¿Quiere que le diga la verdad Comandante?

…y conocerás la verdad
y la verdad os hará libre….

Por Rodolfo Alemán

Yo no sé si la culpa la tuvo la carne rusa, o fue la forma en que criaron a Manolo El Pinto, pero

esta es la pura verdad. Habíamos acabado de caminar los diecisiete kilómetros que llevan de la carretera de Trinidad a Polo Viejo y estábamos haciendo campamento. En realidad, Comandante, lo establecimos en una aguada que quedaba a un costado del poblado, tirando pa las lomas, pues según dijo el táctico así teníamos las espaldas cubiertas. “…Además, siempre hay que desconfiar de los civiles, no todo el  mundo es lo que aparenta, aquí hay gente que de día son milicianos y de noche bandidos…”, acabó por sentenciar Elpidio, el hombre de la G-2 que estaba en el batallón. Por otra parte, ni yo, y mucho menos El Pinto, sabíamos lo de la operación para coger a Luís Vegas, de saberlo no hubiera pasado nada y no estuviera ahora sentado aquí, ante el tribunal, explicándole, lo que ni yo mismo acabo de entender. Porque créame, le juro por la viejita que no entiendo ni timbales de la mierda esa que está hablando Elpidio, de si espionaje, si comunicación convencional con el enemigo, no sé tampoco quién carajo es ese que le dicen El Centro, no se na, y pa colmo, El Pinto, no puede hablar, así que yo sí le voy a decir la verdad.
Lo conocí en la escuela de milicias, nunca lo había visto antes. Era un tipo chévere, simpático, generoso. Fíjese que cuando la caminata de graduación, esa en que nos daban una lata de leche condensada para cuatro, ¿pues que le parece esto?, el Pinto llevaba la mochila llena de latas de leche y de carne rusa, y no se las comió solo, no señor, que las repartió entre todos, como camaradas que éramos, un tipo bárbaro ese. Bueno, en realidad El Pinto era camarada, pero lo que se dice bolchevique, no. Según me contó en las noches en que hicimos la guardia, su familia estaba en contra de que se metiera a miliciano. Va, su familia no podía ser cumuñanga Comandante, si según El Pinto, los tres centrales que le quitaron a su abuelo valían más de diez millones de pesos americanos. Yo nunca he visto ni un pedacito de ese dinero junto, pero según El Científico, ¿Qué quien es el Científico? Ese es la yunta mía y del Pinto. Éramos inseparables, nos decían los tres mosqueteros. Un tipo inteligente, se sabía el nombre científico de todos los animales y las matas que veíamos. Un volao, bueno, dicen que era calvo de tanto que estudiaba. Aunque pensándolo bien, yo creo que el Científico fue quien en definitiva jodió al Pinto, pues El Pinto, a pesar de los centrales del abuelo no era muy estudiao ni leío, y de nombres científicos no sabía ni un cará. Sí, pensándolo bien, yo creo que El Científico fue quien le puso la tapa al pomo.
Disculpe, Comandante, es que me desvío con tantos recuerdos. Además yo quiero colaborar, yo quiero decir lo que sé, porque lo que yo sé no tiene nada que ver con la jerigonza esa con que anda Elpidio. Pues bien, cuando estábamos en la escuela de Matanzas El Pinto se las arreglaba para que no nos faltara la leche y la carne rusa. Por eso, como le decía, para nosotros era un paseo la supervivencia, la gente pasando hambre, cagándose en la madre de los americanos y también del capitán. El capitán era un extremista, usted me disculpa Comandante, pero es la verdad. Aguijoneaba a Macario para que siguiera caminando, a pesar de que los pies se le reventaban de ampollas dentro de las botas que le quedaban un  número más chiquito. Imagínese un negro tan grande como Macario, caminando como un caballo mal errao. Aquello daba lástima, pero el capitán ahí, dando leña y citando cada dos minutos “Los Hombres de Panfilov y la Carretera de Volokolamks”, y Macario  mentándole la madre, pero bajito, para que no se oyera. Aunque usted sabe, con nosotros nunca se metió. Jamás nos dijo nada, ni nos aguijoneó. Yo hasta llegué a pensar que el capitán de verdad era un tipo encajonao, con su barba y su melena larga de la sierra, y sus cuentos de la invasión y todo eso que decía cuando se daba un palo de ron bien dao. Incluso, en esa época yo lo respetaba, y hasta le tenía