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Página de Inicio Entrerrianos Obra literaria de Rodolfo Alemán Pérez

DE OCHO A DIEZ, DE DIEZ A DOCE Y ASÍ SIEMPRE DE DOS EN DOS

Si te quedaras Bárbara, si pudiera en la increíble vastedad de un día, enredarme sin prisa en los rizos ensortijados de tus senos. Si mi lengua, mis manos  y mi sexo no tuvieran una cita Impostergable con el tiempo; entonces ¡que importarían los ratones en el baño!, ni las cucarachas corriendo por la almohada, ¡sería fragancia francesa el olor a semen y orine en los rincones! y blanda pluma el alambre desnudo de la cama, pero tienes que marcharte Bárbara, se acabó la magia, la rompió la sorda voz del carcelero anunciando el fin de las dos horas que le conceden al amor en las prisiones.

Rodolfo Pablo Alemán Pérez

Corruptos

Sintió el golpe de la fusta en la espalda y refunfuñó con rabia.
–¡Bestia! –dijo en voz baja, y le enseñó sus dientes amarillos de forma amenazante al conductor de gorra roja. Estaba trabajando desde temprano, y se sentía agotado por el esfuerzo; mientras, de forma instintiva, tiraba del coche que, repleto de pasajeros, subía la cuesta a la salida del pueblo.
Cuando el látigo volvió a caer, esta vez sobre su cuello, vio la figura uniformada de azul del policía de tránsito. “Ahora sí te cagaste en la hora que naciste”, pensó casi con alegría, y de antemano disfrutó la multa que le impondrían al cochero por exceso de pasaje.
–Sus documentos, por favor, va pasado de pasajeros –inquirió en tono amenazante el uniformado, y el coche se detuvo.
–Todos tienen necesidad, yo sólo trato de resolverles el problema –dijo el auriga socarronamente y deslizó cuatro cupones azules entre los documentos solicitados.
“¡Cuatro cupones azules para entrar al ‘Todo Incluido’ en los potreros para el turismo extranjero! ¡No esta mal para empezar la mañana!” –especuló el caballo uniformado, a la vez que se frotaba los cascos con satisfacción.
–Puede continuar –dijo recomponiendo su aire autoritario, a la vez que escurría sigilosamente los cupones en el bolsillo del uniforme.
–Seguimos, ¡arreee Joséee coño, no seas haragán! –gritó el caballo con gorra roja desde el pescante, y de nuevo golpeó la espalda del hombre que tiraba del carricoche.



Rodolfo Alemán Pérez

El Patricio

Llevaba más de una hora despierto. Hacía un tiempo atrás, apenas se despertaba, no podía refrenar el deseo de levantarse. Era como si la cama le provocara una comezón irresistible. Pero eso, era hace mucho tiempo, cuando tenía que resistir los ronquidos de su mujer, palpar, aun sin tocar la piel mustia y arrugada que se presentía debajo de las sábanas. Y sentir ese olor inconfundible, una mezcla extraña de talco casero, sazón de cocina y las emanaciones íntimas de la noche. El olor de aquellos cuerpos, con los cuales se ha dormido quizás demasiado tiempo.
Ahora, disfrutaba despertarse,  y saber que podía quedarse todo el tiempo que quisiera en la cama, sin importarle el trino de los pájaros, ni las amenazas del reloj. En realidad, era él quien decidía, de un tiempo acá, qué era una llegada tarde y qué no. Pero era el cuerpo de su mujer, lo que le ataba cada mañana al lecho. El cuerpo turgente de su nueva esposa, que él despojó de la sábana que apenas la cubría. La esposa estrenada, heredada más bien, casi a la par de su nuevo cargo. Recordar su nuevo cargo, le trajo a la memoria los sucesos del último año y con ellos un sabor amargo. Todo fue rápido, una vez certificada la demencia de Marco Aurelio. Reinier lo convocó a su oficina,  y después de treinta minutos, en que simuló ser convencido, bajo la mirada socarrona de su jefe, que fingía a su vez convencerlo, abandonó el gran edificio blanco siendo el nuevo director. Después vino la reunión de la Comisión de Cuadros, y punto. Si alguien pensaba diferente, no lo dijo. Contra su voluntad, apartó los ojos de las caderas redondeadas, las piernas bien torneadas y brillantes, el sexo sonrosado, de pubis como espigas de trigo. Pero sobre todo, de aquellos pies pequeños, de dedos cincelados a mano y uñas que parecían incrustaciones de jade. Debo ser un  jodido fetichista reprimido, se dijo para sus adentros. Pues cada mujer, era para él, un nuevo par de pies que ansiaba conocer, tocar, oler, disfrutar y sobre todo perfeccionar. Se maldijo mentalmente, por haber traído a su memoria los recuerdos, que sin dudas le echarían a perder este amanecer, y suspirando con resignación, se levantó, no sin antes, besar en la nuca, a la mujer que dormía a su lado.

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