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Página de Inicio Entrerrianos Obra literaria de Rodolfo Alemán Pérez ...Cascabel, cascabel, lindo cascabel...

...Cascabel, cascabel, lindo cascabel...

Por Rodolfo Alemán

¨De una canción navideña¨

El invierno es hermoso. De todas las estaciones es la que prefiero. También es la época en que hago el trabajo más duro.

Aunque bueno, también me agrada el otoño, con sus hojas rojas y amarillas, que caen lentamente de los árboles. En el otoño se respira una quietud llena de vida. Y los días son más cortos, y la luna sale grande, redonda, y amarilla rojiza. Como los ojos de mi abuela. ¿Dónde estará mi abuela? Quizás nunca lo llegue a saber.
Pero mi estación es el invierno. Con sus amaneceres fríos, y las enormes planicies blancas. Y  las rachas de viento gélido, que aúllan como lobo entre las torrecillas  de las chimeneas. Ese es el tiempo en que me levanto muy temprano, me pongo mi grueso traje de felpa roja y blanca, calzo mis botas de caña alta, y acomodo en mi cabeza, el lanudo gorro purpura, con el pompón blanco. Sólo entonces, salgo a darle de comer a mis nueve renos navideños, y aparejarlos a mi trineo mágico. Claro, le parecerá extraño todo esto Teniente. Pero solo hago mi trabajo. Y mi trabajo es este. Porque yo soy Santa Claus.
¿Tiene tiempo para escucharme teniente? ¡Qué bien! Mire, todo empezó hace mucho, pero mucho tiempo. Cuando una noche, mientras dormía, escuché la voz de mi abuela, explicándome cual sería a partir de ese momento mi razón de ser, mi único objetivo, mi misión en este mundo. Al despertar, pensé que solo había sido un sueño. Pero allí cuidadosamente doblada estaba mi vestimenta. Sentí unos bramidos en el patio, y al asomarme por la ventana, pude ver los renos ya enganchados a un trineo. Entonces me di cuenta que no había estado soñando. Al principio me sentí incomodo, pero después me acostumbré. Y durante casi dos siglos, me dediqué con alegría, a mi trabajo de hacer felices a los niños, y mantenerles viva la inocencia.
Vivía cómodamente instalado en las proximidades del Polo Norte, junto a mi  Señora Claus, y los enanos navideños, que me ayudaban en la fabricación de los juguetes, y otros regalos que me pedían los niños a través de cartas.
Para poder transportar los regalos, los guardaba en un saco mágico y los repartía a las 00:00h del día 25 de diciembre, en un trineo mágico volador, tirado por los renos, «también navideños», liderados por Alejandro (Pobre Alejandro, aún lo extraño); era el reno que iluminaba el camino con su nariz roja, brillante y potente.
En aquel entonces teniente, yo podía entrar a los hogares de los niños, transformándome en una especie de humo mágico; y colarme por la chimenea u otro orificio de las casas; si éstas no disponen de una.
Para saber qué niños merecían regalos, disponía de un telescopio capaz de ver a todos los niños del mundo; además de la ayuda de otros seres mágicos que vigilaban su comportamiento. Así, si un niño se comportaba mal, como castigo le regalaría solo carbón. De mas esta decirle, que todos estos instrumentos y ayudantes me los facilitó mi abuela. O mejor dicho su voz, que taladró mi cabeza aquella lejana noche. Su voz, que no volví a escuchar hasta hace solo unos meses, cuando me pidió, o más bien me ordenó que me trasladara, (Sin derecho a replicas) a esta isla rodeada de mar, donde hoy me encuentro. Entonces empezó mi otra historia. La que nadie conoce, y que no aparecerá en ningún libro, revista o periódico. No será vista en los muñequitos de la televisión, ni en películas de Disney, ni en los videos juegos. La que solo mi abuela y yo conocemos. Y que ahora, usted va a conocer de primera mano, teniente
Lo primero que me incomodó de esta nueva misión, fue el espacio. En el Polo, yo disponía de todo el espacio del mundo, con sus campos de hielo interminables, que se confundían con el horizonte. Ahora estaba en una pequeña casa de madera carcomida y techo de cinc, en un barrio que después supe, llamaban ¡El Hueco! Usted lo conoce bien, he, Tte. La casa estaba encajonada entre otras casas similares. Tenía tres habitaciones pequeñas. Lo más amplio, era un patio de césped verde, donde ya pastaban los renos, y que daba sobre un arroyo pestilente. Los enanos « navideños» protestaron, ya que a pesar de su corta estatura, tuvieron que apiñarse, como piojos en el segundo cuarto.
