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Página de Inicio Entrerrianos Obra literaria de Pepe Sánchez Del delirio y la utopía

Del delirio y la utopía

Por Pepe Sánchez

una mujer desnuda es un enigma
y siempre es una fiesta descifrarlo

Mario Benedetti
(“Una mujer desnuda y en lo oscuro”)

A mí, por el solo lirismo,
una sonrisa de mujer me desarma,

me quita la camisa de fuerza del corazón
como espigas dobladas por el fervor;
sobre todo, cuando más acá de sus labios
la noche hambrienta es una espada desnuda
y los malcriados párpados de sus ojos
cierran las señales de alarma y abren
una indiscreta invitación a la complicidad.

A mí, sin la bruma del romántico,
la mirada de una mujer me descubre
el rompecabezas del delirio y la utopía;
pone satélites espías a girar sobre mi cama
y avienta una alegría codiciosa,
de cantos y cuchillos lanzados
al borde del tiempo y los augurios,
como soledad de agencia, como miedos a crédito
y manos en un búcaro florecidas por el intento,
como la última forma de seducir a la vida.

A mí, con su luz de oficio,
unas manos de mujer me levantan,
me iluminan de raíces las vidrieras del alma;
puedo decir que lamen la aventura de mi cuerpo
y ponen un salterio a respirar con las dudas,
un quitabrumas donde la voz ya no abriga,
y entonces hay que comulgar con ese fuego coral
y su antigua danza sobre la piel,
sostenerse, a duras penas y glorias,
en los andamios febriles de su aliento.

A mí, contra todo pronóstico,
el olor a naufragio de una mujer
me levanta y me descubre a la vez,
lírico y romántico, casi por oficio,
como un condenado a la espuma
tenaz sobre su tabla de hundimiento;
y me arma, en la orilla opuesta del corazón,
con el vino de una pasión siempre nueva,
el rompecabezas del delirio y la utopía.


Los augurios y el azar

Recuerdo
que yo era un mendigo de la luz
y tú traías en los ojos
toda la nostalgia
de octubre a las seis de la tarde.

El viejo canto del mar
con el coro sutil de sus olas
apenas seducía a la orilla.

Estabas con tus veinte años
sentados en el bar de la noche.
Una noche, que caía lenta,
despreocupada,
sobre la ciudad y sus malos duendes,
sobre mi voz y sus lentos exilios.

Solo dos tragos de silencio
separaban
la perdida oveja de mi biografía
de los labios imprudentes de tu mirada.
Tu aliento, que desde entonces
involucra a mi voz con el filin de octubre,
competía con la soledad colectiva
que se brindaba en las mesas.

Pareciera que esa vez, el mar y el otoño,
se confabularon para izar en tus ojos
la bandera pirata de la nostalgia.

Recuerdo
que las gaviotas de tus manos
eran dos augurios indocumentados,
que tenías tatuada en la piel
toda la audacia
de un vikingo en alta mar.
(El azaroso viento del poema,
olvidado del lobo de la duda,
pastaba, inocente y provocador,
en la pradera de tu pelo.)

No hubo nombres ni huelgas en el corazón.
Lo único que pudimos darnos
fue un abrazo de quietud en la distancia.

Pero recuerdo que mis ojos
lanzaban piedras indefensas 
al duelo civil de tus ojos;
que cortaban las uvas del deseo
mientras tú te escapabas de esa tarde
para entrar conmigo al bar de otras noches,
hasta tomar voz y asiento,
en la piel dolida de este poema.


Leyendo las piedras de Machu Picchu

…alfarero en tu greda derramado:
traed a la copa de esta nueva vida
vuestros viejos dolores enterrados.

