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Página de Inicio Entrerrianos Obra literaria de Reynaldo Fernández Chávez El valle de Siguanea

El valle de Siguanea

Por Reynaldo Fernández

El Valle de Siguanea se presentaba a vista de pájaro como una inmensa explanada en varios niveles de relieve, desde la Loma de la Ceniza hasta los confines de Guanayara. Demarcada en los lindantes más bajos de la llanura por la ondulación del lomerío, se fundía suavemente con la sabana, en colinas de poca altura. En el mismo centro de la planicie, equidistando de los parajes que la circundaban, se emplazaba el caserío de Siguanea. Un pueblo rural definido estructuralmente según los normas impuesta por los habitantes fundacionales y los primeros propietarios de las tierras que lo rodeaban. Predominaba un pensamiento práctico, donde se significaban criterios utilitarios y económicos. Era el típico poblado surgido en los campos de Cuba durante la época de la colonia y desarrollado urbanísticamente de forma artesanal en los primeros años de la República.
Una sola calle de tierra se extendía de un extremo a otro del pueblo, cortada en dos sectores por el Río Hanabanilla, donde el recodo obtuso del puente del Guayabo, lo dividía en dos barrios. El primero de ellos conocido como el barrio de Pepillo Hernández, bautizado de esa forma, por ser el susodicho personaje uno de los hombres más acaudalado de la región y dueño de la mayoría de los comercios y establecimientos del lugar. Un verdadero cacique que marcaba el destino y la vida de la zona. El barrio más septentrional era nombrado indistintamente como “el de Rogelio Pons” o el de “Evaristo García”. Ambos residían en el lugar y eran muy conocidos. El primero por tener allí una  tienda donde de se vendía todo tipo de mercancías; Evaristo, era tenedor de  la Finca Vista Hermosa, a un kilómetro de distancia, pero cuyo portón de entrada se elevaba justamente en el mencionado barrio. Examinando un antiguo mapa del Valle de  Siguanea de a mediados del siglo XX, dicho lugar está señalado como El Guayabo.
Las casas se disponían consecutivamente a ambos lados de la calle, con parcelas de tierras entre una y otra, aprovechadas en hortalizas y frutales menores. La ausencia de aceras y parajes públicos, dibujaba un ambiente descolorido con aire de abandono. No existían vallas publicitarias que identificaran los comercios o anunciaran las bondades de algún producto, hecho que enfatizaba la imagen de aldea arrinconada. Sin embargo, la pericia de los moradores en su afán de prosperar y el ajetreo de los viajeros de paso, camino a la loma o al llano, favorecían el espíritu de aquel pueblo, donde podía olerse a hierba húmeda desde el amanecer y el sol bendecía los pastizales y los jardines levantados en el umbral  de las casas.
El segundo caserío del Valle en importancia era Río Negro. Debía su nombre al río homónimo que lo franqueaba tangencialmente por el sur. Una veintena de casas se arremolinaban desde el batey de los Lora, extendiéndose en los alrededores de  la Cueva de la Vieja, para alcanzar septentrionalmente la tienda de Marcial Doval y las exuberantes  tierras de Blanquita Berenguer. Aunque las casas eran construidas dispersas siguiendo el trayecto del Camino Real, algunas familias las apartaban de la senda principal en recovecos naturales y al amparo de alguna colina. Saltaba a la vista las mansiones de los hermanos Lora y Blanquita Berenguer, esta última una suerte de Doña Bárbara criolla, respetada en toda la comarca por la bravura con que administraba la finca después de haber enviudado.
Tres barrios como bateyes minúsculos salían de la tierra en el norte del Valle. Eran la puerta de bienvenida cuando se subía desde la llanura, y si bien no sobrepasaban una docena de bohíos cada uno, allí la montaña palpitaba como en ninguna otra parte de la cordillera. El barrio de Los Curbelo, desplegado en una sabana después de bajar la Loma de la Ceniza, estaba al amparo de los vientos del sur por la Loma del Alcalde. En aquel lugar la música guajira se esparcía por las noches en tonadas interminables hasta los primeros cantíos de los gallos. Abraham, como el patriarca bíblico, fundaría en aquella tierra junto a sus hijos varones Santiago, Quirino, José y Aurelio, la dinastía de los Curbelo. Labriegos apegados al surco desde el alba hasta el crepúsculo para alejar el hambre de sus familias, pero de linaje musical probado en guateques, alumbrados y serenatas.
La zona de Los Calderones se extendía en los alrededores de la Loma de la Ciruela, donde el río del Cacao unía sus aguas al Hanabanilla en el cruce de Eliseo Barreira. Famoso por ser la tierra de dos grandes de la región: Manuel Calderón, veterano de las guerras independentistas y Catalino Calderón,  primer alcalde de Siguanea. Se dice que estos hermanos serían los primeros en llegar al lugar en el siglo XIX y su prolífera descendencia de “calderones”, originaria el toponímico.
El Salto del Hanabanilla si bien no era el asentamiento de mayor desarrollo social, si podía considerarse el más conocido y visitado, pues allí, donde el río Hanabanilla se quebraba y emprendía su descenso estrepitoso a los llanos de Cumanayagua, se ubicaba el famoso salto acreditado mundialmente como unos de los rostros de Cuba. Situado en la cresta norte del lomerío circundante, se llegaba hasta allí, subiendo desde Barajagua por caminos abiertos entre los desmontes, atascados de pedruscos y socavones que hacían el viaje mucho más angustioso. Desde el mirador de Rogelio Leyva, se podía contemplar la hermosura de las cascadas, despeñándose espumosa monte abajo entre palmares y peñascos gigantescos.


Nota:

Aunque reimpreso en 1973 por el Instituto Cubano de Geodesia y Cartografía, las características topográficas especificadas en él corresponden a una fecha anterior a 1957, cuando aún no se había construido el embalse del Hanabanilla.

Tomado del libro en preparación Siguanea, la Atlántida de Cuba. (N. del E.)


 

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