Lo otro era el calor. Un calor pegajoso, húmedo, que te llenaba la cara de un sudor mantecoso, que hacía que brillaras como un espejo. Estábamos a mediados de Diciembre, mes en que se suponía  que todo estaría gris y barrido por las frías rachas del invierno del norte. Pero aquí no, aquí hace un calor del carajo, y si sacabas un solo pie fuera de aquel horno, que me dieron por casa, entonces entraba a jugar su papel el sol. No, no se imagine el tibio sol invernal, que me llenaba de un calor íntimo, abrigador y suave, en las mañanas, en que todavía medio dormido, le daba de comer a los renos « navideños». ¡NO! Este sol es asqueroso, traicionero, impío, baja como un rayo y te quema hasta los huesos. Imagínense mis huevos, enfundados en el grueso pantalón de felpa roja. ¡Parecían que hervían! pasados por agua, mientras el sudor empapaba la chaqueta, y lo sentía correr entre mis piernas. ¿Cómo era posible que mi abuela no tomara en cuenta este detalle? ¿Quién es tan cabrón de aguantar este clima de mierda, forrado con un traje de felpa roja y blanca? Pregunté, dirigiéndome a mi abuela. Pero mi abuela, si me escuchó, no me contestó nada Teniente.
Fue entonces que noté la ausencia de la Sra. Claus. Durante todo este tiempo, supuse que estaría en nuestro cuarto, organizando las escasas pertenencias que teníamos, pero el cuarto estaba vacío. La busqué en el patio, quizás estuviera atendiendo a los renos « navideños». No estaba, tampoco estaban cinco de los nueve renos « navideños». Fui a preguntarle a los enanos, también « navideños» y comprobé con horror, que de quince que eran, solo quedaban seis. El chivato que tenía infiltrado en el grupo. ¿Cómo dice usted teniente, que chivato no se dice, que es Camarada Enano X? Ah pues bien, como usted diga, pues el camarada X me dijo al oído, que el resto habían salido con la Sra. Claus, montados en los renos. Entonces salí a la calle, y caí directo de cabeza, en un bache, donde cabíamos yo, los renos, el trineo y todos los enanos juntos. Gracias al gorro rojo, con el pompón blanco, que amortiguó la caída, no me partí la cabeza, en mi primer día como Santa Claus, en esta isla rodeada de mar. Donde, dicho sea de paso,  las calles están del carajo teniente, y usted disculpe la franqueza.
En la casa del lado, (tan destartalada como la mía), un hombre sin camisa y descalzo, parecía dormitar. A su lado, una botella a medio llenar, indicaba que él había estado bebiendo. Aunque no lo considere un testigo confiable, lo sacudí del hombro, y le pregunte si por casualidad vio salir a la Sra. Claus. Cuando el hombre logro despertarse, comenzó a reír de una manera francamente irritante.
¡Otro gordo disfrazado, no esto ya es demasiado! decía. Al Piojo se le está pasando la mano con el calambuco este, -me afirmó con énfasis, como si yo fuera solo una visión de su borrachera. Sí, me dijo, una vieja gorda disfrazada como tú, salió que era un rayo, montada en unos camellos con tarros, hace como una hora. Por cierto, ¿todos los enanos que iban en los camellos con tarros, son chamas tuyos? Me preguntó. No son hijos míos, y no son camellos con tarros, son renos « navideños» le rectifique. ¿Renos qué? Me dijo sin entender. Nada, eso no tiene importancia, -le dije, ¿Qué rumbo cogieron? -Le pregunté, sin esperanzas de que fuera capaz de contestarme. Pal Yuma se fue la gorda. ¿Para dónde? Fui yo, el que ahora pregunté sin comprender. Pal ¨norte revuelto y brutal que nos oprime¨, socio, me dijo, como si repitiera una coletilla aprendida de memoria. A ver abuelo, me preguntó con lengua estropajosa, ¿El Polo Norte no queda en el Norte? Eso es obvio, le dije. Entonces, que no entiendes temba, la gorda se fue pal norte, pa la Yuma, vaya que te la dejó en la uña, y a mí también, no creas, porque cuando dijo que se iban para el polo, me le tire al rabo de uno de ¿Cómo se llaman me dijiste?, me preguntó confuso. Renos « navideños», le volví a decir. Pues sí, continuo, en cuanto dijeron pal norte, me le tire al rabo de un reno de esos, para ganármela, aunque fuera enganchado en el rabo, pero uno de los enanos de mierda de esos, me dio con un palo en la cabeza, y mira el chichón que me hizo. Y me mostró una protuberancia rojiza que tenía en su cabeza de escaso pelo.