admiración porque tenía historia y  era buena gente con nosotros tres. Sí, sí con El Pinto, El Científico y hasta conmigo. Yo le perdí el respeto al capitán un tiempo después, y le juro que no fue cuando me enteré de que nunca había salio de La Habana, y que el pelo y la barba le crecieron exiliado en la embajada. No, yo me di cuenta de quien era la noche en que El Pinto resolvió un pase para escaparnos a comer a casa de su abuelo en Varadero. Salimos cuando la gente estaba en el comedor, y aunque El Pinto dijo que todo estaba autorizao, tuvimos que brincar la cerca por la posta cuatro, y darle seis latas de carne a Macario que estaba de guardia. Esa noche comí como nunca, y tomé como un caballo. El Pinto nos dejó a mí y al Científico en un cuartico al lado de la cocina. Él fue con la familia, pero primero le dijo a la cocinera que nos diera lo que pidiéramos. Pero usted sabe como somos los guajiros Comandante, vaya, que a las dos horas yo me reventaba de las ganas de ensuciar, pero me daba un no sé qué cagar un baño tan blanco y tan limpiecito. Además no hay como una cagada al aire libre, así que salí pa el jardín, tremendo jardín el del abuelo del Pinto, puro monte. Allí fue cuando partí al capitán. Estaba sentado en el portal de atrás de la casa, repechao en un sillón, bebiendo con el abuelo del Pinto y con un hombre que hablaba como si fuera americano y que me clavó los ojos cuando salí de las matas. Pero lo que me encabronó fue cuando El Pinto llegó y el capitán le dijo que recogiera las cajas con la carne y la leche en el lugar de siempre, y se abrazaron, como si el capitán  fuera de los tres mosqueteros. Cuando le hice el cuento al Científico, este se puso un dedo en la boca y dijo una palabra rara. Es latín, me dijo, y me mandó a callar, parece que se dio cuanta que yo no había entendío ná.
Al otro día El Pinto estaba serio conmigo, pero al rato se le pasó. Lo mío es que no pasemos hambre coño, me explicó, los negocios que el capitán tenga con mi abuelo y con Bob me tienen sin cuidado, me recalcó El Pinto. Así que tú déjate de comer mierda y pico cerrao, me dijo, haciendo como si tuviera un ziper en la boca. Y es verdad Comandante, que cerré el pico, cerré el pico y los ojos. Por eso no quise ver más; y mire que era difícil no ver los fajos de billetes que manejaba el capitán, billetes nuevecitos, y las botellas de bebidas raras, que le mandaba el tal Bob, ese que siempre estaba en casa del abuelo del Pinto, y que hace unos días me enteré que era de la embajada americana. ¿Qué quién me dijo eso? Bueno, a mi me lo dijo el Científico, pero a él creo que se lo confesó el mismo capitán. Sí, el capitán, fue la noche en que le dio el ataque de tarro,  se enteró que la mujer lo estaba “tocando” y bebió hasta reventarse. Cuando el capitán bebe se pone así, como si los bichos se lo estuvieran comiendo por dentro, y entonces no puede parar la lengua. Y eso sí es malo Comandante, cuando un hombre no puede parar su lengua esta perdío. Esa misma noche nos enteramos que él y Bob se conocían de cuando el capitán estuvo viviendo en el norte porque la gente de Ventura lo estaba buscando para sacarle los huevos. Incluso, me parece que el Científico me comentó que el capitán le dijo que fue Bob quien lo metió en la embajada dos meses antes que Batista se cayera. ¡Espere, Comandante! ¿Como que va a coger preso al capitán? ¡Oiga, ataje a Elpidio!, deje que yo le sople to el cuento.
En verdad yo de eso no sé mucho. Quién si debe saber más es Manolo El Pinto. ¿Por qué el Pinto no puede hablar, Comandante? Bueno, disculpe, a lo mío. Na, que también me acostumbré a lo bueno, porque a río revuelto ganancia de pescadores. A los tres meses, hasta yo fumaba de los tabacos que me daba el capitán. Los tres nos metíamos en los refugios a darnos unos palos de whisky y fumar los puros del capitán, claro que escondíos, porque decían que Macario era de la jugada, sí de la G-2. Yo nunca lo creí, ¿cómo coño puede ser de la jugada un tipo que se le revientan las patas dentro de unas botas que le quedan chiquitas, y lo único que hace es mentarle la madre al capitán, y para eso bajitico pa que no lo oiga?
