorga una identidad propia. (Wikipedia.)

No resulta ocioso aseverar que entre ética, cultura y sociedad existe una estrecha e interactiva relación; si el hombre se ha erigido en ser social por excelencia, ello ha sido posible por la capacidad de progreso moral que ha desarrollado a lo largo de la historia, desde la oscura caverna hasta la aldea global de la Internet. Gracias al proceso comunicativo gestado por y para la vida social, se han ido erigiendo los pilares de la cultura como expresión del quehacer espiritual y realización material de la sociedad. Siendo la literatura maestra de la vida, y la lengua, expresión comunicativa de inacabados registros, ello implica, más que acopio de conocimientos, adquisición fundamental de expresiones, a la vez que es capaz de trasmitir una actitud ética. El discurso literario es crisol de lenguaje y literatura, vida, cultura y sociedad. La literatura es el producto condensado de la cultura en la vida social de todo pueblo.


4. La responsabilidad ética individual y social

Ahora mismo nos encontramos atravesando una multiplicada crisis de valores. No en vano el poeta nicaragüense Rubén Darío dijo en su tiempo que si el sentimiento moral se pierde todo está perdido, pese a la habilidad y la intriga que pueda poseer una persona. Los valores universales cobran vida en declaraciones y numerosos códigos de ética de la ciencia y la tecnología. Es lógico preguntarse: ¿Pueden los políticos prescindir en situaciones de crisis de la moral y el derecho? Esta crisis de valores se debe comprender también como un momento dialéctico, como un proceso de desarrollo axiológico y no solo como decadencia o degradación de ciertos valores sociales. Como todo en la vida, el asunto de la ética es dual. Por un lado, vemos que aparecen sombras en el progreso moral, entre las cuales podemos nombrar las siguientes: Crisis de sentido, de expectativas y de progreso de vida; crecimiento del marginalismo conductual, incongruencia entre el discurso verbal y el comportamiento afectivo; crecimiento del escepticismo, la apatía, la desesperanza, el afán de lucro, de la doble moral, del formalismo, de la hipocresía; falta de comunicación familiar, las exclusiones, la injusticia, la pobreza creciente (incluida la moral y espiritual), la destrucción del medio ambiente y de los valores autóctonos de cada cultura, la globalización de los gustos estéticos, sugerencias desmovilizadoras que surgen en el ámbito ético y axiológico, el crecimiento del racismo, las diferencias sociales y económicas, la discriminación por sexo o por origen étnico, el consumismo, el hambre, las migraciones, la inestabilidad económica que incide y crea tensiones negativas en el medio familiar y social, descenso de la responsabilidad moral y cívica, aumento de la violencia juvenil, deshonestidad creciente, conductas autodestructivas en aumento, abuso de las drogas y del alcohol, el abuso de poder y el tráfico de influencias, la corrupción y las falsas promesas de los políticos, la especulación, el autoritarismo, la violación de los derechos humanos, un exceso de ideologización que oscurece el verdadero sentido de la vida, la degradación del ser humano a consecuencia de las guerras y los enfrentamientos entre distintas culturas y creencias.

Por otro lado, asimismo hay luces en el progreso moral, entre ellas queremos  destacar las siguientes: El desarrollo de los valores y de los ideales: que puede considerarse como uno de los indicadores del progreso cultural y  social; las conquistas de los derechos humanos, civiles y políticos; el desarrollo paulatino y contradictorio de la moral, de conquistas y grietas, como un proceso de crecimiento humanitarista; la formación de una Ética ecológica o medioambiental; Declaración Universal de los Derechos Humanos, Declaración Universal de Derechos de los Niños; derecho al trabajo, a la maternidad, a la paz, a un trato igual y digno; la construcción, entre todos, de una sociedad civil cada vez más democrática y humana; la elevación del dominio de los hombres sobre sí mismos, por sus relaciones cada vez más conscientes, auténticas y responsables con los demás, la regulación de sus actos de tal manera que los intereses propios se fundan cada vez más con los intereses colectivos.