Dejé al borracho, que ya volvía sobre la botella, y regresé a la casa, dispuesto a rediseñar una nueva estrategia. Ya se acercaba el 25 de Diciembre, y aún quedaba mucho por hacer. Lo primero, fue pasar un inventario y determinar que se había llevado la vieja Hija de Puta. Perdón, teniente, la  Sra. Claus quiero decir. Al final del conteo, disponía de cuatro renos « navideños», incluyendo a Alejandro, mí preferido. Seis enanos, (entre ellos, el chivato, disculpe El camarada Enano X, que tenía para espiarlos a todos), el trineo mágico, el telescopio y el saco. Bueno, no era mucho, pero tenía que intentarlo. Me reuní con los enanos para organizar el plan de acción. Tres de ellos, con Heriberto al frente, se encargarían de buscar los materiales, para construir los juguetes que me habían solicitado los niños en sus cartas. Para ello les entregue una parte del dinero que traje del polo. Una segunda parte se la di a Heberto, quien acompañado por los otros dos, tendrían la tarea de buscar el carbón necesario para castigar a aquellos niños que no se comportaron correctamente. Mientras tanto, yo revisaría las cartas, buscaría la forma de entrar a las casas, puesto que aquí no se veía una chimenea, alistaría el trineo y cuidaría de los renos, mientras esperaba. Y esperando me quede.
Los dos primeros días trascurrieron, sin que me preocupara la tardanza de los enanos. Era lógico, estábamos en una isla desconocida, rodeada de mar, cuya gente y costumbres ignorábamos, y con un sol y un calor que derretían. Al quinto día, cerca del anochecer, escuché al borracho del lado que me llamaba a gritos.
¡Claudio, Claudio, cabrón sale! Me gritaba, a pesar que me dolía la lengua de decirle, que mi nombre no era Claudio, sino Claus. Que pasa, -le pregunté. Ah no te has enterado, -me dijo con sorna. Seguro que no sabes, que tienes cinco enanos en cana desde hace días. A tres, los cogieron la gente de la jugada vendiendo dólares americanos en las cuatro esquinas. Oye Claudio. Claus, le rectifique. Bien Claudio, a quien carajo se le ocurre, ponerse a vender el USD a ochenta centavos CUC, como si estuvieras vendiendo pan. Tu eres verraco, no vez que les jodes la jama de los fiñes, a los vendedores profesionales. Na Claudio, ellos mismos te mandaron a matar a los enanos, por comemierdas. Y no para ahí, -me dijo. Dicen, que dos enanos más se metieron a robar carbón en La Empresa del Cítrico. Coño viejo, tu vendrás del polo y todo eso, pero con la cantidad de gente que hacen carbón, ¿cómo se les ocurre facharle el carbón a quien tu sabes? Me dijo, mientras gesticulaba, pasándose una mano por la cara, de arriba hacia abajo, como si acariciara una barba inexistente. ¡Ese carbón, es sagrado! Ese carbón es ¨Pa Fuera¨, es divisa va, pa si no entiendes. La parte buena es que de los tres enanos, uno se le piro a la policía. Yo no había entendido nada de lo que me decía El Guayabo, que era, como todos llamaban al borracho. Pero si me percaté de que estaba en problemas, y él se dio cuenta en el acto. Ven acá puro, dale, date un palo, que aquí todo está bajo control. Y me tendió la botella. A estas alturas, yo me tomaba cualquier cosa que me dieran, y me di un buche largo, bien largo, quizás demasiado largo.