¿Quiere que siga, Comandante? Está bien, pero déjeme aclarar que aunque no lo crea, lo mío era sólo el negocio de las latas. Lo mío, y mire, a mí no me gusta meter las manos en la candela por nadie, pero por El Pinto y El Científico las meto. ¿Qué me las cortan? ¿Pero porqué Comandante? ¿Qué culpa tengo yo de que El Pinto sea un comelón? Porque todo este rollo se armó por lo desbocao que es pa la comida. Bueno, por eso, y por la carne echada a perder, si no, todo estuviera bien. Pero eso fue después, cuando ya estábamos en el monte, mientras estuvimos en Matanzas no hubo problema. Para ese tiempo yo era de la confianza del capitán, y como manejaba y El Pinto era un vacilador, pues entonces el capitán me dio la orden de recoger las cajas de latas de carne en el almacén. Las cajas que estaban echadas a perder, claro, y llevarlas para la cocina. Al principio, Macario, que ahora estaba de cocinero protestó. Yo se lo soplé al capitán y no sé que pasaría, pero parece que llegaron a un acuerdo, porque Macario no chistó más. Las cajas buenas, no, esas no Comandante, esas El Pinto y El Científico las vendían en Cárdenas y Matanzas. Y caras. Pero ese no era mi problema. Lo mío era poder salir en el jeep del capitán, levantarme alguna jevita, darme mi buchito y eso.
¡Claro que me encabroné cuando llegó lo de salir pa el lomerío! Sí, a los dos meses llegó la orden de ir para el Escambray. El Pinto nos dijo, al Científico y a mí, que no nos preocupáramos. Ya el capitán le había dicho que iríamos en su batallón, y que veríamos que se inventaba. Que la gente buena y de confianza se iría con él. Por eso es que Macario también vino de cocinero. Aunque pensándolo bien, Macario nunca fue una gente del capitán. Para mí que fue Macario quien echó to palante. Sí, me parece que Macario es de la jugada. Macario debe ser de la G-2, de la tropita de Elpidio, porque el político no, ese no pudo ser. Ese sí era de la gente del capitán. Tendría que haberlo visto, metiendo los discursos aquellos cuando la tropa empezó a protestar porque la carne rusa le estaba dando cagalera. ¡Cómo hablaba el político de Stanlingrado y los Héroes de la Fortaleza de Brest! ¿Porque sabe?, también estaba en lo de la venta de carne rusa y leche condensada.
Pero eso fue más tarde, al principio no, al principio fue de tranca. Que un cerco por aquí, que un contracerco por allá. Caminando de noche, sin dormir, como las lechuzas. Y tener que soportar al Científico, parándose ante cada mata y rectificando a todo el mundo. Que si El Pinto decía que iba a cagar detrás del algarrobo, allá saltaba El Científico,”algarrobo no”, decía, “Samanea Saman”, ese es su nombre científico. No había quien pusiera una. Pero lo más jodío era cuando los alzaos intentaban romper el cerco, o cuando tirábamos un peine. Usted sabe que un peine no es fácil, Comandante; usted sí lo sabe de verdad. Uno va caminando, revisando, mirando cada mata, cada piedra donde puede esconderse un bandío y de pronto, cuando estás seguro que no hay na, “¡Bang, bang!”, el trancazo a menos de un metro de distancia. Yo no sabía lo que era un tiro a bocajarro hasta que mataron al Currito. La bala del M-3 le entró por la nariz. Na, que al Currito lo conocieron por el sombrero negro que se encaprichó en usar. Porque cara no tenía, no es fácil. No crea, que en los primeros meses hasta el capitán se envalentonó y peinaba de pie, y cuando a Pedro Tres Tongas le dieron el tiro en la pata lo sacó a lomo. Pero después al batallón le dieron la orden de acorralar a Luis Vegas y la cosa cambia, se puso más enredá, fue cuando llegó Elpidio, el de la G-2 y empezaron las operaciones. El capitán tuvo una reunión en La Habana y yo fui manejando. Lo que hizo fue vacilar después que se acabó la reunión. Bueno, también se empató de casualidad con el tal Bob. Usted sabe que el muy cabrón me conoció. Sí, y parece que se puso bravo, porque el capitán me dijo que los dejara solos y tuve que salir. Ellos dos tomando en aquel bar oscuro, y yo afuera con un frío que te retorcía las tripas. Al regreso fue cuando el capitán decidió montar el negocio con la comía de la tropa. Como en la escuela de Matanzas. Ahí fue donde metió al político en el negocio y empezaron a darme la mala.
El problema fue que se les fue la mano. Ya a la cocina no llegaba una lata que sirviera. El capitán tenía un contacto en la logística y mandaba al Pinto a recoger todo lo que no servía, habría que ver las latas, hinchadas como puercos muertos. Después, Macario se encargaba de matar el sabor con mucho ajo y de verdad que no se sentía nada, pero a las dos horas empezaba la cagalera. Los médicos no daban abasto y el político haciendo conciencia. Las latas buenas, esas se las vendía El Científico por cajas a los guajiros, o las negociaba, ¡qué sé yo! Aunque sí le garantizo que el baro entraba a chorros, eso sí.
