Homenaje versus tertulia

Por segunda vez he tenido que afrontar la difícil encomienda de escribir del hijo de un gran amigo. Todo resultaría más fácil, si desde la distancia sentimental y sin los recuerdos y el dolor aún a flor de piel, reflexionara sobre este joven intelectual cuya vida y obra se vio trunca recientemente en plena madurez creativa y profesional. Pero este no es el caso. Aunque no fui su amigo de andanzas y correrías bohemias, ni tampoco compartí con él tertulias conmocionales, sí estuvo muy cercano a mí y pude recibir sus buenas vibraciones y el abrazo entrañable siempre que volvía a reciclarse el espíritu en su amada Cumanayagua. Mi amistad era con su padre; ese otro imprescindible de las letras cumanayagüenses, a quien tanto respetamos por su ingenio y sus deseos de que nuestro pueblo tenga un lugar reconocido dentro de la cultura cubana.

La primera vez que escribí sobre Orlando Pérez González fue el día de sus exequias. Nunca lo hubiera podido hacer, de no ser por el pedido que me hizo su papá por teléfono desde Pinar de Río, la noche  de su deceso. Fue una conversación lacónica, entrecortada por la angustia, apenas lo necesario, y la más larga de mi vida. Ya sabía de su gravedad, pero albergaba la esperanza que sería otro susto más, como otras tantas veces. La llamada al filo de la noche me dejó sin habla. Son esos momentos que no encontramos la palabra precisa, como dice el poeta, y preferimos hacer mutis. Asumí aquella encomienda por respeto, por lealtad, por piedad. Nunca antes, algo me había sido tan difícil de escribir. La oración fúnebre  de despedida en el camposanto de la localidad, dejó una huella indeleble en mi ser. Pero me sentí honrado al hacerlo. Fue un privilegio dar el ultimo adiós a este poeta, que mucho hubiera dado de qué hablar, de no ser por los fatales acontecimientos finales.
Esta vez escribiré sobre otro hecho, tan bien vinculando a Orly; pero con la paz de saber que hoy descansa en la Gloria. Me refiero al Homenaje Póstumo que tuvo lugar en el patio de la biblioteca Tania la Guerrillera, de Cumanayagua, hace apenas unas semanas. Fue una gran noche. Una de esas que nos guardamos para siempre y que sabemos ocurrirá dos o tres veces más en la vida.
No hubo excesos, ni demostraciones sentimentales desmesuradas que pudieran alejar el encuentro del sentido solemne pero a la vez luminoso y festivo, que los organizadores quisieron impregnarle. Todo trascurrió con el mismo sosiego con que Orly asumía su vida. Allí lo sentimos, sentado entre el público, sonriendo pícaramente, como solía hacer cuando algo le agradaba. Allí estaban las personas importantes de su vida: familiares vecinos y amigos. Los necesarios para revivir la presencia, casi mística, del querido hijo de  Cumanayagua.
La lectura de varios de poemas de Mare Mágnum, único libro édito del Orly, nos puso frente a una poesía madura e inteligente, en que el ejercicio de la mente y el alma vagan por caminos paralelos. Más allá de una técnica poética cuidadosa o de una búsqueda experimental de decir, está la persona humana, con el corazón desgarrado y desnudo ante un amor apasionado, para entregarlo sin prejuicios frustrantes ni obsoletos tabúes que lastren lo trascendental del sentimiento. Disfrutamos de una poesía que revela un espíritu rebelde, de inconformidad al estatismo y al pensamiento mediocre. Textos  rotundos, como sentencias, fascinan por el empalme entre uno y otro, en un juego novedoso de palabras e insinuaciones.
Fue noche de fábulas y spielberiano encuentro. Fue traído por su padre desde un lugar lejano, que algunos llaman Cielo y otros Eternidad, para escalar por senderos intransitables hasta la Loma de los Tres Picos y contarnos en complicidad de amores secretos que le sacudieron la vida y le inspiraron unas letras de regocijo. Allí estaba el amigo que perdonaba sus olvidos de no llegar hasta su casa cuando viajaba a Cumanayagua y el perdón le llegaba con una sonrisa franca y los ojos húmedos, orgulloso de haberlo tenido como amigo. Allí estuvo el mensaje poético de la amiga venezolana, impactada por la brusca despedida, o aquel otro amigo que nos presentó, al joven mesurado, cortés y familiar. Allí también, el mutismo, por el nudo en la garganta, del otro amigo de la infancia que no pudo hablar cuando se le pidió que contara algunas anécdotas de su convivida niñez.
Por eso me niego a considerar lo ocurrido como un homenaje póstumo, donde las palabras solo intentan recordarnos la ausencia indefinida o la partida irremediable. Esta vez, fuimos testigos de un hecho cultural. Una tertulia literaria de envergadura, donde se discernió y  tuvimos la oportunidad de redescubrir a un intelectual, silenciado por su lejanía geográfica con los círculos de debates de nuestra localidad, aunque sabemos que gran parte de su obra fue generada en estos lares y su libro editado por  la cienfueguera Editorial Mecenas. La presencia vívida de Orlando Pérez González aquella noche, nos confirmó lo ya sabido: el poeta de verdad, no muere… solo se ausenta por un tiempo, para sorprendernos una y otra vez en los misterios de su esencia.

Reynaldo de la C. Fernández Chávez