Primero, sentí como si con un soplete me estuvieran quemando la garganta. Después, dice  El Guayabo que viré los ojos en blanco, y que empecé a dar brinquitos, pero sin soltar la botella, de la que me di otro trago, más largo todavía. Lo cierto es, que al cabo del rato, me daba lo mismo dios que un caballo, los enanos que se fueran par carajo. Los renos« navideños»,  que a estas alturas, no sé porque coño, no cesaban de bramar, que comieran tajadas de aire, entre ellos Alejandro. Pues yo estaba, hasta la coronilla, de pagar a fula, como decía El Guayabo, el salao saco de hierba. Me quede dormido en el portal, junto al Guayabo. Cuando desperté estaba en calzoncillos. Me lo habían llevado todo, solo el gorro rojo, con el pompón blanco, escapó ileso, y eso fue porque no lo traía puesto. Aún era de madrugada. La cabeza se me quería partir en dos, pero en puntillas me fui para la casa. El Guayabo, roncaba, y de vez en cuanto, cantaba bajito ¨cascabel, cascabel, lindo cascabel´. Me alejé de prisa.
Cuando entré, todo estaba oscuro. Pulsé el interruptor y nada. No hay corriente desde anoche jefe,-escuche la voz del camarada enano X en la oscuridad, y di un grito de terror. Tranquilo Santi, soy yo. Tu hombre de confianza. Siéntate, siéntate aquí, que voy a encender una vela que me dio la vieja del lado. También me dio un poco de café, traga, y ni chistes Santi, es chícharo puro, y sabe a mierda, pero es el único que hay aquí. Así que dale, que es mucho lo que tengo que contarte, dale siéntate que voy pa ti, - me dijo.
Lo sé todo, -le dije antes que abriera la boca. Haciendo un gesto de hastío con mi mano. No me digas nada. Ya el Guayabo me lo contó todo, la policía los cogió asando maíz, y están en el calabozo. Supongo que cantando mejor que el grupo l Divo. Entonces, me dio una palmada irrespetuosa en el muslo, y con aires de perdona vidas, me dijo. Estas leyendo el periódico viejo Santi. Si, a Heriberto le partieron las patas, a los menos cuartos. Fíjate que fue directo a proponerle los dólares, al camarada Tte. Figueredo, que estaba vestido de civil. ¡ Uh, Figueredo es usted teniente! ¡Qué bien! Mucho gusto Santa Claus. ¿Que ya me presenté? Disculpe teniente, es que tengo la cabeza un poco mala. Y de Heberto ni se diga, continuó el camarada X como usted dice. Cuando llegaron al almacén, donde estaba el carbón de exportación, ya la fiana los estaba esperando. Pero no era eso lo que te iba a decir Santi. ¿Ya tú fuiste al patio?,      -me dijo, pues sería bueno que echaras un vistazo. Lo único que dejaron de los renos, fue a Alejandro, y para eso le quitaron las cuatro gomas. Fíjese Tte., todavía yo no estaba claro de lo que me estaba queriendo decir. Pero salí al patio, ya había amanecido, y pude ver que de los renos « navideños», no quedaba nada. O mejor dicho, solo dejaron los huesos y la nariz roja y brillante de Alejandro, mi reno preferido. Bueno Santi, lo tengo que dejar, quizás no lo vea más, vaya, usted entiende, es que tengo una pinchita ahí que hacer, con el camarada Tte. Figueredo, y no puedo fallar, ‘me dijo el enano X. Y me dejó plantado en calzoncillos, en medio del patio de aquella mañana calurosa de Diciembre.
