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El idioma que hablan los espejos

Por Pepe Sánchez

La historia de la literatura recoge frases, versos y pensamientos de diferentes escritores, que coinciden en señalar que la obra de todo poeta no es más que fragmentos de un solo gran poema escrito a lo largo de su vida. Por citar un solo ejemplo: Robert Desnos, uno de los más surrealistas poetas del Surrealismo, defensor y practicante oficioso de la escritura automática, fue explícito al decir: “Un gran poema, desde el nacimiento hasta la muerte, se elabora en el subconsciente del poeta, que solo logra revelar de él, fragmentos arbitrarios”. Yo mismo expresé en unos versos: “Creo haber estado escribiendo / el mismo poema desde siempre / la misma verdad sucesiva”.
Y es que el autor de Memorias de un Ángel, Carlos Garrido Chalén (Tumbes, Perú, 1951), es un ejemplo vivo de ese gran poema que el poeta va escribiendo en fragmentos durante toda su existencia creadora. En uno de sus libros fundamentales, Confesiones de un árbol, encontramos sembrado en el centro mismo de la poesía, lo que pudiéramos llamar el tema fundacional de su obra: La poesía como mensaje de amor para el mejoramiento humano. Casi podría asegurarse, que basta con solo leer los dos primeros versos del primer poema que aparece en el libro Confesiones de un árbol: “Antes de ser un hombre / yo he sido un árbol bueno”, y estos últimos versos del mismo poema: “No me van a creer, pero yo, / antes de convertirme en transeúnte / siendo árbol silente y majestuoso / tenía el corazón de un ser humano; y ya tenemos la identidad del autos, arrolladora, raigalmente desprendida, abriéndose paso entre versos que gana para el autor un estilo personal, sin ninguna posibilidad de confusión.
Haciendo un breve análisis comparativo entre Confesiones de un árbol, y este otro poemario de Garrido Chalén que ahora nos ocupa, Memorias de un Ángel, encontramos una continuidad y un complemento de sus símbolos poéticos más autónomos; podemos verificar cómo la red semántica de su poética se va entretejiendo a lo largo de toda su obra, como un claro mensaje de camino y esencias para los hombres de hoy y los que nacerán  mañana. Veamos:

De Confesiones de un árbol:

Tenía por eso mi propio Ángel
para trabajar misterios.

En Memorias de un Ángel:

Pero no soy el Ángel confundidor.
[...]
y hablo desde el comienzo de los siglos
una lengua sin parentesco
[...]
Es difícil ser Ángel de un poeta.

De Confesiones de un árbol:

Quería ser también protagonista
de amores victoriosos.

En Memorias de un Ángel:

Aprendí a amar en plenilunio,
y a sentir la ternura del que ama intensamente.
[...]
Al final,
alguien sana mi quebranto
y venda mis heridas
y pone en depósitos sin fondo a los abismos,
para amarnos.

De Confesiones de un árbol:

y como era un árbol
de vez en cuando me ponía alas
para mirar desde arriba
mis raíces.

En Memorias de un Ángel:

Soy Valle excavado por un río que viene desde arriba
[...]
y veo el mundo desde arriba
como los satélites
y de cara al mar o a la montaña
levanto una muralla
para convencerme de que existo.

De Confesiones de un árbol:

Yo regulaba el clima y moderaba al viento.

En Memorias de un Ángel:

Como mangle que crece contra el viento
me empino por los montes.
[...]
y soy ráfaga de viento y zarzal eterno
[...]
Soy lugarteniente del viento cuando llueve
[...]

Gustaba confraternizar frente a una copa de vino
pulsando mi guitarra en la tormenta
[...]
y cuando el clima baja por debajo de cero,
subo los peldaños del tiempo
para que mi necesidad se descubra

De Confesiones de un árbol:

y tenía la devoción de la semilla sobre el surco.

En Memorias de un Ángel:

y esta es mi viña, mi olivar,
mi plantío de sueños que florece.
[...]
Y en las ágoras se sembrará un almendro
dispuesto a florecer como milagro.

De Confesiones de un árbol:

Humano, aunque verde claro y verde oscuro,
yo era más que un árbol, un mensaje.

En Memorias de un Ángel:

en mi piel se amurallan los caminos y el tiempo
al querer entenderme con el verde del mar.
[...]
paso vertiginosamente de lo verde y húmedo
a lo ocre y seco
[...]
Mi presencia no puede ser explicada
por ninguna analogía con la experiencia cotidiana:
soy Mensajero del Cielo.

De Confesiones de un árbol:

Del árbol solitario, espectador de amores que habité
queda el recuerdo solamente.

En Memorias de un Ángel:

Habitante sin ciudad,
rapsoda del recuerdo.

De Confesiones de un árbol:

Como ayer
cuando entre dunas
gozaba con mis ángeles la luz
de los luceros.

En Memorias de un Ángel:

Mi lumbre viene de un sol
sin sombra ni memoria
y mi sombra es acaso una luz que no muere.
[...]
y conozco la fuerza que tienen los luceros
y la atracción de la luna del océano.

De Confesiones de un árbol:

Ebrio de civilización
abro mis pasos a una nueva heredad.
(...)
Pero esta ebriedad la gozo
cuando retornan los barcos a los puertos

En Memorias de un Ángel:

Ebrio de unción y muchedumbre,
he vivido feliz como relámpago.
[...]
Me siento más un puerto que una rada.

De Confesiones de un árbol:

Y hablo idiomas diferentes
al  pie de la ternura.

En Memorias de un Ángel:

y sobre una pira de sándalo me levanto
para predecir la vida,
y es así como entiendo el idioma
que hablan los espejos.

Como podemos apreciar, los poemas que conforman Memorias de un Ángel, vienen a reafirmar esta voluntad de estilo a que nos tiene acostumbrados la poética garridochaleniana; que tiene sus raíces más profundas en El Cantar de los Cantares, del rey Salomón; poesía versicular, eminentemente endecasílaba por la naturaleza de su expresión, como si el viento tirara de ella por entre los árboles del monte de su canto limpio y claro. Versos memorables, en que se respira confianza, porque asegura estar “convencido que mañana, gracias a Dios / todo será posible”, donde se siente cómo el verde claro y el verde oscuro del mar de Zorritos, su pueblo natal, desde la infancia marcó su vida y obra.
Podemos tener la certeza de que cada libro de este Poeta Mayor del Perú, es un puerto de luz y esperanza que se abre para que el hombre navegue con las velas de la Libertad; porque vive “con la proa al cielo”, pero “el ancla clavada en tierra firme”. Hay que conocer y profundizar en todo el mundo espiritual que habita y rodea esta poesía de ternura que, con destreza de ángel mensajero y firmeza de árbol bueno, busca incesantemente esa “línea en que cielo y tierra parecen juntarse”, como metáfora conciliadora entre lo eterno y lo humano, entre lo alado y lo terrenal, y como propuesta agradecida para sentar en una misma mesa a lo cotidiano y a lo inefable.
Esta obra vegetal y aérea, a la vez que “infinitamente sensitiva”, marca las huellas digitales de la palabra de Carlos Garrido Chalén, con toda justicia Patrimonio Cultural Vivo de la Nación, un ciudadano del mundo que lo ha apostado todo por el bien de su pueblo, a la vez que siente como suyo todo el dolor de la humanidad; y, para bien de la poesía, una de las voces contemporáneas más auténticas del Perú y de toda Hispanoamérica.



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