Como se reconoce en la introducción a la carta de constitución de la UNESCO: “puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”. Alrededor del lema “Paz y seguridad”, giran los objetivos fundacionales de la ONU, objetivos que se han visto una y otra vez relegados por los conflictos y ambiciones desmedidas, por la explotación y el reparto desigual de las riquezas. La Paz todavía sigue esperando por el día en que el hombre deje de comportarse como lobo del hombre; y, de una buena vez, todos nos miremos limpiamente a los ojos y nos demos ese necesario y tan esperado abrazo del lado de lo humano. “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, dijo el Benemérito de las Américas, Benito Juárez. Y el Apóstol José Martí, nos dejó esta frase emancipadora: “Patria es humanidad”, que declara al hombre hermano del hombre, sin distinción de razas, credos, ideologías, fronteras u otras diferencias, pero que también hizo de su vida y obra símbolo de la más alta ética, como escritor, filósofo, poeta y político.

No se trata tampoco de ir por ahí, pacificando a garrotazos. Consideramos oportuno recordar nuevamente a ese poeta universal que fue Mario Benedetti, que en su poema “Oda a la pacificación”, pregunta “hasta dónde irán los pacificadores con su ruido metálico de paz”, para, al final del poema, declarar “que quien pacifique a los pacificadores un buen pacificador será”. No estamos abogando por un anarquismo a ultranza ni por el fomento del caos social. Vivir en sociedad también presupone ejercer el libre albedrío y la libertad individual, sin violentar ni coactar en ningún sentido, el libre albedrío y la propia libertad individual del prójimo, es decir, de ningún miembro de la sociedad. Se trata, sobre todo, de que los gobernantes entiendan y demuestren en el ejercicio diario del poder, que han sido elegidos por el pueblo, verdadero y único soberano, solo como “servidores públicos”. La represión policial la llevan a cabo los gobiernos con el propio dinero del pueblo. Es como si la estupidez humana pudiera llegar al límite de que alguien quisiera financiar su propio infierno. En disímiles maneras puede manifestarse el abuso de poder, pero por una elemental cuestión de ética resulta rechazable y debe ser castigado con todo el rigor de la ley, cuya aplicación debe ser igual para todos. Quiero recordar, en este sentido, las palabras del educador y filósofo alemán Max Stirner: «La fuerza, cuando está administrada por el estado se llama "Derecho" y cuando esta administrada por el individuo se llama "Delito".» Incluso, hay quienes afirman, que la función del Estado debe ser únicamente defender la vida, la propiedad y la libertad de los ciudadanos.

Estamos necesitados de un constante dialogar, para consensuar por medio de soluciones justas los complejos conflictos que se viven en las sociedades modernas. Dialogar no significa renunciar a uno mismo para complacer al otro, porque en este caso ya no se trata de un diálogo, sino de sumisión al otro. No tenemos que pensar que las diferencias en los puntos de vista son sólo de grandes grupos comunitarios, sino que también debemos contar con las diferencias internas. Esclarecedoras, resultan las palabras del educador brasileño, y un influyente teórico de la educación, Paulo Freire, cuando expresó: “Quien observa lo hace desde un cierto punto de vista, lo que no sitúa al observador en el error. El error en verdad no es tener un cierto punto de vista, sino hacerlo absoluto y desconocer que aun desde el acierto de su punto de vista es posible que la razón ética no esté siempre con él.”

La responsabilidad moral del escritor parte de su posición ética, de la valoración que haga de los actos humanos, incluidos los suyos, por medio de su vida y obra, en tanto esta sea reflejo de su prédica. James Joyce, en su monumental novela Ulises, en voz del personaje Russell, nos deja, desafiante, su punto de vista al respecto: “El arte tiene que revelarnos ideas, esencias espirituales sin forma. La cuestión suprema sobre una obra de arte es desde qué profundidad de vida emerge. La pintura de Gustave Moreau es la pintura de ideas. La más profunda poesía de Shelley, las palabras de Hamlet ponen nuestras mentes en contacto con la sabiduría eterna, el mundo de las ideas de Platón.”