No sabía qué hacer. Me aburría, siempre he tenido hábitos de lectura, Tte. Pero no tenía nada que leer. Me encanta la ciencia ficción. Y había leído mucho de Julio Verne,  H G. Wells,  Ray Bradbury,  Karel Čapek, y otros. Entonces, aunque lo creía poco probable, le pregunté al Guayabo si tenía a mano algún libro de ciencia ficción. Me contestó, para mi sorpresa, que tenía el mejor que jamás yo hubiera leído, y que además todas las familias tenían un ejemplar único del famoso libro. Intrigado, lo seguí hasta su casa, donde, después de rebuscar en las gavetas de la cocina, me entrego un pequeño libro de escazas páginas. Vaya, ahí tienes, la crema de la ciencia ficción, me explicó, y me extendió un delgado librejo. En la caratula de cartón decía Libreta de Abastecimiento. Lo hojeé rápidamente, y no entendí nada. Claudio lee por favor, -me dijo El Guayabo autoritariamente, al notar mi desconcierto, dale lee. Carne, dije tímidamente. Pura ficción, dijo el Guayabo, por eso te facharon los renos idiota, pa jamarselos. Pescado, balbuceé. Te lo convierten en un muslo de pollo, magia y ficción de la buena, explico el Guayabo, continúa. Combustible eléctrico, leí. Mira, dijo el Guayabo pulsando el interruptor de la luz. Y señalándome para el bombillo apagado, que colgaba del techo, me preguntó. ¿Qué ves? Nada respondí confundido. Muy bien, ficción afirmó el Guayabo, no hay corriente desde anoche. Sigue leyendo, me urgió. Leche, murmuré tímidamente. ¿Qué edad tienes Claus? me preguntó. Diciendo por primera vez mí nombre correctamente. No sé, -dije, quizás doscientos años. Pues hace ciento noventa y tres años que no te toca leche, ves ficción de la más fina. No, definitivamente no entiendes ni un carajo, -me dijo. Y me quitó la libreta de las manos. En eso llegaron los policías teniente. Me registraron la casa, y se llevaron en calidad de prueba, mi gorro, que era lo único que me quedaba.
Después todo fue un caos. El trineo se lo vendí al cochero de la esquina, ese que tira pasaje hasta el puente del Guajiro. El telescopio, se lo cambio el Guayabo a un pajuzo, que no me quiso decir donde vivía. Y nos bebimos el dinero. Esta vez sí fue en grande teniente. Fíjese que El Guayabo preparó un cardero lleno de carne en salsa. Desde que no comía carne teniente. Al final, cuando ya estábamos borrachos, me confesó que nos habíamos comido a Alejandro, mi reno favorito. Pero ya a esas alturas yo me comía hasta los enanos. Por cierto, de los enanos, al único que he visto es al soplón. ¡Digo, al camarada X Que ahora anda con una guayabera, un par de gafas oscuras, el bolsillo lleno de lapiceros, y una agenda debajo del brazo. Déjeme decirle, que cuando me cruce con él, hace unos días, se hizo como que no me conocía. El resto de los enanos, no sé dónde fueron a parar, ni de verdad me importa.
¿Mi abuela, dice usted? Si esa, o mejor dicho su voz, la escuché por última vez hace unos meses. Ahora me dijo que mi misión es predicar. Si, andar así por todo el pueblo. Y hablar y hablar, aunque la gente no me entienda, y algunos digan que estoy loco. Sabe Tte., es una lástima que me hayan robado mi traje de Santa Claus, sería más elegante para predicar, aunque tuviera que pasar este calor del carajo. Pero bueno, con este  pantaloncito carmelita, que ya me queda ancho, y esta camisa rosada de mangas largas voy tirando. La barba se me cayó, pero ya me está saliendo otra vez. Así, que si usted me devuelve mi gorro de felpa roja, con el pompón blanco. El que se llevaron el día del registro. Yo podré seguir por el pueblo, de parada en parada, predicando. Pidiendo un peso por aquí, y otro por allá, para un cafecito. Contándole a la gente, la historia real. La que no sale en las películas, ni en los muñequitos. La que no ponen en la televisión. Y de la que Disney no va a rodar ninguna película. La verdadera historia de Santa Claus, cuando vino a esta isla rodeada de mar. Donde se perdió el invierno, los juguetes, los renos navideños, los enanos, la carne, las chimeneas, el pescado, el trineo, la leche condensada, las calles, y otras tantas cosas que no vale la pena mencionar. Y sobre todo teniente. Sobre todo, la inocencia de los niños. La historia, que solo yo y mi abuela sabíamos. Y que ahora, se la acabo de contar a usted. ¿Verdad que me va a devolver el gorro Teniente? No importa que la gente diga que estoy loco. Yo sé que soy Santa Claus.

 

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