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Página de Inicio Entrerrianos Obra literaria de Yannit Pozo Castillo

LLUVIA INSEGURA

vivir de pura lágrima de pura lástima
vivir en los contornos de una ciudad
donde una lluvia indecisa
se rompe contra las ruinas de mi entusiasmo
vivir de pura fatiga de pura falacia
al centro vacío de una casa sin espejos
sin buzón
sin platos ni plétoras
una casa con puertas misteriosas
donde sólo tu presencia no está presente
vivir de puro miedo de puras miradas
como esas flores que aparecen intactas en la calle
y que después vemos desaparecer
abrazadas a los neumáticos del olvido
vivir de pura angustia de pura ansiedad
de pura nada y de pura nausea
de puro nadar en tu ausencia
de puro nacer en tus senos
de pacer en tu pubis
de parir el universo con tu boca
de volar en tus venas
de sentirme en tu sangre
de sentarme en tus sueños
de sembrarme en tu abdomen y en tu espalda
de saberme tu antojo
de antojarme de serte
de suplicarte mi lengua
de quejarme en tus labios
de quedarme en tus lágrimas y en tu lástima
en tu fatiga y tu falacia
en tu miedo y tu mirada
en tu angustia y tu ansiedad
en tu vivir que es el mío
en tu vivir de puro morarte de puro morirte
como esas flores
que el olvido devora
bajo una lluvia indecisa

Yannit Pozo Castillo

YA SÉ QUE NO ESTÁ MAL UNA PIZCA DE MÚSICA

No si sólo es una pizca,
una semilla de luz en la desolación.
La música es un afeite que alivia el calor visceral,
la ahogante maleza que oprime nuestras plazas.
No está mal, aunque la tarde salpique de crepúsculo
esta soledad de musgo en el desierto,
de vieja pared al borde de una avenida.
Hoy creo que las tardes son eternas,
y que pueden bañar las dagas que germinan
al fondo de la angustia.
Hoy puedo proclamarme niebla servida en mendrugos,
fruto negro
en el centro de la mesa
donde mis demonios
se consumieron como una palabra
en boca del mar.
A propósito del mar,
llevo algunas playas en la tristeza,
algunos galeones donde el albatros de Baudelaire,
se mofa de los marineros.
Ah, sí, es preciso una pizca de música
si sólo las preguntas han quedado acongojadas
bajo la alfombra de los días.
(En un pentagrama no cabe una duda,
un ramo de júbilo).
Creo que me he derramado un poco sobre la existencia,
sobre los paisajes que alguien ha ido enhebrando para mí...
algunas calles en la memoria,
algunas sombras abrazadas a las calles.
Estas calles del alma también tienen su pizca de armonía,
su caudalosa duda corriendo a nuestra derecha.
Ya sé que no está mal una pizca de música. No
si los sueños van destejiendo el poco de muerte
que salpica sobre la soledad;
si la tristeza que se ciñe a las vísceras
se escurre por la mirada;
si el pedazo de angustia que gime aún
en una esquina sombría de nuestra plaza
expira en el preludio
de un día más.


Este poema obtuvo Primer Premio en el Concurso Territorial “Zenón Rodríguez” (2006).


Yannit Pozo Castillo

MI HIJO

Los hijos que no tuvimos
se esconden en las cloacas.

LUIS EDUARDO AUTE


Me maldigo con estrechez de alma,
si es que eso glutinoso y putrefacto
es un alma.
Me maldigo,
y veo en los cristales de la aurora
su probable sonrisa.
Mi hijo murió en una esquina del mediodía,
calmo como gamito tierno,
como retoño en el jardín de alguien
que olvidó regresar a sí mismo.
Aun sin calor lo vi,
era algo difuso y destellante en una lágrima
que también murió al borde del mediodía.
Una lágrima con sabor a pregunta.
Pero ya nada podía ser lo que debía ser,
mi hijo estaba muriendo en cualquier esquina de cualquier día,
bajo cualquier mano de metal.
Nadie escuchó su pregunta,
aunque la madre dijo que un grito infantil
se le había prendido de la garganta.
Aunque yo lo he visto;
siempre miro los cristales de la mañana
y ahí está su probable sonrisa,
su probable manera de decir adiós.
Ocho semanas le duró el universo.
Y verlo ya sin color,
sin angustia que presentar a la muerte.
Verlo aun sin tristeza,
sin lágrimas que mostraran
cosas difusas, destellantes.
Mi hijo murió,
y ese día mi alma fue una cloaca,
y ese día me maldije como un jardín.
Como un jardín
que siquiera nadie
ha nombrado
de ese modo.