Pero cuando valoramos la posición ética asumida por un escritor frente a los desafíos morales de su época, debemos hacerlo desde dos puntos de vista, primero: teniendo en cuenta de conjunto, como algo indisoluble, su vida y obra; y, en segundo lugar, no olvidar que hay escritores que nos llevan a valorar su vida desde un punto de vista ético que no siempre coincide plenamente con lo expresado en su obra literaria. Son muchos los ejemplos que podemos citar, de escritores que fueron conscientes del tratamiento dado habitualmente a sus textos, incluso, muchos intentaron con cierta irritación debatirlo, por un lado sugiriendo lo que consideraban su preocupación estilística, y, por otro, refiriéndose con escepticismo a toda función moralizante de la literatura. Veamos lo que dice la escritora italiana Lia Ogno, sobre el narrador y ensayista guatemalteco Augusto Monterroso: “Monterroso aboga por un pensamiento de la diferencia, un pensamiento liberado de sus prejuicios; pretende un nuevo espacio, un nuevo orden, no para colocar en él nuevos valores, sino para que permita la coexistencia pacífica y respetuosa de las diferencias.” Esto es palpable en toda la obra del destacado escritor guatemalteco. Y, para el controvertido escritor irlandés Oscar Wilde, el asunto es más extremo, pues afirmaba que: Un libro no es nunca moral o inmoral. Está bien o mal escrito. Eso es todo.”

Hay escritores en los que resulta impresionante la divergencia entre la actitud ética que asumieron ante los conflictos sociales de su época, y la opinión generalizada sobre la calidad de sus obras literarias. Thomas Stearns Eliot, es uno de ellos. Se dice que los que conocieron superficialmente a Eliot quedaban encantados con sus finos modales y su modesta reserva, pero aquellos en cuya amistad él se apoyaba conocieron a un hombre que estaba constantemente al borde de una crisis, malhumorado y quejoso, agobiado por la autoconmiseración, agotado por el abatimiento y abrumado por el miedo a la pobreza. Mucho también se ha criticado sus posturas religiosas y políticas. En cambio, su poesía ha sido considerada una de las más brillantes del siglo XX, merecedora del Premio Nobel, cuya influencia se ha extendido por todas las lenguas. Jorge L. Borges, resulta otro ejemplo ilustrativo: las posiciones ética en su obra están dadas, ante todo, por el análisis que hace de los personajes y arquetipos tomados de la literatura universal; es así que sobresalen en su obra rasgos éticos, tales como: el respeto, la voluntad, el coraje, la bondad y el cumplimiento de la palabra empeñada. De igual modo, su poesía, sus ensayos y su narrativa, están en la cumbre de la literatura hispanoamericana. En su vida pública y sus acercamientos a los conflictos políticos de su época, encontramos a otro Borges, contradictorio, con posiciones y expresiones desastrosas cuando se analizan desde posiciones éticas. Borges mismo se encargó en varias zonas de su obra de adelantarse a los juicios de sus críticos. Ejemplo de ello es este verso, de su poema “¿Con qué puedo retenerte?”, donde declara: “Te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca ha sido leal.” Y en su poema “Invocación a Joyce”, vuelve sobre otra arista del mismo asunto: “Qué importa nuestra cobardía si hay en la tierra/ un solo hombre valiente,/ qué importa la tristeza si hubo en el tiempo/ alguien que se dijo feliz,/ qué importa mi perdida generación,/ ese vago espejo,/ si tus libros la justifican.”

La literatura, cuando estremece el imaginario místico de los lectores, produce símbolos y arquetipos universales, que no siempre son Odiseo, Penélope, Beatriz, Robin Hood, Don Quijote, Natasha, Jean Valjean, Raskolnikov, Gregorio Samsa: pueden ser un misterio luminoso, las Confesiones de San Agustín, los hilos de Ariadna, la duda de Hamlet, un Aleph del Sur, Excalibur: esa espada del crepúsculo, una alegoría verbal, la etimología de un sueño o la aridez del recuerdo contaminado por el olvido, pero también cierta metáfora del Bien y del Mal, una nostalgia del tamaño del Paraíso Perdido… No sé hasta qué Utopía o Laberinto alcanza la condición humana, su abrazo de concordia y paz redentora, pero desde aquí invoco los mejores augurios de nuestro porvenir, bajo el arco limpio del humanismo, donde el hombre vuelva a ser hermano del hombre.



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