El inconforme

Por Rodolfo Alemán

Ya era de noche cerrada cuando el hombre llegó al parque. A diferencia del resto de los parques que conocía, este no marcaba el centro de la villa, más bien estaba situado en un lugar

impreciso, donde no sabías si entrabas o salías de aquel pueblecito de montañas. A esa hora, el sitio estaba desolado. Algún que otro farol arrojaba una luz amarilla, que mantenía el lugar en penumbras. Pero el prefería estos lugares solitarios, donde podía dar rienda suelta a sus pensamientos o derrochar todo el silencio del mundo, sin que nadie le recriminara su mutismo o su tristeza. En esos lugares, solía beber a solas sin temor a que lo tildaran de borracho.
También era el momento en que las familias solían reunirse para comer, ver la televisión, o simplemente intercambiar sobre los pormenores del día. Desde el banco que escogió para sentarse, el hombre podía vislumbrar las ventanas iluminadas de las casas, los olores de la comida que se cocía al fuego de las cocinas, y pequeños retazos de conversaciones lejanas. Pero el hombre solo guardaba recuerdos, cada vez más distantes, de los tiempos en que también deambuló en short y chancletas de baño, por los interiores de una casa repleta de hijos y nietos, con los que compartía historias y tragos de ron.
Pensar en el ron, hizo que el hombre palpara sus bolsillos, hasta encontrar una pequeña botella de la que bebió un largo trago. Últimamente las cosas no le iban bien, pensó el hombre, que ahora se arrellanaba en el banco, buscando acomodar sus cansadas piernas. Si, de un tiempo acá, su existencia se dividía en días muy malos, y otros peores, se dijo con ironía. Estaba consciente de que esta actitud solo era un mecanismo de defensa, una forma de auto protegerse, de esquivar a diario los golpes que le lanzaba la vida. Sabía que esa burla, que ese sarcasmo con que afrontaba cada día de su existencia, no eran la solución al sentimiento de soledad y abandono que ahora mismo le oprimía el pecho. Pero prefería la ironía, la capacidad de reírse de sus propias desgracias, a la autocompasión. Detestaba el sentimiento de lástima y autoflagelación, con que otros asumían sus propias desgracias. Ello, sin embargo, solo le aportaba un sentimiento pasajero de tranquilidad, que le permitía ver las aristas buenas y positivas de su situación. De lo necesario de la separación, y de la soledad y el dolor que esta acarreaba, para poder reeditar el pasado vivido. Entonces forjaba planes y sueños, se trazaba metas, objetivos y estrategias, que a la postre, siempre terminaba por postergar para “El Lunes que viene”. Y así fueron pasando los días, las semanas, los meses, y los años. Quizás demasiados años, se dijo el hombre. Y volvió a beber, esta vez largamente de la pequeña botella verde.
Cuando el sarcasmo y la ironía dejaron de surtir el efecto deseado, recurrió al alcohol. Bebía, y se sentía invencible, nada le parecía difícil ni inalcanzable. Los resultados de sus nuevos proyectos y metas, parecían estar a la vuelta de la esquina. Sus estrategias, y las tácticas que elaboraba, las consideraban infalibles, y estaba seguro de que no tardarían en dar sus frutos, y que le devolverían todo aquello, que en un tiempo lo había hecho extraordinariamente feliz. Pero eso solo era una etapa del proceso, la primera etapa del alcoholismo. Después, la alegría y la confianza en sí mismo se esfumaban tan rápido como habían llegado, y daban paso a una profunda tristeza, y a un sentimiento de fragilidad, que terminaban con un sueño intranquilo y lleno de pesadillas, que sustituían por un tiempo las propias alucinaciones reales de su vida.
Por eso había dejado de beber, se dijo el hombre, que ya sentía la pesadez inconfundible del sueño. Y recurrió de nuevo a la botella que ahora estaba casi vacía. Bueno es que hay días y días, pensó, a modo de justificación volvió a beber, con los ojos casi cerrados, con la conciencia de que estaba quedándose dormido. Y este era uno de esos días, alcanzo a balbucear. Como lo eran los cumpleaños, el día de las madres, las vacaciones, la nochebuena, el fin de año. Y este, que llegaría puntualmente pasadas las doce de la noche.  Solo que desde hacía un tiempo, todo había cambiado para él. Al amanecer, no sería despertado por el bullicio de las niñas, que se lanzarían sobre su cama, tratando de dar las primeras felicidades. Tampoco habría tragos preparados, ni el humo del carbón trasportaría el olor de la carne que se asaba, sobre improvisadas barbacoas. No habría discursos, ni papeles de regalos, ni música. Solo quedaría espacio para los recuerdos. Para los recuerdos, y un silencio, que de vez en vez, sería roto por un comentario improvisado, una sonrisa falsa, o un chiste hipócrita, que tratarían de ocultar todo el desarraigo que acumulaba en su alma.
–Dale viejo espabílate, que te estas quedando dormido –escuchó que le decían, y sintió la mano de su hijo que le sacudía levemente por el hombro.
Dio un respingo, y de un salto se puso de pie con una lucidez instantánea. Traspiraba profusamente, y su respiración le agitaba el pecho. Allí estaban sus hijos, su mujer se afanaba en la cocina, y las nieticas ya se habían retirado a dormir. El patio estaba inundado por el olor de la carne asándose, y por el suelo rodaban las botellas vacías. Entonces, solo atinó a decir “¡Cojones!” Y sin que mediara explicación alguna, fue besando y apretando fuertemente contra su pecho a cada uno de ellos, los que se miraban sin entender nada. Mientras que mentalmente, lanzaba conjuros contra la pesadilla que acababa de tener.
Por último, y a pesar de las protestas de su esposa, convocó a un último trago, y todos se fueron a dormir. Cuando tuvo la certeza de que todos dormían, se levantó, y en puntillas, fue dormitorio por dormitorio. Sí, allí estaban todos, se cercioró para su tranquilidad. Sus nieticas dormían apretadas una contra otra, y con cuidado las besó en la frente. Arropó a su hija, como cuando era pequeña, y llegaba tarde de su trabajo, y después de pasar la mano por la cabeza de su hijo, regresó a su cama con una profunda sensación de alivio.
Su mujer dormía. En sueños, decía algo que él no alcanzaba a entender del todo. La contempló durante un rato. Entonces, sintió el timbre del teléfono. Primero fue un sonido lejano, confuso, que apenas se lograba oír. Después, mientras acababa de despertarse, lo escuchó sonar con toda su intensidad. Y ese sonido, ya conocido en medio de la noche, le produjo esta vez un escalofrío que le estremeció todo el cuerpo.
Dale viejo, dale que esos deben ser los muchachos, le decía su mujer, sacudiéndole con las manos. Pero ya él, como si temiera despertarse de nuevo, recorría cada uno de los cuartos de la casa. Solo para comprobar que la esta estaba vacía. Salió al patio. Pero el patio refugia por la limpieza y la organización.
Cuando regresó a su dormitorio, su esposa le dio el teléfono. Se dejó caer en la cama, y con miedo, colocó el auricular en su oído. Entonces, desde miles de kilómetros de distancia, pudo escuchar las voces inconfundibles de sus hijos y nietos, que contentos y jubilosos, le decían a coro. ¡Felicidades Papito! Sólo que esta vez, él sabía que no era un sueño, que no existiría un nuevo despertar, y que nada habría cambiado cuando volviera a amanecer.