Este poema obtuvo Primer Premio en el Concurso Territorial “Zenón Rodríguez” (2006).


Yannit Pozo Castillo

Nocturnidades o de la risa de Ián

No vengo a presentarles un libro de poesía exactamente, vengo a presentarles al silencio, a la noche, a un hombre. Sé que esto puede sonar ampuloso, y demasiado altisonante. Pero no lo digo yo. Me lo ha dictado lo que no se dice en este libro-hombre, es decir, lo que está al otro lado de las palabras. En una de sus páginas —y recordemos que las página son los ojos del hombre— dice: Soy uno más que viene y va / ahoga sus penas en los bares, tolera la música vacía / tropieza con desechos del alma / reencuentra su humildad en la prostituta / en el viejo que blasfema.    Todos somos criaturas de la Vida: el pensamiento más puro / se hace donde ella es menos casta. Y precisamente este es un libro-hombre que ha conseguido su pureza en los ejemplos menos castos de la cotidianeidad. Ejemplos que nacen del júbilo de un restaurador que asevera: Volverán a las calles las estatuas; de las disquisiciones de un atracador segundos antes de arrancarle un bolso a una mujer que le había arrebatado su instante; del pánico de un custodio al olvido, a ser ignorado; de las dudas, las seguridades, la casa de un poeta que nos calma y nos inquieta diciéndonos a cara destemplada: Nada importa si sublimaste la desdicha; del oportunismo de un tatuador que por five dolars rehace la capilla sixtina en las nalgas de una mujer; del remake que es cada noche para el barman; de los pensamientos de un carcelero indefenso que nos confiesa: Soy uno que cuando la noche habla, anoto. Este es un libro-hombre, un hombre-libro que cae sobre el lector con el afecto con que un verdugo acaricia el cuello que luego decapitará.

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A ESTA HORA,

cuando la trunca silueta de la persiana
insinúa una página que habla de Borges;
acredito que el mundo es una cuna retirada en el tiempo,
un trozo de sombra disuelta
en la universal noche.
A esta hora,
una paloma gris
limpia con su vuelo los ojos del cazador,
podríamos decir que es una especie de lluvia pequeña.
Y precisamente, antes, el cazador había soltado un avecilla
porque el trino le había quemado las manos, después,
la paloma le pintó de gris su casa, quise decir...
su tiempo.
Es viernes,
y siento el río cayendo sobre las caprichosas piedras,
dicen que nunca el río es el mismo, ¿y las piedras?
Las piedras también son ríos, pero esculpidas con otras aguas.
Los ríos también son piedras, pero con diferentes caprichos.
Las abejas sobrevuelan su tiempo, y vigilan,
porque la lluvia pretende palpar la fragancia de la miel.
¡Qué desesperante tratar de aguijonear la lluvia!
De todos modos es viernes, y los viernes
algo acaba,
algo que jamás olvida comenzar.


Este poema obtuvo Primer Premio en el Concurso Territorial “Zenón Rodríguez” (2006).


Yannit Pozo Castillo

Un singular encuentro

Presentía que estaba a punto de un encuentro singular. Comencé, conscientemente, un periodo de espera que me hundió en esa espesa nata: la incertidumbre. Busqué algunas acciones para no apreciar el tiempo hasta la llegada de mi anfitriona; me peinaba, comía frutas y pasaba buenas temporadas junto a los charcos callejeros, embriagándome con sus aromas característicos: orine de caballo, lodo rancio y petróleo crudo. Quise leer algo y encontré a Shakespeare, corrí con todas mis fuerzas y con todas mis suelas hacia los charcos e hice de las páginas, imponentes barquitos que adornaban magistralmente las abruptas vías. Otras veces, cuando ya me había quedado calvo, la espalda coloreada de pedradas proporcionadas por el vecino al verme raptar algunas de sus frutas y al agotar las obras completas del dramaturgo inglés, me iba al parque: por conversar era capaz hasta de escuchar a los viejos.
Podrá usted percatarse qué manera tan singular de esperar una cosa o un coso (desconocía su sexo); eso se debe a que siempre he tenido singularísimas consideraciones para conmigo: soy un tipo singular.

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