No, Comandante, yo le aseguro que el Pinto y el Científico no tienen nada que ver con que se jodiera la operación pa coger a Luis Vegas. Si ellos estaban como yo, botaos. No, que va, traidores no son. Bandoleros sí, pero traidores no. Mire, dígale al Pinto que le explique todo, seguro que lo convence. ¿Por qué el Pinto no puede hablar, Comandante? Afusilaooo, no joda, Comandante, ¿cómo que afusilao? Mire, no juegue, que me meo. Si lo único que hizo el Pinto fue gritar, gritar sí, como un toro, pero porque no sabía nada. ¿Cómo se iba a imaginar lo de la emboscá que le tenían prepará la gente de la G-2 a Luis Vegas, si no hacía ni diez minutos que había llegao con el Científico de Trinidad? ¿Que cómo supieron la contraseña? Se las tuvo que dar el capitán, para que pudieran pasar el cerco cuando dejaran la mercancía. Mire, ¿usted quiere que le diga la verdad de una vez, Comandante? El culpable de to esto y de la gritería del Pinto soy yo, y si quiere me afusila; bueno, yo y el comemierda del Científico, así que a él también lo afusila, que se lo tiene bien merecío. Pero de espías nada, Comandante; ¡traidores no, coño!, nosotros no. ¿El capitán? Ese no sé, pero bueno pa eso usted tiene a Elpidio, deje que lo trabe la jugada, usted verá que si no habla es porque le arrancaron la lengua.
Lo del Pinto fue una jodedera. Una jodedera que terminó mal porque yo estaba cabrón. Yo estaba que echaba chispa. Es que me estaban dando la mala con el negocio de la carne rusa y la leche, a mí, que era de los fundadores. Por eso, cuando le serví por la mañana al Pinto, le llene la lata donde comía con carne rusa de la mala, para que se jodiera. El pinto llegó de Trinidad cinco minutos antes de la hora de la emboscada, pero él no lo sabía. Era casi medianoche y no se veían ni las manos,  dijo que estuvo todo el día cagando,  que tenía el fondillo en carne viva, y en eso le vino otra cagalera. Cuando pidió algo con que limpiarse fue cuando se me ocurrió lo del chichicate. Había una mata que era un elefante y arranqué dos hojas grandes. Cuando se las estaba dando, el Científico me vio a pesar de la oscuridad, y conoció la mata, pero no dijo nada, por eso digo que a él lo tiene que afusilar también. Na, que cuando cogió las hojas, el Pinto preguntó qué cosa era eso, y yo le juro,  que estuve a punto de decirle que era chichicate, pero como siempre, el Científico no me dejaba poner una. Eso es, y volvió a soltar otro nombrecito raro, en latín, claro, dijo burlándose, pero El Pinto no sabía latín, y se limpió el culo con el chichicate. Usted se imagina, Comandante, El Pinto lo tenía en carne viva, como coño usted quiere que no gritara, que no lo oyera Luís Vegas, si lo oyeron en Trinidad. Después fue el tiroteo, y el Pinto arrastrando el fondillo por el suelo, como hacen los perros cuando les echan gasolina y aullando. Luís Vegas se la ganó Comandante, se la ganó del bueno. Pero el Pinto no era espía, ni traidor Comandante. El Científico tampoco. ¿Y yo? Que voy a ser espía ni un carajo. Ah, ¿el capitán? ese sí no sé, pero tranquilo, Comandante, que pa eso está Elpidio ahí, horita se lo dice.
¿Que nos van a afusilar? ¿Pero por qué? ¡Por come mierdas!, pero aguante, Comandante, no se apure, no llame todavía a Elpidio, déjame explicarle. ¿Usted no quería que yo le dijera toda la verdad?, si ya se la dije. No se ría, Comandante, que no le veo la gracia por ninguna parte. A fin de cuentas, usted no ha dicho na. A ver, antes que me afusile, dígame de quién es la culpa. ¿De Manolo El Pinto por no saber latín? ¿Del Chichicate? ¿o de la carne rusa que cuando está echá a perder es del diablo? ¿O no será de sus capitanes, Comandante? ¿No será por eso que no quiere hablar? ¿Cuántos capitanes tienen como este? Dígame usted ahora. Dígame toda la verdad antes que me afusile, Comandante.