Pablo Neruda

Nadie me contaba el signo de las piedras y la sangre.
No hubo invierno púrpura ni una pared de augurio
y supe trepar por mis ojos hasta las hojas de coca;
más bien corría un mensaje discreto y embadurnado,
como falso recuerdo, aturdido por la admonición,
que antes el viento mezcla con los cultivos del dolor.
¿Cuáles jaulas del miedo, de pan amasado en su herida,
cubriendo con los pies cantores el oficio del destierro?
¿Qué espera se abrigaba entre los muros y la Intihuatana?
Piedra que no fuiste sostén seguro para amarrar el sol
cuando la duda se liberó de los extirpadores de idolatrías
y la tarde renunciaba a ser noche en Sacsayhuamán,
oyendo el canto del tiempo.
Terrazas de estrategia y vértigo
cayendo al Valle del Urubamba,
a donde bebe el maíz brotes de sangre noble,
pasadizos abiertos en el alma del pasado,
lámpara de la piel, agua memoriosa,
labor y frutos danzando en la Inti Raymi,
colorido y mañas para invocar a la lluvia
hermana de tanta invasión ceremonial,
y regresar a ellos con las manos dadoras
el golpe de la piedra y el sudor creyente,
hacia los enrejados del alto horizonte.
¿Acaso no era visible el sacrificio, no escuchabas los gritos
del corazón y su sal enceguecida,
una súplica que la furia arrancaba del prisionero?
¿Pudo el bastón de cañabrava soportar el estupor
ante la rara arquitectura de la sobrevida?
¿Sentías al andar sobre el rito que otra época renacía,
y algo acaba de cruzar por tus ojos mirando sin ver
hasta la fiel morada de los incas al final de su tiempo?
Lo que sentí fueron otras formas del silencio,
otro llanto de amasar las palabras para la vida,
cómo la Piedra del Poder mezclaba los arcos del sol
contra mi espalda, contra todo rechazo,
contra los túmulos enmohecidos por el musgo de la sangre.
Cómo aquellos pasos revivían bajo mis pasos,
cómo era de larga la cicatriz de los duros cantos
que los guerreros lanzaban a lo desconocido,
y que ahora, desmontados por otra civilización,
eran un mensaje profano en los templos encorvados,
una mítica niebla y nubes raídas en el quejido cusqueño.
Lúgubre ascendía el sonido de la quena del viento.
¿Leías, en verdad leías, piedras del solsticio de invierno,
piedras que nos cuentan el innombrable abismo?
¿Leías las sagradas piedras de Machu Picchu?
Piedras mágicas del principio y del fin,
piedras de la agonía que no cubren los quipus,
piedras silenciadas bajo lluvia y fuego,
piedras parlantes del lento quechua,
piedras que invocan el sacrificio de la alpaca,
piedra del Cóndor y la floresta amazónica,
piedras cansadas por no se sabe qué manos,
piedra del Sol detenida en la hora mortal,
piedras que fundaron la plaza Aucaypata,
piedras vivas bajo el sagrado Willkamayu,
piedras de los templos mudas de tanto ruego,
piedra del Poder presa de su energía ritual,
piedras en la oscura señal del Camino Inca,
piedras del agua soportando la sed del tiempo.
Piedras sobre piedras clamando con voz de piedra.
Pero viste a las alegres vírgenes del sol
cantando la salmodia de los panecillos de maíz,
vestidas de arco iris, de viento y llamas corales,
danzando con las ágiles flores del solsticio,
trayendo en los ojos los frutos de la Pachamama,
mientras el dios sol se bebía la candorosa piel
y las mujeres adultas tejían los nudos de la pasarela
con los niños guindados sobre sus espaldas.
Y todo girando en la noche circular del fuego.
¿Cómo entonces escribir el recio mito y su sangre,
sin la soberbia hacha de Pachacútec
y los correos de piedra como ignorados jinetes
armados de un mensaje de muerte y súplica?
¿Cómo aún pedir paz al que hace temblar la tierra?
Túmulos del espanto, calaveras de la herida
con que alguna vez se conquista el sosiego.
¿Puede alguien hablar con los difuntos
sin preguntar por los accidentes del viaje,
la carne y la chicha que servían sus antepasados?
Yo pienso que debió existir alguna arcana sombra
para mirar el agua en su fiel regreso hasta la fuente,
esa suave extrañeza que cae hacia el crepúsculo.

 

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